CARTAS A TORA 342

Cocatú, un alienígena en forma de gato, llega a vivir a una vecindad de la CDMX. Diariamente le escribe cartas a Tora, su amada, quien lo espera en una galaxia no muy lejana.

8 de marzo, 2024 CARTAS A TORA: 342

Querida Tora:

Llegaron a la vecindad unos recién casados, y a todos nos cayeron muy bien. Hacen una pareja bonita, y se ven muy enamorados. A mi me regalaron un pedazo de pescado y, la verdad, me conquistaron con eso: ahora suelo dormirme en una de sus ventanas, que está bastante amplia y abrigadita. Y gracias a eso me enteré… No me lo vas a creer.

Al día siguiente, el muchacho se levantó temprano, porque tenía que ir a trabajar, y se encontró con que ella ya estaba levantada, manipulando su celular. No había preparado desayuno ni se había vestido; y dijo que con las carreras de la boda, había descuidado mucho a sus clientes y amigas, y estaba reponiendo el tiempo perdido. Resulta que ella vende ropa por medio de su teléfono, y le está empezando a ir bien. Así que estaba saludando a todas sus clientes, agradeciéndoles las felicitaciones que le enviaron  por su boda y poniéndose a su disposición nuevamente; pero no mandaba el mismo mensaje a todas “porque eso es de gente floja, y a sus clientes no les gustaba”, así que les escribía personalmente a cada una de ellas. Total, que el marido tuvo que preparar el desayuno (No se le hizo cuesta arriba, porque antes vivía solo y se hacía todo lo necesario), y cuando se fue la dejó en su tarea.

Cuando regresó, en la tarde, la encontró en la misma situación, sin vestirse y sin desayunar. Cariñosamente, la hizo comer algo, pero casi le tuvo que dar de comer en la boca. Y cuando llegó la hora de acostarse, ella le dijo que se adelantara, que ya lo alcanzaría en la recámara. Lo alcanzó, sí, pero a las tres de la mañana, y empezó a decir que estaba muy cansada, pero antes de que pudiera terminar la oración se había dormido. Él la dejó dormir.

Al otro día, lo mismo.  Y al otro, y al otro. Por fin, el muchacho le pidió que lo tomara en cuenta a él, que la vida no era vender nada más. Pero ella respondió que estaba haciendo que su mamá y su hermana cosieran los vestidos que le pedían, en vez de comprarlos por catálogo, y que eso le reportaba mucho más dinero: pero también implicaba mucho más trabajo, por las medidas y los colores de telas y adornos. A veces tenía que convencer a las clientes y a veces a las costureras para que todo saliera bien. Y eso eran llamadas y llamadas.

Llegó el domingo. El pensaba levantarse tarde, gozar de los placeres del matrimonio todo el día y amar a su pareja. Pero… Ya te lo estás imaginando, ¿verdad? Ella tenía un pedido para una boda, desde el vestido de novia hasta los de las niñas que le iban a levantar la cola. Y el muchacho tuvo que encerrarse a ver tres películas, ninguna de las cuales le gustó. Y cuando se fue a dormir, ella estaba todavía alegando con la mamá de la novia sobre el tono de rosa que debían llevar las florecitas de los vestidos de las niñas. El lunes, el muchacho se sentía terriblemente desilusionado; pero se contuvo, y logró hacer prometer a su esposa que el siguiente fin de semana se lo dedicaría a él ciento por ciento. Pero… las niñas de la boda habían crecido mucho esa semana, y había que ajustar los vestiditos a las nuevas tallas. Ese domingo, él se salió a dar una vuelta, se encontró a unos amigos (“Amigotes” los llamó ella), y llegó medio cuspio a su casa. Pero ella estaba tan ocupada, que apenas si lo regañó. Una nueva desilusión para su esposo, que esperaba una discusión  violenta, como en las películas mexicanas de los años ’40, que terminara en una reconciliación preciosa que borrara todas las dificultades que habían tenido.

El lunes, él se las ingenió para dejarle a ella un mensaje pidiéndole una cita para el sábado en la noche: cena, baile y todo lo demás. Esperó todo el día que le contestara, pero al llegar a casa, ella lo recibió quejándose de que no había tenido tiempo ni de leer los mensajes que le habían llegado (Entre los cuales, naturalmente, estaba el suyo). Pero él ya estaba harto.

¿Y qué crees que hizo el chavo al otro día? Entabló una demanda de divorcio. Cuando a ella le llegó el citatorio (Ni siquiera se había dado cuenta de que él llevaba unos días sin llegar a la casa) dijo “Sí, sí, lo que quieran. No me molesten”, y siguió tecleando.

A su debido tiempo salió el divorcio, y él quedó libre para buscar a una mujer menos obsesionada con los aparatos modernos. Ella vendió hasta los vestidos para las invitadas a la boda, pero no tuvo con quién celebrarlo.

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