Una lengua es un universo

En un acto de desprecio por las lenguas indígenas, mediante un decreto presidencial se ordenó la desaparición del INALI. En teoría sus funciones pasarían al INPI. 

12 de enero, 2022

En la infancia me enseñaron algunos poemas de Netzahualcóyotl. Los he recordado siempre por su límpida visión del mundo, por su relación con la naturaleza, por su pureza tan distinta de lo rebuscado que suele traer consigo la poesía en lengua castellana. Amo mi propio idioma tanto como amo el mundo que me rodea porque solo puedo expresarlo y entenderlo por el lenguaje; amo del francés la dulzura, del inglés la precisión y del alemán la sonoridad; pero sobre todo, me embelesan los sonidos del zapoteco y del mixteco. Amo la diversidad de los mundos que tengo en la sangre, en los oídos y en la memoria, las coincidencias entre el hebreo y el árabe; la maleabilidad del griego. En fin, que no entiendo el mundo sin el cuidado de la lengua, sin el cultivo de todas las que nos dan identidad y rostro en México.

Al principio del presente gobierno,  el Instituto Nacional de las lenguas indígenas (INALI) parecía tener su oportunidad de oro. Se publicó algún libro con algún texto en todas y cada una de las lenguas que se hablan en el país, no supe si alguien tuvo algún ejemplar en las manos, pero además de eso, significaba que al renacer las lenguas indígenas, al tenerlas como idiomas adultos, de cuerpo entero, dialogales y creativos, habríamos salido de las visiones paternalistas, turísticas y excluyentes que han caracterizado a las políticas dirigidas a los pueblos originarios desde que tenemos memoria. Parecía que el momento había llegado.

Pero a la cultura no le llegó su tiempo, han sido tiempos de otras prioridades. Lo cierto es que los fenómenos culturales no se pueden frenar ni siquiera cerrando la llave del presupuesto, cuando un elemento cultural se echa a andar conjuga muchas voluntades que actúan más allá del beneficio inmediato, es decir, que cientos, miles de ciudadanos se ponen a hacer pequeñas cosas que en conjunto pueden mover montañas sin necesidad que les financien o les regalen dinero, se convierten en cuestión de dignidad, de principios, de circunstancia humana.

El anuncio de una eventual fusión entre el INALI y el INPI vino a mover aguas que no teníamos necesidad de enfrentar. Verá usted, amable lector, ya estamos con el agua hasta el pescuezo de problemas para que además tengamos ahora que preocuparnos por todos los proyectos que se van a quedar en el aire, no digamos por la voluntad política, sino por obviedades tan elementales como la transformación burocrática de quienes deben realizarlos. Y es que, bueno, estamos en presencia de un movimiento de clubes de lectura, páginas literarias y presentaciones virtuales de libros que se llevan a cabo entre librerías, lectores, autores y promotores, que están haciendo un trabajo que la extinta promoción de lectura no hizo, eso crea conciencia, en su momento opinión y luego presión. Qué sucederá cuando los eternos marginados de la realidad, aquellos que acompañó Rosario Castellanos hace cincuenta años, cincuenta, adquieran la movilidad y la visibilidad que nadie les ha querido dar. Tenemos artesanos indígenas trabajando en Nueva York y en Europa, poetas mayas y miles cuyo trabajo se escucha y se visibiliza, ellos hablan por los que no tienen agua en las escuelas, vacunas para la pandemia ni caminos para comunicarse. No es broma, de verdad que poner en riesgo sus lenguas es tanto como poner en riesgo sus tierras y tarde o temprano, será una más de las presiones que el Estado deberá enfrentar.

Pocas cosas tan dulces hay como escuchar cantar en zapoteco. Para los mexicanos que se creen que solo el mariachi es patria, escuchar los huapangos en la variante huasteca del náhuatl es también convocar a los espíritus más antiguos de la patria, escuchar las voces que comenzaron a pronunciarse en nuestra tierra mucho antes del encuentro con Europa, pero cantados con instrumentos de origen italiano o árabe, como la guitarra o la vihuela, en sones que pueden rastrearse hasta las jarchas y los romances sefardíes, eso es hablar del México más y más profundo, eso es algo que una directriz burocrática no puede echar por tierra.

Seamos sinceros, el desencuentro del momento político estriba en que volvemos a las políticas clientelares, a las formas estamentarias justo cuando los movimientos ciudadanos han alcanzado la mayoría de edad y cuentan con los medios de comunicación suficientes para hacerse oír. Los pueblos originarios ya no son “el más pequeño” de los hijos de nadie, son pueblos connacionales con iguales derechos que no requerirán de ejércitos fantasmagóricos ni de revoluciones posmodernas; porque lo que se viene, cuando demasiado tarde nos demos cuenta que el olvido se ha transformado en rabia y la rabia encontró maneras eficientes de expresarse, será un desencuentro que tal vez no sepamos enfrentar en un contexto democrático y de derechos humanos.

Hubiera querido terminar el artículo con alguna frasecita en tojolabal o en mi adorado mixteco, pero no quiero pasar por impostor turístico. Algún día, cuando tenga los rudimentos básicos de ese idioma lo haré, por lo pronto me quedo con mi idioma, este en el que nos leemos, y digo, como Alfonso Reyes, que para las cosas de la razón la lengua es bastante.

 

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@cesarbc70

Comentarios
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La película critica la inacción y frivolidad de los tres grandes poderes: el político, el mediático y el económico. Estos tres poderes constituyen una“idiocracia”, o gobierno de los idiotas (government of idiots). Es claro que existe una inercia mundial que está colocando a populistas autoritarios en los gobiernos de muchas naciones. El caso más dramático es Trump. Todo populismo autoritario desprecia la ciencia. Los Trump aparecen en este film representados por la presidente Janie Orlean (Maryl Streep) y su frívolo y casi idiota hijo, Jason Orlean (Jonah Hill), jefe del gabinete. A los populistas les da por asignar en puestos técnicos a personas que no son idóneas, y ese es el caso de la directora de la NASA, que no es una astrónoma. 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Y el público televidente tampoco, porque está más interesado en el “científico más sexy”, que es Leonardo DiCaprio en el papel del Dr. Mendy, o en el ataque histérico “al aire” de Kate Dibiasky (Jennifer Lawrence), que es la astrónoma que descubrió el cometa, o en la ruptura y reconciliación de dos estrellas del pop. Brie Evantie tiene más interés en llevar al Dr. Mendy a la cama, cosa que consigue, que en la extinción de la humanidad. El poder económico está representado por Peter Isherwell, billonario dueño de la omnipresente empresa de tecnología BASH. Lo único que le interesa es tener más dinero y más poder. Una vez que se lanza la misión para desviar la ruta del cometa, Ihserwell la detiene. Tiene el poder para eso y más, pues se puede decir que Janie Orlean le debe la presidencia por todo el dinero que le ha dado y le sigue dando. Ihserwell descubre que el cometa contiene una riqueza incalculable de los minerales que necesitan sus productos tecnológicos. Convence a la presidente de no destruir el cometa ni desviarlo, sino fragmentarlo para recoger toda esa riqueza cuando caiga en el océano pacífico. De esa forma darán un duro golpe a Rusia y China, que son los que controlan la mayor parte de esos minerales en el planeta. Promete que con este plan se crearán tantos empleos que ya no habrá pobreza en el mundo. Peter Isherwell representa a cualquiera de esos billonarios que son capaces de darse un rol por el espacio mientras el resto de los mortales es golpeado duramente por la pandemia y la pobreza. Piense usted en los magnates de la telefonía celular, de las computadoras, del software, de las redes sociales, del internet, del comercio electrónico, de los autos eléctricos. Cualquiera de ellos podría ser Isherwell: lo único que les importa son sus intereses económicos, y no dudarían en poner en grave peligro a la humanidad si eso les asegura mayor poder y riqueza. Don’t look up también es una sátira a los seguidores de los populistas, y por esta razón, muchos que se sienten identificados con ellos en el film experimentan una cierta incomodidad. A medida que se va haciendo más claro el acercamiento del cometa, los Trump/Orlean no dudan en politizar y dividir. Dice la presidente Orlean que no deben mirar hacia arriba (don’t look up), que los malos quieren que miren arriba para que ellos, los buenos, tengan miedo. Y entonces los seguidores, parodia brutal de los simpatizantes de Trump, comienzan a comportarse como energúmenos coreando en todo el país la consigna “Don’t look up” (no mires arriba) y a negar que siquiera exista el tal cometa. Es la sátira del populismo a nivel de base, es decir, la crítica vertida sobre los seguidores; las referencias a los rallies de Trump son evidentes. Finalmente, el plan de Isherwell para fragmentar el cometa en lugar de destruirlo, fracasa. La extinción de la vida en la Tierra llega. Solo Isherwell, la presidente Orlean y algunos de los billonarios del planeta logran escapar en una nave, y permanecen en un sueño encapsulado durante milenios en lo que la nave halla un planeta con condiciones similares a las de la Tierra. Cuando eso sucede y aterrizan en otro mundo, la presidente Orlean es tragada por un animal que tiene la belleza de un ave exótica, pero también la peligrosidad de un velociráptor. Y al mero final, ya que pasaron los créditos, vemos a su hijo, Jason Orlean, quizá el único sobreviviente del planeta, saliendo de las ruinas de un búnker en Washington DC y tratando de transmitir live en las redes sociales. El cine también hace política, y Don’t look up es una parodia desde la izquierda estadounidense. Trump y los republicanos la van a odiar –no dudo que también en México resulte molesta a algunos sectores–. No sé si usted recuerde algunos filmes que exaltaron el patriotismo americano, como Armageddon o El día de la independencia, sin duda verdaderos panfletos, casi fascistas, en los que los estadounidenses eran los salvadores del planeta y el mundo entero tenía que reconocérselos y agradecérselos; filmes con una clara intención política desde la derecha rancia, desde el conservadurismo patriotero y ramplón. Pues bien, “Don’t look up” es una sátira desde la izquierda, escrita por alguien que se define a sí mismo como “democratic socialist”; una sátira que bien pudo haber salido de las plumas de Bernie Sanders y Noam Chomsky si ellos fueran humoristas y hubieran colaborado con un John Oliver.  Considerada solo como pieza cinematográfica, creo que Don’t look up tiene méritos, sin ser extraordinaria. Yo le pondría tres estrellas en una escala de cinco. Vale la pena ver este film como lo que es: una sátira, y como tal, hiperbólica, rocambolesca, estrambótica, irónica, sarcástica, farsesca, grotesca y extravagante. Pero todo ello es su virtud. Creo que Carl Sagan habría reído mucho. Pero si usted es fan de Trump y de los populismos, si usted niega el cambio climático y desprecia la ciencia, creo que no le va a gustar." ["post_title"]=> string(49) "“Don’t look up” o la sátira de los idiotas" ["post_excerpt"]=> string(64) "Análisis de la reciente película Don´t look up de Adam Mckay." 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“Don’t look up” o la sátira de los idiotas

Análisis de la reciente película Don´t look up de Adam Mckay.

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