Las pequeñas cosas: PALABRAS

“Al principio existía la palabra y la palabra estaba junto a Dios y la palabra era Dios.”  – San Juan 1-1. Mi historia como colaboradora de este espacio inició en el año 2015. Mi propuesta fue contundente:...

25 de enero, 2021

“Al principio existía la palabra y la palabra estaba junto a Dios y la palabra era Dios.” 

– San Juan 1-1.

Mi historia como colaboradora de este espacio inició en el año 2015. Mi propuesta fue contundente: escribir como una ciudadana de a pie acerca de las cosas comunes y rutinarias, de esas que no llenan las ocho columnas de los diarios ni son trending topic en redes sociales. Así fue que empecé a trazar líneas sobre los usos y costumbres que han quedado en el olvido, poco después escribí sobre cine, que es una de mis fascinaciones, y luego, lo más reciente, es este espacio que nombré “las pequeñas cosas”. 

Por unos meses interrumpí mis colaboraciones después del fallecimiento de mi padre; sin embargo, en la búsqueda de sentido de estas líneas que, semana a semana, dedico a los lectores, me encontré con la razón de ser de mi formación profesional como comunicóloga: las palabras y el cómo expresarlas, cuándo decirlas y a través de qué medio. Así fue que retomé el camino hacia la comunicación y a su relevancia en la esfera social, no solo como simple acto informativo, sino como un puente entre dos o más interlocutores. Resulta entonces que el motivo de estar frente a mi ordenador para escribir semana a semana no es otro más que el de comunicar (que, tal como dije antes, no es igual a informar).

En suma, con mis colaboraciones en este espacio pretendo dar un paso más allá del simple consumo de información, productos o ideologías, e ir en busca de “una comunicación definida como entendimiento (…) si se valora la vida de los seres humanos” (José Cisneros E. / profesor e investigador, socio de la AMIC). Es decir, no se trata de transmitir mensajes, sino de formar parte de la transmisión de conocimiento con la intención de motivar al amable lector  a formarse un criterio propio, lo cual es posible a partir de las palabras porque son como contraseñas que abren puertas y también son mágicas si se utilizan en el hechizo correcto (aunque se trate de ficción).

Ponemos poca atención en las palabras. De bebés nuestros balbuceos son intentos tempranos por establecer comunicación y vincularnos con nuestro entorno, pero una vez que descubrimos el poder de la palabra, hacemos uso de ella de forma ilimitada. La maravilla de la tecnología nos permite utilizar palabras todo el tiempo y hace posible que un mensaje sea emitido, recibido, leído y respondido en un breve lapso. Recuerdo la polémica cuando en sus inicios, Twitter permitía solo 140 caracteres y parecía imposible expresar una idea completa, pese a ello surgieron los microcuentos. Ahora también utilizamos nuevas palabras que han surgido a partir de un lenguaje incluyente necesario como parte de un cambio social y porque lo que no se nombra, no existe.

El término palabra proviene de parabola, una voz latina tomada del griego y formada por para (al margen de) y bole, marcando la idea de lanzar: establecer un paralelo, comparar. Es la unidad mínima de expresión considerada como signo del lenguaje desde la lingüística, la cual estudia la estructura interna de las palabras desde la morfología para definir y clasificar sus unidades. Según Aristóteles, los sonidos emitidos por la voz son los símbolos de los estados del alma y las palabras escritas son los símbolos de los sonidos emitidos por la voz. Así que cada palabra expresada tiene un profundo significado que va más allá de lo que encontramos en el diccionario, porque es parte de un complejo sistema que nos permite comunicarnos ¿Qué palabras ocupamos habitualmente? ¿Son palabras positivas, científicas, reflexivas, tristes, exitosas, depresivas? ¿Cómo es el lenguaje que empleamos con nosotros mismos y con los demás?

La palabra requiere de una profunda reflexión y revisión porque da significado a nuestro entorno y nuestra existencia; es tan poderosa que hoy se viste de hashtag para difundirse a nivel mundial y habita en los cerebros digitales que hoy nos permiten conectar con lo y los que amamos. Cortázar escribió: “las palabras nunca alcanzan cuando lo que hay que decir desborda el alma”.

Es tiempo de volver la mirada a #laspequeñascosas.

Comentarios


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Médico internista de formación, con especialidad en reumatología, ha despuntado como investigador, docente y escritor dentro del área de la Bioética. Cuenta con varios libros publicados, en los que aborda principalmente el tema de la muerte, sus facetas emocionales y los alcances políticos que cuestiones como el suicidio o la muerte asistida, llegan a alcanzar. En esta ocasión se lanzó a la tarea de coordinar una serie de ensayos escritos por integrantes del Seminario de Cultura Mexicana, como un tributo a Van Rensselaer Potter, quien en 1970 introdujo el término “bioética” en su obra: Bioética: Un puente hacia el futuro. Kraus es una garantía de rigor científico, siempre de la mano de una faceta humanista que lo hace único. Nadie mejor indicado para coordinar los esfuerzos de pensadores mexicanos actuales, que dan cuenta de la situación que se vive con la contaminación y el cambio climático, como potenciales generadores de la catástrofe mundial que viene, si no para nosotros, sí para nuestros descendientes.   Inicia el doctor José Sarukhán con una presentación de la obra. La primera vez que conocí a este eminente biólogo fue en el Faro de Veracruz, al despuntar el alba: en compañía de un colega suyo, emprendía labor de campo en la investigación de las tortugas marinas. Aún evoco la imagen de un individuo en pantaloncillo corto, camisa de algodón y un sombrero del mismo material, perfilado por los primeros rayos del sol. Inclinaba su cuerpo para levantar crías rezagadas; las estudiaba por un momento y las dejaba seguir su camino. De esas acciones silenciosas que pintan de cuerpo entero a un individuo al margen de las luminarias y los altoparlantes. Dice mucho del amor a esa “casa común” que se utiliza más como eslogan publicitario que como lo que es: un sitio de todos, en el cual cada uno, independientemente de su contexto, tiene los mismos derechos.  Él da cuenta de las palabras de Rolando Cordera que señalan “una ilusoria fe en que la tecnología y la mano invisible de los mercados resolverán todos los problemas”. El tan criticado Neoliberalismo conlleva dos fenómenos que en nada abonan al mejoramiento del planeta: Uno es el individualismo y otro el cinismo. Podemos atestiguar uno y otro en los sitios públicos, a través de incontables acciones humanas que perjudican al ambiente. Un ejemplo muy nuestro en México es la forma como taponamos con basura los cauces naturales que atraviesan la mancha urbana. Frente a portentosas lluvias dichos cauces se desbordan, y nosotros mismos, quienes provocamos el problema, atribuimos al gobierno la responsabilidad por lo ocurrido.  Algo similar, aunque tal vez menos dramático, sucede con los efectos nocivos en la salud provocados por la contaminación del aire o del agua. No me refiero a las descargas contaminantes de las grandes industrias, sino a lo que cada uno de nosotros, como individuos, provocamos día con día, cuya suma resulta en consecuencias catastróficas para el planeta. Aquí quiero llegar justo al punto que señalan los autores: el de  la responsabilidad moral que a cada uno de nosotros corresponde asumir  frente al entorno. Al que más oportunidades de preparación ha tenido, corresponde una mayor responsabilidad sobre los hechos y sobre las personas de su entorno, para hacer valer esa verdad: Detener la destrucción de nuestros ecosistemas depende de la acción conjunta de todos los seres humanos. No se trata de niños “nerds” protestando por las calles, como se ha querido tachar a Greta Thunberg. Es, por el contrario, una convicción interna que será la tabla de salvación de todas las especies vivientes. El propio Papa Francisco apela a este sentido de solidaridad.  No es posible que pretendamos dejar la responsabilidad del cuidado de la Tierra a grupos ambientalistas, cuando los contaminadores somos todos y cada uno de nosotros.  Él apunta acertadamente hacia una “enseñanza social” que permita cohesionarnos como especie en una labor común y generosa: apostar por la naturaleza, y, en consecuencia, por la vida. 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Jacqueline Peschard, socióloga de formación, con maestría en Ciencia Política por la UNAM, hace señalamientos así de puntuales como valientes.  Habla de la democracia como el gobierno a través de la discusión, de manera que este  sistema sólo podrá sobrevivir siempre y cuando esté al alcance del ciudadano promedio (o “de a pie”, como me gusta llamarlo). Hace suyo el concepto de Herari de que los humanos pasamos de ser  asesinos ecológicos seriales para convertirnos en asesinos ecológicos en masa.  Viene a nuestra mente cualquier comparación entre los campos de exterminio nazi y los niños víctimas de las grandes hambrunas en países africanos y de Medio Oriente. 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