Los Olvidos | Parte 25

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17 de febrero, 2021 Los Olvidos

Tan pronto como terminé de leer estas palabras de Matilda Claymon, las releí una y otra vez más, cada vez con mayor detenimiento. La escuchaba mirándola de frente a través de los renglones trazados con su letra manuscrita impregnada con el sutil perfume de sus manos. ¿A quién le habría dicho todo eso?

No podía referirse al joven que vio por primera vez en la fiesta de su casa pocos días antes; sus palabras hablaban de alguien muy cercano a su corazón, alguien con quien tenía una larga relación sobre distintos planos; más un vínculo que una relación  como tal.

El “intruso” descubierto por Matilda Claymon en la terraza de los arcos,  le había simpatizado, lo  encontraba bien parecido y le habían gustado  sus ojos y su sonrisa, pero no podía ser  ese joven al que se refería en su diario.

También cabía la posibilidad de que ese encuentro brevísimo hubiera sido reflejo de otro instante libre del transcurso lineal del tiempo como generalmente se le concibe; un transcurso en el que la noche sigue al día,  y el nuevo día transita hacia el cenit en su camino al crepúsculo y a un nuevo anochecer.

Sin embargo, al parecer, había eventos que ocurrirían fuera de ese esquema sucesivo en el que las horas y los días y hasta los años no son los que rigen, sino que suceden en una dimensión que no siendo radicalmente separada, admite variaciones inimaginables en los horarios y paralelamente a los calendarios de la vida. Hay muchísimas cosas que nunca vemos; cosas que ignoramos, pero no por eso dejan de ser verdad o de existir.

Si estuviera yo en lo cierto al pensar así, una misma  persona podría ser entrañable y desconocida para alguien al mismo tiempo, de una forma totalmente distinta a la que se considera “normal”;  “normal” en la que se conoce a alguien que, con el paso del tiempo se va volviendo más cercano hasta que, según el curso de la relación, surgen sentimientos más profundos o todo se diluye y cada quien sigue un rumbo distinto.

Pero siguiendo mi razonamiento aparentemente irracional, podría suceder que conociéramos a la misma persona por primera vez  varias veces; que alguien que hoy nos resultara enteramente desconocido, en otro tiempo podría haber sido alguien indispensable para nosotros. ¿Qué locuras estaba yo pensando?

Pero este cuestionamiento sobre mi cordura no interrumpió el remolino de ideas desencadenado por lo que recién había leído.

No era verdad que mi primer contacto con Los Olvidos hubiera ocurrido tan recientemente; ahora recordaba yo que desde la terraza de la casa Ralph, sobre el cerro de la Pinzona, solía yo quedarme viendo hacia el mar abierto justo sobre la playa Angosta, y una casa ubicada hasta el extremo más lejano sobre los acantilados al  lado izquierdo desde donde yo miraba, me hipnotizaba y me hacía  contemplarla largamente sin tener idea de por qué.

Recuerdo que íbamos muy seguido a esa casa en la Pinzona, y cada vez, me sentaba yo en su pequeña terraza a mirar hacia el mar abierto, y siempre terminaba atraído por aquella casa cuyo nombre tardaría muchos años en descubrir.

Debo haber tenido menos de 9 años cuando dejé de ir a Acapulco porque fui a un internado militar en Virginia donde estuve cuatro años y medio sin regresar a México. Fue hasta 1967 que volví a Acapulco durante las vacaciones de mayo, y regresé poco después en bicicleta por primera vez, en un recorrido que me tomó once días, desde el 25 de septiembre al 6 de octubre.

A partir de entonces, comenzamos a ir mucho más a Acapulco y siempre a la casa Ralph;  aquella bellísima casa en la distancia, me intrigaba y me atraía cada vez más, haciéndome imaginar su interior,  lo que sería estar ahí, a quién  le pertenecía, que vidas transcurrían por sus corredores , que añoranzas, qué recuerdos, qué olvidos…

Ahora, tanto  tiempo después, tantas vidas entrelazadas después, tantas distancias después, era yo alguien que un día por fin se había atrevido a llamar a la puerta pidiendo entrar y había entrado; había entrado y había visto la fecha de mi nacimiento grabada sobre una baldosa del pequeño sendero que serpenteaba entre las palmeras que lo ocultaban bajo su sombra.

¿Qué hacía ahí la fecha de mi nacimiento? ¿Podría haber sido  una casualidad? La sola pregunta me parecía insostenible. ¿Quién la habría grabado ahí y por qué?

Después de haber leído las dos entradas de ese diario que no había yo descubierto al mismo tiempo que a los  otros, me imaginaba siendo el joven de la fiesta de pie frente a Matilda Claymon, y me invadía una sensación increíble de súbita felicidad; felicidad por nada y felicidad por todo.

Imaginándome frente a ella de esa forma, me dio vergüenza ajena, pero de mí mismo, porque me visualicé sonriendo  sin posibilidad de dejar de sonreír. ¿Y yo criticaba al joven aquel por no haberle dicho nada a aquella niña? Yo tampoco habría encontrado palabras; ante ese escenario, pude imaginar a Matilda Claymon diciéndome sonriendo para romper el hielo y ayudarme:

¿Te comió la lengua el gato?

Lo malo es que si alguien así me hubiera dicho semejante cosa, no habría podido decir ni media palabra. Me aterraba la idea de pensar que después de ese acercamiento amigable, hubiera sobrevenido uno de esos silencios en los que no se sabe ni que decir ni para donde voltear.

Pude sentir en mí  la simpatía de Matilda Claymon por aquel joven al que en pocos minutos pasó de considerar inexplicable a caerle bien, a no ser  un intruso y no verse tan mal; pero no solo eso, sino que le gustaron sus ojos y su sonrisa y finalmente le robó la tranquilidad y de solo  pensar en él, ella también sonreía días después.  En mis ojos y en mi cara, Matilda Claymon también se convertía en sonrisa inevitable porque además, sonreír me hacía recordarla y recordarla, me hacía sentir así. 

En ese instante pensé que eran demasiados progresos en poquísimos minutos, pero esta vez no me dieron celos sino envidia. Hubiera querido ser yo quien le cayera bien, ser yo el ascendido de intruso a  invitado; ser yo quien le hubiera robado  las sonrisas y convertir su tranquilidad en inquietud alegre; alegre como la víspera de Navidad, como un regalo sin desenvolver.

En cuanto a la segunda entrada de aquel diario, me sentía confundido. En su narración de la fiesta, estaba claro a quien se refería por su encuentro  inesperado; su apreciación de aquél joven, era totalmente normal y era fácil ponerse en el lugar de ese afortunado que no sabía siquiera qué tan  afortunado era.

En la segunda entrada, hablaba de un hombre necesariamente joven como ella, o poco más, al que le unía un vínculo muy fuerte, pero en medio de factores que dificultaban su encuentro. Hablaba de algo mucho más profundo y más íntimo.

La releí varias veces; expresaba un amor intenso; sus  palabras eran tan claras y fuertes que podía yo escuchar su voz entre los renglones; sentía su ansiedad, su pasión, su necesidad de ser escuchada por alguien al que no le llegaban sus señales.

¿Qué clase de conexión existía entre esta chica y el joven del que escribía, para poder decir que había estado con él en momentos de tristeza cuando a él se le rompió el corazón? Lo que más difícil me resultaba, era tratar de adivinar a quién se refería. 

De una entrada a la siguiente en ese diario, no podía haber pasado de una simpatía inicial a un cariño de la magnitud del que expresaba por un hombre del que no sabía yo nada. Hablaba de un amor cultivado y cuidado en botón por muchísimo tiempo; de una espera de la que un joven desconocido para mí, no se daba cuenta.

La descripción de un soñador con miedo de soñar me invadía de una inexplicable tristeza, porque de haber estado yo en el lugar del hombre que ella describía,  hubiera yo corrido hacia ella, volado hacia ella para abrazarla con una fuerza intangible, y volcarme en su ternura que yo adivinaba en cada letra de todas sus palabras.

Leyéndola quería yo haber sido su amigo, su  compañero de juegos y travesuras,  saltar bardas, trepar árboles, volar cometas  y andar en bicicleta con ella. Quería ver amaneceres y puestas de sol en las  playas desiertas al sur de Acapulco,  sin tener que decir nada, sino simplemente saberme a su lado.

A través de sus palabras, descubrí que el suyo no era un amor no correspondido sino un amor del que su amado creía no saber, pero su corazón si lo sabía; ¡tanto que él mismo la había estado buscando sin saber que la buscaba! Me parecía algo tan terrible como morir de sed a escasos metros de llegar a un oasis. Cada vez que releía la segunda entrada de ese febrero, me daba cierta tristeza pensar que toda esa pasión no  me pertenecía,  que no era a mí a quien se refería.

Podía yo sentir su ansiedad y su frustración de estar tan cerca de alguien que no la veía; saber que ese alguien siente por ti lo mismo que sientes tú, pero no se atreve o no se permite aceptar y abrirse por completo. ¡Algo tan sencillo y tan difícil!

Recordé cuando la vi yo a ella andando tranquilamente  por el palmar, y ella no me vio a mí;  esa vez la  pude ver por un brevísimo instante porque llegó don Marcelino y cuando volví a mirar hacia el jardín, ya no estaba. Hubiera yo dado lo que fuera por haber visto sus ojos aquella vez; estaba yo seguro que nos habríamos sonreído y tal vez todo habría sido distinto.

En apenas dos páginas de su diario, Matilda Claymon había  confiado sus sentimientos, todo lo que sentía por alguien que yo no podía identificar; alguien con quien tenía tal intimidad que incluso había presenciado un momento en la vida de él cuando siendo muy niño, habían roto su corazón.

Percibí su incontenible deseo de haber podido volar al lado de aquel niño para abrazarlo y darle consuelo; ese mismo incontenible deseo  de ser yo el protagonista de su historia; de ser yo a quien iban dirigidas esas palabras mensajeras de sus sentimientos. Enterarme de algo tan doloroso, me oprimió el pecho y mis ojos se arrasaron de lágrimas. 

No se trataba de una conexión cualquiera, se trataba de un vínculo para el que no eran aplicables los límites de tiempo ni de espacio, solo así podía explicarse que alguien tan joven como ella, hubiera acompañado a través de distancias muy grandes a alguien que ahora era un hombre cercano a su corazón precisamente como hombre, pero al mismo tiempo predilecto en un pasado remoto durante la infancia de él.

Recordé lo dicho por Antonio Castillo sobre las barreras entre el pasado y el presente; me quedaba claro que ella habitaba  un ámbito en el que  esas barreras se habían venido abajo  si es que alguna vez habían existido entre ella y ese joven desconocido del que le hablaba a su diario.

Había yo dejado el diario en su caja. Sus  palabras permanecieron ante mis ojos igual que si la estuviera mirando de frente. Por un instante imaginé que me las estaba diciendo a mí ¡que era a mí a quien quería despertar!

Se me escapó una sonrisa al imaginar que hablaba de mí; entonces mi alma voló hasta los brumosos bosques de Irlanda de donde su madre había viajado a través del mar para encontrar el amor en brazos de un aventurero inglés cuya vida legendaria había ido conociendo por los caminos y los conductos más inesperados.

Al permitirme imaginar que Matilda Claymon ¡Matilda Claymon! podría estar refiriéndose a mí, sentí deseos infinitos de encontrarla y decirle que la había yo escuchado; que se guareciera  sobre mi pecho, que me permitiera mirar sus ojos y sentir su presencia; quería haber sido yo de quien hablara; quería haber sido yo por quien se sintiera así.

Quería yo encontrar la forma de no ser un extraño, de poder encontrarla; de descubrir si todos esos sentimientos tiernos, intensos, apasionados y maravillosos podrían ser para mí. Pensaba yo en la pésima fortuna de aquel joven del que ella hablaba; del que había estado tan cerca, pero al que no podía dejarle más que indicios y señales, aunque sin alterar los caminos ni los tiempos escritos para un encuentro que no podía ocurrir de otra forma.

¿Qué hubiera hecho falta para que el joven del que hablaba ella,  despertara y se diera cuenta de que ella estaba ahí junto a él y para él? ¿Sería posible que alguien que nos ame tanto esté junto a nosotros  sin notar su presencia? Las palabras con que terminaba Matilda Claymon esa entrada de su diario, eran una pregunta:

¿Qué es lo que debo hacer, querido diario?

Yo, por mi parte, me preguntaba: ¿Qué haría yo si esos sentimientos expresados con tanta vehemencia en ese viejo diario fueran para mí?

Con una apenas perceptible fuerza, una ola cálida acarició mi alma dándome un sentimiento de consuelo, de aliento, de alivio, de esperanza…

¿Alguna vez vería a Matilda Claymon?

Sentí que volvía a sonreír…

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Por supuesto, el proverbial Nintendo puede tomar varias formas (¡igual que el diablo!): algunas son creadas por Sony (PlayStation) y otras por Microsoft (Xbox). Así es, hemos estado equivocados: los problemas del país, llámese inseguridad, violencia e impunidad (entre otros tantos más)  siempre, SIEMPRE se han debido al mugroso “Nintendo”. ¡De haberlo sabido, caray, hubiésemos quemado todos los videojuegos y los Marios y Luigis del mundo!  Hablando en serio, los videojuegos, como la mayoría de las cosas en esta vida, tienen aspectos positivos y negativos (basta recordar que la OMS recientemente clasificó la adicción a los videojuegos como una enfermedad). Hay varios artículos que mencionan estudios acerca de las ventajas del uso de videojuegos, los cuales están a un simple clic de distancia para los interesados en el tema. De nuevo, en esta época, sólo un ignorante o alguien con un irrefrenable deseo de buscar chivos expiatorios y soluciones facilonas a problemas complejos (signo tan peculiar del populismo) estigmatizaría una forma de entretenimiento perfectamente válida.  Por ello, en este 2022, con la finalidad de mostrar un poco la madurez que ha alcanzado este medio que algunos amamos tanto, me gustaría compartir algunos videojuegos desde una perspectiva diferente: no desde el aspecto técnico, ni los aspectos jugables, ni en forma de una reseña normal (como las que se hallan en los medios especializados). No. Lo que me gustaría es compartir algunos videojuegos cuyo aspecto narrativo es digno de mención. Sí, estimado lector, desde hace un par de décadas, los videojuegos ya no sólo se tratan de juntar puntos a lo loco o de eliminar a todos los enemigos en pantalla (aunque aún siguen desarrollándose juegos así). En este medio, actualmente podemos encontrar historias profundas, relevantes, plagadas de personajes entrañables y guiones dignos de las mejores películas. Así que, acompáñeme en un viaje a algunas de mis historias preferidas en el mundo de los videojuegos, para que no le vengan con el cuento de que los videojuegos son sinónimo de «violencia pura y dura que sólo sirve para intoxicar las mentes de la juventud».  Me gustaría comenzar con una verdadera joya de videojuego: Hellblade: Senua’s Sacrifice, desarrollado y publicado por un estudio llamado Ninja Theory. ¡Advertencia!  Si de casualidad es usted un gamer y pretende jugar este título en un futuro cercano, este artículo ofrece spoilers de la historia, así que proceda bajo su propio riesgo. ¡Vamos pues! Una guerrera “maldita” Lo primero que nos presenta Hellblade es a nuestra protagonista, Senua, en una barca. Lo único que ella lleva consigo es una espada y el cráneo de Dillion, su amado. Senua es una guerrera nórdica que escucha voces. Por ello, a los ojos de su aldea y de su familia, ella está «maldita». Estas voces llenan a Senua, constantemente, con duda y miedo. Además, Senua experimenta visiones oscuras que la ponen en peligro. Estos aspectos, en realidad, representan la psicosis de la protagonista. El equipo de desarrollo realizó una investigación con expertos en psiquiatría para hacer de Senua un personaje creíble. Tan bueno fue el trabajo realizado por el estudio que, a la fecha, Hellblade es considerado como uno de los videojuegos que mejor retratan una afección mental.  Senua llega a las costas de Helheim (el reino de la muerte en la mitología nórdica) con un objetivo: enfrentarse a Hela (la diosa de la muerte) para salvar el alma de Dillion, su amor. Dillion murió cuando una plaga azotó la aldea en donde vivían. Después de estos hechos traumáticos, Senua siente que es la culpable debido a su «maldición». Sin embargo, conforme el juego y la historia avanzan, comprendemos que en realidad el viaje de Senua es mucho más profundo de lo que aparenta.  En su camino hacia la diosa Hela, Senua se encuentra con varios peligros. Por ejemplo, monstruos de fuego y seres mitológicos que la engañan mediante ilusiones. Constantemente, Senua se encontrará en un estado de confusión. ¿Es real todo el dolor que experimenta? ¿El mundo en el que vive es real? ¿O todos los peligros a los que se enfrenta están en su mente? Un infierno personal Es en esta realidad trastocada en la que Senua deberá encarar varios retos, en donde cada uno es un paso necesario y doloroso  (tanto en el sentido físico como en el emocional) hacia la profundidad de Helheim.  Después de enfrentarse con una multitud de enemigos, Senua finalmente se encara con Hela. Sin embargo, no es un enfrentamiento directo con la diosa de la muerte. No, lo que nuestra protagonista encuentra son los mismos enemigos que ya derrotó durante su viaje, quienes le dicen que «no vale nada», «que no sabe pelear» y «que se rinda» . Esto es porque Hela, en realidad, es la representación de la «oscuridad interna» de Senua: en otras palabras, de su psicosis, agravada por la muerte traumática de Dillion. Así, en un acto final, ella ofrece su vida a Hela con tal de salvar el alma de su amado. En ese momento, los jugadores nos preguntamos, ¿es esto Game over? ¿Logramos salvar el alma de Dillion de las manos de Hela y nos encontramos ante un final feliz? Como todo en Hellblade, la respuesta no es tan sencilla. En la escena final, Senua es transportada a una plataforma de madera en el exterior de Helheim. Hela arrebata el cráneo de Dillion de nuestra protagonista  y lo tira al vacío. Cuando la cámara va de regreso a Hela, en realidad nos encontramos con el rostro de Senua. Así es, amigos: ella, en un gesto simbólico, es quien realmente arroja el cráneo al vacío. Después de enfrentarse a Hela, Senua comprende que la única forma de sacar la oscuridad de su cabeza es afrontando la realidad, por muy dura que sea: Dillion, su amado, se ha ido para siempre.     Al ver este final, Hellblade se ganó un lugar especial en mi corazón gamer. No sé si sea por la empatía que sentí hacia Senua o porque me hizo feliz encontrar un videojuego con un mensaje tan atemporal y universal. Por ello, considero a esta obra de Ninja Theory como una de las mejores dentro del medio.    Después de este viaje atribulado y oscuro a lo más profundo de la psique de nuestra protagonista, viene la pregunta final. Después de terminar Hellblade: Senua’s Sacrifice, ¿con qué me quedo? Además de conocer varios aspectos de la mitología nórdica (se mencionan varios reinos, mundos y dioses que resultan la mar de interesante), la historia de Hellblade: Senua’s Sacrifice, nos deja con un mensaje que, en el fondo, es esperanzador. Senua, a pesar de su psicosis, encontró la fuerza necesaria para seguir adelante con su vida y superar la muerte traumática de su ser amado. Porque, de aferrarse al pasado, lo único que le espera es oscuridad y sufrimiento. Este es un mensaje que resonará especialmente en aquellas personas que, como la protagonista, han experimentado alguna pérdida reciente o sufren alguna enfermedad mental.  Nada mal para ser un “simple jueguito”. ¿O no?" 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Resulta que en el 47 vive una mujer ya grandecita (no sé su edad con certeza, pero calcúlale alrededor de los 40), sola, sin hijos ni “detalles” conocidos. Y la noche del sábado, le llevaron serenata. Así como lo oyes. ¿Quién? Un compañero de trabajo que se “aventó” a hacerle la corte. Como a la una de la mañana se empezó a escuchar al mariachi. Y la señora del 7, que es muy metiche y siempre anda de ofrecida, corrió a abrir la puerta de la vecindad. Hacía muchos años que no nos llegaba un entretenimiento de ese calibre. No es necesario decirte que todos los vecinos se levantaron, entusiasmados; y más al enterarse de que era para la “soltera irredenta” (Así le dicen las malas lenguas a la del 47). La pobre mujer salió al patio, con su pudorosa bata de hija de familia a saludar, temblando de emoción, a su audaz pretendiente. ¡Cómo la aplaudieron! Y más, al novio (Ya todo el mundo lo calificaba así). Ah, pero el portero…. No sé por qué ese individuo se tiene que meter en donde no lo llaman (Es decir, en todo). Cuando mayor era el entusiasmo de los vecinos, apareció en calzones (Así como te lo cuento) y echó dos balazos al aire. Ahí se acabaron las felicitaciones y los gritos de alegría. Y cuando la mujer se plantó ante él con aires de protestante heroica, el portero se acercó y le puso la pistola en la frente (Todos sabemos que sólo tiene chinampinas, pero el cañón estaba muy frío), y le dijo que estaba atentando con “el sagrado derecho de los vecinos al descanso”; y que si su “amiguito” (Lo dijo con  un desprecio rayano en la insolencia) no se iba al instante con  su mugre mariachi, la pistola iba a cumplir con el cometido para el cual fue construída. Nadie se arriesgó a que funcionaran las chinampinas (Por si acaso), y el pretendiente se fue, con  la cola entre las patas, diciendo a su adorada que se verían en el trabajo a las nueve en punto de la mañana. Y todos se fueron a acostar. Todos menos el portero, que se quedó haciendo guardia en el patio para asegurarse de que sus órdenes se cumplieran. Esto a mi se me hizo  muy extraño, pues siempre manda a sus guaruras que hagan ese tipo de trabajos, y me quedé cerca de la portería, a ver si averiguaba algo. Y sí: averigüé un poco más que “algo”. Lo  que pasó fue que el portero tenía de visita a la Flor esa noche; pero hasta la una de la mañana no había podido hacer nada, por más que se esforzaba. Ya había inventado todo tipo de pretextos más o menos creíbles, cuando oyó el escándalo, y le pareció una oportunidad inmejorable para zafarse del compromiso, aunque ya le había pagado a la Flor con largueza desacostumbrada. Y se quedó en el patio a ver si cuando se le pasara el coraje, o con el relente de la noche, empezaba a funcionar. ¿Pero qué crees? Que nada. Y la Flor durmió todo lo que quedaba de noche y parte de la mañana en la camota que tiene el portero, feliz y con  dinerito en el bolsillo. Porque aunque el portero le pidió que se lo devolviera, ella se negó rotundamente. Y le dijo que lo necesitaba para pagar el alquiler de su departamento “¿O acaso quieres que se lo pida a otros señores?”. Eso es algo que el portero no puede aceptar, aunque sabe perfectamente que la Flor tiene otros señores que la ayudan con sus gastos, y le dijo que se quedara con él, pero que esperaba que la próxima vez se lo recompensara “con creces”. Ella contestó que eso le correspondía a él más que a ella, y se vistió y se fue. El portero se bebió unos buenos tragos de tequila “para quitarse el frío”, y durmió el resto del día y toda la noche siguiente. Y ya no se enteró de que la mujer del 47 se fue de la vecindad y se casó ese mismo día con el milagroso novio que había encontrado. ¿Qué te parece? Te quiere. Cocatú" ["post_title"]=> string(17) "CARTAS A TORA 254" ["post_excerpt"]=> string(188) "Un alienígena arriba a la Ciudad de México y, convertido en gato, llega a vivir a una vecindad. 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