CARTAS A TORA 259

Un alienígena arriba a la Ciudad de México y, convertido en gato, llega a vivir a una vecindad. Le escribe a Tora, quien lo espera en su planeta natal, sus impresiones de lo que ahí ve.

21 de febrero, 2022

Querida Tora:

El otro día se me ocurrió entrar al Seguro Vecinal, ¿y qué crees?, me encontré a la enfermera en una silla, mirando al vacío y suspirando desaforadamente. Pensé que estaba enferma y ya iba yo a avisar a alguien, pero me detuve al oír que suspiraba como si en ello le fuera la vida. Pero no, no era el último suspiro de una mujer atribulada, porque luego murmuró un nombre que al principio no percibí, pero luego me di cuenta de que era el nombre del chavo ese que trabaja en televisión.

Me pareció muy raro, porque nunca ha sido amiga suya, y hasta creo haberle oído decir que le caía mal porque era presumido y arrogante. Entonces me le quedé mirando, a ver si averiguaba alguna otra cosa; pero cuando me vio allí sentado, inmóvil, me lanzó una patada y un insulto. ¿Y yo qué le estaba haciendo? Nada. Pero así son algunas mujeres (Igual que allá, en nuestro planeta).

De todas formas, decidí quedarme por allí, seguro de que no tardaría en descifrar el misterio. Hice bien, porque en la tardecita (¿por qué tardecita y no tardezota?) llegó la vieja del 48, que es  muy su amiga, y le preguntó cómo iba su romance. Yo paré las orejas, porque eso de “romance” se me hacía muy raro (Sobre todo, porque en la vecindad es muy difícil ocultar esas cosas).

Pero sí: la enfermera está segura de que el chavo actor está enamorado de ella, pero no se atreve a decírselo. Yo no lo pude creer. En primer lugar, porque la enfermera es más fea y desagradable que cualquier bruja de poca monta; además, le lleva como 20 años (Según la edad que ella confiesa, que probablemente sea mentira). Entonces, me puse a seguir al chavo.

Durante el día no vi nada fuera de lo normal, pero en la noche lo vi que salía sigilosamente de su casa y se iba a un rincón cerca de la enfermería; allí sacó unos papeles y empezó a leerlos en voz alta. No tardé en darme cuenta de la realidad: el chavo está ensayando una escena para alguna telenovela, porque todos sus parlamentos son declaraciones de amor apasionado y, al mismo tiempo, imposible por quién sabe qué oscuras razones (tendría que ver la telenovela para enterarme, pero me da flojera). Lo malo es que la enfermera lo ha oído ensayar sus líneas, y se ha creído que el chavo se coloca allí, cerca de su ventana, para declararle su amor porque “algo” le impide hacerlo directamente. Y se chifló la pobre. Y al mismo tiempo tiene miedo de que el portero se de cuenta, porque a veces sube a visitarla y le hace regalitos que la ayudan a completar su sueldo. Pero le dijo a la del 48 que el chavo está perdido de amor por ella, y que el otro día amenazó con suicidarse si ella no le correspondía. Y eso no está dispuesta a permitirlo; y si es preciso romper con el portero, pues romperá con él. La amiga le dice que no sea idiota, que engañe a los dos y siga gozando de ellos, lo cual me parece indebido e inmoral. Pero así es la del 48.

La vi tan decidida, que no me quedó más remedio que actuar. Estuve pensando mucho rato qué hacer, porque no se me ocurría cómo intervenir en el asunto sin delatarme. Pero la suerte me favoreció, porque una noche, cuando el chavo subió a ensayar, vi que llegaba a la vecindad la muchacha del 18 (Que tiene prohibido llegar después de las nueve de la noche, pero que nunca hace caso). Entonces, me le planté enfrente y la amenacé. De veras, no exagero: le enseñé los colmillos y le tiré algunos zarpazos, y hasta  aullé muy feo. La chava se asustó y retrocedió.  Y así,  a fuerza de rasguños y maullidos la conduje hasta donde estaba el chavo. (que, dicho sea de paso, ya había memorizado sus parlamentos y los decía de corrido). Este, al verme tan amenazante, se adelantó a defenderla. Le di un buen arañazo en la pierna (en la cara no, porque a lo mejor le quitan el papel, y con el trabajo que le ha costado que lo dejen hablar…), y nos enzarzamos en una pelea que alarmó a la enfermera, que acabó por asomarse a la ventana; y al ver lo que sucedía, creyó lo que yo quería que creyera. O sea, que estaba con la chava del 18, y que a ella le decía aquellas encendidas palabras de amor. Y es que la muy tonta no se dio cuenta de que todos los días repetía las mismas palabras. Pero así son algunas mujeres cuando se enamoran . Al instante se le acabó el amor, pues se dio cuenta de que no podía competir con una muchacha de veintitantos años… Y cerró la ventana, se tiró en la cama, empezó a llorar y se quedó dormida.

Ah, pero el día siguiente, cuando la chava del 18 fue a que la inyectara (como hace todos los días, porque tiene gripa), le encajó la aguja como si fuera una vaca que tenía que sacrificar. La chava hasta gritó, pero ella le movió bien y bonito la aguja para que le doliera más. Ya con eso se quedó muy satisfecha, y a su amiga del 48 le dijo que había tenido una explicación con  el chavo y que ahí había quedado todo.

Total, que las dos mujeres sufrieron y el chavo no se enteró de nada. ¿Qué te parece?

Te quiere

Cocatú

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Se pusieron a tocar y a cantar, y una muchachita bailó unas piezas muy bonitas. Y digo ésto no sólo porque a mi me gustaran, pues todos los que los estaban viendo aplaudieron mucho. Los vecinos no tardaron en pedirles que entraran a la vecindad y que trabajaran en el patio, para que pudieron verlos los que están impedidos (por ejemplo, la señora del 27 que no puede caminar, el señor que está todo el día en la cama por no sé qué enfermedad y la gorda del 18, que ya no pasa por la puerta). Los gitanos obedecieron, y se armó la función en el patio. No sé cuántas cosas tocaron y bailaron; y hasta representaron pequeñas comedias muy graciosas y bastante picantes algunas de ellas. Hasta el portero salió a velos, y se reía más que nadie. Total, que estuvieron ahí hasta que empezó a anochecer. Entonces sacaron sus sombreros y se pusieron a pedir la cooperación de los espectadores. Casi todo el mundo les dio, pues los habían entretenido todo el día, pero ¿qué crees? Cuando terminaron de recoger el dinero y se despidieron, el portero se acercó a ellos y les dijo que tenían que pagar su impuesto. Así dijo, textualmente: su impuesto. Los gitanos protestaron Los vecinos también. Y yo, por supuesto. Los gitanos habían trabajado todo el día, y el portero no había hecho nada. Luego les dijo que estaban ocupando el edificio de la vecindad, que era de los vecinos, para ganar dinero, y que era justo que pagaran por ello; entonces, los vecinos le dijeron que ellos no querían nada, que no tenía que cobrarles si ellos no querían. La gitanilla, que es chiquita pero muy brava, lo encaró y le dijo que se fuera a robar a Río Frío. El portero mandó cerrar las puertas, y afirmó que no saldrían de ahí hasta que pagaran su impuesto. Los gitanos deliberaron, y la gitanilla fue luego a enfrentar al portero; pero antes de que pudiera decir algo, el portero hizo una seña, y los guaruras sacaron sus pistolas. Los gitanos retrocedieron y se apelotonaron en una esquina del patio. Verdaderamente, tenían miedo: Hablaron entre ellos y parecieron tomar una decisión, pero antes de que pudieran decir nada, se oyó el vozarrón del señor del 37. -Son de chin… Un bofetón del portero le impidió continuar. Además, se le cayeron dos dientes; y la inflamación le impedía decir palabra alguna. El portero hizo una seña, y los muchachos amartillaron las armas. El jefe de los gitanos sacó un pañuelo blanco, se adelantó y dijo que estaba bien, que pagarían el impuesto; y preguntó cuánto era. El portero contestó que generalmente pedía el diez por ciento; pero que como ellos se habían mostrado rebeldes y majaderos, les cobraba el quince por ciento. El jefe sacó el dinero, lo contaron y luego, moneda a moneda le dio al portero lo que exigía. Los guaruras bajaron las armas y abrieron las puertas, y los gitanos fueron saliendo, con malas caras y maldiciendo por lo bajo al portero y a toda su familia. 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