Ser la Brasilia mexicana, la solución más viable al problema llamado Acapulco

Acapulco como lo conocíamos no volverá jamás.

21 de febrero, 2024 Ser la Brasilia mexicana, la solución más viable al problema llamado Acapulco

En 1957 en Brasil se comenzaba el icónico y ambicioso proyecto de construir, ni más ni menos, una Ciudad desde cero, destinada a ser la capital político/administrativa del gigante americano de lengua lusitana, Brasilia, con el histórico arquitecto Oscar Niemeyer y el urbanista Lucio Costa como sus principales capitanes. El proyecto fue todo un éxito y un hito a nivel mundial, logrando Brasil algo soñado en México durante ya décadas: la descentralización administrativa, mismo que se ha visto truncado, y en su esfuerzo más serio (en el presente sexenio) debido principalmente a la irrupción de una pandemia de covid-19. A saber, de todas las dependencias federales programadas para cambiar su sede, solo tres se consumaron: Salud a Acapulco, Cultura a Tlaxcala y el INEGI a Aguascalientes. El mismo presidente Andrés Manuel ha reconocido en ese tema su promesa de campaña cumplida apenas y con un tímido avance. 

A finales de octubre de 2023 México sufrió otro desastre, el megahuracán OTIS, primero en la Historia de esa categoría (5) en impactar a un centro urbano (un millón de habitantes). Ese hecho supone la herencia de un problema de enormes dimensiones a la próxima administración federal, que es Acapulco, la Ciudad más desigual del país, que en buen castellano no es otra cosa sino la urbe mexicana con más miseria en el país, con todo tipo de problemas inherentes como la violencia por sólo mencionar uno y que es un potencial problema de seguridad nacional.

Ya un analista de televisión cuestionó de forma más que torpe si valía la pena reconstruir Acapulco, y sí se está reconstruyendo, pero hay zonas como la Diamante, y por sobre todo sus otrora condominios de lujo, que no se les ve una viabilidad para volver a levantarlos. Casi el 90% de esos departamentos millonarios sufrieron una pérdida total, y a muchas de esas torres se les puede avizorar hoy como próximos fantasmas gigantes abandonados, ante la enorme complejidad de sus dueños para volver a dejarlos en una situación siquiera parecida a la de un día antes del poderoso meteoro. Por todo esto, no sería disparatado que el gobierno federal utilizara a Acapulco y todas esas construcciones, mediante una expropiación justa y consensuada con los dueños de los mismos, destinándolos a servir como las sedes de las dependencias federales aún por mover de la megalópolis (CDMX), creando pues así, lo más cercano a una Brasilia mexicana, y de paso dándole a Acapulco (y al estado de Guerrero) un mayor dinamismo económico, habida cuenta que su única actividad productiva es, si y sólo la del turismo.

Esa acción vendría a diversificar la precaria economía de esa Ciudad, donde los grandes hoteles dejan poca derrama económica al ser sus propietarios grandes cadenas de otras Ciudades o países, por no decir de los condominios. Acapulco vive de las propinas, de las partidas presupuestales y de las remesas. Pero nada más. Ni siquiera existe una clase (ya no digamos empresarial) sino siquiera media. 

El convertirse en la virtual capital de la administración pública federal de México, le brindaría una segunda oportunidad de vivir y el gobierno resolvería una importantísima asignatura que se verá magnificada con la creciente crisis por el agua potable que ya se ve venir en el altiplano. 

Ya el antiguo y otrora majestuoso centro internacional de convenciones se está convirtiendo en un hospital de especialidades del ISSSTE, y lo mismo bien podría ocurrir con todos esos hoy armatostes abandonados que algún día fueron edificios de departamentos de lujo. Hay que ser realistas y dejar de añorar épocas, que a Acapulco NO VOLVERÁ JAMÁS, pero que el hecho de ser la playa y el ‘antro’ del centro del país no es poco, pero tampoco suficiente para que Acapulco salga de su lastimosa postración.

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