CARTAS A TORA: 340

Cocatú, un alienígena en forma de gato, llega a vivir a una vecindad de la CDMX. Diariamente le escribe cartas a Tora, su amada, quien lo espera en una galaxia no muy lejana

23 de febrero, 2024 CARTAS A TORA: 342

Querida Tora:
Tuvimos unos días bastante tranquilos en la vecindad, hasta que llegó un inquilino nuevo al 53. El señor es muy correcto, muy buena gente, pero… No sabes la risa que me dio. Lo bueno es que como tengo la forma de gato no se dieron cuenta de que me reía,  y pensaron que le estaba maullando a la luna, o quién sabe qué habrán pensado. También me reí de todos los vecinos.

Ya estás ardiendo de impaciencia por saber lo que pasó, ¿verdad?  Si no te conociera…. Pues igual quiero que ardas por mi. Pero eso es más difícil, ¿no? A ver ahora, cuando regrese, si sigues pensando lo mismo o si mi ausencia te sirvió de algo. Pero eso es otra cosa.

Y a lo que iba. El inquilino nuevo viste siempre de traje y corbata, y va muy bien rasurado y peinado. Por cierto que tiene mucho pelo, muy ondulado y brillante. Todas las vecinas lo miran con interés; y la mayoría de los hombres, con envidia, porque aquí casi todos los mayorcitos están calvos. Enseguida nos hicimos amigos, y me dejaba estar en su ventana tomando el sol todo el día. Pero en las noches, me echaba. Además, cerraba puertas y ventanas con varios cerrojos que mandó poner. Eso me intrigó. ¿Tanto miedo tenía de que le robaran algo? Total, que un día me escondí detrás del refrigerador y me quedé en la vivienda. El señor cenó, vio la televisión un rato, y luego se fue a acostar. Yo me acerqué a la puerta de su recámara muy despacito (Ventaja de ser gato, que no hacemos casi ruido) y vi que después de ponerse la pijama fue ante el espejo, se llevó las manos a la cabeza ¡y se quitó todo el pelo que tenía!

Acertaste. Es una peluca. La desempolvó, le pasó la aspiradora y luego la peinó amorosamente, para dejarla sobre una cosa donde queda perfectamente, y se durmió. A mi me molestó un poco que engañara a los vecinos, y pensé delatarlo. Así que esperé a que roncara ruidosamente, entré y con la boca cogí la peluca. Pero no sabía qué hacer con ella. No la podía sacar, porque estaba todo bien cerrado, y yo no podía abrir esos cerrojos. Pensé en destrozarla y tirarla por el fregadero; pero el pelo estaba muy bien pegado, y no pude arrancar ni uno solo. ¿Quemarla? ¿Cómo encender la estufa? Ni un miserable cerillo podía manipular. ¿Echarla al excusado? No, porque se taparía, y quién saber lo que eso ocasionaría. Total, que me pasé la noche en buscar alternativas, y no hubo ninguna que me satisficiera, Por fin, ya al amanecer pensé en tomar mi forma original: así no me costaría trabajo destruirla. Pero en ese momento, el inquilino se despertó.

Nunca me ha gustado la gente que se levanta temprano, pero a este inquilino casi lo odio. Así que me hice el dormido, y oí al vecino buscar desesperadamente la peluca. Por fin, la encontró, pensó que yo la había confundido con un ratón, me regañó y me echó de su vivienda con cajas destempladas (No me pegó, pero estaba bastante enojado, y lo oí decir que tenía que tomar una decisión que acabara con ese problema.). Yo, por si acaso, decidí no volverme a meter con su peluca.

Ese día llegó más tarde que de costumbre y pasó casi corriendo por el patio, apenas saludando, y se encerró en su casa. Yo me asomé por la ventana, y vi que se quitaba la peluca y que en la cabeza traía algo… No sé qué, algo de color entre amarillo y café. Hizo un gesto de disgusto, y se fue a bañar. Lo que se quitó de la cabeza lo metjó en una bolsa de plástico que anudó muy bien. El día siguiente no se puso la peluca, porque seguramente estaba muy sucia. Y sacó otra, de un color ligeramente diferente; y salió corriendo, Pero la del 42, que estaba en la puerta, se quedó oliendo el aire y dijo “Aquí huele a estiércol”, y salió detrás de él. Yo la acompañé, aunque no me lo pidió. Y ambos vimos que tiraba la bolsa de plástico en un terreno baldío que hay cerca.  La el 42, ni tarda ni perezosa, se metió al baldío, luchó con espinas, con ratas y gusanos, recuperó la bolsa y corrió a la vecindad. Yo me entretuve un poquito examinando a una lagartija de colores, y cuando llegué a la vecindad no supe qué había pasado con la del 42 y su bolsa.

Todo el día estuve inquieto, y me esperé en el patio hasta tarde, para ver llegar al nuevo. Y en cuanto llegó, de varias viviendas salieron señoras mal encaradas, que no le dejaron pasar. El portero vino también, y le dijo al señor que aunque en la vecindad se permitían las mascotas, una vaca era demasiado grande, y que le iba a echar a perder la vivienda. El señor se quedó como quien ve visiones, y sólo acertaba a decir “¿Vaca?… No… No me gustan… Se la pasan dando leche  …”  Pero la señora del 42 sacó la bolsa del delito y la vació delante de todos, diciendo “Esto es estiércol”. Las personas decentes no comen estiércol”. Y el portero  dijo “Ahora mismo huele usted a estiércol””; y señalando la puerta con índice flamígero, añadió: “Se me va de aquí ahora mismo”.

El pobre hombre se puso de todos los colores, pero no se movía. Entonces, el portero sacó su silbato, sopló y, al instante, los guaruras levantaron al señor para echarlo a la calle. El señor se revolvía (Y a mi se me ocurrió ayudarlo; porque si no, la iba a pasar muy mal), así que salté y le tiré la peluca. Un grito de horror (Del señor, no de las viejas), los paralizó a todos, y los guaruras soltaron al inquilino nuevo. Este, en cuanto se levantó, se sacudió la cabeza (Que estaba tan sucia como el día anterior) y dijo:

-Perdón … Yo… Nadie me había visto así. Pero, ya que me vieron, les confesaré la verdad. Soy calvo. He intentado infinidad de remedios para que me salga el pelo, y nada. Hace un os días me recomendaron que me pusiera estiércol en la cabeza, y que eso era infalible; que como el estiércol ayuda a crecer a las plantas, por qué no al pelo. Como ya no tenía nada que perder, me lo empecé a poner. Pero es una peste horrible, y me escurre por todas partes y me da calor y me da asco y…

No pudo decir más. Las viejas lo rodearon, y cada una le recomendaba una receta distinta para hacer crecer el pelo; y lo llevaron al 42 para ponerle algo “inmediatamente, antes de que caiga en la desidia”.

Total, el señor sigue sin pelo, pero ya no le importa porque es el consentido de todas las señoras de la vecindad. Por eso yo me he reído de él, de las vecinas, de la dignidad del portero y hasta de los guaruras, porque uno de ellos le pide que le diga qué recetas le dan, porque a él se le está cayendo el pelo..

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Te quiere

Cocatú

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