¿Por qué el #$%& fútbol?

Socioculturalmente, los mexicanos estamos predestinados a la derrota más que a la victoria, en buena medida porque estamos más acostumbrados a la ley del mínimo esfuerzo que a la disciplina y la exigencia.

30 de marzo, 2023 ¿Por qué el #$%& fútbol?

El deporte más popular en México, con creces, es el futbol.  Desde la rivalidad nacional entre Chivas y América, algo alicaída en las últimas fechas, hasta sus cuatro “grandes”, pasando por el clásico regio entre Rayados y Tigres, con sus Pumas, Toluca, Santos, Atlas, con sus porras y sus barras, con sus colores y cánticos, no hay deporte que genere tanta afición en nuestro país como lo es el de los diez jugadores, un portero y un balón de por medio. 

Aun y cuando su origen ubicado entre finales del siglo XIX y principios del XX no parecía nada prometedor, mismo que corresponde a los ingleses afincados en el país y a la vilipendiada (actualmente) élite mexicana con el Pachuca British Club, quienes comenzaron su práctica de forma rudimentaria, con el transcurso de los años ésta fue creciendo en adeptos y mejorando sus condiciones. El Club Guadalajara se fundaría en 1906 como el Union Football Club, el América en 1916, el Cruz Azul en 1927 y en 1943 llegaría la primera liga profesional. Décadas más tarde entrarían las televisoras más importantes del país a escena, potenciando su alcance. A lo largo de los años, hemos visto surgir y desaparecer equipos y jugadores tales como el famoso Campeonísimo, el América de Reinoso, los Pumas de Cabinho, el Necaxa de Aguinaga, el Toluca de Cardozo y muchos, muchos otros; selecciones nacionales, aún recordadas tanto para bien como para mal, han ido y venido como la del 70, la del 86, la del 94, la del 2006 y no cabe duda de que la afición continúa ahí al pie del cañón, observando, apoyando.    

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Interesante sería por otro lado analizar el por qué, dado que a través de los años el deporte de las patadas nos ha brindado más sinsabores y frustración que alegrías y/o victorias, sobre todo en el ámbito internacional. Siendo objetivos a lo largo de casi 100 años de historia, entre la etapa aficionada y la profesional, en nuestro país han surgido dos, quizás tres jugadores de futbol capaces de competir en alguno de los mejores clubes, en las ligas más competitivas del mundo. Capaces de ganarse un lugar. Capaces de dejar una huella indeleble en la historia. A nivel selección, nuestro país ha tenido un chispazo con su escuadra juvenil, la cual obtuvo la presea áurea en el año 2012 y dos con la mayor, que resultaron subcampeones en la Copa América del 93 y en la del 2001, hace 30 y 22 años respectivamente. 

Y nada más. 

Considerando que actualmente nuestro país suma casi 130 millones de connacionales, el hecho de que países como Holanda, Francia, Japón, Croacia, Corea del Sur y Marruecos entre varios más y de distintos continentes, con una fracción de nuestra población total y menos “futboleros” hayan brindado al mundo jugadores y selecciones de la más alta categoría y a nosotros nos siga constando sudor y lágrimas encontrar, cada cuatro años, a 11 fulanos que logren patear un balón medianamente bien, sin duda incita a la reflexión.  

Hablando de manera general, el nivel del seleccionado nacional refleja el pobre nivel del torneo local: con sus numerosos extranjeros (algunos brillantísimos, muchos mediocres), con su tabla de puntos y sus repechajes, con su ascenso y descenso intermitente, con su liguilla y por supuesto, con sus jugosos contratos publicitarios. Con jugadores nacionales que en México valen millones de dólares (y así se venden o pretenden vender a algún incauto club nacional o extranjero) que en cualquier otro lugar valdrían cientos o decenas de miles y todo para jugar algunos pocos y calentar la banca muchos más. Con técnicos sobrevalorados sólo por el hecho de ser extranjeros. Con mafias de dueños y representantes. Con sus naturalizados. Y sus negocios y acuerdos turbios. Al mundo lo mueve el dinero y el deporte no es en sentido alguno una excepción. 

A pesar o quizás derivado de lo anterior, resulta evidente que otros deportes con menos apoyo, difusión y presupuesto lo han hecho mejor: más mexicanos han triunfado en la MLB de los que lo han hecho en La Premier o en La Liga. ¿Qué podemos decir de Fernando Valenzuela, Aurelio Rodríguez, Adrián González, Vinicio Castilla, Jorge Cantú, Esteban Loaiza, Joakim Soria y Teodoro Higuera? Y en pleno 2023, tenemos que hablar de José Urquidy, Patrick Sandoval, Julio Urías e Isaac Paredes, entre muchos otros.  

Sin embargo, el béisbol en México continúa siendo un deporte de nicho (31.6 millones de aficionados acorde con Nielsen), practicado y seguido en determinados estados del país (Sinaloa, Sonora, Coahuila, Baja California, Nuevo León, Yucatán, Campeche y la Ciudad de México) sin un alcance nacional. Irónico porque la primera Liga Profesional de Béisbol en nuestro país se instauró en 1925, casi 20 años antes que la de fútbol. Y cuenta, actualmente, con dos ligas competitivas: la Liga Mexicana de Béisbol y la Liga del Pacífico. Adicionalmente, para un país que comparte más de 3,140 kilómetros de frontera con los Estados Unidos de América, esta disonancia resulta curiosa, por decir lo menos: ¿por qué hay más aficionados a un deporte importado de Inglaterra que a uno estadounidense, en el que además somos buenos o muy buenos? 

Recientemente el World Baseball Classic, donde la selección de Japón nos eliminó en un último inning de alarido, mostró al aficionado mexicano (de siempre y eventual) así como al mundo la gran actuación y nivel de jugadores como Sandoval, Arozarena, Meneses, Téllez. El WBC ratificó por enésima vez lo que son capaces de lograr deportistas profesionales comprometidos. Una buena actuación por parte de los relevistas (Urquidy, Gallegos, Cruz) y/o mejor ritmo por parte de Urías y no estaríamos hablando “sólo” de haber llegado a semifinales. ¿Alguien es capaz de visualizar al seleccionado mexicano llegando a las semifinales o incluso a la final de la Copa Mundial de Futbol? 

A pesar de lo anterior, tras la eliminación del combinado tricolor todo volvió la normalidad y muchos, muchísimos perdieron el interés. Sólo unos pocos, los de siempre, siguieron el gran juego que brindaron estadounidenses y japoneses durante la final. Algo diferente de lo que ocurrió durante la Copa del Mundo, donde los aficionados siguieron los partidos restantes a pesar de la habitual eliminación de la selección mexicana temprano en el torneo. Y hablando de apoyo en materia de estímulos económicos, la diferencia entre ambos mundos es notoria: mientras que la selección mexicana de béisbol, al mando de Benji Gil, se llevó $1.5 millones de dólares por haber alcanzado las semifinales, la de futbol se embolsó $10.5 millones, también de dólares, por quedarse en la fase de grupos en Qatar 2022, comandados por el “Tata” Martino; de haber avanzado de ronda, se habría llevado $13 millones y en caso de haber sido campeones, $44 millones de billetes verdes.   

El automovilismo es otro buen ejemplo de lo mismo. 

A pesar de que existen muchos, pero realmente muchos mexicanos que se subieron al barco de la Fórmula Uno cuando Sergio Michel Pérez Mendoza pasó a formar parte de Oracle Red Bull Racing y con la reinstauración del GP de la Ciudad de México en el Autódromo Hermanos Rodríguez (con casi 400,000 asistentes en su última edición) lo cual siempre es bienvenido, una gran parte lo hizo más para obtener la selfie que por verdadera afición; muy pocos seguían la máxima categoría del deporte motor antes de eso y por supuesto, menos aún la carrera de “Checo” desde sus tiempos con Racing Point, Force India e incluso con la extinta Sauber y en GP2.  

Y resulta inobjetable que el automovilismo en sus distintas categorías y datando desde finales de los años 50 y principios de los 60 (incluyendo LE MANS e INDY hasta NASCAR) nos ha brindado historias, triunfos y personajes extraordinarios: Pedro y Ricardo Rodríguez, Adrián Fernández, Moisés Solana, Héctor Rebaque, Jorge Goeters, Daniel Suárez, Luis “Chapulín” Díaz, Michel Jourdain, Patricio “Pato” O’Ward y muchos, muchos otros además del buen Sergio Pérez, quien con base en el esfuerzo y la dedicación logró hacerse de uno de los 20 lugares que existen en F1 y hoy, tras haberse ya celebrado el GP de Baréin y Arabia Saudita, está peleando por el campeonato de pilotos 2023. 

En el ámbito olímpico pasa lo mismo: ¿cuántos mexicanos siguen las competencias/clasificaciones ecuestres, de marcha, clavados, halterofilia, tiro con arco, boxeo, etc.? ¿Cuántos medios las trasmiten? Muy, muy pocos, con excepción de las competencias oficiales, sobre todo Panamericanos y Olímpicos. 

Y de ahí han emergido Joaquín Capilla con 4 medallas (1 de oro, 1 de plata y 2 de bronce), María del Rosario Espinoza (con una de cada metal), Rubén Uriza (una de plata y una de bronce), Raúl González, Paola Espinoza, Soraya Jiménez, Alejandra Orozco, Ana Gabriela Guevara (en lo que se convirtió ahora como funcionaria es otra historia), Fernando Platas, Germán Sánchez y otros varios. Muchas más preseas individuales de las que tiene la selección olímpica de fútbol en toda su historia. Ahora bien, ¿qué tanto impulso se les da a dichos deportes y deportistas? Poco o nulo, porque a pesar de sus éxitos, del esfuerzo y la disciplina, la derrama económica no está ahí. Por eso vemos a los atletas olímpicos vendiendo comida, boteando, organizando campañas en redes para costear los uniformes, viajes y equipo que la Comisión Nacional del Deporte y sus Federaciones no les proporcionan. 

El verdadero negocio en nuestro país está en el deporte de los millones (de dólares y de aficionados) y la CONADE y la FMF lo saben bien. De acuerdo con el sitio Sportico, Apollo Global Management, una compañía estadounidense enfocada en los medios deportivos, estaba interesada en pagar $1.5 billones de dólares (la vigencia del contrato no fue revelada) a cambio de un porcentaje de los derechos televisivos de la Liga MX apenas el año pasado.  Como se puede apreciar, el futbol es un negocio redondo: uno que brinda enormes ganancias para jugadores, patrocinadores y asociados sin que requiera de ningún logro u objetivo cumplido en el corto, mediano o largo plazo. Acorde con el último estudio elaborado por la Liga MX, existen más de 98 millones de aficionados al fútbol en el país y otros 60 millones en EUA; lo cual implica que, hoy por hoy, hay más fanáticos futboleros que católicos en México. 

El futbol mexicano es consumido y vende sólo por existir. 

Alguna contratación aquí y otra allá. Un tour ocioso de “preparación” para venderle boletos a los paisanos en California o en Chicago. Una camiseta con algunas modificaciones en el diseño, un cambio de técnico por otro extranjero y listo, la misma mediocridad de los últimos 80 años preparada y envuelta para ofrecerse al mejor postor: el aficionado. Y obviamente éste la compra. 

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¿Qué será aquello que, en nuestro inconsciente colectivo, empuja al mexicano a irle al Cruz Azul, al Necaxa, al Atlas, a equipos que no lograban hacerse de un título en los últimos 20, 30 o 60 años? ¿Qué hay en nuestro ADN que nos impulsa a ver un soporífero Mazatlán contra San Luis? ¿Será acaso la misma razón por la cual estamos acostumbrados a festejar nuestras derrotas “con la frente en alto”? ¿Al “ya merito”? ¿Al “si se puede”, que nunca puede? ¿Es que acaso tenemos una natural predisposición para el martirio y/o el masoquismo?

Probablemente.   

Socioculturalmente, los mexicanos estamos predestinados a la derrota más que a la victoria, en buena medida porque estamos más acostumbrados a la ley del mínimo esfuerzo que a la disciplina y la exigencia. Adicionalmente, nos identificamos más con el débil que con el fuerte. Nuestros descalabros son normales, previsibles y cualquier cosa que escape de ese funesto guión merece ser celebrado. Y esas filias y fobias son difíciles de erradicar. Algunos pocos lo han logrado, basándose más en sus propios niveles de exigencia, un notorio deseo de sobresalir y el talento individual que en el conjunto social que representan: Hugo Sánchez, Rafael Márquez y Javier Hernández, pero no es en absoluto lo habitual. 

Ser parte de la élite del fútbol es mucho más que un largo contrato (que paga, se gana o se pierda), un buen sueldo, una casa en un country club, shopping en California o Arizona, firmar algunos autógrafos en el hotel o el aeropuerto y lucir bolsas de mano Gucci o Louis Vuitton como les encanta a nuestras “estrellas” futboleras, que parecen entender lo anterior como la cima del éxito. Y en buena medida probablemente lo sea, porque no exige mucho a cambio.  

Sin ninguna duda, para mejorar el nivel de la liga, del seleccionado nacional y del deporte mexicano en general deberían darse cambios numerosos, de fondo: Difusión, impulso, promoción. Proveer de recursos, planes, objetivos, estrategias y metas en el corto, mediano y largo plazo. Un análisis puntual de sus fallas y carencias. Restructurar instituciones, eliminar vicios y mafias. Scouting. Una formación integral desde edades tempranas, como lo hicieron los equipos asiáticos, europeos y los mismos estadounidenses, ahora líderes en CONCACAF. Pero es difícil que esto suceda porque el deporte no es sino reflejo de México y sobre todo, de los mexicanos. Unos pocos individuos excepcionales que luchan y triunfan contra todo y contra todos (y quizás algo de suerte) y muchos, pero muchos más que se conforman con navegar en un mar de mediocridad. Y corrupción. Y favoritismo. Y xenofilia. Y negocios oscuros. Y dinero, muchísimo dinero.  

 Adicionalmente el futbol está ahí, siempre está ahí, disponible: como remanso de la ajetreada vida, los viernes, los sábados, los domingos, en casa o en el estadio, por más mediocre que sea, para entretenernos un rato. Para gritar, para llorar, para servir de catarsis. Para mantener un ciclo que involucra a futbolistas, técnicos, directivos y patrocinadores. Y para brindar uno que otro chispazo de brillantez en algún momento dado, aunque éste tarde años o décadas en llegar. 

Y eso, para decenas de millones de aficionados mexicanos, es más que suficiente. 

Mientras este penoso proceso se repite torneo tras torneo y mundial tras mundial (sea el técnico Ricardo Lavolpe, Javier Aguirre, Sven Göran Eriksson, El “Tata” Martino o Diego Cocca, dado que ese no es el problema fundamental, como tampoco las malas salidas de Ochoa ni la falta de contundencia de los delanteros ni el ya clásico #LaCulpaESDeLayún y otros hashtags parecidos) con o sin descenso, con o sin multipropiedad, un servidor continuará siguiendo con atención el desarrollo de la temporada de Fórmula Uno y el inicio de la temporada de béisbol, al tiempo que se pregunta: ¿por qué de entre tantos, el más popular y simultáneamente, el peor de los deportes nacionales es siempre el #$% futbol? 

Quizás la respuesta resulta evidente pero todos (jugadores, directivos y aficionados) se encuentran muy cómodos con esa insultante mediocridad y están muy poco dispuestos a hacer algo para intentar siquiera modificarla, salvo a lanzar algunos abucheos ocasionales desde el anonimato que brinda la enormidad del estadio por parte de los últimos. 

Nos leemos la semana entrante. 

Twitter: @NavarreteFdo

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