En el libro de ensayos de David Foster Wallace titulado Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer, se incluye un texto de título misterioso: “«E unibus pluram»: televisión y narrativa americana”. En él encontré una cita que me pareció interesante y tristemente evocadora de nuestro tiempo:
“Piense en un momento en los rebeldes y golpistas del Tercer Mundo. Los rebeldes del Tercer Mundo son fantásticos a la hora de sacar a la luz y derrocar regímenes corruptos e hipócritas, pero resultan ostensiblemente menos fantásticos cuando han de llevar a cabo la tarea más mundana y afirmativa de establecer una alternativa superior de gobierno. De hecho, los rebeldes victoriosos parecen mejores cuando usan sus instrumentos de rebeldía cínica y agresiva para evitar que otros se revelen contra ellos: en otras palabras, se convierte simplemente en mejores tiranos1”.
Esta cita de Foster Wallace me sirve para reflexionar respecto a lo que hoy vivimos en México bajo el pretensioso autocalificativo de la Cuarta Transformación.
Yo no sé si de verdad este movimiento-partido tuvo en algún momento la intención genuina de transformar al país, más allá de lo cosmético, para colocarnos en el siglo XXI y desarrollar la capacidad verdadera de relacionarnos como iguales con el resto de las naciones que construyen el futuro. Lo cierto es que luego de casi ocho años en el poder –donde resulta cada vez más cínico culpar al pasado de los males del presente–, los cambios formales han sido muchos –un sinnúmero de reformas constitucionales que han afectado a la educación, la justicia, la seguridad, las estructuras políticas y electorales, etcétera–, aunque en lo sustantivo, el gobierno luce cada vez más limitado e incompetente: la educación es un desastre creciente; la delincuencia está cada vez más extendida y fuera de control; la corrupción, lejos de disminuir, aumenta –aunque ahora la lleven a cabo los amigos del régimen y ya no se denuncie–; la transparencia y rendición de cuentas se opacan día con día; las poquísimas –aunque colosales– obras de infraestructura resultan deficitarias e inoperantes y así podíamos seguir por muchos renglones más enunciando no sólo aquello que no se ha “transformado” –cuando menos para bien– sino todos los vicios del pasado que se agudizan y perfeccionan, lo que provocan la sensación de que avanzamos en una sutil pendiente hacia una realidad cada vez más precaria.
No puedo dejar de mencionar una evidencia: en prácticamente todo el mundo, cuando se celebra un Campeonato Mundial de Futbol o unos Juegos Olímpicos, se llevan a cabo determinadas obras de infraestructura que mejoran el alguna medida las ciudades participantes. No tengo claro qué ocurre en Guadalajara y Monterrey, pero está claro que en la Ciudad de México no se ha llevado a cabo una sola obra que mejore la vialidad, la estancia del turista o que atenué los problemas de una competencia como esta para quienes vivimos aquí. Quizá habrá quien mencione las obras que se realizan en el Aeropuerto Benito Juárez, pero esas, más que mejora, son reparaciones de emergencia para que no se derrumbe del todo. Si el actual régimen ni siquiera ha sabido aprovechar la inercia de un evento como este para mejorar las ciudades que serán vistas por el mundo, qué esperar del resto del país.
Lo grave quizá del asunto podría dividirse en dos vertientes: por un lado el régimen actual busca, sin el mínimo pudor, implementar los cambios legales necesarios para que nadie pueda sacarlos del poder. Y por el otro, las posibles fuerzas opositoras que hoy acusan de tiranos al movimiento “transformador” han sido históricamente tan inoperantes, corruptas y manipuladoras como ellos –sería injusto y mentiroso decir que el deterioro nacional en tantos ámbitos es producto de los últimos ocho años de mal gobierno. Por más que la promesa transformadora actual haya incumplido lo ofrecido, es difícil olvidar que todas esas fuerzas políticas desplazadas, durante el tiempo que tuvieron el poder, se dedicaron a hacer exactamente lo mismo que los aprendices de tirano de la actualidad. Esa oposición que ahora, con un cinismo patético, acusa, señala y descalifica, lo hace en un intento desesperado por recuperar una apariencia de superioridad moral que los otros le arrebataron al desplazarlos –y que desde que gobiernan han dilapidado–. ¿Será que México está condenado a tiranías cíclicas que terminan por encabezar más o menos las mismas élites bajo discursos de cambio y transformación, de esos que lo cambian todo para que nada cambie?
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(1) Wallace, David Foster, Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer, “«E unibus pluram»: televisión y narrativa americana”, Primera Edición, España, Literatura Random House, 2025, Pág. 86
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