CARTAS A TORA 245

Un alienígena arriba a la Ciudad de México y, convertido en gato, llega a vivir a una vecindad. Le escribe a Tora, quien lo espera en su planeta natal, sus impresiones sobre lo que ahí ve

26 de octubre, 2021

Querida Tora:

Llegaron unos vecinos nuevos al 8: dos… ¿señoras?… ¿señoritas?… No lo sé. Pero, la verdad, ¿a quién le importa? Aquí los vecinos, sobre todo los hombres, le dan mucha importancia a eso, y todavía no entiendo bien  por qué. El caso es que causaron una tremenda conmoción. En realidad, la causó una de ellas: la más joven. En la otra ni siquiera se han fijado. Pero la joven… ¿Y sabes por qué? Porque tiene muy desarrollado el pecho. Bueno, los dos. Es que aquí, los seres pertenecientes al sexo femenino tienen dos pechos en el pecho. No sé si me entiendas, pero acéptalo y no preguntes más.

El caso es que esta señorita (ya lo averigüé, y oficialmente es señorita. Extraoficialmente, más vale que no te importe) tiene muy desarrollados los dos pechos. Es una exageración, y nadie puede dejar de notarlo. En cuanto se corrió la voz, todos los vecinos salieron  a verla: y se estaban las horas muertas en el patio o en los pasillos para comprobar si era verdad lo que les habían contado. Y sí, sí era verdad; a veces, una verdad superior a lo que habían imaginado. El apodo surgió como por encanto: la Pechugona. Y, enseguida, las murmuraciones: “Son falsas”, “Son de hule”, “No, de silicón”, “¡De hule espuma, tonta!”, “Si fueran de verdad, no podría caminar erguida. Por el peso”. Algunas vecinas (las más chismosas) se le acercaron amigablemente, para sonsacarla. Pero en cuanto la conversación rozaba el tema, ella se daba la media vuelta y las dejaba con la palabra en la boca.

El más impresionado de todos era el portero, que cuando se la encontraba en el patio tenía que meterse las manos en los bolsillos (por si acaso). Se puso tan mal, que un día llamó a uno de sus guaruras (el más guapito, por cierto) y le dijo que “a ver cómo haces para agarrárselas y ver de qué están hechas”. “Agárreselas usté”, le contestó el muchacho. A lo que el portero respondió que no, porque él era la máxima autoridad en la vecindad y la gente lo vería mal. “Entonces, me van a ver mal a mi”, protestó el guarura. A lo que respondió el portero dándole de sombrerazos y amenazando con despedirlo si no cumplía su voluntad “porque para eso te tengo aquí, ¡desgraciado!”.

Y allá va el muchacho, cariacontecido, avergonzado y temeroso, a cumplir su encomienda. Pero no se atrevía ni a acercarse la Pechugona, porque aquellos cuernos le imponían mucho. Y en las noches, cuando iba a la portería a rendir su Informe de Actividades Diarias, ponía siempre: “El objetivo huye en cuanto me acerco”, “Hoy llevaba en la mano un fuete para azotar caballos, y no me pareció prudente acercarme” o “Llegó a mis oídos el rumor de que se compró una pistola , y que la lleva oculta entre las piernas”.

Esto exasperó al portero, que agarró al muchacho, lo aventó contra la pared y le dio 24 horas para resolver el “problema”. Luego, lo mandó a la cama sin  cenar.

A las seis de la mañana del día siguiente ya estaba el chico en su puesto, vigilando los movimientos de la Pechugona. Su buena suerte hizo que la mujer subiera a la azotea a tender su ropa. Eso le dio la idea que necesitaba, y subió tras ella. Cuando vio que se disponía a bajar echó a correr hacia las escaleras como si tuviera mucha prisa, fingió tropezar y tratar de agarrarse de algo (ese “algo” era, obviamente, lo que estaba destinado a ser el cuerpo del delito). ¿Pero qué crees? Ella, con la rapidez del rayo levantó un brazo y lo golpeó en la cara, haciéndole perder el equilibrio; y al mismo tiempo le puso una zancadilla.

Aquí entre nos, me dio la impresión de que ya está muy curtida en estas cosas, porque no sabes con qué precisión y rapidez ejecutó sus movimientos.

Resultado: el pobre guarura rodó y se golpeó la cabeza en todos los escalones, sin  faltar uno. Aterrizó en el patio con  la nariz rota; se hizo un montón de chichones y se mordió la lengua. Esa noche no pudo dar su Informe ni siquiera por escrito, porque también se rompió la única mano con  la que sabe escribir.

El portero hizo uno de los berrinches que acostumbra, y se le torció la boca. Pero nada más un ratito. Y tuvo que pagar las curaciones del muchacho, porque vino la madre y lo amenazó con denunciarlo por abuso de poder y desprecio de sexo (esto último nadie sabe lo que significa, pero impresionó mucho). Y cuando regresaron del hospital se encontraron con que la Pechugona y su amiga se habían ido de la vecindad. ¿Qué te parece?

Te quiere

Cocatú

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Este último dato carecería de importancia si no fuera porque don Arturo Pérez-Reverte, amigo a quien nunca he visto en persona y con quien nunca he hablado pero del que me he leído hasta la última coma, recordó hace algunas semanas que llegando a esta edad uno se da cuenta de que por mucho entusiasmo que uno le ponga, debe considerar que con toda certeza uno ya llegó a la mitad del camino o se acerca de manera próxima e inexorable y, claro, no me deja de martillar la cabeza aquello del Dante: “En mitad del camino de la vida…”. Además nací en 1970 y, como pinta el mundo, resulta que mi década natal dejó algunas lecciones sin aprender. Así que para no atormentar al lector con el mundo del instante, se me ha ocurrido la peregrina idea de dibujar algunas líneas de corte de caja provisional, como cuando lo dejan a uno parado a media calle porque la tienda de conveniencia de la esquina está haciendo su corte de mediodía, así, poco más o menos. Pero no se asuste el amable lector, no lo someteré a las penurias de ver la cauda de mis errores y la alegría de mis aciertos, eso, como lo diría don Alfonso Reyes, dejo dentro de mi manto que, bajo de él, siguiendo a Calderón, al rey mato. Más bien, permítanme, por su lectura y compañía, repetir las palabras de gratitud más hermosas que se han escrito, de la pluma de María Zambrano: “Para salir del laberinto de la perplejidad y del asombro, para hacerme visible y hasta reconocible, permitidme que recurra una vez más a la palabra luminosa de la ofrenda, gracias”. Y como ella al recibir el Premio Cervantes, acompáñeme, querido amigo, al lugar donde todo comenzó: el ya viejo barrio de Lomas de Sotelo. Vine a crecer en un sitio tan singular como cualquier otro; un lugar único, magnífico por la fuerza de su llana simpleza urbana. No había amplias avenidas flanqueadas con álamos ancianos, sino apenas unos diminutos jardines edénicos domados por hábiles manos de jardineros que se hicieron viejos al mismo ritmo que mi infancia se integraba al mundo de las memorias. Donde crecí no había viejas mansiones blasonadas, calles ocultas ni plazuelas invadidas de leyendas pero había, eso sí, colmenas humanas de un pálido amarillo, perfectamente alineadas, en tan misteriosa simetría que jugaban conmigo a caminar como los ciegos. No hubo nunca damas fatales con dedos enjoyados, ni un marqués venido a menos que diera lustre al vecindario, nunca un anónimo potentado. Hubo siempre, como consigna de una oculta cofradía, familias diversas que, a fuerza de convivir, se hicieron una gran parentela separada por prados siempre verdes y muros de tres pulgadas. Ahí, donde crecí, jamás percibí el aroma de un océano que, entre sales, fuera el camino a otro continente; jamás mis ojos supieron de hondos valles o lagunas embrujadas y la sabia imagen de los volcanes nevados era solo una fotografía de postal turística en un día extrañamente claro; sin embargo, el viento siempre era generoso, los colibríes abundantes y la lluvia amorosa con los niños. No supe de la vida aventurera de los suburbios, de las bandas milenarias de míticos asesinos o ladrones reputados. Hasta la violencia parecía pequeña en el rincón que vio mis primeros días. Solo una vez vino a visitarnos bajo su máscara de muerte y en una sola tarde alucinante, destruyó una familia y nos dijo que la orfandad también era posible entre los nuestros. A la vera de un cementerio, los muertos eran también tímidas afirmaciones en la charla de los adultos. Solo a los viejos les ocurría morir en mi solar de infancia, un día iban a ver al médico, después sabíamos que un hospital los abrigaba y, finalmente, alguna familia se vestía de negro. Nunca hubo una Julieta y un Romeo que inflamaran la pública habladuría, ni amantes arriesgados huyendo por las ventanas, altas de cuatro pisos, sino perplejas Evas y Adanes adolescentes que, púdicamente vestidos, a diario descubrían el pecado a la sombra de las jacarandas. Y a pesar de todo, de su llana simpleza, de su carencia de esquinas, no crecí en un lugar común, sino en un sitio extraño que ya no puede ser encontrado; un lugar que mi memoria fabricó a partir de datos apenas posibles. Un lugar humano y casi provincial donde el aroma de las tres de la tarde denunciaba, en cada piso, la cocina de cien orígenes diversos. 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