CARTAS A TORA 250

Un alienígena arriba a la Ciudad de México y, convertido en gato, llega a vivir a una vecindad. Le escribe a Tora, quien lo espera en su planeta natal, sus impresiones de lo que ve ahí.

26 de noviembre, 2021 CARTAS A TORA 248

Querida Tora:

Hay una vecina nueva en el 51, que al principio no se daba a notar. Pero una vez se encontró a la del 48, que se quejaba lastimeramente, y le preguntó qué le pasaba. Ella le contestó que le dolía mucho la cabeza, y que ningún medicamento le hacia efecto. Entonces, la del 51 le dio un papelito y le dijo: “Es una oración a Santa Rita la Bendita”. Antes de acostarse dígala tres veces con mucha devoción y verá cómo mañana ya estará bien”. Pues dicho y hecho. Al acostarse, la del 48 rezó tres veces “Santa Rita la Bendita, tú vienes, y se me quita.”; y al día siguiente, estaba como si ni siquiera tuviera cabeza.

La noticia de la “curación milagrosa” corrió por toda la vecindad, y esa misma tarde se presentó una comisión de vecinas en el 51, a preguntar a la nueva inquilina si tenía más oraciones de esas. Ella las hizo pasar y les dijo que sí, que conocía muchas oraciones verdaderamente milagrosas. Y las condujo a la habitación más profunda de su vivienda: allí, la pared del fondo estaba tapizada de estatuitas con nombres de las personas que representaban, y les dijo: “Este es un pequeño altar que he levantado a los santos de mi devoción. Allí está, por ejemplo, San Armando el Encamado, a quien hay que invocar en caso de estar muy grave y en cama; San Benito el del Sapito, muy bueno para remediar males que tengan que ver con el asco y la náusea”. La del 34, que se las daba de muy entendida en santos, preguntó si estos santos estaban aprobados por la Iglesia, y ella le contestó. ”No. Aún no los conoce la Iglesia. Yo se los llevé al padre Anselmo, de la iglesia de donde vivía antes; y me dijo que yo no podía inventar santos, que me dejara de tonterías. A mi eso me dio mucho coraje, porque mis santitos me han hecho muchos milagros. Miren, ahí he puesto a cada uno una pequeña alcancía; y con lo que junte, me voy a ir a Roma a pedir al Papa que los reconozca y los ponga en los altares”. Y así diciendo, las instó a que echaran algo en las alcancías, cada una según su particular devoción.

Y cada vez que alguien le iba a pedir una oración, hacía lo mismo.

No sabes lo popular que se hizo la “capillita”. El portero no tardó en darse cuenta, y empezó a imaginar qué podía hacer para cobrarle algún impuesto a la señora del 51. Y más que una tarde, en que el portero estaba en brama, le habló a la Flor para que viniera a satisfacer sus impulsos amatorios, pero ella le dijo que se iba a cantar a un palenque y que no podía ir. Entonces, el portero subió a que la enfermera le diera sus “cuidados paliativos”, por aquello de que “más vale poco que nada”, y se encontró con que la enfermera se había ido a ver a la del 51. Se puso furioso, mandó a sus guaruras que se la llevaran a la portería; y cuando la tuvo enfrente, le pidió a gritos que le explicara por qué había abandonado su puesto de trabajo. La mujer le contestó que había ido a pedir una oración para curar sus “problemas femeninos de la mujer” (léase menopausia). El portero le dijo que ella era enfermera, que debía saber cómo curar esos trastornos; pero ella respondió que nada le hacía efecto, y que la del 51 le había dado una “Oración a San Atenor para el Calor” que daba muy buenos resultados en esos casos. El portero hizo tal berrinche, que ya ni siquiera quiso que le diera sus cuidados paliativos.

Pero no paró ahí la cosa. A los pocos días, los vecinos empezaron a murmurar que el Seguro Vecinal no era bueno, que le faltaba siempre la ruda para los chiquiadores, y que no tenía caso que lo siguieran pagando. Y así se lo hicieron saber al portero.

El berrinche se elevó al cubo, porque le estaban quitando un buen  negocio. Entonces, puso en la portería una alcancía con la leyenda: “Para el candelero del señor portero”; y colocó a un guarura junto, para que todo el que quisiera pedirle algo dejara su “óbolo” en la alcancía. Tampoco le dio resultado, porque los vecinos dijeron que en vez de pedirle al portero que  arreglara los baños, se lo pedirían a San Antonio de los Baños, y en vez de exigir que tapara al agujero del patio, le rezarían a San Pablo Tinajero. 

Y siguieron yendo al 51 a pedir el remedio a todos sus males. Pero en vez de dinero, le llevaban a la señora unos tamalitos, un atolito, un poquito de mole o un pancito de elote. Eso retardaba el viaje de la señora a Roma, pero al menos le daba de comer. Y allí quedó la señora, repartiendo bendiciones y oraciones al por mayor; y el portero, maquinando la manera de echarla de la vecindad. 

No sé si lo logre. Pero es tan retorcido que a lo mejor lo consigue. Yo no sé qué decirte, porque apruebo la fe de la gente; pero es evidente que esta señora es más o menos una estafadora. Algún día habrá una solución al conflicto. Es cuestión de esperar.

Así como yo espero volverte a ver. Pues todos los días extraño tu sonrisa y el contacto de tu piel. De todo lo cual eres muy avara. ¿Será porque siempre está tu mamá presente?

Te quiere 

Cocatú

Comentarios
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Prueba de ello es la fantástica narración que hace José Saramago del primer homicida –dentro de las religiones abrahámicas–, Caín. La historia la conocemos todos. Los dos primeros hijos de Adán y Eva que, en un día cualquiera, ofrecieron sacrificios en alabanza a Dios; un aparente e inofensivo acto que acabó por protagonizar un suceso que será recordado por milenios. ¿Qué ocurre? El hermano mayor asesina al menor. ¿Por qué? El texto no ofrece explicación alguna. Lo cual, quizás, es el encanto de la historia, pues nos permite –como Saramago lo hace– llenar los espacios con una narrativa que nos haga sentido. Lo que el escritor portugués hace en esta corta novela es, a mi modo de ver, una defensa del libre albedrío en su esplendor más existencialista –no hay sentido más el que uno mismo quiera impregnarle a su vida–. La historia es relativamente sencilla. Adán y Eva son expulsados del Edén y forzados a vivir en el mundo mortal. Tienen dos hijos, Caín y Abel. 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Homicidios, mentiras, engaños y una ira sin frenos contra su creador. Quizás, esta es la marca de Caín, el símbolo de la ira nihilista que nunca se satisface su sed de violencia y venganza. ¿Qué considero que es novedoso de esta novela? La fórmula narrativa, como siempre ocurre con Saramago. Hay una muy marcada tendencia de reivindicar el sufrimiento y la fragilidad humana desde las coordenadas de la razón y la emoción. Quizás, es demasiado duro en su crítica contra los textos religiosos que, tanto para fieles como no creyentes, son un pilar de la sociedad occidental. Para bien, como para mal. Lo cual, me lleva a otra reflexión: mucho se juega en la interpretación. Los medievales no perdieron tiempo en investigar afanosamente los métodos de interpretación para entender los Textos Sagrados, así como los distintos significados que contienen. Lo mismo ocurre en un ambiente secular. El mismo derecho es ejemplo paradigmático de la importancia que acarrea una correcta interpretación de la realidad:  El derecho es un concepto interpretativo. Los jueces deberían decidir qué es el derecho al interpretar la práctica de otros jueces cuando deciden qué es el derecho. […] La actitud del derecho es constructiva: su objetivo, en el espíritu interpretativo, es colocar el principio por encima de la práctica para demostrar el mejor camino hacia un futuro mejor, cumpliendo con el pasado2.   De esta manera, pienso que la gran maestría de Saramago en esta novela es, precisamente, demostrar el rol central que desempeña nuestra capacidad interpretativa para descifrar nuestra realidad. Los hechos históricos, los actos públicos, las voluntades privadas, las leyes y políticas implementadas, son símbolos que constantemente estamos interpretando. 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Una cosa es que te critiquen, y otra es que lo hagan dejándote en ridículo. Eso duele más que una mentada de madre franca y directa. La risa puede más que los insultos. ¿Recuerda usted El nombre de la rosa de Umberto Ecco? Uno de los personajes, el anciano fraile Jorge de Burgos, sostiene que la risa es diabólica, que denota ligereza, frivolidad y hasta lascivia. Según él, Cristo nunca rió –no sé si esto sea verdad, pero ahora que reparo en ello, no recuerdo ningún Cristo en la iconografía occidental que aparezca riendo–. ¿A qué viene la comparación? A que los movimientos populistas a veces adoptan las formas y suscitan las devociones propias de los credos religiosos. El film estadounidense Don’t look up (No mires arriba, 2021) es una sátira divertidísima y perversamente eficaz. Los realizadores explican que el cometa que destruirá la tierra en el plot es una metáfora del cambio climático. ¿Qué se va a hacer ante la inminente destrucción del mundo? La película critica la inacción y frivolidad de los tres grandes poderes: el político, el mediático y el económico. Estos tres poderes constituyen una“idiocracia”, o gobierno de los idiotas (government of idiots). Es claro que existe una inercia mundial que está colocando a populistas autoritarios en los gobiernos de muchas naciones. El caso más dramático es Trump. Todo populismo autoritario desprecia la ciencia. Los Trump aparecen en este film representados por la presidente Janie Orlean (Maryl Streep) y su frívolo y casi idiota hijo, Jason Orlean (Jonah Hill), jefe del gabinete. A los populistas les da por asignar en puestos técnicos a personas que no son idóneas, y ese es el caso de la directora de la NASA, que no es una astrónoma. Los Trump/Orlean son incapaces de entender la gravedad de la situación y muestran que el gobierno de los Estados Unidos está en manos de idiócratas: la presidente Orlean está más preocupada por las elecciones intermedias y por la designación de un antiguo amante como ministro de la Suprema Corte, que por la inminente destrucción del planeta. El poder mediático está personificado por Brie Evantie, presentadora de uno de los programas más importantes de la televisión estadounidense. El papel es magníficamente interpretado por Cate Blanchet. El poder político tiene su equivalente mediático, es decir, también el poder mediático está en manos de personas frívolas y casi idiotas (el co-host del programa es prueba de ello). Lo único que les importa es el rating y las interacciones en redes sociales. Igual que los Trump/Orlean, los presentadores de este show –que representan a Fox News– no tienen la capacidad de entender la gravedad de la situación. 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Prueba de ello es la fantástica narración que hace José Saramago del primer homicida –dentro de las religiones abrahámicas–, Caín. La historia la conocemos todos. Los dos primeros hijos de Adán y Eva que, en un día cualquiera, ofrecieron sacrificios en alabanza a Dios; un aparente e inofensivo acto que acabó por protagonizar un suceso que será recordado por milenios. ¿Qué ocurre? El hermano mayor asesina al menor. ¿Por qué? El texto no ofrece explicación alguna. Lo cual, quizás, es el encanto de la historia, pues nos permite –como Saramago lo hace– llenar los espacios con una narrativa que nos haga sentido. Lo que el escritor portugués hace en esta corta novela es, a mi modo de ver, una defensa del libre albedrío en su esplendor más existencialista –no hay sentido más el que uno mismo quiera impregnarle a su vida–. La historia es relativamente sencilla. Adán y Eva son expulsados del Edén y forzados a vivir en el mundo mortal. Tienen dos hijos, Caín y Abel. Cuando el segundo le ofrece un sacrificio a Dios y éste lo acepta, rechazando el de Caín, éste se deja arrebatar por la cólera y asesina al hermano favorecido. Claro, la narrativa de Saramago empieza a hacer su magia desde la primera palabra que escribió y nos ofrece una explicación muy humana. El hermano menor le echa en cara que él sí fue favorecido por Dios. Por supuesto, siendo el inicio de toda la historia humana, Caín no supo cómo manejar su enojo y culminó en un acto de aniquilación sin remordimiento alguno. En su visión –y hasta el final de la novela– siempre estuvo justificado.  En general, considero que la novela trata precisamente de esta ira justificada por Caín mismo para odiar a Dios. Tal como lo afirma "es muy sencillo, maté a abel porque no podía matarte a ti, pero en mi intención estás muerto". El odio de Caín se manifiesta a lo largo del viaje errante que, desde aquel momento, emprende por condena de Dios –y también, considero, por su incapacidad de soltar su ira–. Durante este andar, Caín se convierte en testigo de muchas escenas bíblicas tan controvertidas como la destrucción de Gomorra, la caída de la torre de Babel, la apuesta de Satán con Dios y el arca de Noé. Sin embargo, este testimonio, más allá de apegarse al texto bíblico o a la interpretación del dogma, se basa en el sentimiento puro de Caín quien, nunca liberado del odio a Dios, se convierte en el juez de su padre celestial dedicándose a arruinar cualquier plan divino. En este sentido, pienso que el autor se expresó con nítida transparencia en su personaje. Bien sabido es el ateísmo de Saramago quien, pese a no creer en un poder eterno, se vio siempre fascinado por los temas de la revelación. Además, resulta curioso porque, pese a que Caín está con Dios, es el primero en no creer en él y en resentirlo hasta el extremo. Sin embargo, todo este periplo que emprendió parece que no llega a ninguna parte. Al final de la novela, ¿qué queda de Caín? Nada. Homicidios, mentiras, engaños y una ira sin frenos contra su creador. Quizás, esta es la marca de Caín, el símbolo de la ira nihilista que nunca se satisface su sed de violencia y venganza. ¿Qué considero que es novedoso de esta novela? La fórmula narrativa, como siempre ocurre con Saramago. Hay una muy marcada tendencia de reivindicar el sufrimiento y la fragilidad humana desde las coordenadas de la razón y la emoción. Quizás, es demasiado duro en su crítica contra los textos religiosos que, tanto para fieles como no creyentes, son un pilar de la sociedad occidental. Para bien, como para mal. Lo cual, me lleva a otra reflexión: mucho se juega en la interpretación. Los medievales no perdieron tiempo en investigar afanosamente los métodos de interpretación para entender los Textos Sagrados, así como los distintos significados que contienen. Lo mismo ocurre en un ambiente secular. El mismo derecho es ejemplo paradigmático de la importancia que acarrea una correcta interpretación de la realidad:  El derecho es un concepto interpretativo. Los jueces deberían decidir qué es el derecho al interpretar la práctica de otros jueces cuando deciden qué es el derecho. […] La actitud del derecho es constructiva: su objetivo, en el espíritu interpretativo, es colocar el principio por encima de la práctica para demostrar el mejor camino hacia un futuro mejor, cumpliendo con el pasado2.   De esta manera, pienso que la gran maestría de Saramago en esta novela es, precisamente, demostrar el rol central que desempeña nuestra capacidad interpretativa para descifrar nuestra realidad. Los hechos históricos, los actos públicos, las voluntades privadas, las leyes y políticas implementadas, son símbolos que constantemente estamos interpretando. Y, como bien explica Mauricio Beuchot: Estos signos estructuran el imaginario social, esa dimensión inconsciente por la que nos conectamos con nuestra comunidad, que nos hace pertenecer a una colectividad o sociedad. Se forma como imaginario individual, pero a partir del social. Va a través de la fantasía o imaginación. Y también, al igual que el símbolo, requiere de la interpretación, de la hermenéutica3. Es nuestra capacidad interpretativa lo que nos permite construirnos, tanto como individuos, como comunidad. La clave interpretativa de Caín siempre se cifró a través del sentimiento de traición y, por lo tanto, de venganza. Así, en lugar de comprender la realidad objetivamente, Caín veía al mundo a través del lente del odio, sin dar lugar a cualquier otro criterio, ni siquiera a una reflexión honesta de sí mismo. Podríamos decir, entonces, que la marca de Caín es la perversión de una vida que sólo existe para odiar.  Por último, quiero destacar que resulta algo irónico que alguien tan profundamente ateo se haya inspirado por lo religioso para crear su arte. Claro, lo hace con crítica severa. Sin embargo, no deja de ser curioso. Al final, las tres grandes interrogantes que definen los paradigmas de las épocas humanas son las preguntas por saber qué es la persona, qué es la naturaleza y qué es –o si existe– un dios. Estas cuestiones con sus respectivas preguntas son las que moldean la historia humana. Así, Saramago ha representado, en una pequeña novela, el paradigma relativista del pensamiento humano contemporáneo.  1 Saramago, José, Caín (México: Alfaguara, 2017), p. 40.  2 Dworkin, Ronald, El Impero de la Justicia (México: Gedisa Editorial, 2008), pp. 287-290.  3 Beuchot, Mauricio, Hechos e Interpretaciones (México: FCE, 2016), p. 56." ["post_title"]=> string(71) "La ceguera del odio. 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La ceguera del odio. Una breve reseña de “Caín” de José Saramago

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