La actividad filosófica: defendiendo la verdad en un mundo plagado por la mentira

Ante un mundo donde las mentiras, supersticiones y el pensamiento mágico se presentan de manera atractiva, la filosofía juega un papel desmitificador para evitar el fanatismo y el engaño.

26 de noviembre, 2021

We didn’t start the fire
It was always burning, since the world’s been turning
We didn’t start the fire
No, we didn’t light it, but we tried to fight it

– Billy Joel (1949), cantante y compositor estadounidense.

Incómodos, radicales, tenaces, inquisitivos, irritantes, problemáticos, irreverentes y –especialmente– críticos. Tales son los adjetivos con los que la gran mayoría de la sociedad suele describir a todos quienes nos dedicamos a la filosofía –al menos, los más decorosos–. Y es que no solo se trata de una carrera que te licencia para hacer filosofía “profesionalmente”, se trata de una cierta marca existencial, algo que nos caracteriza hasta la médula. 

La filosofía se ha definido de mil y un maneras durante la historia humana. Comparto la idea de que ésta es la ciencia que busca encontrar, a partir de una constante apertura existencial, aquellas causas y principios que operan en la realidad. Es decir que no se reduce a un mero proceso intelectual –una disciplina mental–, sino que se trata de una auténtica manera de ser. Si bien, todo ser humano es capaz de filosofar –buscar los principios que operan en una realidad concreta–, considero que hay una distinción muy significativa entre una reflexión profunda eventual y una introspección constante. Se trata del anhelo íntimo de encontrar la verdad en todo momento. No me refiero solo a una verdad particular en ciertas ocasiones, sino a tener un compromiso auténtico con lo auténtico; una existencia que, honestamente, está siempre en la búsqueda de lo real y objetivo. Por ello, así como un médico se atiene al famoso juramento hipocrático de nunca dañar a sus pacientes, el filósofo jura un compromiso vital con la verdad. Lo cual, implica una constante apertura en cualquier dimensión de la vida para descubrir la verdad, empezando por uno mismo.

Este compromiso existencial es una actitud que siempre incomoda a muchas personas, ya que estar predispuesto a la reflexión constante implica una apertura sin clausura de estar inspeccionando los hechos más aceptados –sin ser necesariamente verdaderos–, así como estar contrastando y “problematizando” aquellas ideas, nociones, usanzas y tradiciones que muy pocas personas siquiera se plantean dudar. Sobre todo en el mundo contemporáneo, donde el relativismo intelectual y moral siguen estando en boga, las personas que se preguntan por la verdad objetiva, no solo en los hechos, sino en los principios y causan que la originan, suelen ser confinados a la academia pero excluidos de asuntos “prácticos”. Y es que en el mundo de las Fake News, donde ya no hay un interés en dialogar en comunidad y solo se procura el estar en lo cierto, la filosofía es estimada como una ciencia de la antigüedad, un saber que solo causa problemas sin dar soluciones “en el aquí y ahora”. 

Por supuesto, aunque la filosofía no es para todos, vaya que sí es necesaria. Como la historia lo ha comprobado, no todo se centra en el mero hecho –el factum– y lo presente. Al final, tal como lo expuso Isaiah Berlin, las ideas son las que mueven al mundo a actuar1. La aceptación de esta verdad es la que nos lleva a conmemorar el Día Mundial de la Filosofía cada año, celebrado el pasado 18 de noviembre. Este breve escrito busca presentar una apología concreta que demuestre la importancia de la filosofía en la vida de cada ser humano para formarse un criterio objetivo que permita construir una sociedad más justa. 

Sin lugar a dudas, uno de los mayores rockstars de la filosofía es Sócrates. A más de dos mil años de su vida, continúa siendo uno de los grandes maestros de la humanidad. Para él, la filosofía debe ser la constante interrogación que busque, a través del diálogo, contrastar definiciones y realidades para encontrar la verdad. El símbolo que utilizó fue el tábano, un mosquito que “aguijonea” a la sociedad:

“[…] que necesita ser aguijoneado por una especie de tábano, según creo, el dios me ha colocado junto a la ciudad para una función semejante, y como tal, despertándonos, persuadiéndonos y reprochándonos uno a uno, no cesaré durante todo el día de posarme en todas partes2.

Así, la labor filosófica se centra precisamente en lo que hoy entendemos como “formación del criterio”. Un análisis racional y emocional de los sucesos que ocurren a nuestro derredor donde cada persona sea capaz de inteligir entre lo bueno y lo malo, entre lo falso y lo real. Es precisamente esta conciencia la que nos permite resistir los terrores imaginarios de las propagandas políticas3, por ejemplo. Ideas conspirativas, ciega fe a líderes espirituales y políticos, Fake News, son algunos de los más destacados ejemplos donde el pensamiento filosófico se convierte en un auténtico defensor de lo justo. El común denominador detrás de todos estos fenómenos es, como bien afirmó Sócrates, “que resulta evidente que están simulando saber sin saber nada”4. Precisamente cuando nos cerramos a no dialogar y estar dispuestos a reconocer el error, caemos en los extremos vicios morales que tan bien han identificado los filósofos desde la Antigüedad. 

De esta manera, la filosofía tiene esta naturaleza de estar vigilando qué tanto nos estamos desviando de la verdad objetiva. Por supuesto, el ideal siempre ha sido la búsqueda por la verdad en sí misma como fin, no como medio. Sin embargo, la verdad exige que seamos congruentes con nosotros mismos. Por ello es que la filosofía también tiene la naturaleza de introspección personal –además de la reflexión social o comunitaria expuesta arriba–. Ya lo decía san Agustín: “Quien conoce la verdad, conoce esta luz, y quien la conoce, conoce la eternidad”5. Estar abierto a entender nuestra realidad –en tanto la verdad que conforma la identidad de cada persona, así como su naturaleza humana– es la condición necesaria para ser, no solo mejores personas, sino aspirar a la auténtica felicidad6. Esta examinación interna –que forma el criterio personal– es solo posible cuando emprendemos una actividad filosófica hacia el interior de cada uno de nosotros. Gracias a nuestra racionalidad simbólica que nos permite distanciarnos de nosotros mismos y entendernos –como señala José Antonio Marina
7
– narrativamente, es como opera la filosofía. Con su distintivo método de la interrogación y el contraste –así como similitud– el pensamiento filosófico nos posibilita a que accedamos a la verdad interna:

Se llaman soliloquios, y con este nombre quiero designarlas, porque hablamos a solas. Nombre tal vez nuevo y duro, pero muy propio para significar lo que estamos haciendo. Pues siendo el mejor método de investigación de la verdad el de las preguntas y respuestas…8

Estos diálogos internos –soliloquios–, sin embargo, son el principio del descubrimiento de la verdad. Son el inicio del viaje vital que emprendemos a diario en búsqueda de la felicidad. Así, anhelamos bienes, alegrías y prosperidades que, al menos en un primer momento, prometen la felicidad. Sin embargo, la mente crítica que desarrolla el pensamiento filosófico advierte que hay bienes que, aunque aparentan serlo, en realidad no lo son. Pero no solo es la reflexión personal lo que permite un crecimiento individual, sino que la persona requiere de los demás para encontrar esta felicidad. Así, la búsqueda por la verdad empieza en uno mismo y se compagina con la verdad comunitaria y la verdad objetiva. Tal como lo explica Alasdair MacIntyre:

La honestidad, sobre todo la sinceridad con respecto a uno mismo y también hacia los demás, es la virtud indispensable para que una persona llegue a conocerse así misma en el grado necesario y tenga la capacidad para resistir todas las influencias que contribuyen al autoengaño. Esa honestidad se ejercita no sólo en el autoexamen, sino también en la responsabilidad para con aquellos otros que tienen razones para esperar que les ayudemos a satisfacer sus necesidades, reconociendo frente a ellos nuestras deficiencias y fracasos cuando sea pertinente hacerlo9

No se trata de que la filosofía dé las respuestas concretas a toda situación que enfrentamos; sin embargo, la filosofía sí se encarga de que, entre las múltiples tentaciones que ofrece la vida, las personas no caigamos en los extremos del mal –a partir de la duda y, como ya se ha dicho, de la constante reflexión–. Por eso es que nos ven como “incómodos”, “radicales” o “rebeldes”. Y, como profesional de la filosofía, confieso que es un orgullo serlo. Pues la verdad no busca agradar los apetitos banales de las autoridades, ni se adapta a las sensibilidades frágiles, ni quiere subyugarse ante las posiciones extremistas, todas estas visiones que prefieren vivir en la cómoda y placentera mentira antes que mirar el desorden interior que cargan. La verdad simplemente es. 

Por último, frente a la acusación de que la filosofía solo causa más problemas, considero que, más bien, habría que preguntarse ¿por qué es malo dudar? Nadie posee la verdad absoluta y quien afirma lo contrario es un embustero. Las soluciones sencillas, meramente prácticas y al momento, no resuelven nada aunque aparentan hacerlo. Más que causar problemas, la filosofía es este bisturí –fino y preciso– que, como la enfermedad en el cuerpo, extrae las explicaciones banales envueltas en falsedades para abrir el camino hacia la verdad; y con ésta, hacia la construcción de un mundo mejor. Así, al no conformarse con cualquier explicación del mundo, la filosofía está en constante desafío de las imposiciones ideológicas y enfrenta el mal colectivo que las redes del terror político extremo esparcen por el mundo. Ya lo dice el Evangelio, “y la verdad os hará libres”10.


1
Cfr. Isaiah Berlin, Dos conceptos de libertad (Madrid: Alianza Editorial, 2019), p. 57.


2Platón,
Apología de Sócrates, 30 e.


3“La dimensión imaginaria radica en la construcción de un escenario omnipresente donde se enfrentan, por un lado, la civilización occidental democrática avanzada y, por otro, un amplio imperio maligno de otredades amenazantes, primitivas y fanáticas. La reducción de la complejidad política a este esquema binario es sin duda escalofriante, pero inmensamente eficaz para estimular formas renovadas de legitimidad y cohesión”. Roger Bartra,
Territorios del terror y la otredad (México: FCE, 2018), p. 15.


4Platón,
Apología de Sócrates, 23 d.


5 San Agustín,
Confesiones: VII: 10; 16.


6“[Como lo señala] san Agustín, el cual subrayó el hecho de que el conocimiento de la verdad ha de ser buscado no con fines meramente académicos, sino porque aporta la verdadera felicidad, la verdadera beatitud”. Frederick Copleston,
Historia de la Filosofía, volumen I “De la Grecia Antigua al Mundo Cristiano” (España: Ariel, 2017), p. II-42.


7
Cfr. José Antonio Marina, Anatomía del miedo. Un tratado sobre la valentía (Barcelona: Anagrama, 2019), pp. 18-32.


8 San Agustín,
Soliloquios: II: 7; 14.


9Alasdair MacIntyre,
Animales racionales y dependientes (Barcelona: Paidós, 2016), p. 114.


10Juan 8, 32.

Comentarios
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personajes bíblicos continúan siendo figuras centrales de nuestra cosmogonía actual. Prueba de ello es la fantástica narración que hace José Saramago del primer homicida –dentro de las religiones abrahámicas–, Caín. La historia la conocemos todos. Los dos primeros hijos de Adán y Eva que, en un día cualquiera, ofrecieron sacrificios en alabanza a Dios; un aparente e inofensivo acto que acabó por protagonizar un suceso que será recordado por milenios. ¿Qué ocurre? El hermano mayor asesina al menor. ¿Por qué? El texto no ofrece explicación alguna. Lo cual, quizás, es el encanto de la historia, pues nos permite –como Saramago lo hace– llenar los espacios con una narrativa que nos haga sentido. Lo que el escritor portugués hace en esta corta novela es, a mi modo de ver, una defensa del libre albedrío en su esplendor más existencialista –no hay sentido más el que uno mismo quiera impregnarle a su vida–. La historia es relativamente sencilla. Adán y Eva son expulsados del Edén y forzados a vivir en el mundo mortal. Tienen dos hijos, Caín y Abel. Cuando el segundo le ofrece un sacrificio a Dios y éste lo acepta, rechazando el de Caín, éste se deja arrebatar por la cólera y asesina al hermano favorecido. Claro, la narrativa de Saramago empieza a hacer su magia desde la primera palabra que escribió y nos ofrece una explicación muy humana. El hermano menor le echa en cara que él sí fue favorecido por Dios. Por supuesto, siendo el inicio de toda la historia humana, Caín no supo cómo manejar su enojo y culminó en un acto de aniquilación sin remordimiento alguno. En su visión –y hasta el final de la novela– siempre estuvo justificado.  En general, considero que la novela trata precisamente de esta ira justificada por Caín mismo para odiar a Dios. Tal como lo afirma "es muy sencillo, maté a abel porque no podía matarte a ti, pero en mi intención estás muerto". El odio de Caín se manifiesta a lo largo del viaje errante que, desde aquel momento, emprende por condena de Dios –y también, considero, por su incapacidad de soltar su ira–. Durante este andar, Caín se convierte en testigo de muchas escenas bíblicas tan controvertidas como la destrucción de Gomorra, la caída de la torre de Babel, la apuesta de Satán con Dios y el arca de Noé. Sin embargo, este testimonio, más allá de apegarse al texto bíblico o a la interpretación del dogma, se basa en el sentimiento puro de Caín quien, nunca liberado del odio a Dios, se convierte en el juez de su padre celestial dedicándose a arruinar cualquier plan divino. En este sentido, pienso que el autor se expresó con nítida transparencia en su personaje. Bien sabido es el ateísmo de Saramago quien, pese a no creer en un poder eterno, se vio siempre fascinado por los temas de la revelación. Además, resulta curioso porque, pese a que Caín está con Dios, es el primero en no creer en él y en resentirlo hasta el extremo. Sin embargo, todo este periplo que emprendió parece que no llega a ninguna parte. Al final de la novela, ¿qué queda de Caín? Nada. Homicidios, mentiras, engaños y una ira sin frenos contra su creador. Quizás, esta es la marca de Caín, el símbolo de la ira nihilista que nunca se satisface su sed de violencia y venganza. ¿Qué considero que es novedoso de esta novela? La fórmula narrativa, como siempre ocurre con Saramago. Hay una muy marcada tendencia de reivindicar el sufrimiento y la fragilidad humana desde las coordenadas de la razón y la emoción. Quizás, es demasiado duro en su crítica contra los textos religiosos que, tanto para fieles como no creyentes, son un pilar de la sociedad occidental. Para bien, como para mal. Lo cual, me lleva a otra reflexión: mucho se juega en la interpretación. Los medievales no perdieron tiempo en investigar afanosamente los métodos de interpretación para entender los Textos Sagrados, así como los distintos significados que contienen. Lo mismo ocurre en un ambiente secular. El mismo derecho es ejemplo paradigmático de la importancia que acarrea una correcta interpretación de la realidad:  El derecho es un concepto interpretativo. Los jueces deberían decidir qué es el derecho al interpretar la práctica de otros jueces cuando deciden qué es el derecho. […] La actitud del derecho es constructiva: su objetivo, en el espíritu interpretativo, es colocar el principio por encima de la práctica para demostrar el mejor camino hacia un futuro mejor, cumpliendo con el pasado2.   De esta manera, pienso que la gran maestría de Saramago en esta novela es, precisamente, demostrar el rol central que desempeña nuestra capacidad interpretativa para descifrar nuestra realidad. Los hechos históricos, los actos públicos, las voluntades privadas, las leyes y políticas implementadas, son símbolos que constantemente estamos interpretando. Y, como bien explica Mauricio Beuchot: Estos signos estructuran el imaginario social, esa dimensión inconsciente por la que nos conectamos con nuestra comunidad, que nos hace pertenecer a una colectividad o sociedad. Se forma como imaginario individual, pero a partir del social. Va a través de la fantasía o imaginación. Y también, al igual que el símbolo, requiere de la interpretación, de la hermenéutica3. Es nuestra capacidad interpretativa lo que nos permite construirnos, tanto como individuos, como comunidad. La clave interpretativa de Caín siempre se cifró a través del sentimiento de traición y, por lo tanto, de venganza. Así, en lugar de comprender la realidad objetivamente, Caín veía al mundo a través del lente del odio, sin dar lugar a cualquier otro criterio, ni siquiera a una reflexión honesta de sí mismo. Podríamos decir, entonces, que la marca de Caín es la perversión de una vida que sólo existe para odiar.  Por último, quiero destacar que resulta algo irónico que alguien tan profundamente ateo se haya inspirado por lo religioso para crear su arte. Claro, lo hace con crítica severa. Sin embargo, no deja de ser curioso. Al final, las tres grandes interrogantes que definen los paradigmas de las épocas humanas son las preguntas por saber qué es la persona, qué es la naturaleza y qué es –o si existe– un dios. Estas cuestiones con sus respectivas preguntas son las que moldean la historia humana. Así, Saramago ha representado, en una pequeña novela, el paradigma relativista del pensamiento humano contemporáneo.  1 Saramago, José, Caín (México: Alfaguara, 2017), p. 40.  2 Dworkin, Ronald, El Impero de la Justicia (México: Gedisa Editorial, 2008), pp. 287-290.  3 Beuchot, Mauricio, Hechos e Interpretaciones (México: FCE, 2016), p. 56." ["post_title"]=> string(71) "La ceguera del odio. 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Nos muestra ese Maradona oscuro y decadente, espléndidamente interpretado por Juan Palomino, pero también nos enseña esa luz que algún día brilló en el corazón del astro argentino. Habrá sido lo que usted diga, pero fue un gran atleta, un líder en la cancha, un excelente compañero –muchos de quienes jugaron con él dan testimonio de ello– y un hombre que profesó una gran devoción por su familia. Los diez capítulos de la serie, cada uno de aproximadamente una hora, nos ofrecen un cuadro de la Argentina, desde la dictadura militar hasta el advenimiento de la democracia. Nos enseña las vísceras del futbol y nos hace oír la voz de un Diego Armando idealista que, a su modo, se opuso siempre a la injusticia, no solo en el deporte, sino también en la política. Vaya, les restriega a los italianos en la cara ese racismo que existe de las regiones del norte en contra de las del sur, a los argentinos la división entre ricos y pobres y el fascismo de la derecha, a los ingleses el abuso por la invasión de las Malvinas, y a los catalanes el manejo hipócrita de un equipo como el Barcelona.  La frase “la mano de Dios”, después del gol con la mano que le metió a los ingleses en el Mundial de México, ha sido interpretada fuera de contexto. Maradona lo explicó en su momento, pero la mayoría de las personas lo toman como un acto de obscena jactancia y vanagloria. En realidad Maradona quiso decir que de algún modo esa victoria sobre la escuadra inglesa era una especie karma después del brutal abuso que supuso la invasión de las Malvinas. Quien actuó con obscena jactancia y prepotencia fue el Reino Unido, que usó su temible poder contra una nación humilde, pobre y sometida. 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Prueba de ello es la fantástica narración que hace José Saramago del primer homicida –dentro de las religiones abrahámicas–, Caín. La historia la conocemos todos. Los dos primeros hijos de Adán y Eva que, en un día cualquiera, ofrecieron sacrificios en alabanza a Dios; un aparente e inofensivo acto que acabó por protagonizar un suceso que será recordado por milenios. ¿Qué ocurre? El hermano mayor asesina al menor. ¿Por qué? El texto no ofrece explicación alguna. Lo cual, quizás, es el encanto de la historia, pues nos permite –como Saramago lo hace– llenar los espacios con una narrativa que nos haga sentido. Lo que el escritor portugués hace en esta corta novela es, a mi modo de ver, una defensa del libre albedrío en su esplendor más existencialista –no hay sentido más el que uno mismo quiera impregnarle a su vida–. La historia es relativamente sencilla. Adán y Eva son expulsados del Edén y forzados a vivir en el mundo mortal. Tienen dos hijos, Caín y Abel. Cuando el segundo le ofrece un sacrificio a Dios y éste lo acepta, rechazando el de Caín, éste se deja arrebatar por la cólera y asesina al hermano favorecido. Claro, la narrativa de Saramago empieza a hacer su magia desde la primera palabra que escribió y nos ofrece una explicación muy humana. El hermano menor le echa en cara que él sí fue favorecido por Dios. Por supuesto, siendo el inicio de toda la historia humana, Caín no supo cómo manejar su enojo y culminó en un acto de aniquilación sin remordimiento alguno. En su visión –y hasta el final de la novela– siempre estuvo justificado.  En general, considero que la novela trata precisamente de esta ira justificada por Caín mismo para odiar a Dios. Tal como lo afirma "es muy sencillo, maté a abel porque no podía matarte a ti, pero en mi intención estás muerto". El odio de Caín se manifiesta a lo largo del viaje errante que, desde aquel momento, emprende por condena de Dios –y también, considero, por su incapacidad de soltar su ira–. Durante este andar, Caín se convierte en testigo de muchas escenas bíblicas tan controvertidas como la destrucción de Gomorra, la caída de la torre de Babel, la apuesta de Satán con Dios y el arca de Noé. Sin embargo, este testimonio, más allá de apegarse al texto bíblico o a la interpretación del dogma, se basa en el sentimiento puro de Caín quien, nunca liberado del odio a Dios, se convierte en el juez de su padre celestial dedicándose a arruinar cualquier plan divino. En este sentido, pienso que el autor se expresó con nítida transparencia en su personaje. Bien sabido es el ateísmo de Saramago quien, pese a no creer en un poder eterno, se vio siempre fascinado por los temas de la revelación. Además, resulta curioso porque, pese a que Caín está con Dios, es el primero en no creer en él y en resentirlo hasta el extremo. Sin embargo, todo este periplo que emprendió parece que no llega a ninguna parte. Al final de la novela, ¿qué queda de Caín? Nada. Homicidios, mentiras, engaños y una ira sin frenos contra su creador. Quizás, esta es la marca de Caín, el símbolo de la ira nihilista que nunca se satisface su sed de violencia y venganza. ¿Qué considero que es novedoso de esta novela? La fórmula narrativa, como siempre ocurre con Saramago. Hay una muy marcada tendencia de reivindicar el sufrimiento y la fragilidad humana desde las coordenadas de la razón y la emoción. Quizás, es demasiado duro en su crítica contra los textos religiosos que, tanto para fieles como no creyentes, son un pilar de la sociedad occidental. Para bien, como para mal. Lo cual, me lleva a otra reflexión: mucho se juega en la interpretación. Los medievales no perdieron tiempo en investigar afanosamente los métodos de interpretación para entender los Textos Sagrados, así como los distintos significados que contienen. Lo mismo ocurre en un ambiente secular. El mismo derecho es ejemplo paradigmático de la importancia que acarrea una correcta interpretación de la realidad:  El derecho es un concepto interpretativo. Los jueces deberían decidir qué es el derecho al interpretar la práctica de otros jueces cuando deciden qué es el derecho. […] La actitud del derecho es constructiva: su objetivo, en el espíritu interpretativo, es colocar el principio por encima de la práctica para demostrar el mejor camino hacia un futuro mejor, cumpliendo con el pasado2.   De esta manera, pienso que la gran maestría de Saramago en esta novela es, precisamente, demostrar el rol central que desempeña nuestra capacidad interpretativa para descifrar nuestra realidad. Los hechos históricos, los actos públicos, las voluntades privadas, las leyes y políticas implementadas, son símbolos que constantemente estamos interpretando. Y, como bien explica Mauricio Beuchot: Estos signos estructuran el imaginario social, esa dimensión inconsciente por la que nos conectamos con nuestra comunidad, que nos hace pertenecer a una colectividad o sociedad. Se forma como imaginario individual, pero a partir del social. Va a través de la fantasía o imaginación. Y también, al igual que el símbolo, requiere de la interpretación, de la hermenéutica3. Es nuestra capacidad interpretativa lo que nos permite construirnos, tanto como individuos, como comunidad. La clave interpretativa de Caín siempre se cifró a través del sentimiento de traición y, por lo tanto, de venganza. Así, en lugar de comprender la realidad objetivamente, Caín veía al mundo a través del lente del odio, sin dar lugar a cualquier otro criterio, ni siquiera a una reflexión honesta de sí mismo. Podríamos decir, entonces, que la marca de Caín es la perversión de una vida que sólo existe para odiar.  Por último, quiero destacar que resulta algo irónico que alguien tan profundamente ateo se haya inspirado por lo religioso para crear su arte. Claro, lo hace con crítica severa. Sin embargo, no deja de ser curioso. Al final, las tres grandes interrogantes que definen los paradigmas de las épocas humanas son las preguntas por saber qué es la persona, qué es la naturaleza y qué es –o si existe– un dios. Estas cuestiones con sus respectivas preguntas son las que moldean la historia humana. Así, Saramago ha representado, en una pequeña novela, el paradigma relativista del pensamiento humano contemporáneo.  1 Saramago, José, Caín (México: Alfaguara, 2017), p. 40.  2 Dworkin, Ronald, El Impero de la Justicia (México: Gedisa Editorial, 2008), pp. 287-290.  3 Beuchot, Mauricio, Hechos e Interpretaciones (México: FCE, 2016), p. 56." ["post_title"]=> string(71) "La ceguera del odio. 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La ceguera del odio. Una breve reseña de “Caín” de José Saramago

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