LA CASA DE  LOS OLVIDOS | PARTE 26

   Julio Chavezmontes   ___________________________________ Después de haber leído las dos últimas entradas del diario de Matilda Claymon (la de la fiesta en Los Olvidos refiriéndose al visitante inesperado, y la del 14 de febrero en la que...

3 de marzo, 2021 Los Olvidos

 

 Julio Chavezmontes

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Después de haber leído las dos últimas entradas del diario de Matilda Claymon (la de la fiesta en Los Olvidos refiriéndose al visitante inesperado, y la del 14 de febrero en la que volcaba sus emociones sobre alguien enteramente desconocido para mí, que no recordaba yo haber visto mencionado en  ninguna de las entradas de su diario que ya había yo leído),  sentí la necesidad de ir a ver a doña Rosita Salas; solamente ella podría ayudarme a entender.

A Doña Rosita no tendría yo que decirle demasiadas cosas; no me sorprendería que ella supiera por adelantado lo que yo quería contarle. Ella no solamente sabría mis sentimientos, sino que los comprendería y además me ayudaría a comprenderlos yo mismo. Don Antonio Castillo me había compartido que ni el pasado ni el presente son dimensiones ajenas entre sí; que pretender separarlos era un error.

Pero una cosa es decir que pasado y presente fluyen juntos sin limitaciones, y otra muy distinta es percatarse de esa realidad para poder entrar en ella. Si se trataba de trasponer un umbral, Doña Rosita sin duda, podría ayudarme; ella que había adquirido una especial sabiduría  sin pretensiones de videncia ni de iluminación. Su luz inocultable, brillaba sin ostentación;  bastaba verla tranquilamente sentada en su banca de huanacaxtle (sin clavos ni pegamento) frente a esa mesa suya que nadie podría robarse, ni queriendo… Pensando en todo esto, de pronto vino a mi memoria el maravilloso libro de  Antoine de Saint Exuperie, El Principito al que su amigo el zorro le enseña que lo esencial es invisible para los ojos; solamente puede verse claramente con corazón.

Aunque normalmente Doña Rosita siempre estaba en El Faro, quise asegurarme y decidí ir el domingo por la mañana para confirmar si ya estaba en su lugar favorito,  o ver si Don Alejandro Salas me indicaba a qué hora sería mejor que fuera yo a verla. Llegué a El Faro poco después de las  doce del día.




Ahí estaba Don Alejandro Salas en la recepción y, como siempre, cada vez que contestaba el teléfono, decía su frase de rigor: ¡Hotel El Faro; el más fresco de Acapulco!

Hola hijo, ¿cómo estás?

Bien, Don Alejandro, quería ver si Doña Rosita va a andar por aquí al rato.

Ni tan al rato; la invitaron a comer a la Cabaña de Caleta y como le encanta, regresará por aquí como a las  cinco de la tarde, cuando menos. Primero se fue a Misa a la catedral, y saliendo se va a Caleta.

¿Entonces cree usted que si regreso a las seis, la encuentre?

¡Claro que si hijo!, a esa hora la ves aquí en el vestíbulo como siempre.

No tenía caso regresar hasta mi casa si iba yo a ver a Doña Rosita  por la tarde en este extremo de la bahía; pensando la opción más práctica para quedarme en este lado del puerto, decidí  bajar al Hotel Mozimba donde podría yo comer y tomármela con calma haciendo tiempo para regresar a buscar a Doña Rosita.

Ya cerca de las cinco de la tarde, pedí un café negro y un helado de vainilla   hecho en casa; la primera vez que probé esa combinación fue precisamente en el Mozimba y desde entonces no variaba yo de postre cuando iba ahí. Llegué a El Faro pocos minutos después de las seis de la tarde, y me recibió Doña Rosita que aparentando regañarme me dijo en tono festivo: 

¡Condenado escuincle!, me tienes esperándote desde hace una hora.  Alejandro me dijo que te urgía verme ¡y aquí me tienes espera y aguarda!

Ya le iba yo a dar mi más convincente explicación, cuando  no pudiendo contener la risa, me dijo a continuación:

¡No te lo creas hijo!, me estoy divirtiendo a tus costillas; una bromita inocente. 

No se preocupe, Doña Rosita, pero ya me la estaba yo creyendo.

¡Que milagro que te acuerdas de mí!,  ya tenía rato que no te dabas una vuelta por aquí. ¿Sigues con tus olvidos?

¡Que le puedo decir!

Ya me imagino hijito… Me imagino que vas a tener que traerme una Yoli, ¿verdad?

Se la traigo Doña Rosita; ahorita vuelvo.

Regresé con la Yoli para Doña Rosita y tomé asiento frente a ella donde siempre.

¿Hoy no me vas a fumigar con un puro?

No Doña Rosita; la verdad no fumo; el puro del otro día fue una casualidad.

Menos mal niño, porque esas cosas acaban matándote. Y ahora ponme al día con tus Olvidos.

El tono casual de Doña Rosita no le restaba valor a su predisposición de escucharme con cariño y cuidado; así había sido entre nosotros desde que comenzamos a ser amigos. Asumió su postura de consejera, sentada cómodamente en su banca frente a mí; destapó su Yoli y la vertió en  un vaso que llenó hasta la mitad; dio un par de sorbos, dejó escapar un aaaaah dejando ver cuánto lo disfrutaba y me animó a decirle lo que quisiera.

Fíjese Doña Rosita que he estado descubriendo muchas cosas desde la última vez que nos vimos aquí. Resulta que ahora toda la gente cercana a mí,  sabe de Los Olvidos y además conocieron a Matilde Claymon; ¿Quién se lo hubiera imaginado?

¿Qué te sorprende hijo?

¿No es de sorprender? Esa casa siempre me ha intrigado y en todos estos años nunca oí a nadie que la mencionara; se me ocurre comentar por casualidad,  y todo mundo sabe hasta detalles de sus dueños, de su historia y hasta de Matilda.

No es de sorprender, niño. Las cosas que están llamadas  ocurrir, ocurren a su propio paso, pero suceden. ¿Qué tanto has descubierto?

Pues con decirle que ¡hasta mi abuelito resultó amigo de Don Emmanuell Claymon! Hasta le enseñó a hablar otomí cuando coincidieron en las minas de Zimapán en Hidalgo. Y Don Antonio Castillo que es mi amigo,  también lo conoció. Desde que la vi a usted la última vez que vine al Faro, he ido varias veces a Los Olvidos y he hojeado los diarios de Matilda Claymon, y algunas cartas. Don Marcelino me ofreció dejarme ver un perfume que encontraron en la casa, pero lo extraño Doña Rosita, es que ni ese perfume ni nada de las cosas que tienen guardadas en dos cajas de cartón, estaban ahí cuando limpiaron toda la casa de arriba abajo recién habiendo entrado ahí a trabajar. Los diarios de Matilda Claymon cuando los he estado leyendo, despiden un ligero, casi imperceptible aroma de perfume; tengo curiosidad de ver si el perfume que guarda la esposa de Don Marcelino pueda ser el mismo.

¡Aguas con los olores hijo!, los aromas son detonadores de cosas impredecibles.

También Don Marcelino me ha dicho eso Doña Rosita.

Y tiene razón hijito; es posible que sin darte cuenta,  en alguna parte, en otro tiempo hayas percibido el olor de una flor, o de leña quemándose, o de pan en el horno, y sin duda alguna de un perfume.

Un perfume puede hacerte recordar cosas que no te puedes imaginar, y si es el perfume de alguien especial…

Hay que estar atento a los perfumes mi niño.

En cuanto a que ahora resulta que todo mundo parece saber algo  de Los Olvidos y de sus habitantes,  es algo parecido a lo que sucede cuando te lastimas un dedo; de repente todo mundo te tiene que pegar justo ahí, donde tienes lastimado.

Pasa lo  mismo con tu descubrimiento. Hasta antes de entrar a Los Olvidos, para ti era una casa muy bonita tendida sobre la explanada en un sitio enigmático frente al mar. Ahora que has ido adentrándote en su historia viva,  ya eres parte de esa misma historia; ya no eres un espectador que la ve desde fuera. Ya recorriste sus pasillos, has estado en sus terrazas,  has andado por ese sendero donde me dijiste que encontraste inscrita la fecha de tu nacimiento en una baldosa. ¿Tú crees que haya sido por casualidad?

No me lo tome a mal Doña Rosita,  pero yo  no tengo respuestas para nada de esto; yo esperaba que usted  me aclara algunas de las dudas que me han surgido, especialmente en los últimos días. 

Doña Rosita me miraba como con ganas de decirme otras cosas; como si no pudiera creer que tuviera yo solamente preguntas y que no hubiera encontrado una sola respuesta.

Su actitud no era como la de alguien que se sorprendiera burlonamente de lo tonto que pudiera ser yo, sino de alguien que por quererme mucho, sentía ganas de gritarme para hacerme ver cosas que para ella eran evidentes y de las que yo no me daba por enterado.

En los últimos días he leído dos entradas del diario de Matilda Claymon; la primera habla de una fiesta en Los Olvidos, la segunda es desconcertante porque parece una confidencia muy especial en la que habla de alguien de quien no tengo la menor idea de quien pueda ser.

¡Ah caray, chamaco! Barájamela despacito y cuéntame en orden. Cuéntame de la fiesta.

Resulta, Doña Rosita, que a principios de febrero de 1943 hubo una fiesta en Los Olvidos; ¡echaron la casa por la ventana! Estuvo la orquesta de Glenn Miller; ¿Ha oído usted hablar de él?

Doña Rosita se acomodó en su banca, se hizo un poco hacia atrás, y soltó una verdadera carcajada hasta casi llorar de la risa.

¿Qué si conocí  a  Mister Glenn Miller? ¿Dónde crees que llegó a tocar con su orquesta además de en Los Olvidos?

No tengo idea Doña Rosita.

Pues en La Perla, pollito adorado. Lo trajeron a La Perla Don Carlos Barnard y Teddy Stauffer. Ya sé,  la clase de fiesta a la que te refieres; efectivamente echaban la casa por la ventana. Los Claymon eran especialmente buenos anfitriones. ¿Y qué dijo mi niña Matilde de la fiesta?

Pues dijo que en la terraza principal de Los Olvidos, se encontró a un joven  desconocido que no estaba vestido de etiqueta como los demás invitados.

¿Y luego qué?

Nada, que cuando la vio a ella, se quedó tan fresco, la miró y le sonrió, pero no le dijo nada. Luego dice en el diario que pensándolo bien,  no le parecía un intruso fuera de lugar; le gustaron sus ojos y le cayó bien.

¿Y a ti te cayó mal?

¿A mí por qué me iba a caer mal?

¿De verdad me lo preguntas, hijito?

¡Si, Doña Rosita!

¡Ay hijito!,  no te has podido olvidar de Los Olvidos desde que Don Marcelino te dejó pasar;  has estado leyendo los diarios de mi niña Matilde, sus cartas y ahora estas a punto de descubrir si un perfume que guarda la esposa de Marcelino es el mismo que has sentido en sus diarios. Mi niña Matilde no te es indiferente.

¡Ay Doña Rosita!, su niña Matilde sólo Dios sabe dónde habrá ido a dar.

Mira m’ijito, a lo mejor no te cayó pésimo el joven que se coló a la casa de los Claymon,  pero creo  que te conozco suficiente para saber que cuando menos, hubieras querido estar tú en su lugar.

Pa’ que más que la verdad Doña Rosita; eso sí es cierto.

¡Ah verdad! No todos los hombres son iguales,  pero de que se parecen, se parecen hijito.

Pero además, Doña Rosita,  su niña Matilde dijo que ese joven le había robado la tranquilidad,  y que recordarlo la hacía sonreír.

Y tú, encantado, ¿no?,  ¿te das cuenta que para los sentimientos no hay pasado ni presente?,  ese chico te cayó regordo, porque tú tampoco te puedes quitar de la cabeza a Matilda. Y ya no le digas Matilda Claymon como queriendo ser impersonal escuincle. Te doy permiso de que me hables de Matilda, sin tanta parsimonia. ¿Te das cuenta de  que me vienes a ver porque a la que buscas es a ella?

Caray Doña Rosita,  me va usted a confundir peor.

Al contrario hijito, te voy a ayudar a dejar de andar dando tanta vuelta. Al episodio de la fiesta que parece tan simple y sencillo, con el tiempo le vas a encontrar otras explicaciones,  pero por ahora no hay mucho más que buscarle por ahí. ¿Y la que llamas la segunda entrada del diario, qué dice?

¡Híjole Doña Rosita!, esa segunda entrada es la que  me dejó confundido. Es una confidencia en la que Matilda habla de otro joven; no puede haberse referido al que menciona en relación con la fiesta del 31 de enero de 1943 celebrada en su casa, o por lo menos no creo. No estoy seguro de nada. Le dice a su diario que ha esperado a alguien muchísimo tiempo y deja ver su frustración porque él,  quien quiera que él sea, no ve las señales que ella le ha hecho. Parece tener sentimientos muy intensos por ese joven del que  yo no había tenido hasta ayer, ninguna pista. Para mí fue una sorpresa inmensa ver de repente una expresión tan intensa que no puede ser más que amor; un amor que lucha por hacerse sentir, pero que no lo ha  logrado. Las palabras de Matilda denotan que lo conoce muy bien y desde hace muchísimo tiempo; más tiempo del que él mismo podría imaginar. De otro modo no podría describirlo como un soñador con miedo de soñar. Algo que me llamó mucho la atención es que Matilda dice ahí cosas que a mí me dijo Antonio Castillo cuando pasé  a verlo a su casa de Tecalpulco hace poco. Toño me dijo que entre el pasado, el presente y el futuro, no existen barreras reales; que somos nosotros mismos los que nos frenamos por temor o por cualquier otra causa que nos impide ser nosotros mismos.

Doña Rosita me escuchaba con atención y parecía coincidir con lo que decía Antonio Castillo sobre los límites del tiempo.

Me escuchaba dejando intencionalmente que dejara yo salir todo lo que traía conmigo; que me abriera completamente para así poder comprenderme.

¿Será posible, Doña Rosita, que existan soñadores con miedo de soñar?, ¿no es una contradicción?

No es ninguna contradicción hijito; ¿no has oído decir que no hay peor ciego que el que no quiere ver? Vivimos rodeados por un mundo empecinado en suprimir todo sentimiento desestimándolo como fantasioso, como ajeno a la realidad y signo de inmadurez. La gente se rige por normas donde prevalecen las apariencias, el qué dirán, en corto, la hipocresía.

No me sé  las palabras de Matilde de memoria, pero dice que aquel joven, al mismo tiempo que no percibe las señales de ella, ¡se supone que la ha estado buscando!

¡O ella no le ha dejado esas señales, o él no la ha estado buscando; no me hace sentido que ella haga señales que él, que supuestamente la busca, no pueda ver!

También ahí creo que te precipitas mi niño; hay veces que pretendemos buscar algo que no podemos ver, y lo tenemos frente a nosotros, como se dice más  comúnmente, a pesar de tenerlo frente a las narices.

Pero Doña Rosita, ¿no sería más fácil para ella decirle de frente a ese joven sus sentimientos y ya?

¿De verdad crees que sería tan fácil? Los seres humanos somos especialistas en dificultarnos las cosas; en buscarle tres pies al gato, en querer que las cosas sean como nuestro capricho quiere dictar, en vez de abrir la mente y el corazón que es la forma más sencilla de descifrar cualquier misterio. Hace unos momentos me acabas de decir que de un tiempo para acá,  resulta que todas las gentes que te rodean, saben de los Claymon, de Los Olvidos y de Matilda; ¿no te parece curioso?, ¿crees que  todo eso sean casualidades una tras otra? ¿No te parece inverosímil que tu abuelo haya conocido al papá de Matilda y hasta le haya enseñado a hablar nada menos que otomí y de haber podido, hasta náhuatl?  Aunque no lo creas, no siempre fui esta viejita que ves; tuve mi corazoncito y no me faltaron pretendientes. Tuve mis desencuentros. Supe lo que es la desesperación de ver al hombre que yo quería, dar vueltas como abejorro zumbador sin saber qué hacer, por más señales que yo le daba. Nada más hubiera faltado que lo amarrara y me lo llevara a mi casa. Ustedes los hombres no lo saben, pero son muy brutos; y tú me habrás de perdonar hijito, pero si no me crees, pregúntale a tu mamá. ¿Cuántas gentes conocidas tuyas conocen algo de tus Olvidos y de Matilda? ¿No te parece difícil de creer que en Tecalpulco, ese pueblito perdido a la mitad de la sierra, resulte que tu amigo Antonio Castillo sabe vida y milagros de los Claymon y de tus Olvidos? ¿No te sorprende que tu abuelo sepa también? Yo te puedo escuchar y puedo tratar de aconsejarte lo mejor posible; puedo ponerme en tu lugar al escucharte para comprenderte mejor,   pero no puedo tomar tu lugar. Si no te puedes dar por aludido,  ahora si ni niño, “hasta que te caiga el veinte”  como dicen ahora los chavos.

No sé ni que pensar Doña Rosita…

Eso estoy viendo  escuincle, eso estoy viendo.

Si pudiera yo repetirle de memoria lo que dice Matilda, o copiarlo y traérselo a usted, se daría cuenta que parecen acertijos.

Por lo que me has dicho hasta ahorita, yo veo todo muy claro hijito. No veo los acertijos por ninguna parte. Por ejemplo hijito, contra lo que tu percibes, me parece que el joven que se coló a la fiesta podría ser perfectamente el mismo al que se refiere en la segunda entrega.

¡Pero cómo Doña Rosita!

Como lo oyes Pequitos. Así de simple. Las cosas no suceden en línea recta y continua en un orden inalterable; hay eventos que parecen haber sucedido antes  pero pueden haber sucedido después; ¿nunca te ha pasado esa cosa que llaman Déjà vu? Es cuando algo que te ocurre te da la impresión de haberte sucedido ya; o alguien a quien nunca habías visto, te parece un viejo conocido. Eso no son patrañas ni tonterías;  no soy muy leida ni escribida, como suele decirse,  pero he aprendido mis cositas abriendo los ojos y parando las orejas.  No soy tan de a tiro burra, y ya te he dicho que sabe más la diabla por vieja que por diabla.

Ahorita que dice usted eso, recuerdo que ella dijo algo de haber estado presente y haber conocido la tristeza y la soledad de ese desconocido, e incluso saber el momento exacto en que alguien le rompió el corazón cuando era apenas un niño.

Esto que describes encaja exactamente con lo que te acabo de decir; los famosos Déjà vu; no son afiguraciones jaladas de los pelos, son fenómenos que según entiendo, son estudiados por los científicos con total seriedad. ¿No has oído hablar de las almas gemelas?; no se dan en maceta y peor aún, a veces aunque dos almas sean la  una para la otra, si no se ven de esa forma las dos, nada puede hacerse para juntarlas. Creo que hasta hay un cuento por ahí de un tal Diógenes y su  linterna. No me sé bien la fábula, pero en resumidas cuentas,  la moraleja era que aunque algo sea difícil de ver, no significa que sea escaso o que no exista; ¡hasta podríamos tenerlo enfrente sin percatarnos de su presencia!

Hay otra parte de lo que  dice en esa entrada, que me confundió mucho también; ella  dice que él se resistía a ser quien realmente es o era, hasta que un día llamó a su  puerta y pidió entrar…

¡Ay hijito!, ¿tú  crees que se haya referido al chico de la fiesta? Ese joven ni siquiera pidió entrar ni llamó a la puerta; pero yo tampoco  creo que haya sido un intruso; en eso coincido con mi niña Matilda. Si quieres saber de quién ha estado hablando en esos diarios, te puedo prestar un espejo…

¡Cómo cree Doña Rosita!

Creo que  mejor le voy a pedir prestado el diario de Matilda a Don Marcelino para que lo lea usted.

No hace falta hijito;  con lo que me has estado diciendo creo que me queda claro tu dilema. Yo creo que aquí ha habido muchos desencuentros;  muchos cruces de caminos que siguen pendientes de coincidir en el sitio y el tiempo precisos. Creo que hay sentimientos que lejos de menguar o disminuir,   se han fortalecido, porque las cosas del alma no son efímeras ni caprichosas. La respuesta es mucho más sencilla de lo que puede parecer. Antonio Castillo que, también es amigo  mío, aquí mismo donde estamos sentados, ha dicho eso de que el tiempo no existe como limitante; que no hay barreras entre presente, pasado y futuro y no existen ni se necesitan máquinas para viajar por el tiempo porque las máquinas solamente  pueden navegar por espacios materiales, y el tiempo no es material. Cada quién tiene que encontrar su camino; hay quienes pueden ayudarnos y otros que buscan desviarnos y apartarnos de nuestro destino, pero Dios existe querido  hijito, y nadie es probado más allá de sus fuerzas y sus medios. Es más, Nuestra pequeña mente, tiene grandes limitaciones, pero en esta dimensión en la que vivimos,  hay una capacidad que podemos ejercer y desarrollar sin limitación alguna con tan solo decidirnos.

¿Qué capacidad es esa, Doña Rosita?

La capacidad de amar mi niño;  para eso no tenemos límite alguno; es en eso que fuimos creados a imagen y semejanza de Dios; aunque te suene a catecismo del Padre Ángel.  

Yo no soy alérgico a la fe Doña Rosita, estoy totalmente de acuerdo con usted.

¿Ah sí?, ¡Pues ponlo en práctica! 

Después de esta larga plática, Doña Rosita tomó su vaso y bebió un poco de su Yoli que ya no ha de haber estado tan fría.

Luego me dijo como pensando cuidadosamente sus palabras:

¿Cuándo vas a volver a Los Olvidos?

Pensaba ir mañana otra vez. ¿Por qué?

Me parece perfecto Pequitos; ve mañana y pídele a Marcelino o a su esposa que te presten el perfume que ella guarda. Llévalo donde normalmente has estado leyendo los diarios y  las cartas y con mucho cuidado trata de oler un poquito.  No tienes que abrirlo todo y menos de golpe. Basta que dejes salir un poquito de su aroma.  Si hay señales qué captar, nada mejor que un perfume así para descubrirlas. Te vas a acordar de mí. Por eso te he dicho lo de cuidado con los olores, y Marcelino creo que también te lo ha dicho.

La tarde se hizo noche sin darme cuenta; me despedí de Doña Rosita con un beso en su frente, y ella me dio otro también en la frente.

Ya estaba yo por salir de El Faro cuando Doña Rosita llamó mi atención:

Dígame, Doña Rosita.

Nada más quiero que sepas que te quiero mucho escunicle.

Yo también a usted, Doña Rosita.

LEA:

Los Olvidos | Parte 25

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Corazón de Costa Azul esperando  a que llegara el Padre Ángel para decir Misa. Cuando me vio, me preguntó qué andaba yo haciendo ahí si no era sábado  por la tarde. - Padre, vine a ver si puedo quitarle  cinco minutos después de la Misa. - ¿Te quieres confesar? - Ahorita no, padre; es otra cosa que puede esperar a que termine usted de oficiar la Misa. - Está bien, hijo, nos vemos aquí terminando la Misa. La iglesia de Costa Azul es muy bonita; es de estilo Art Deco tropical, muy sobria, y tras el altar hay una gran imagen del Sagrado Corazón de Jesús tallada en madera, con una altura de más de tres o cuatro metros, con los brazos abiertos abrazando a todos sus hijos-hermanos. Yo siempre escuchaba la Misa sentado sobre una banca de piedra que hay al exterior del templo para las Misas de fin de semana en las que hay más gente. Terminando la Misa fui a esperar al Padre a la sacristía. Al salir me dijo muy amablemente: - ¿Te quieres tomar un café? - Claro que sí, padre, donde usted diga. - Hay un café muy agradable y tranquilo en Almirante Ortiz Monasterio cerca de la panadería de Icacos,  ¿sabes dónde es? - Claro que sé padre, ahí compramos los vidrios que le encantan a toda la familia. - ¿A quién no,  hijo? Llegamos rápido al cafecito porque no está lejos Icacos de Costa Azul y no había tráfico. - Hijo, mientras pido el café, ¿por qué no me regalas un par de vidrios? - ¡Claro, padre! –fui con el Señor Salas por cuatro vidrios–. Al regresar ya estaban servidos dos cafés humeantes que  olían delicioso. - Aquí están los vidrios, padre. - Gracias, hijo, y ahora dime ¿en qué te puedo ayudar? - No me vaya a regañar, Padre, pero quiero pedirle un favor que la verdad me da pena. - ¿Pues qué cosa horrible quieres que haga por ti? - No, padre, es que no sé qué santa se celebra el día que nací. El padre Angel se puso a reír como monaguillo diciéndome que no lo podía creer. - ¿Cómo es posible hijo querido que no sepas qué santo se conmemora el día que naciste? - ¿Y cómo sabes que es santa y no santo? - Una amiga mía me lo dijo, pero no  me  quiso decir quién es mi santa  patrona; me dijo que le preguntara yo a usted. - ¿Y quién es esa amiga tuya? - Doña Rosita Salas, la dueña del  hotel  El Faro. - ¡Ah que caray!, esa si es sorpresa, hijo. Yo conozco bien a Doña Rosita Salas, de repente va a Misa a la iglesia de Cristo Rey, o la veo en la Catedral que es donde va más seguido. ¿Y tú de que la conoces? - Pues de puro metiche padre;  siempre hemos ido mucho al Mirador para cenar en La Perla o  ver los clavadistas,  y paseando por la plaza un día fuera de El Faro vi un par de placas de bronce que conmemoraban tanto El Faro como El Mirador y decían que Don Carlos Barnard había sido el precursor del desarrollo de Acapulco.Y entré al hotel para ver cómo era por dentro, porque se veía bonito  y al  parecer era antiguo. - Antiguo si es hijo, debe ser como de los años 30, más o menos del mismo tiempo que comenzó El Mirador. - Pues al entrar vi un foto-mural muy grande con un grupo de personas entre las que se veía una joven muy bonita,  con el  pelo negro muy brillante formando dos chongos trenzados a ambos lados de la cabeza. 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Esa decisión solo tú  la puedes tomar y nadie te lo  puede impedir ni reprochar.  Ya recorriste un camino que no imaginaste que recorrerías; hace algunos meses, Los Olvidos para ti, era una casa enigmática sobre la saliente de los acantilados, oculta detrás de su palmar; pero ya entraste y todo cambió para ti. No has querido mirar los álbumes, pero a pesar de eso, dos fotografías en las que sale Matilda, han encontrado la forma de que las vieras. Gracias a que me trajiste el primer retrato que encontraste de Matilda, pude decirte quién era M.C. Lo único que me queda claro, hijito, es que desde que  fuiste a Los Olvidos y entraste,  te has compenetrado de sus secretos; de ser un espectador te has convertido en protagonista; de ser un rastreador de señales, te has vuelto parte de su historia. No a mucha gente le pasan estas cosas; no hay muchos  tan afortunados como tú. Ya te dije,  chiquito, tómatelo con calma; te aconsejo que cuando puedas y quieras, vayas a Los Olvidos y revises los diarios que no has visto y te asomes a los álbumes. Y ahora, mi niño, ya te dejo de perorar porque ya hablé demasiado. - Usted nunca habla de más,  Doña Rosita.  Siempre que la escucho, me hace bien y me aclara, y al aclararme, me da mucha tranquilidad. Voy a seguir su consejo; voy a ir con calma a Los Olvidos,  voy a platicar con Don Marcelino y a revisar lo que no he visto. - ¿Puedo venir a verla? - Tú no me tienes que pedir permiso  para venir a verme, niño. Ya te dije que aunque me des tanta lata, te quiero mucho. Ven todo lo que quieras, pero eso sí, siempre y cuando me traigas mis Yolis heladas. Salí del Faro como a las tres y media de la tarde. Estaba un poco cansado. Decidí irme directo al Pierre Marqués para estar tranquilo hasta que se pusiera el sol. Llegué poco más de media hora después, saludé a las señoritas de la recepción, y pedí una copa de vino blanco en el bar para luego dirigirme a uno de los toldos,  sentarme a ver el mar y ordenar mis ideas. Al ir apagándose la tarde, el mar se convertía en un caleidoscopio de tonalidades caprichosas; no hacía calor y corría una  brisa deliciosa. Estaba yo  distraído cuando escuché acercarse  cantando la inconfundible voz de un señor  en la playa desde muchos años atrás; había ido perdiendo la vista y ahora lo ayudaba un nietecito suyo que recogía lo que su abuelito ganaba por cantar. Cuando se acercaron donde yo estaba, lo saludé y reconoció mi voz.  - Hola joven, ¿cómo ha estado? - Bien Don Pano, ¿y usted? - Aquí cantando como siempre; ya ve usted que ahora me acompaña mi nietecito, se llama  Ricardo. - Hola Ricardo. - Hola joven. - ¿Se quiere sentar aquí tantito, Don Pano? - Sí joven,  con mucho gusto. - ¿Quieren tomar algo? - No joven, muchas gracias. - Con confianza Don Pano; ¿tu Ricardo, quieres un refresco? El pequeño le preguntó a su abuelito que le dio permiso. - ¿Puedo pedir una Pepsi? - Claro que sí.  - Le pedí al joven que atendía en los toldos que, por favor, trajera otra copa de vino blanco y una Pepsi para el niñito. - ¿Qué anda haciendo por aquí, joven? - Lo de siempre, enamorado de Acapulco. - ¿Nada más de Acapulco? De pronto no supe qué contestarle, pensando que era la clásica conversación ligera como para pasar el rato sin más, pero Don Pano,  que a pesar de su invidencia, sí veía, interpretó mi silencio y esbozando una sonrisa luminosa, me dijo: - O sea mi joven, que no nada más está enamorado de Acapulco; ya hay alguien más… - La verdad no sé,  Don Marcelo, entre otras cosas por eso vine a la playa, para poner en orden la cabeza. - Ay querido joven,  cuando el corazón entra en acción, lo mejor es seguirlo porque los sentimientos no se gobiernan con la cabeza, no  se piensan, se sienten. - ¿Quiere que le cante su “bésame mucho”? Entre Don Pano  y yo se había hecho toda una tradición siempre que nos veíamos, que cantara esa canción de Consuelito Velázquez. Se la había yo oído cantar a todos los cantantes  imaginables, pero ninguno la cantaba como Don Pano con su guitarra y acompañado por el coro de las olas. 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Cuando me vio, me preguntó qué andaba yo haciendo ahí si no era sábado  por la tarde. - Padre, vine a ver si puedo quitarle  cinco minutos después de la Misa. - ¿Te quieres confesar? - Ahorita no, padre; es otra cosa que puede esperar a que termine usted de oficiar la Misa. - Está bien, hijo, nos vemos aquí terminando la Misa. La iglesia de Costa Azul es muy bonita; es de estilo Art Deco tropical, muy sobria, y tras el altar hay una gran imagen del Sagrado Corazón de Jesús tallada en madera, con una altura de más de tres o cuatro metros, con los brazos abiertos abrazando a todos sus hijos-hermanos. Yo siempre escuchaba la Misa sentado sobre una banca de piedra que hay al exterior del templo para las Misas de fin de semana en las que hay más gente. Terminando la Misa fui a esperar al Padre a la sacristía. Al salir me dijo muy amablemente: - ¿Te quieres tomar un café? - Claro que sí, padre, donde usted diga. - Hay un café muy agradable y tranquilo en Almirante Ortiz Monasterio cerca de la panadería de Icacos,  ¿sabes dónde es? - Claro que sé padre, ahí compramos los vidrios que le encantan a toda la familia. - ¿A quién no,  hijo? Llegamos rápido al cafecito porque no está lejos Icacos de Costa Azul y no había tráfico. - Hijo, mientras pido el café, ¿por qué no me regalas un par de vidrios? - ¡Claro, padre! –fui con el Señor Salas por cuatro vidrios–. Al regresar ya estaban servidos dos cafés humeantes que  olían delicioso. - Aquí están los vidrios, padre. - Gracias, hijo, y ahora dime ¿en qué te puedo ayudar? - No me vaya a regañar, Padre, pero quiero pedirle un favor que la verdad me da pena. - ¿Pues qué cosa horrible quieres que haga por ti? - No, padre, es que no sé qué santa se celebra el día que nací. El padre Angel se puso a reír como monaguillo diciéndome que no lo podía creer. - ¿Cómo es posible hijo querido que no sepas qué santo se conmemora el día que naciste? - ¿Y cómo sabes que es santa y no santo? - Una amiga mía me lo dijo, pero no  me  quiso decir quién es mi santa  patrona; me dijo que le preguntara yo a usted. - ¿Y quién es esa amiga tuya? - Doña Rosita Salas, la dueña del  hotel  El Faro. - ¡Ah que caray!, esa si es sorpresa, hijo. Yo conozco bien a Doña Rosita Salas, de repente va a Misa a la iglesia de Cristo Rey, o la veo en la Catedral que es donde va más seguido. ¿Y tú de que la conoces? - Pues de puro metiche padre;  siempre hemos ido mucho al Mirador para cenar en La Perla o  ver los clavadistas,  y paseando por la plaza un día fuera de El Faro vi un par de placas de bronce que conmemoraban tanto El Faro como El Mirador y decían que Don Carlos Barnard había sido el precursor del desarrollo de Acapulco.Y entré al hotel para ver cómo era por dentro, porque se veía bonito  y al  parecer era antiguo. - Antiguo si es hijo, debe ser como de los años 30, más o menos del mismo tiempo que comenzó El Mirador. - Pues al entrar vi un foto-mural muy grande con un grupo de personas entre las que se veía una joven muy bonita,  con el  pelo negro muy brillante formando dos chongos trenzados a ambos lados de la cabeza. 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Unos diarios,  unas cartas y postales, todas en inglés solamente tienen sentido si quien decidió dejarlos ahí, sabía que llegarían a las manos de su destinatario, un destinatario que podría leerlas  y hasta ahora, creo que el único visitante de Los Olvidos eres tú. Por cierto hijito, ¿Dónde aprendiste inglés?  - ¿No le he contado, Doña Rosita? - No m’ijo; no me has dicho; pero dime ahora. - Estuve interno en un colegio militar en Estados Unidos desde 1959 a 1963; regresé a México pocos días después de que mataron al presidente Kennedy. - Nunca me habías dicho. ¿Y qué tal estuvo? Cuando Doña Rosita me preguntó qué tal había estado, mi vista de perdió en el vacío de los recuerdos; pasaron frente a mí muchos momentos que creía olvidados; el día que me fui de México al internado, los detalles del viaje primero a Nueva York, luego a Washington y finalmente a Linton  Hall en Virginia. Mi primera noche en el dormitorio, y luego la desaparición del tiempo que un día sin avisar, dejó de transcurrir; dejó de transcurrir porque dejé de vivir en función de regresar algún día. La voz de Doña Rosita me trajo de regreso al Faro: - ¡Hijito! ¿Dónde andas? - Perdón, Doña Rosita, me perdí con su pregunta. Ya no insistió en saber cómo me había ido. Se quedó viéndome con un aire de ternura y retomó la conversación.  - Ayer dijiste que quién sabe dónde habrá ido a dar mi niña Matilda, pero yo creo que la forma de averiguarlo es revisar el contenido de esas dos cajas de cartón que te esperan en Los Olvidos. No se trata de los últimos dos o tres meses Pequitos, te ha tomado muchos años acercarte  ahí, porque me has dicho que desde la casa Ralph es  donde comenzaste a fijarte en esa casa; luego te fuiste al internado y cuando volviste a venir a Acapulco, seguiste intrigado y atraído a tal grado, que un buen día decidiste llamar a su puerta y pedir que te dejaran entrar. Si estuviéramos limitados por las reglas del tiempo lineal, no tendría explicación posible   que estés tan ligado a esa casa desde niño.  Estoy hablando demasiado hijito; ya se me pasó la  mano. - Para nada, Doña Rosita; lo que dice tiene mucho sentido y además me encanta escucharla. - Está bien hijito;  entonces nada más ten en cuenta que ni yo ni Marcelino ni nadie que yo imagine, puede decirte por qué motivo está grabada la fecha de tu nacimiento en Los Olvidos. Te aconsejo que te lo tomes con calma y que te asomes a los diarios que no has leído, a los álbumes que no has querido ver. No es algo que puedas hacer a la carrera; no puedes irte corriendo ahorita a Los Olvidos a hojear deprisa todo lo que no has visto y regresarte conmigo trayéndome Yolis para que yo te resuelva las dudas. De ti depende seguir las señales que se te han dado desde que entraste a Los Olvidos, o no seguirlas. Esa decisión solo tú  la puedes tomar y nadie te lo  puede impedir ni reprochar.  Ya recorriste un camino que no imaginaste que recorrerías; hace algunos meses, Los Olvidos para ti, era una casa enigmática sobre la saliente de los acantilados, oculta detrás de su palmar; pero ya entraste y todo cambió para ti. No has querido mirar los álbumes, pero a pesar de eso, dos fotografías en las que sale Matilda, han encontrado la forma de que las vieras. Gracias a que me trajiste el primer retrato que encontraste de Matilda, pude decirte quién era M.C. Lo único que me queda claro, hijito, es que desde que  fuiste a Los Olvidos y entraste,  te has compenetrado de sus secretos; de ser un espectador te has convertido en protagonista; de ser un rastreador de señales, te has vuelto parte de su historia. No a mucha gente le pasan estas cosas; no hay muchos  tan afortunados como tú. Ya te dije,  chiquito, tómatelo con calma; te aconsejo que cuando puedas y quieras, vayas a Los Olvidos y revises los diarios que no has visto y te asomes a los álbumes. Y ahora, mi niño, ya te dejo de perorar porque ya hablé demasiado. - Usted nunca habla de más,  Doña Rosita.  Siempre que la escucho, me hace bien y me aclara, y al aclararme, me da mucha tranquilidad. Voy a seguir su consejo; voy a ir con calma a Los Olvidos,  voy a platicar con Don Marcelino y a revisar lo que no he visto. - ¿Puedo venir a verla? - Tú no me tienes que pedir permiso  para venir a verme, niño. Ya te dije que aunque me des tanta lata, te quiero mucho. Ven todo lo que quieras, pero eso sí, siempre y cuando me traigas mis Yolis heladas. Salí del Faro como a las tres y media de la tarde. Estaba un poco cansado. Decidí irme directo al Pierre Marqués para estar tranquilo hasta que se pusiera el sol. Llegué poco más de media hora después, saludé a las señoritas de la recepción, y pedí una copa de vino blanco en el bar para luego dirigirme a uno de los toldos,  sentarme a ver el mar y ordenar mis ideas. Al ir apagándose la tarde, el mar se convertía en un caleidoscopio de tonalidades caprichosas; no hacía calor y corría una  brisa deliciosa. Estaba yo  distraído cuando escuché acercarse  cantando la inconfundible voz de un señor  en la playa desde muchos años atrás; había ido perdiendo la vista y ahora lo ayudaba un nietecito suyo que recogía lo que su abuelito ganaba por cantar. Cuando se acercaron donde yo estaba, lo saludé y reconoció mi voz.  - Hola joven, ¿cómo ha estado? - Bien Don Pano, ¿y usted? - Aquí cantando como siempre; ya ve usted que ahora me acompaña mi nietecito, se llama  Ricardo. - Hola Ricardo. - Hola joven. - ¿Se quiere sentar aquí tantito, Don Pano? - Sí joven,  con mucho gusto. - ¿Quieren tomar algo? - No joven, muchas gracias. - Con confianza Don Pano; ¿tu Ricardo, quieres un refresco? El pequeño le preguntó a su abuelito que le dio permiso. - ¿Puedo pedir una Pepsi? - Claro que sí.  - Le pedí al joven que atendía en los toldos que, por favor, trajera otra copa de vino blanco y una Pepsi para el niñito. - ¿Qué anda haciendo por aquí, joven? - Lo de siempre, enamorado de Acapulco. - ¿Nada más de Acapulco? De pronto no supe qué contestarle, pensando que era la clásica conversación ligera como para pasar el rato sin más, pero Don Pano,  que a pesar de su invidencia, sí veía, interpretó mi silencio y esbozando una sonrisa luminosa, me dijo: - O sea mi joven, que no nada más está enamorado de Acapulco; ya hay alguien más… - La verdad no sé,  Don Marcelo, entre otras cosas por eso vine a la playa, para poner en orden la cabeza. - Ay querido joven,  cuando el corazón entra en acción, lo mejor es seguirlo porque los sentimientos no se gobiernan con la cabeza, no  se piensan, se sienten. - ¿Quiere que le cante su “bésame mucho”? Entre Don Pano  y yo se había hecho toda una tradición siempre que nos veíamos, que cantara esa canción de Consuelito Velázquez. Se la había yo oído cantar a todos los cantantes  imaginables, pero ninguno la cantaba como Don Pano con su guitarra y acompañado por el coro de las olas. Pulsó su guitarra y comenzó a cantar imprimiéndole el sello de sus sentimientos que hacían de su interpretación un privilegio para quien lo escuchaba, como ahora lo hacíamos su nietecito y yo… “Bésame, bésame mucho, como si fuera esta noche la última vez; bésame, bésame mucho, que tengo miedo a perderte, perderte después…”. - Espero que le haya gustado güerito, y ahora con su permiso, vamos a seguirle. Él siempre pedía lo que le quisieran dar por cantar, y cada vez, yo le decía que la belleza de su arte no tenía precio; esta vez se lo dije directamente a su nietecito que tenía motivos sobrados para sentirse orgulloso de su abuelo. Los vi alejarse hacia el revolcadero en tanto la tonada y su letra se quedaron conmigo… Mientras el sol se preparaba para irse a descansar,  la imagen de mi viejo amigo guiado por su nietecito se fue perdiendo en la distancia mientras yo sentía  que esta vez,  “bésame mucho” me había sido dedicada. Esa canción que con su bella tonada y su sencilla letra le había dado la vuelta al mundo  muchas veces y tantas otras a través  del tiempo; del pasado, el presente y el futuro." 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Los Olvidos

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