Dependencia sin riqueza

A continuación Manuel Torres Rivera explica la relación entre el populismo y el manejo de los recursos públicos en el caso de México.

24 de enero, 2022 Dependencia sin riqueza

Hasta ahora, la autollamada Cuarta Transformación, al menos en lo económico ha creado más pobreza. Se estima que en tres años de gestión la suma de pobres ha aumentado en al menos cuatro millones. Desde luego, existe un causal: la concentración de recursos y la decisión de un solo hombre sobre el destino de su reparto. En otro espacio se señaló que la fórmula populista siempre parte de cierta acumulación de riqueza, de cierto equilibrio en la economía, de otro modo jamás tendría un punto de partida. El populismo nace al revertir en forma simple un concepto equivocado de acumulación. El populismo confunde generación por acumulación y da por sentado que el efecto de acumular no sufrirá interrupciones. 

Esta premisa ignora los efectos cambiantes de una economía y su dinamismo, de tal modo que si alguna riqueza existe, los inicios de la fórmula populista surten efecto en su planteamiento original. En una economía creciente, habrá pocos excedentes pero los hay siempre, como reservas y otras guardas de contingencia. El populismo echa mano de todo efecto de la pretendida acumulación para afianzar pertenencia y presencia en esa imagen distorsionada que disemina como “pueblo”, concepto incluyente al tiempo de crear una adhesión perversa en lenguaje, en mensaje de redención de un nacionalismo capturado por élites explotadoras y controladoras.

El despertar populista casi siempre funciona en el planteamiento de inicio, en la supuesta defensa de las mayorías y naturalmente capta adhesión en la dispersión del recurso público. La línea que podría dibujarse entre la captación y la dispersión es totalmente ajena a la ciudadanía atrapada en la dádiva. Como toda premisa económica que involucra recursos, sea de plena ortodoxia o no, la dispersión como ejercicio de pretensión de redención significado en ingreso, reúne un efecto multiplicador. El supuesto efecto en las masas es la adhesión a un régimen como fórmula de poder. 

Si el poder reparte, es poder y pasa del sustantivo al verbo. Si la fórmula que pregona igualdad es igualitaria por entendimiento colectivo aun careciendo de razón, es válida para el recipiente. Si el recipiente es multiplicado, la fórmula también lo es. Como podemos inferir, arrancar una fórmula social basada en la riqueza no requiere de gran ciencia, requiere de discurso. Desde luego, la apuesta social descansa en las fórmulas de producción que en la precaria lógica del socialismo seguirán aportando bienes y servicios. Este es el punto decisivo y de quiebre de la fórmula popular. La concentración de decisiones de un gobierno anula de origen toda fórmula de expansión. El problema es la contraposición de poder como sustancia y poder como fórmula creadora.

La apuesta que se menciona, eso es, apuesta. Desafortunadamente las apuestas no forman parte del escenario económico y no sientan bases de permanencia y futuro. La teoría económica descansa en preceptos, descansa en ocurrencias predecibles y las más de las veces moldeables. Una muestra de ello es la aceptación universal de la teoría del Valor Actual y la teoría de la Eficiencia de Mercados. Retar a la economía no es retar al capital como una atribución de privilegio como pretende ilustrar el populismo, como tampoco el reto simple de la fórmula social es la condena a la acumulación que siempre obedeció a un inicio en el riesgo, en el talento creador y en el empuje individual hasta hacerlo colectivo en la satisfacción de un producto o un servicio de excelencia y en estricta competencia con otros participantes con ideas similares y oferentes de lo mismo. 

Esas reglas de participación activa las ignora el populista, porque son reglas que diseminan ambición individual, aspiración de mejora y segregación de una masa uniforme de pensamiento inducido desde un poder cautivo. El populismo asume conciencia colectiva y pregona idealismos congregantes para restar ideas sobresalientes. Si esta premisa es válida en su precario haber de oportunidades, entonces la pobreza debe validarse en aras de mantener un pueblo uniforme. Es entonces cuando la fórmula se explica en su acción devastadora de riqueza para nunca volver a conformarla de la misma manera que se creó. Es entonces la explicación de la pobreza intencionada de origen y como praxis de política pública. La pobreza se induce para crear dependencia. 

El presidente en turno, en el caso de México, desde el inicio de su transición en el poder destacaba que los negocios públicos estarían siempre por encima de los privados; nótese que jamás hizo referencia a asuntos públicos, dando por sentado que los dineros serían manejados por su gobierno. Esta referencia es clara en cuanto a la concepción que ha tenido y tiene de gobernar; desde luego hemos vivido todo tipo de desdén e insulto al ambiente privado en materia de inversión. No ignorábamos su pretensión de autosuficiencia en el renglón petrolero y el energético, lo que ignorábamos era que el destino a la inversión productiva se desviaría a tres caprichos monumentales y absurdos. 

Si lo anterior brinda claridad en lo referente a negocios públicos, la alusión del presidente, entonces podemos ampliar nuestro horizonte de interpretación del pensamiento de un hombre que contempla un país en una retrospectiva anclada en un despegue de nación y no en su evolución. Esa es la confrontación que vivimos. El Estado fuerte que menciona el presidente no tiene cabida en la apertura en la que desde hace décadas cohabitamos. El tamaño de la economía se dimensionaba en márgenes o cuotas de participación y el presidente todo lo concibe como absoluto. Lo único que ha logrado es una cadena de dependencias con un vicio de origen: un recurso finito. 

 

Las arcas del año 2018, hemos mencionado en este espacio, no son las mismas en el inicio del 2022. Esta transición tiene un gran pendiente con la nación, crear riqueza. Se menciona en forma simple, para acompasar las fórmulas que emplea, simples y para demostrar que todas sin excepción, son fallidas en su concepción, en su carente estructura y en su propagación. Seguirá la dependencia en esa cadena interminable como ciclo perverso: deuda, inflación, derroche, carencias, deuda, inflación, derroche, carencias…el camino de una transformación ilusoria. 

 

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Manuel Torres Rivera
Manuel Torres Rivera es egresado de la UNAM, de la Escuela de Contaduría Pública. También estudió Economía y recibió un grado de Master of Business Administration de la Universidad de Tulane. Ha dedicado gran parte de su vida profesional a la docencia y la consultoría. Es socio de Formación y Desarrollo Clave. Tiene pasión por el alpinismo y ha recorrido buena parte del mundo en esta actividad. También por los caballos. Ha colaborado en el programa de Eduardo Ruiz–Healy.
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