¿Qué es la “cultura de la cancelación”?

La “cultura de la cancelación” coarta la libertad de expresión mediante la destrucción de la reputación del individuo.

4 de marzo, 2022 ¿Qué es la “cultura de la cancelación”?

“Cultura de la cancelación” es el conjunto de acciones y boicots encaminados a destruir la reputación de alguien mediante retirarle masivamente el apoyo y la aprobación a causa de opiniones o actos que pudieran interpretarse como ofensivas para alguna minoría o para la corriente moral hegemónica, sin importar el contexto, el tiempo o las circunstancias en que dichos acontecimientos hayan tenido lugar.

La semana anterior decíamos que la “cultura de la cancelación” se manifiesta de formas distintas dependiendo quién la ejerza, y señalábamos dos grandes vertientes principales. La primera de ellas la ejercen o bien el Estado o bien los grandes grupos de poder y la segunda, el ciudadano común, bien sea contra uno de sus pares –en especial si se trata de alguien famoso o considerado celebridad cuya reputación haya caído en desgracia por cualquier motivo– o contra una empresa o institución pública o privada cuyas acciones sean consideradas inapropiadas por el discurso hegemónico del momento. Hoy profundizaremos en esta segunda vertiente. 

Primero, conviene separar lo que es un delito –acoso sexual, abuso, violación, estafa…– de una opinión, un mal chiste, un comentario de mal gusto o incluso una visión del mundo que no concuerda con el discurso hegemónico. En los casos que constituyen un delito, la cancelación es una consecuencia secundaria, porque la instancia de justicia que debe resolverlos no está en los tribunales de la opinión pública, y por ello no ahondaremos en estos supuestos. El énfasis lo pondremos en los casos donde el individuo común reacciona ante una opinión o un dislate presente o pasado de una figura pública y veremos cómo la “cultura de la cancelación” puede entrañar una tremenda crueldad, además de entorpecer las soluciones reales a los problemas que combate.    

Aunque la manera de nombrarlo es muy reciente, tampoco se trata de un fenómeno completamente nuevo. Recuerdo que el primer gran evento de este tipo que me dejó una honda impresión fue ver, en octubre de 1992, durante el programa Saturday Night Live, a Sinéad O’Connor1 mientras rompía en pantalla una foto del Papa Juan Pablo II mientras decía “en la victoria del bien sobre el mal, lucha contra el enemigo real”. 

  Por aquel entonces la cantante irlandesa estaba en la cima de su carrera y gozaba de fama mundial, pero ese hecho marcó el inicio de un declive del que jamás se recuperaría. Hoy, muchos años después, hay una diferencia sustancial entre lo ocurrido con O´Connor en la década de los noventa del siglo XX y lo que se conoce en nuestro tiempo como “cultura de la cancelación”: la irlandesa expresó de forma directa y en presente una opinión fuerte y riesgosa, que además estaba fuera del discurso hegemónico, con lo cual los riesgos de enfrentar rechazo y desacuerdo eran altos, pero cuando menos se trataba de una opinión que tenía peso y significado para su tiempo y contexto. Mientras tanto, los “cancelados” del siglo XXI muy pocas veces lo son por opiniones directas y conscientes, sino por comentarios idiotas, chistes desafortunados de otro tiempo o contenidos descontextualizados.

Convendría empezar por definir este nuevo concepto cuando quien lo ejerce son los individuos de a pie: “Cultura de la cancelación” es el eufemismo que se utiliza para designar un conjunto de acciones y boicots encaminados a destruir la reputación de alguien mediante el retiro masivo del apoyo y la aprobación a causa de opiniones, actos o iniciativas que pudieran interpretarse como ofensivas para alguna minoría o para la corriente moral hegemónica, sin importar el contexto, el tiempo o las circunstancias en que dichos acontecimientos hayan tenido lugar. El propósito final es “cancelar” al individuo en cuestión, borrarlo del entorno público, sin importar las afectaciones personales, familiares, profesionales, laborales o económicas que implique.

El mecanismo funciona más o menos así: alguien hace o dice algo que se considera, para los estándares de nuestros días, políticamente incorrecto, generalmente porque dicha acción o comentario se interpreta como machista, sexista, racista, patriarcal, intolerante, entre muchas otras posibilidades, sin importar el contexto en que haya sucedido o si este dicho o acción ocurrió en el presente o varias décadas atrás. 

De este modo, da igual si se trata de un desafío frontal al statu quo como el que –con razón o sin ella– llevó a cabo Sinnead O’ Connor, o si se trata de una conversación privada entre amigos, donde el personaje en cuestión hace una broma de mal gusto que alguien filtra, haciéndola pública diez años después.

Una vez que el comentario, acto o imagen es hecha pública, las y los “agraviados” –auténticos y autoasumidos– comienzan las embestidas crecientes, exigiendo condenas y represalias, casi siempre fuera de toda proporción con respecto a la “falta” cometida.   

Uno de los aspectos más curiosos de esta dinámica consiste en que, si el sujeto que llevó a cabo el “comentario fuera de tono” se disculpa, lejos de que la andanada de insultos se serene para iniciar entonces un diálogo constructivo que permita el aprendizaje, el arrepentimiento genuino y el propósito de enmienda, lo que ocurre es un recrudecimiento de la reacción que puede llegar hasta niveles absurdos. 

La virulencia del insulto se vuelve entonces directamente proporcional a las muestras de vergüenza y contrición que muestre el transgresor, terminando por resolverse todo en un apoteósico castigo comunitario –y muchas veces laboral, profesional y económico–, casi siempre excesivo e inútil, que se parece más a un linchamiento colectivo que a un edificante y provechoso desagravio social producto del diálogo y el debate abierto. 

En esta tendencia a “cancelar” a cualquiera que emita una opinión distinta a la que defiende el discurso dominante, –o los discursos dominantes polarizados, como sucede con mucha frecuencia en el ámbito político– detecto cuatro características frecuentes: 

Por un lado la paulatina intensificación de la estridencia y una creciente desproporción de los juicios y el castigo exigido, sin importar si el “infractor” se disculpa o no.  

En segundo término la falta de diferenciación entre niveles de exabrupto, donde parece que merece la misma sanción social las violaciones llevadas a cabo por Bill Cosby o los abusos de todo tipo contra infinidad de mujeres concretas por parte de Harvey Weinstein que la insolente broma del payaso Platanito –interpretado por Sergio Verduzco Rubier– acerca de los niños fallecidos en la guardería ABC de Hermosillo, Sonora, México, el 5 de junio de 20092.

La tercera características que aprecio en esta tendencia es la creciente susceptibilidad: cada vez se requiere de una menor dosis de insumisión, mal gusto o dislate para desatar las tempestades de la descalificación multitudinaria, con el agravante de que la caída en desgracia es cada vez más estrepitosa y abrumadora.  

Y una cuarta, relacionada con el hecho de que en el presente conviven diversas cosmovisiones, varias de ellas ancladas en comprensiones del mundo con hondas reminiscencias patriarcales y que son justamente las que las visiones más progresistas intentan superar. El problema, y que dichas visiones progresistas parecieran pasar por alto, es que esas visiones tradicionales están profundamente internalizadas en un porcentaje muy alto de la sociedad y que sólo será a través del tiempo, el debate de ideas y la tolerancia que se irán dejando atrás los aspectos más reaccionarios de las mismas.  

Quizá lo más sorprendente es que esta tendencia a la “cancelación” sea fomentada por grandes voces que defienden la igualdad y que por décadas fueron discriminadas por no ceñirse a patrones rancios de conducta. Desde una vehemente esquizofrenia, se afirma, por un lado que toda opinión es igualmente valiosa y debe ser respetada –lo que implicaría aceptar y ser tolerante con quienes piensen distinto– y al mismo tiempo se reprime y castiga con furia y obcecación a todo aquel que ose desafiar la narrativa dominante: lo más importante es la “igualdad”, siempre y cuando seas y pienses igual que yo.  

En la siguiente entrega veremos ejemplos recientes de diversos casos de Cancelación que nos invitan a reflexionar al respecto de lo pertinente de esta práctica

Web: www.juancarlosaldir.com

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Facebook:  Juan Carlos Aldir

1 Youtube:   https://www.youtube.com/watch?v=HkxwUDGd7N4

2 https://www.chicagotribune.com/hoy/ct-hoy-8060491-platanito-una-broma-de-mal-gusto-video-story.html

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Juan Carlos Aldir
Juan Carlos Aldir Licenciado en Filosofía y maestro en Filosofía y crítica de la cultura por la Universidad Intercontinental. Cursó un posgrado en Psicología, en la Escuela de Psicología Transpersonal Integral y el diplomado en Creación Literaria que imparte la Escuela de Escritores de México, SOGEM. Desde muy joven ha participado en diversos talleres literarios y colaborado en diversas publicaciones. En el año 2013 apareció su primera novela, Asesino de muertos, bajo el sello Punto de Lectura. En 2019 Editorial Planeta publicó su segunda novela: Donde empieza la noche. Web: www.juancarlosaldir.com Instagram: jcaldir Twitter: @jcaldir Facebook: Juan Carlos Aldir
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