Abismo social mexicano

Como cada semana, Manuel Torres Rivera nos comparte su análisis del impacto de las políticas populistas en la economía mexicana.

13 de diciembre, 2022

La desigualdad social o económica de México siempre presente en el discurso de políticas públicas, siempre presente en promesas de campaña, siempre presente en todos los foros nacionales, donde imperan cúpulas empresariales, academia, representación popular, obrera, campesina, banca comercial y de desarrollo, entre otras asociaciones y agrupaciones de todos los órdenes. Siempre exultante, siempre presente. Persiste y no es cuestión de sobrevivencia, la desigualdad no reúne tantos aspectos en su concepción o medición; al parecer no tiene origen, no tiene desenvolvimiento y tampoco destino. Existe, como una situación que señala precariedad y no necesariamente abandono. Existe, simplemente en esa endemia social que intenta erradicarla al ubicarla, pero no la entiende.

El tránsito del paternalismo de otros días sembró una pauta en esa redención perentoria llamada progreso, en esa trayectoria que dibujaba rutas que dejaron más dependencia que alivio generacional. Se construyó un anillo y una circunscripción a un centralismo que reunía origen y destino, alejando una sumisión irredenta si pudiéramos regresar a las décadas productivas de la tierra y fórmulas que atendían ciclos desde la semilla hasta la comercialización. Eran buenas intenciones tal vez; eran intentos de despegue de la bonanza de espíritu creador e innovador en los retos de un orbe que acercaba un poco de todo, acechanzas, acaparamientos, dominio, mercados cautivos y precios en control. 

Al menos la tenencia de la tierra ofrecía un panorama un tanto más libre; la comuna estructuraba fórmulas participativas, atenuaba la extensión hacendaria de ese 98 % de control territorial que combatía nuestro movimiento social al inicio del Siglo XX, la Revolución Mexicana. El México renacido, tenía, al parecer, una extensión incontrolable y muy lejana de la industrialización al otro lado del mar y al norte mismo. Faltaba orden, agrupaciones, asociaciones para dimensionar funciones productivas. Se acudió al esquema ejidal para el gran intento y desafío alimentario ordenado y justo. Por justo, se hace mención equiparable al efecto distributivo para una nación sin infraestructura carretera y ferroviaria suficiente. 

Se intentó todo, hasta precios de garantía. Persistía la incógnita en un campo mexicano eternamente en rezago; no era la falta de programas, tampoco la subvención crediticia. Algo faltaba en la concepción que encadenaba al hombre del campo y las cosechas, pero no de la función productiva, simplemente era la función regulada. En esa regulación se quedó el intento. En esa regulación seguimos después de décadas. El Tratado de 1994 era el momento y oportunidad del despegue y para ello se le concedieron diez años a todo el capítulo agropecuario. No bastaron; las fórmulas de asociación cubrieron regiones con cierto grado de industrialización. Los gobiernos rindieron a metas trascendentes de intercambio de bienes y servicios  los órdenes del capítulo agropecuario y la globalidad vino a convalidar toda premura en la situación alimentaria nacional. 

Errónea o no, la concepción del proyecto industrial apuraba los afanes de especialización y excelencia de la empresa mexicana. El agro no era un tema secundario pero los réditos internacionales premiaban el valor agregado más que el valor de recolección de perecederos. Si en ese momento hubiera existido una detención de variables, tal vez se hubiera concedido una mayor compensación al esquema de intensidad de labor que a la de capital. Finalmente, los renglones de exportación dictan la fase última y según el último reporte del Banco de Desarrollo de América Latina, 50 % de la población más pobre del continente, solo participa del 10 % de los ingresos, en tanto el 10 % de la población total se lleva el 55 % de los ingresos. 

Administraciones anteriores han dedicado programas que han incluido desde capacitación hasta capitalización de pequeñas y medianas empresas. Toda meta de resurgimiento en esta materia apunta al capital humano, siempre. Un estudio del Banco Mundial sobre 192 países, destaca que solo el 16 % del crecimiento económico puede atribuirse al capital físico, maquinaria e infraestructura, en tanto 20 % viene del capital natural y 64 % se atribuye al capital humano y social.

Corea del Sur hace cinco décadas era una nación pobre; la inversión pública y privada es cercana al 30 % del Producto Interno Bruto, tal vez la más alta del planeta. Desde luego, es una nación enteramente abierta en su economía y ha contado con un programa alfabetizador sin precedente. Se destaca esta nación como verdadero ejemplo pero desde luego es conveniente mencionar la estricta disciplina laboral y la amplia formación educativa guiada a la especialización sin mayor concentración en productos terminados. 

Lecciones para México abundan desde luego y la ruta del crecimiento tal vez regrese en breve y con profunda reflexión en capital humano y a la vez se retome la globalización para desechar la imposición retrógrada de la autosuficiencia y la práctica monopólica destinada a perder. Lo primero que habría que conceder es la inequívoca presencia de un abismo social y una desigualdad económica, que no se combate con la dispersión de recursos, se combate con oportunidades y programas de educación, con investigación y verdadera devoción al conocimiento. Cuatro millones de nuevos pobres no solamente asoman un esquema equivocado, muestran carencia, ausencia clara conceptual y ética de representación popular ante un discurso que los ostenta como un emblema falaz, muestra el verdadero rostro de un abismo social.

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