Librerías del mundo

Uno de los géneros literarios que más me gustan son las memorias y las autobiografías. En pocos textos como aquellos se puede percibir con mayor intensidad el ansia humana de ser recordado, nuestra innata necesidad de mirarnos...

2 de marzo, 2021 Librerías del mundo

Uno de los géneros literarios que más me gustan son las memorias y las autobiografías. En pocos textos como aquellos se puede percibir con mayor intensidad el ansia humana de ser recordado, nuestra innata necesidad de mirarnos al espejo y la necesidad de sentirnos presentes. Las memorias son un género peculiar, a medio camino entre la novela, por cuanto el recuerdo es siempre reinvención del pasado y quien cuenta el suyo propio hace mea culpa o se justifica y el reportaje porque si bien reconstruye, no puede del todo mentir. Sin embargo, más que en cualquier otro formato, el estilo lo dice todo. Se trata, pues, de una especie de epitafio amplísimo de la manera en que el memorialista quiere ser recordado, pero también, una botella con un mensaje al inmenso mar del olvido de aquello cuanto nos ha pasado y no queremos que se pierda.

Borges decía, con toda razón, que la inmortalidad no debiera preocuparnos, porque no depende de nosotros sino de quienes quieren recordarnos. Por eso he disfrutado tanto las memorias de Héctor Yánover, rey de los libreros bonaerenses durante décadas. Yánover no quiere justificarse, no tiene por qué ni de qué, más bien, quiere dejar constancia de aquello que le pasó y que no desea que se pierda; en aquel mundo cambiante de los libros en el que ya adivina sus transformaciones (Yánover murió en 2003), y sobre todo, es un canto al libro como objeto, como forma de vida y como camino de diálogo.

Sus memorias no son un anecdotario, es una mezcla rarísima y deliciosa, ente los trabajos del librero, desde el más sencillo vendedor hasta el propietario de Norte: la célebre librería de Buenos Aires. Personajes anodinos, grandes escritores, compradores desaprensivos, locos y cuerdos, sabios e ignorantes se pasean por sus anaqueles y el observa pasar el mundo con la certeza de que todo está ahí, en la librería, desde antes de que ocurra y para siempre. No pierde de vista que su tarea es vender libros, que es escritor y promotor cultural, que es lector y amigo de celebridades, esas son cosas accesorias, para quien vende libros y por eso, no sin cierta amargura, denota el espíritu de quienes leen y de quienes no lo hacen:

Por eso dice Justiniano Reyes Dávila: “Cuando entro en una casa y veo que ya tiene dos libros, sé que allí no podría vender ni uno”. En 2014, Trama Editorial reeditó las memorias que originalmente habían salido a la luz en 1984. Leerlas es adentrarse en una época de las letras hispanoamericanas, en la vida cultural de la Argentina y en el alma de un hombre que, como pocos supo jugar con su vocación y su vida, al frente de su librería donde lo lee todo, incluso el alma de los hombres.

Es cierto, pocas cosas satisface tanto a un amante de los libros como leer sobre librerías, otros libros y todo aquello que ronda y forma ese universo. Pensando en las memorias de Yánover, en su lucha por mantener una de las librerías ahora icónicas de esa ciudad; me encuentro ahora con una memoria de una librería que es también simbólica, pero está en Viena.

Me salta a la vista el distinto lugar que tienen las librerías en las sociedades europeas y latinoamericanas; de la manera tan distinta en que el libro ocupa un lugar en nuestras vidas y de cómo, nuestras carencias económicas y educativas, no nos permiten poner este artefacto mágico en el centro o en el lugar que mejor pudiera corresponderle.

La librería de Hartlieb es una apuesta, se lanza al vacío para construir un sueño y la apuesta resulta, se trata de un canto a la alegría de la cultura, del esfuerzo y de la conquista de los deseos, pero habla también de cómo una sociedad se hace mejor en torno a los libros; cómo encuentra en ellos alivio y comprensión, diálogo y contento. La forma en que las librerías de barrio son fuentes de equilibrio y de salud entre quienes las rodean, centro de encuentro y refugio de memorias. Algo con lo que cada vez contamos menos en nuestras ciudades iberoamericanas, particularmente, lo digo por mi experiencia personal, en la tan castigada Ciudad de México.

Hubo un tiempo en que las pequeñas librerías de barrio tachonaban la geografía urbana, las había en lugares privilegiados, cerca de parques, todavía extraño la Librería Polanco, la efímera Librería Fantástica en Ejército Nacional; pero la librería de barrio garantizaba el conocimiento entre el librero y el lector, procuraba salud a la mente y al alma, conocía las necesidades y procuraba satisfacerlas. Eso, en resumidas cuentas, es lo que hace Hartlieb y esa es la enorme fortuna de su maravillosa librería.

Son esas diferencias de tiempo y lugar, de modo de ser y hacer las cosas las que me ponen a pensar en lo mucho que tenemos que trabajar para hacer de nuestra vida cultural, el centro y no el escape, el núcleo y no la periferia de nuestras preocupaciones.

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