¿Ventanas de oportunidad… o puertas de muerte?

Edith Guadalupe salió de su casa en Iztapalapa con una intención simple: buscar empleo.

27 de abril, 2026 ¿Ventanas de oportunidad… o puertas de muerte?

Camino por la Avenida Juárez, en mi hermosa capital poblana, se trata de una histórica y céntrica vialidad, diseñada con un estilo francés. No es cualquier calle. Es una de esas zonas donde lo antiguo y lo moderno conviven. Siempre he admirado esas fachadas elegantes, ventanales amplios, cafeterías, bancos, boutiques de novias, universidades y demás comercios. 

Llevo un café en la mano, está caliente, reconforta mucho y más al ser mi día libre. De pronto una de esas antiguas cornisas me hace levantar la vista por su arquitectura, junto a ese edificio, llama mi atención uno muy moderno, con más de 30 pisos y al mirar hacia arriba pienso… Al interior de esos modernos edificios cada piso representa una promesa: empleo, independencia, futuro. Ahí, cientos de hombres y mujeres trabajan todos los días. Ahí, también, cientos de jóvenes miran hacia arriba imaginando su primera oportunidad. Su lugar en el mundo, ese futuro que todos buscamos y al que todos tenemos derecho. La escena es tranquila y casi perfecta, como mi cappuccino.

Hasta que la memoria irrumpe, hasta que, en medio de esos ruidos urbanos, pienso en lo que ocurrió con Edith Guadalupe, en la vecina Ciudad de México, donde justamente en un edificio como estos, una joven no encontró trabajo, no encontró esperanza, se topó con una muerte súbita. Edith Guadalupe salió de su casa en Iztapalapa con una intención simple: buscar empleo. No llegó ahí por casualidad. La trampa comenzó semanas atrás, con una oferta de trabajo que solo existía en redes sociales. 

Perfiles con necesidades económicas inmediatas: el primer vacío legal. No había empresa verificable, ni registro. En la vacante de Edith, no había nada. Solo la promesa de un depredador, que tejió las redes perfectas para atraer a su presa. 

Tomo un respiro y entro a una librería, con sillones al aire libre, compro ese libro de neurociencia que tanto había querido, me siento para seguir observando los ventanales y pienso que, en muy poco tiempo, mi hija irá en busca de una oportunidad laboral igual que esta joven, el escalofrío se apodera de mí y abro un libro para evitar esos pensamientos fatalistas de mamá…

Sin embargo, el caso no se va de mi cabeza… El día de la cita, Edith viajó en una moto de aplicación, su recorrido fue de aproximadamente una hora, las distancias de la gran ciudad, llegó a un edificio ubicado en la alcaldía Benito Juárez. Entró y no volvió a salir. 

Lo más aterrador e indignante es que la joven, no fue a un entorno de riesgo ni en circunstancias extraordinarias. No hubo fiesta, ni madrugada, ni exceso. Tampoco los llamados “malos pasos”. Ella, fue a una cita de trabajo, en busca de una oportunidad que parecía legítima. Llegó a un edificio con vigilancia, con protocolos, con todo aquello que, en el imaginario colectivo, debería significar seguridad. 

Y para mi sorpresa, la llamada Torre Murano es un espacio financiado con recursos públicos. No podía creer que es parte del mecanismo de protección para personas defensoras de derechos humanos y periodistas. Un sitio diseñado, en teoría, para resguardar a quienes están en riesgo. 

Uno de los puntos con mayor vigilancia en el país, con guardias, cámaras en cada acceso, protocolos de entrada y salida. Y aun así… Lo que vino después tampoco fue respuesta, fue omisión, desinterés e impunidad. Al ver que Edith no aparecía, su familia comenzó a buscarla y tenía un dato clave: la ubicación en tiempo real de su teléfono estaba fija. Inmóvil. Una señal de alerta máxima. Y, aun así, se dejó pasar. La instrucción fue esperar, esperar hasta 72 horas. Como si el tiempo no fuera, en estos casos, lo único que puede salvar una vida. Y hay más, funcionarios de la Fiscalía de CDMX solicitaron el denominado “moche” para agilizar la búsqueda de Edith. 

El avance de las diligencias se condicionaba; afuera de la torre quienes se detuvieron a ayudar no fueron autoridades, fueron otros, personas sin obligación, fueron unos traileros quienes cerraron las calles para que la Fiscalía pudiera tomar cartas en el asunto y su personal entrara al punto a buscar a la chica. Cuando finalmente decidieron entrar, los peritos forenses bajaron al sótano y ahí estaba Edith, “depositada” sin vida y tapada con arena. 

Después vino la respuesta oficial. La detención de un guardia de 24 años, sin antecedentes penales. Un rostro, un nombre. Alguien que, de pronto, parecía cargar con toda la responsabilidad de la tragedia. Una detención que llegó en medio de la presión mediática y con ello surgen más dudas. Porque, la familia de este joven asegura que fue torturado y entregado como posible chivo expiatorio. 

Al mismo tiempo, comenzó a circular un video del interior del edificio: un hombre mayor acompañado de una joven no mayor a 20 años. Versiones, fragmentos, piezas que no terminan de encajar. Pero más allá de eso, hay algo que permanece, algo que no admite interpretación, que no depende de versiones y que no cambia ni cambiará. 

Ya perdí la hoja del libro y ya no me importa, porque ahora es importante escribir y comienzo a hacerlo desde el teléfono…

No podemos acostumbrarnos, no podemos seguir viendo cómo matan a nuestras hijas, a nuestras amigas, a nuestras madres, a nuestras hermanas… y que la vida continúe como si nada. 

En México, las mujeres mueren todos los días en completa impunidad e indiferencia. Pasa porque hay quienes pueden hacerlo y saben que pueden hacerlo sin consecuencias. Porque la justicia llega tarde… o se disfraza de respuesta. Se arma un caso, se presenta un rostro, se calma, por un momento, la exigencia pública. Pero no se corrige el fondo ni se desmantela lo que lo permite. 

Y mientras tanto, nosotras salimos a la calle con algo más que prisa o rutina, ahora, además salimos con miedo. Con una alerta encendida que no debería existir, con la sensación constante de que algo puede salir mal. Y entonces la pregunta se vuelve urgente: ¿Ahora tampoco podremos salir a trabajar? 

Mi libro ya no me interesa, retomo mi caminata y ahora sé que, cada edificio puede ocultar aterradoras historias, que nunca debieron ocurrir.

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Adela Ramírez
Adela Ramírez Periodista. Se ha desempeñado en los medios informativos durante 25 años, así como en la función pública de Puebla y Oaxaca, además de la academia. Es guionista, productora y conductora de radio, asimismo, ha incursionado en la producción de noticias de TV, es content manager, community manager y escritora. Cuenta de X: @delyramrez
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