La ceguera del odio. Una breve reseña de “Caín” de José Saramago

Las tres grandes interrogantes que definen los paradigmas de las épocas humanas son las preguntas por saber qué es la persona, qué es la naturaleza y qué es la divinidad.

7 de enero, 2022

Pese a que vivamos en una época demasiado crítica al pensamiento religioso, los personajes bíblicos continúan siendo figuras centrales de nuestra cosmogonía actual. Prueba de ello es la fantástica narración que hace José Saramago del primer homicida –dentro de las religiones abrahámicas–, Caín. La historia la conocemos todos. Los dos primeros hijos de Adán y Eva que, en un día cualquiera, ofrecieron sacrificios en alabanza a Dios; un aparente e inofensivo acto que acabó por protagonizar un suceso que será recordado por milenios. ¿Qué ocurre? El hermano mayor asesina al menor. ¿Por qué? El texto no ofrece explicación alguna. Lo cual, quizás, es el encanto de la historia, pues nos permite –como Saramago lo hace– llenar los espacios con una narrativa que nos haga sentido.

Lo que el escritor portugués hace en esta corta novela es, a mi modo de ver, una defensa del libre albedrío en su esplendor más existencialista –no hay sentido más el que uno mismo quiera impregnarle a su vida–. La historia es relativamente sencilla. Adán y Eva son expulsados del Edén y forzados a vivir en el mundo mortal. Tienen dos hijos, Caín y Abel. Cuando el segundo le ofrece un sacrificio a Dios y éste lo acepta, rechazando el de Caín, éste se deja arrebatar por la cólera y asesina al hermano favorecido. Claro, la narrativa de Saramago empieza a hacer su magia desde la primera palabra que escribió y nos ofrece una explicación muy humana. El hermano menor le echa en cara que él sí fue favorecido por Dios. Por supuesto, siendo el inicio de toda la historia humana, Caín no supo cómo manejar su enojo y culminó en un acto de aniquilación sin remordimiento alguno. En su visión –y hasta el final de la novela– siempre estuvo justificado. 

En general, considero que la novela trata precisamente de esta ira justificada por Caín mismo para odiar a Dios. Tal como lo afirma “es muy sencillo, maté a abel porque no podía matarte a ti, pero en mi intención estás muerto”. El odio de Caín se manifiesta a lo largo del viaje errante que, desde aquel momento, emprende por condena de Dios –y también, considero, por su incapacidad de soltar su ira–. Durante este andar, Caín se convierte en testigo de muchas escenas bíblicas tan controvertidas como la destrucción de Gomorra, la caída de la torre de Babel, la apuesta de Satán con Dios y el arca de Noé. Sin embargo, este testimonio, más allá de apegarse al texto bíblico o a la interpretación del dogma, se basa en el sentimiento puro de Caín quien, nunca liberado del odio a Dios, se convierte en el juez de su padre celestial dedicándose a arruinar cualquier plan divino. En este sentido, pienso que el autor se expresó con nítida transparencia en su personaje. Bien sabido es el ateísmo de Saramago quien, pese a no creer en un poder eterno, se vio siempre fascinado por los temas de la revelación. Además, resulta curioso porque, pese a que Caín está con Dios, es el primero en no creer en él y en resentirlo hasta el extremo. Sin embargo, todo este periplo que emprendió parece que no llega a ninguna parte. Al final de la novela, ¿qué queda de Caín? Nada. Homicidios, mentiras, engaños y una ira sin frenos contra su creador. Quizás, esta es la marca de Caín, el símbolo de la ira nihilista que nunca se satisface su sed de violencia y venganza.

¿Qué considero que es novedoso de esta novela? La fórmula narrativa, como siempre ocurre con Saramago. Hay una muy marcada tendencia de reivindicar el sufrimiento y la fragilidad humana desde las coordenadas de la razón y la emoción. Quizás, es demasiado duro en su crítica contra los textos religiosos que, tanto para fieles como no creyentes, son un pilar de la sociedad occidental. Para bien, como para mal. Lo cual, me lleva a otra reflexión: mucho se juega en la interpretación. Los medievales no perdieron tiempo en investigar afanosamente los métodos de interpretación para entender los Textos Sagrados, así como los distintos significados que contienen. Lo mismo ocurre en un ambiente secular. El mismo derecho es ejemplo paradigmático de la importancia que acarrea una correcta interpretación de la realidad: 

El derecho es un concepto interpretativo. Los jueces deberían decidir qué es el derecho al interpretar la práctica de otros jueces cuando deciden qué es el derecho. […] La actitud del derecho es constructiva: su objetivo, en el espíritu interpretativo, es colocar el principio por encima de la práctica para demostrar el mejor camino hacia un futuro mejor, cumpliendo con el pasado2.

 

De esta manera, pienso que la gran maestría de Saramago en esta novela es, precisamente, demostrar el rol central que desempeña nuestra capacidad interpretativa para descifrar nuestra realidad. Los hechos históricos, los actos públicos, las voluntades privadas, las leyes y políticas implementadas, son símbolos que constantemente estamos interpretando. Y, como bien explica Mauricio Beuchot:

Estos signos estructuran el imaginario social, esa dimensión inconsciente por la que nos conectamos con nuestra comunidad, que nos hace pertenecer a una colectividad o sociedad. Se forma como imaginario individual, pero a partir del social. Va a través de la fantasía o imaginación. Y también, al igual que el símbolo, requiere de la interpretación, de la hermenéutica3.

Es nuestra capacidad interpretativa lo que nos permite construirnos, tanto como individuos, como comunidad. La clave interpretativa de Caín siempre se cifró a través del sentimiento de traición y, por lo tanto, de venganza. Así, en lugar de comprender la realidad objetivamente, Caín veía al mundo a través del lente del odio, sin dar lugar a cualquier otro criterio, ni siquiera a una reflexión honesta de sí mismo. Podríamos decir, entonces, que la marca de Caín es la perversión de una vida que sólo existe para odiar.

 Por último, quiero destacar que resulta algo irónico que alguien tan profundamente ateo se haya inspirado por lo religioso para crear su arte. Claro, lo hace con crítica severa. Sin embargo, no deja de ser curioso. Al final, las tres grandes interrogantes que definen los paradigmas de las épocas humanas son las preguntas por saber qué es la persona, qué es la naturaleza y qué es –o si existe– un dios. Estas cuestiones con sus respectivas preguntas son las que moldean la historia humana. Así, Saramago ha representado, en una pequeña novela, el paradigma relativista del pensamiento humano contemporáneo.

 1 Saramago, José, Caín (México: Alfaguara, 2017), p. 40.

 2 Dworkin, Ronald, El Impero de la Justicia (México: Gedisa Editorial, 2008), pp. 287-290.

 3 Beuchot, Mauricio, Hechos e Interpretaciones (México: FCE, 2016), p. 56.

Comentarios
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Y es que, bueno, estamos en presencia de un movimiento de clubes de lectura, páginas literarias y presentaciones virtuales de libros que se llevan a cabo entre librerías, lectores, autores y promotores, que están haciendo un trabajo que la extinta promoción de lectura no hizo, eso crea conciencia, en su momento opinión y luego presión. Qué sucederá cuando los eternos marginados de la realidad, aquellos que acompañó Rosario Castellanos hace cincuenta años, cincuenta, adquieran la movilidad y la visibilidad que nadie les ha querido dar. Tenemos artesanos indígenas trabajando en Nueva York y en Europa, poetas mayas y miles cuyo trabajo se escucha y se visibiliza, ellos hablan por los que no tienen agua en las escuelas, vacunas para la pandemia ni caminos para comunicarse. No es broma, de verdad que poner en riesgo sus lenguas es tanto como poner en riesgo sus tierras y tarde o temprano, será una más de las presiones que el Estado deberá enfrentar. 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Mi ingratitud con Hemingway

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