Mentiras

“El que dice una mentira no sabe qué tarea ha asumido, porque estará obligado a inventar veinte más para sostener la certeza de esa primera”. -Alexander Pope

7 de febrero, 2023 Chernóbil

Durante las primeras horas del 26 de abril de 1986, el reactor RBMK no. 4 de la planta de energía nuclear de ChernóbilVladimir Ilich Lenin”, estalló tras una imprevista concentración de xenón durante la realización de una serie de pruebas para corroborar la fiabilidad operativa del mismo durante condiciones de bajo nivel de energía, lo que provocó que el edificio colapsara parcialmente y el núcleo quedara expuesto, vertiendo millones de partículas radiactivas a la atmósfera durante los días subsecuentes. 

Lo que pasó aquella madrugada era un hecho sin precedentes; jamás una planta nuclear habría sufrido un daño semejante y jamás volvería a pasar, hasta hoy. Lo que inicialmente era incertidumbre y caos pronto tomó tintes trágicos y conforme los minutos transcurrieron, el incidente se transformó en una potencial catástrofe a escala global. 

Los responsables de las pruebas eran el ingeniero en jefe de la planta Anatoly Dyatlov, de 55 años y quien contaba con más de 20 años de experiencia, el supervisor en turno Aleksandr Akimov de 33 y el ingeniero en jefe, Leonid Toptunov, de 25. Las mismas debían haberse realizado durante el turno anterior, pero derivado de distintos factores tuvieron que verse postergadas durante las 10 horas siguientes; les tocaría a ellos completar el procedimiento, aún y cuando, sin saberlo, los bajos niveles de energía eléctrica habían ya producido desequilibrio en el reactor. 

A lo largo de las tranquilas horas que les proporcionaba el turno nocturno, los tres realizaron, paso por paso, la secuencia operativa estipulada hasta que a la 1:23 am el reactor, que minutos antes se encontraba a un nivel de actividad mínimo, sufrió un súbito incremento de la presión y temperatura del núcleo que les hizo notar que algo había salido mal. Intentaron aplicar el procedimiento de emergencia (inserción de las varillas de control) pero justo en aquel momento sobrevino el estallido que cambiaría todo en apenas una fracción de segundo. La tapa del reactor, de 1200 toneladas, voló por los aires y miles de toneladas de cesio, yodo, plomo, circonio, cadmio, berilio, plutonio, uranio y grafito serían expulsados a la atmósfera. 

Tras la explosión, con el tablero de la sala inutilizable y poca luz, incrédulos ante lo que había pasado, buscaron el único dosímetro que tenían a la mano para conocer el nivel de radiación circundante: la lectura arrojó 3.6 roentgens (unidad de medida para la exposición de rayos x y gamma) por hora, lo que permitía suponer que el núcleo estaba intacto y que la explosión podría tratarse de una fuga de vapor, alguna parte de instalación eléctrica u otra cosa, por lo que Akimov y Toptunov siguieron intentando contener el daño aplicando las medidas habituales (enfriamiento del núcleo vertiendo agua a presión en el mismo), abriendo válvulas y revisando el dosímetro para vigilar sus posibles variaciones. Aquello duró hasta bien entrada la mañana. 

Más tarde se enterarían de que la lectura máxima del dosímetro con el que contaban (otro al interior de la sala de control estaba descompuesto) era esa justamente: 3.6 roentgens por hora; existía otro dosímetro de mayor alcance, pero aquel estaba resguardado fuera de la sala de operación del reactor y guardado bajo llave. Los niveles de radiación ionizante superaron en algunas zonas cercanas al reactor el equivalente a 32 000 roentgens por hora. Una dosis fatal ronda los 400. En apenas un minuto, el destino de muchos de los operadores e ingenieros que estuvieron expuestos a dichos niveles de radiación, como Toptunov y Akimov, estaría sellado. 

Conforme transcurre el tiempo, un cierto gusto metálico en la boca y el enrojecimiento de la piel (bronceado nuclear) así como los fragmentos de granito impulsados por la explosión que se asientan en los alrededores de la planta les indican que algo mucho más grave está en marcha. Aun así, los dirigentes locales del partido hablaron con Dyatlov, quien les contó su versión del incidente y después se fue directo al hospital; los dirigentes del partido comunista decidieron entonces enviar un grupo de bomberos para sofocar el fuego. Después hablaron con el Comité Central para informar que, en efecto, un incendio había comenzado hace un rato pero que ya se estaban ocupando del asunto. 

Los dirigentes locales llamaron a la brigada de bomberos estacionada en Chernóbil al mando del teniente Volodymir Pravyk, pero nadie les comunica algo más, salvo la existencia de fuego en la planta, probablemente de carácter eléctrico. Llevan sus trajes de lona, sin máscaras especiales o protección adicional alguna. Nadie menciona radioactividad, gases, iones, nada. Se abren paso entre los escombros y retiran algunos de los bloques del grafito ardiente utilizado para estabilizar el núcleo del reactor. Hacia las 5 de la mañana concluirían con su labor, evitando que el fuego se propagara al reactor no. 3. 

No pasarían muchas horas antes de que los efectos de la radiación comenzasen a manifestarse y los bomberos empezaran a ser trasladados a distintos hospitales en Moscú. La agonía de los bomberos durará días en algunos casos, semanas en otros.  Los habitantes de la ciudad de Prípiat, a escasos 4 kilómetros de distancia de la planta, son testigos de lo que sucede: el fuego en la planta, el calor, el efecto de los iones liberados en la atmósfera que hacen que la luz resplandezca de un modo particular, pero al no haber noticias oficiales, se preparan para continuar con sus rutinas habituales.  

A lo largo de las horas siguientes, durante la mañana del 26 de abril, docenas de los habitantes de Prípiat comenzaron a manifestar síntomas de intoxicación tales como dolores de cabeza, tos, vómitos y diarreas. Alrededor de las 9 am el ministro de Asuntos Internos, Vasyl Durdynets, telefoneó al dirigente local en Ucrania para comentar que hubo un incidente, pero que “todo está bien” y que las actividades deben seguir su curso normal. Los adultos en Prípiat acuden a sus trabajos, los niños a la escuela. 

A las 10 am, se establece desde la base del Estado soviético en Moscú la necesidad de crear una comisión que investigue la realidad del incidente, ante las contradicciones de las distintas partes; para ello se elige a Boris Shcherbina, el encargado del Consejo de Ministros de la URSS para liderarla. Lo acompaña uno de los hombres que será clave en lo que viene: Valery Legasov, el director del Instituto Kurchatov de Energía Atómica y otros muchos especialistas en física, meteorología y radiología. Todos ellos acuden ese mismo día al sitio de la explosión sólo para corroborar aquello que algunos pocos temían: la planta semidestruida, el núcleo expuesto y los millones de partículas radioactivas que se esparcían a través del viento, amenazando la vida no sólo de Ucrania y Bielorrusia, sino también de Europa e incluso, parte de Occidente. ¿De cuánto era la vida media de aquellos componentes radioactivos? Más de 400 veces la radiación producida por la detonación de la bomba en Hiroshima salió de aquel núcleo en la frontera ucraniana durante los días siguientes a la explosión. La nube radioactiva se extendió por 162 000 kilómetros, desde Europa hasta Norteamérica. 

 

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Alrededor del mediodía del 27 de abril finalmente se toma la decisión de proceder a la evacuación de los habitantes de Prípiat, esto es, 36 horas después del accidente. Todo se hace con suma celeridad. Para las 3 de la tarde, más de 53,000 personas habían sido evacuadas de las zonas circundantes, sin posibilidad de empacar absolutamente ninguna de sus pertenencias. Al mismo tiempo, Legasov, Shcherbina y los demás comisionados comienzan a buscar la manera de mitigar los efectos del accidente, lo que implicaría verter 5 mil toneladas de boro, dolomita, plomo y arena al interior del núcleo, el reforzamiento de la base de la planta a través de un trabajo de minería, el retiro de material radiactivo en los diversos niveles de la planta nuclear, la remoción de 30 kilómetros de tierra (tanto de siembra como boscosa) de la zona de exclusión, el sacrificio de animales domésticos y salvajes de la misma y mucho más a lo largo de las semanas siguientes. 

Durante la mañana del 28 de abril, la planta nuclear de Forsmark en Suecia (ubicada a más de 1000 kilómetros de distancia de Chernóbil) detectó niveles inusuales de radionúclidos, lo cual fue informado a la autoridad de seguridad radioactiva sueca, misma que contactó al gobierno soviético acerca del asunto. Inicialmente la URSS lo negó y sólo cuando la misma refirió la necesidad de dar parte a la Agencia Internacional de Energía Atómica, fue que los soviéticos aceptaron que un accidente (menor) había sucedido en Chernóbil.  

Aunque a partir este momento la noticia comenzó a circular por el mundo (incluidas las cadenas americanas como ABC News), al interior, la orden era clara: no había sucedido nada grave y todo lo que pudiera hacerse para ocultar la realidad, debía hacerse.  El festejo del 1 de mayo (día de los trabajadores) que incluía desfiles en zonas tan cercanas al incidente como Kiev no se canceló, las labores y actividades siguieron su curso y sólo aquellos involucrados directamente con las operaciones de emergencia pudieron hacerse cierta idea de la magnitud del accidente. Al final lo sucedido en el reactor de Chernóbil mostró, más allá de cualquier otra cosa, la incontable cantidad de mentiras, incongruencias e ineficiencia que permeaban no sólo el sector nuclear sino todo el aparato de la Unión de Repúblicas Soviéticas Socialistas; cada palabra, cada omisión, pronunciada y solapada por absolutamente todos los miembros del Estado. 

Tras el ascenso de los bolcheviques al poder, la denominada clase obrera tomó el control del Estado y del Partido; los dirigentes locales y regionales eran antiguos empleados de fábricas de tractores, zapatos, envasados, cuyos únicos atributos para el servicio público y administrativo eran la lealtad y la obediencia. Bajo su mando y decisión oscilaban las vidas de científicos, médicos, soldados, físicos, agricultores, adultos, ancianos y niños. Para 1986, lo anterior no había cambiado en absoluto.  Y la orden que venía de arriba, siempre de alguien más arriba, era minimizar el incidente, mantener la normalidad y que nadie supiera la realidad de lo ocurrido. 

Uno de los testigos de aquello, narró años después: 

Durante los primeros días después del accidente, desaparecieron de las bibliotecas los libros sobre radiaciones, sobre Hiroshima y Nagasaki, hasta los que trataban de radiografías y rayos X. Corrió el rumor de que había sido una orden de arriba, para no sembrar el pánico. Para nuestra tranquilidad”. 

Pero la realidad no se puede ocultar, no por siempre, ni con toda la fuerza del Estado. 

Los casos de cáncer de la tiroides en la población infantil se incrementaron exponencialmente como resultado del yodo radioactivo entre las décadas de los noventa y los 2000, así como las mutaciones y malformaciones entre los bebés recién nacidos. La estimación de distintos tipos de cáncer entre aquellos que participaron en las labores de mitigación supera los 100,000 casos. El número de ucranianos que recibían apoyos económicos derivado de algún tipo de alteración por radiación superaba, en el año 2000, los 3.5 millones. 

Una madre ucraniana describiría lo siguiente con respecto a su hija pequeña: 

A sus cuatro años no juega a las compras ni a la escuela, sino que juga con sus muñecas al hospital, les pone inyecciones, les coloca el termómetro, les prescribe un gota a gota; la muñeca se le muere y ella lo cubre con una sábana blanca. Ya van para cuatro años que vivimos con ella en el hospital. No se le puede dejar allí sola, tampoco sabe que lo normal es vivir en casa. Nació sin vulva de modo que cada media hora he de exprimir la orina con las manos, a través de unos orificios puntuales en la zona donde ésta debería estar. Si no le hago esto, se le parará su único riñón. ¿Cuánto tiempo se puede resistir algo así?”

El recuento que hace Irina Ignatenko, la esposa de uno de los bomberos de nombre Vasili, quien acudió al llamado aquella madrugada del 26 de abril, narra:

 “Tenía el cuerpo deshecho. Todo él era una llaga sanguinolienta. En el hospital, los últimos dos días..le levantaba la mano y el hueso se le movía, le bailaba, se le había separado de la carne. Le salían por la boca pedacitos de pulmón, de hígado. Se ahogaba con sus propias vísceras. Me envolvía la mano con una gasa y la introducía en su boca para sacarle todo aquello de dentro. ¡Es imposible contar esto! Lo colocaron en el ataúd descalzo y con la ropa cortada de tan hinchado que estaba, lo metieron en una bolsa de plástico y lo ataron, para después enterrarlo en un féretro de zinc bajo unas planchas de hormigón. Nos dijeron: no podemos darles los cuerpos de sus esposos, de sus hijos porque son muy radioactivos de modo que serán enterrados en un cementerio de Moscú de una manera especial”.  

En las labores de emergencia y descontaminación participaron más de 600,000 “liquidadores” (bomberos, soldados, médicos, policías, pilotos, etc.) de los cuales 60,000 morirían poco tiempo después y más de 170,000 sufrirían algún tipo de padecimiento incapacitante por el resto de su vida. Sus familias, amigos, todos se vieron afectados. A pesar de ello, el gobierno soviético continuó intentando impedir que la realidad se conociera, aún en un evento de tal magnitud. No hubo profilaxis para la población evacuada. Ni equipos especiales para muchos de los liquidadores. Muchos de los militares utilizaban su uniforme habitual, aún dentro de la zona de exclusión. Ni qué decir de los médicos y bomberos. 

Todo por órdenes superiores. 

Del 25 al 29 de agosto de 1986 Valery Legasov presentó un informe sobre el desastre ocurrido en Chernóbil en la reunión extraordinaria de la Agencia Internacional de la Energía Atómica en Viena, donde además de subrayar los problemas en la configuración y operación del reactor RBMK (algunos desconocidos para los operadores de la planta), también habló con la verdad: de las mentiras, la corrupción y negligencia del Estado soviético como factores preponderantes en lo que había sucedido durante los meses anteriores, con la finalidad de prevenir más muertes en el futuro. Aquel informe le granjeó el descrédito y la alienación en la URSS durante el resto de su vida. Vigilado estrechamente por la KGB, enfermo, dado los altos niveles de radiación a los que se había visto expuesto y atormentado por el recuerdo de los liquidadores que ofrecieron su vida para llegar donde ni las máquinas ni los robots pudieron, se suicidaría el 26 de abril de 1988, justo en el segundo aniversario del fatídico evento. 

Toptunov y Akimov, los operadores del reactor morirían menos de tres semanas después del accidente. Boris Shcherbina lo haría el 22 de agosto de 1990, casi exactamente cuatro años después del mismo. Un destino compartido por muchos, muchos otros. Todo gobierno que es capaz de mentir abierta y públicamente a sus ciudadanos ha dejado de preocuparse por estos, por sus tragedias, por sus anhelos, por sus vidas. Para un Estado semejante, la gente es sólo una cifra que puede emplearse o manipularse a conveniencia. Mil, diez mil, cien mil, un millón de víctimas no representan nada. 

Pero cada mentira tiene un costo. 

Y el precio a pagar no será otro que carencias, enfermedades, sufrimiento y vidas. Así fue con Gorbachov y Chernóbil. Con las de Stalin y su “nuevo hombre soviético”, que sumaron entre 7 y 10 millones. Las de Mao y su “gran salto adelante”, que sumaron más de 50 millones. Las de la lucha contra el “imperialismo” de Chávez y Maduro y sus 6.8 millones de desplazados. Mentiras en Rusia. En Cuba. En Chile. En Bolivia. En Nicaragua. En Colombia. En México. Y muchos otros. 

El mundo actualmente tiene sus propios gobiernos que, con base en mentiras sistemáticas, hace años que dejaron de ocuparse y preocuparse por los seres humanos que supuestamente gobiernan. 

Sólo les interesa el poder y el control. La lealtad y la obediencia. 

Desde hace ya algunos años, varios países alrededor del mundo se asemejan, quizás demasiado, a aquel abril de 1986. 

*Información obtenida del Informe del Grupo Internacional de Seguridad Nuclear de la Organización Internacional de Energía Atómica (iaea.org) 1987. Testimonios obtenidos de Voces de Chernóbil, de Svetlana Alexiévich, publicado originalmente en el año de 1997.   

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Alondra

Alondra

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