CARTAS A TORA 237

Querida Tora1: Hace poco llegaron unos inquilinos nuevos al 58: una pareja de jóvenes recién casados (ni tan recién, porque ella ya estaba casi de nueve meses), y a los pocos días, ¡zas!, que llega el chilpayate...

20 de agosto, 2021

Querida Tora1:

Hace poco llegaron unos inquilinos nuevos al 58: una pareja de jóvenes recién casados (ni tan recién, porque ella ya estaba casi de nueve meses), y a los pocos días, ¡zas!, que llega el chilpayate (no creo que encuentres la palabra en el Diccionario Galáctico, pero ya te imaginarás que significa niño, independientemente del sexo). Fue una niña muy bonita, muy graciosa y muy llorona; pero no tiene pelo. Esto fue una tragedia, sobre todo para el padre, que proclamaba a los cuatro vientos que todas las mujeres de su familia han tenido siempre un pelo largo, hermosísimo; y llegó al caso hasta de dudar de su esposa. ¿Te imaginas? Dudar de su esposa por una causa tan nimia, tan… estúpida.

La situación se puso tan tensa, que la del 49 sugirió a la muchacha que llamara a doña Sura “que es una bruja excelente”, dijo. La muchacha la obedeció inmediatamente. Y allá va doña Sura, con todo su prestigio por delante, a resolver el problema. Y su diagnóstico fue que la bebita tiene todo el pelo por debajo de la piel, pero que no sale por no sé qué problema durante el nacimiento, que le faltó oxígeno para salir (Y se lo creyeron), que tenía que hacerle un conjuro para que el pelo creciera como debe crecer. Los padres aceptaron enseguida, y lo primero que hizo doña Sura fue rapar a la bebé completamente, ignorando las protestas del padre, que decía que la iban a dejar peor. Luego pidió que le trajeran la piel de un gato recién desollado (yo corrí a la azotea y seguí escuchando por la ventana).

Los muchachos protestaron. ¿De dónde iban a sacar esa piel? Pero doña Sura dijo que era indispensable. Y allá va el pobre padre, acompañado por un hermano que vino a la ceremonia, a buscar un gato que desollar. Yo quise advertir a los compañeros de la azotea, pero los muchachos fueron más rápidos, y llegaron cuando los gatos estaban admirando la llena llena de esa noche y ronroneando amorosamente. Y allá va el padre, armado de todo su valor y de un pavoroso cuchillo de carnicero, a por el gatote negro. El susodicho echó a correr y ni siquiera lo tocó. Y los otros gatos rodearon a los muchachos, dando zarpazos más amenazadores que efectivos. Los muchachos no se amilanaron y fueron a por ellos, pero los gatos somos muy rápidos y ágiles, y no nos alcanzaban.

Se armó un escándalo tremendo, con los maullidos de los animales, los gritos de los muchachos y las macetas que se rompían, que atrajo a todo el vecindario, y pronto estaban todos los hombres de la vecindad participando en la caza de gatos. Pero entre todos no lograron agarrar a uno ni siquiera por la cola. El padre estaba desesperado y se echó a llorar, y todos los “machotes” de la vecindad empezaron a reírse de él. A mi me dio mucha lástima, y decidí ayudarlo. Pero no sufras: ni  por un momento pensé en sacrificarme.

Lo que hice fue acercarme a él (con mucho cuidado, te lo juro) y atraerlo hacia un  montón de basura que había en un rincón. Poco a poco, logré que se subiera al montón; y entonces, empujé un gato de peluche que había entre tanta porquería. La primera reacción del chavo fue patearlo; pero luego lo pensó mejor y lo levantó. Y casi pude ver lo que estaba pensando: “Doña Sura dijo que el pellejo de un gato desollado, pero no aclaró si el gato tenía que ser de verdad o no”. Y ni tardo ni perezoso despanzurró el juguete, le sacó toda la borra con que lo rellenaron, dejó la pura piel y corrió a su vivienda con  el trofeo en alto, seguido por toda la vecindad.

Al ver el peluche, doña Sura torció el gesto, e iba a decir que no servía, que tenía que ser un pellejo de verdad. Pero todos los presentes lo torcieron más que ella al ver su vacilación, y la mujer no se atrevió a echarse encima a toda la vecindad, y dijo que lo que importaba era el valor que el padre había demostrado al conseguir el peluche. Y enseguida procedió a la ceremonia. Que no consistió más que en frotar la cabeza del bebé con el trapo ese, decir unas palabras “cabalísticas” y cobrar. Los padres le entregaron la paga con mucho gusto, y se pusieron  a bañar a la bebé, no se fuera a enfermar por el contacto con aquel asqueroso peluche, y convidaron a los vecinos a un brindis por la futura cabellera de su hija. No alcanzó la botella que tenían para toda la vecindad, pero no faltaron  voluntarios que trajeron otras botellas, y estuvieron hasta medianoche brindando por el bebé y por la inolvidable noche que estaban pasando.

Lo mejor del asunto fue que los bonos del gatote negro bajaron  en la azotea cuando lo vieron huir a tanta velocidad, y ya las gatas no lo siguen tanto. Mejor, porque ya la azotea se está sobre-poblando de gatos, y no alcanzan los ratones que hay para alimentarlos a todos. (Me excluyo, porque a mi no me gustan los ratones).Salúdame a tu mamacita.

Te quiere

Cocatú

1 Contexto: Un alienígena arriba a la Ciudad de México y, convertido en gato, llega a vivir a una vecindad. Le escribe a Tora, quien lo espera en su planeta natal, sus impresiones sobre lo que ve en ese lugar. Su correspondencia tiene algo de crítica social y toques de humor.

Comentarios
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Tan solo plantean las preguntas correctas.1 -Rutger Bregman, historiador holandés.   En los artículos/apartados anteriores se ha expresado desde diversas perspectivas la importancia que para el ser humano ha tenido a lo largo de su historia la capacidad de construir relatos que le permitan entender el mundo en el que vive.  Pero las narrativas tienen otra poderosa propiedad, tan significativa o incluso mayor que la antes descrita: son mecanismos fundamentales para moldear el mundo en que aspiramos vivir.      Para el diccionario de la Real Academia de la Lengua Española, una utopía es una “representación imaginativa de una sociedad futura de características favorecedoras del bien humano”.2 Si bien se trata de una definición un tanto general y desangelada, permea en ella la segunda intención central –después de explicar la realidad– que nos lleva a construir un relato: inventar el futuro, uno que nos parezca adecuado y deseable –como la vida eterna, o la sociedad perfecta–, uno que nos permita dejar atrás nuestras debilidades, limitaciones y defectos y sea tan expansiva y deseable que dignifique nuestra condición de seres humanos, tan degradada por la injusticia, la guerra, la desigualdad, la violencia y la perversidad que suelen estar tan presentes en nuestras sociedades a lo largo de la historia y a lo largo y ancho de la geografía humana terrestre.     En general, las utopías, tanto las deseables como indeseables o distópicas, no suelen materializarse, o cuando menos no al pie de la letra. De hecho el carácter idealista y peyorativo del término viene de uno de sus máximos exponentes, el propio Tomás Moro, quien, en la parte final de su obra más emblemática, justamente Utopía, considera que el ideal de sociedad justa que expone en ella es irrealizable en la Europa de su tiempo. Desde entonces una utopía es entendida como una construcción imaginaria e imposible; sin embargo, no por ello menos útil.   Entre los ejemplos más destacados, sobre todo por la capacidad para representar una época, de este género de relato humano, está La ciudad de Dios, de Agustín de Hipona. En dicho texto el ideal de sociedad humana se expresa a través de la realización de los ideales cristianos materializados en una ciudad espiritual donde reinarían lo que la Iglesia de su tiempo entendía por amor, paz y justicia.  En La República de Platón se describe lo que este filósofo entiende por “Estado Ideal” que, esencialmente, se traduce como un Estado donde el bienestar social y la justicia plena se materializan.    Y qué decir del “Socialismo utópico”, encabezado por Henri de Saint-Simon, Charles Fourier y Robert Owen, centrados en transformar la situación precaria en que vivía el proletariado europeo en el siglo XIX. Esta visión utópica, además de ser en cierta forma colectiva, pues cada uno le imprimió sus matices particulares, proponía cambios concretos e inmediatos para reformar a la sociedad de su tiempo. Este modelo utópico nació con la convicción de llevarse a la práctica de inmediato y sus autores se abocaron a elaborar descripciones puntuales y detalladas del potencial funcionamiento práctico de comunidades igualitarias.   La literatura de ficción califica tanto como narrativas que tratan de explicar el mundo, o cuando menos aspectos o episodios de él –entre los ejemplos recientes y afortunados tenemos Una novela criminal, del mexicano Jorge Volpi, o Patria del español Fernando Aramburu– que como relatos que buscan moldearlo, o, en casos extremos –y opuestos a la utopía– poner en palabras e imágenes literarias las peores pesadillas posibles de la humanidad con la intención de que no lleguen nunca a realizarse. Algunos ejemplos de éstas últimas podrían ser las siempre clásicas distopías: Un mundo feliz, de Aldous Huxley; 1984, de George Orwell o Fahrenheit 451, del estadounidense Ray Bradbury.    Pero también existen casos paradigmáticos donde las “utopías” planteadas en la ficción se han acercado demasiado a materializarse, con aterradores resultados. Un buen ejemplo de esta vertiente la podemos ver en la obra de Ayn Rand. En novelas como La rebelión de Atlas o El Manantial, la autora describe lo que ella considera el ideal del “superindividualismo”, donde se exacerba hasta límites inimaginables el logro personal por encima de cualquier otro criterio humano. El éxito a cualquier precio se convierte en el único principio existencial válido, y a estas alturas todos podemos comprobar a dónde nos ha conducido esta indeseable interpretación moral de la realización personal.    Quizá ninguno de los ejemplos anteriores nos parezca, a la luz de nuestro tiempo, una realidad en la que nos gustaría vivir; sin embargo, resultan profundamente esclarecedores acerca del conjunto de valores dominantes de una época, y de la proyección que el individuo de dicho periodo hace de sí mismo y de su sociedad.  Si nos viésemos obligados a crear una utopía, la imagen del mundo ideal donde nos gustaría que tanto nosotros como nuestros descendientes viviera, una realidad paralela que nos salve de la precariedad de nuestra sociedad actual, ¿cómo sería? ¿Cómo la imaginas? Soñar con un mundo ideal y deseable no solo es legítimo sino inevitable. Aun cuando las utopías como tal parecieran haberse dejado de producir, los seres humanos no podemos renunciar a la idea de imaginar –y construir con nuestros relatos– un futuro mejor.    Fuera del ámbito literario existen también diversas formas narrativas que buscan modelar la realidad con el propósito de construir un futuro bajo cierto nivel de diseño.     A nivel individual existe una amplia variedad de técnicas de visualización –muchas de ellas a partir de la redacción lingüística del ideal buscado y muchas otras mediante la articulación de imágenes mentales–, fundadas en el discutible argumento de que el pensamiento –y la convicción con que se tenga éste– es capaz de influir, e incluso modificar la realidad material.    No hay espacio en este texto para abordar a fondo este tema, que es, en sí mismo, un universo. Pero así como hay sistemas y autores serios cuyas técnicas funcionan para que el individuo, sometido a una disciplina y metodología sistemática, sea capaz de enfocar sus potencialidades –mentales, pero también mediante la acción– en aras de alcanzar un objetivo concreto y coherente con su situación existencial, abundan también charlatanes y pseudogurús que a partir de teorías esotéricas y enigmáticas, basadas en puro y duro pensamiento mágico, prometen una especie de “utopías personales a la carta” donde, impulsado tan solo por los deseos narcisistas del individuo, el universo entero conspira para materializarlos, sin importar lo absurdos, inconexos o delirantes que éstos pudieran ser.      Y me gustaría cerrar este texto con una potente manifestación narrativa de carácter colectivo que busca moldear la realidad presente con el propósito de materializar un futuro ideal y esperanzador: las Constituciones Nacionales de cada país.  Mientras que los códigos, leyes, normas, edictos y demás instrumentos jurídicos buscan gestionar el día a día en tiempo presente, las Constituciones suelen ser manifestaciones de principios, valores, anhelos que en su conjunto plasman una visión de futuro.  Mientras que las leyes secundarias retratan lo que una nación es, la Constitución prefigura lo que esa nación aspira a ser. En la carta magna, que suele ser un documento breve que traza de forma general los principios más significativos, se plasman los ideales que dan sentido y dirección a un Estado. Se trata de los pilares éticos, morales y conductuales sobre los que debe construirse la nación.  En la Constitución, que refleja la manifestación de una variedad específica de singularidad humana, se describe el tipo particular de justicia, las modalidades de propiedad aceptables, la variedad y alcance de derechos a los que puede aspirar el individuo, un tipo concreto de autoridad, de división y administración del poder, del ejercicio de la fuerza; también expresa los rasgos centrales de la nacionalidad y pertenencia a un territorio, la calidad de las instituciones que habrán de conducir al Estado, el nivel de libertad individual y los mecanismos que garanticen una vida colectiva próspera y pacífica… en una palabra: una visión ideal y particular del mundo.  En cierta forma, cada Constitución es una especie de Utopía que aspiramos a materializar. E incluso me atrevería a decir que si los ideales plasmados en ella se han realizado –o han dejado de ser deseables– es tiempo de redactar una nueva que plasme un nuevo rumbo, una nueva dirección, nuevas fronteras y nuevos horizontes por conquistar.    Moldear el futuro con utopías sigue siendo necesario y constructivo. Atrevernos a visualizar lo que consideramos un mundo ideal –y entre más compartida la imagen, más poderosa– nos pone en camino de conseguirlo, aun cuando es factible reconocer que, entre más potente y valiosa sea la utopía, más difícil será que se logre. Pero los anhelos de futuro que nos impulsan a imaginarla hablan mucho no solo de quienes somos, sino sobre todo del tipo de personas en las que aspiramos convertirnos.    Web: www.juancarlosaldir.com Instagram:  jcaldir Twitter:   @jcaldir    Facebook:  Juan Carlos Aldir   1Bregman, Rutger, Utopía para realistas. A favor de la renta básica universal, la semana laboral de 15 horas y un mundo sin fronteras, Primera Edición, España, Salamandra, 2017, Pág. 22. 2RAE, Diccionario de la lengua española, Edición del Tricentenario, Actualización 2020. Consulta: 3 de junio 2021 https://dle.rae.es/utop%C3%ADa?m=form" ["post_title"]=> string(56) "Las narrativas como mecanismos para diseñar el porvenir" ["post_excerpt"]=> string(216) "Soñar con un mundo ideal no solo es legítimo sino inevitable. Aun cuando las utopías como tal parecieran haberse dejado de producir, los seres humanos no podemos renunciar a la idea de imaginar un futuro mejor. 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De hecho el carácter idealista y peyorativo del término viene de uno de sus máximos exponentes, el propio Tomás Moro, quien, en la parte final de su obra más emblemática, justamente Utopía, considera que el ideal de sociedad justa que expone en ella es irrealizable en la Europa de su tiempo. Desde entonces una utopía es entendida como una construcción imaginaria e imposible; sin embargo, no por ello menos útil.   Entre los ejemplos más destacados, sobre todo por la capacidad para representar una época, de este género de relato humano, está La ciudad de Dios, de Agustín de Hipona. En dicho texto el ideal de sociedad humana se expresa a través de la realización de los ideales cristianos materializados en una ciudad espiritual donde reinarían lo que la Iglesia de su tiempo entendía por amor, paz y justicia.  En La República de Platón se describe lo que este filósofo entiende por “Estado Ideal” que, esencialmente, se traduce como un Estado donde el bienestar social y la justicia plena se materializan.    Y qué decir del “Socialismo utópico”, encabezado por Henri de Saint-Simon, Charles Fourier y Robert Owen, centrados en transformar la situación precaria en que vivía el proletariado europeo en el siglo XIX. Esta visión utópica, además de ser en cierta forma colectiva, pues cada uno le imprimió sus matices particulares, proponía cambios concretos e inmediatos para reformar a la sociedad de su tiempo. Este modelo utópico nació con la convicción de llevarse a la práctica de inmediato y sus autores se abocaron a elaborar descripciones puntuales y detalladas del potencial funcionamiento práctico de comunidades igualitarias.   La literatura de ficción califica tanto como narrativas que tratan de explicar el mundo, o cuando menos aspectos o episodios de él –entre los ejemplos recientes y afortunados tenemos Una novela criminal, del mexicano Jorge Volpi, o Patria del español Fernando Aramburu– que como relatos que buscan moldearlo, o, en casos extremos –y opuestos a la utopía– poner en palabras e imágenes literarias las peores pesadillas posibles de la humanidad con la intención de que no lleguen nunca a realizarse. Algunos ejemplos de éstas últimas podrían ser las siempre clásicas distopías: Un mundo feliz, de Aldous Huxley; 1984, de George Orwell o Fahrenheit 451, del estadounidense Ray Bradbury.    Pero también existen casos paradigmáticos donde las “utopías” planteadas en la ficción se han acercado demasiado a materializarse, con aterradores resultados. Un buen ejemplo de esta vertiente la podemos ver en la obra de Ayn Rand. En novelas como La rebelión de Atlas o El Manantial, la autora describe lo que ella considera el ideal del “superindividualismo”, donde se exacerba hasta límites inimaginables el logro personal por encima de cualquier otro criterio humano. El éxito a cualquier precio se convierte en el único principio existencial válido, y a estas alturas todos podemos comprobar a dónde nos ha conducido esta indeseable interpretación moral de la realización personal.    Quizá ninguno de los ejemplos anteriores nos parezca, a la luz de nuestro tiempo, una realidad en la que nos gustaría vivir; sin embargo, resultan profundamente esclarecedores acerca del conjunto de valores dominantes de una época, y de la proyección que el individuo de dicho periodo hace de sí mismo y de su sociedad.  Si nos viésemos obligados a crear una utopía, la imagen del mundo ideal donde nos gustaría que tanto nosotros como nuestros descendientes viviera, una realidad paralela que nos salve de la precariedad de nuestra sociedad actual, ¿cómo sería? ¿Cómo la imaginas? Soñar con un mundo ideal y deseable no solo es legítimo sino inevitable. Aun cuando las utopías como tal parecieran haberse dejado de producir, los seres humanos no podemos renunciar a la idea de imaginar –y construir con nuestros relatos– un futuro mejor.    Fuera del ámbito literario existen también diversas formas narrativas que buscan modelar la realidad con el propósito de construir un futuro bajo cierto nivel de diseño.     A nivel individual existe una amplia variedad de técnicas de visualización –muchas de ellas a partir de la redacción lingüística del ideal buscado y muchas otras mediante la articulación de imágenes mentales–, fundadas en el discutible argumento de que el pensamiento –y la convicción con que se tenga éste– es capaz de influir, e incluso modificar la realidad material.    No hay espacio en este texto para abordar a fondo este tema, que es, en sí mismo, un universo. Pero así como hay sistemas y autores serios cuyas técnicas funcionan para que el individuo, sometido a una disciplina y metodología sistemática, sea capaz de enfocar sus potencialidades –mentales, pero también mediante la acción– en aras de alcanzar un objetivo concreto y coherente con su situación existencial, abundan también charlatanes y pseudogurús que a partir de teorías esotéricas y enigmáticas, basadas en puro y duro pensamiento mágico, prometen una especie de “utopías personales a la carta” donde, impulsado tan solo por los deseos narcisistas del individuo, el universo entero conspira para materializarlos, sin importar lo absurdos, inconexos o delirantes que éstos pudieran ser.      Y me gustaría cerrar este texto con una potente manifestación narrativa de carácter colectivo que busca moldear la realidad presente con el propósito de materializar un futuro ideal y esperanzador: las Constituciones Nacionales de cada país.  Mientras que los códigos, leyes, normas, edictos y demás instrumentos jurídicos buscan gestionar el día a día en tiempo presente, las Constituciones suelen ser manifestaciones de principios, valores, anhelos que en su conjunto plasman una visión de futuro.  Mientras que las leyes secundarias retratan lo que una nación es, la Constitución prefigura lo que esa nación aspira a ser. En la carta magna, que suele ser un documento breve que traza de forma general los principios más significativos, se plasman los ideales que dan sentido y dirección a un Estado. Se trata de los pilares éticos, morales y conductuales sobre los que debe construirse la nación.  En la Constitución, que refleja la manifestación de una variedad específica de singularidad humana, se describe el tipo particular de justicia, las modalidades de propiedad aceptables, la variedad y alcance de derechos a los que puede aspirar el individuo, un tipo concreto de autoridad, de división y administración del poder, del ejercicio de la fuerza; también expresa los rasgos centrales de la nacionalidad y pertenencia a un territorio, la calidad de las instituciones que habrán de conducir al Estado, el nivel de libertad individual y los mecanismos que garanticen una vida colectiva próspera y pacífica… en una palabra: una visión ideal y particular del mundo.  En cierta forma, cada Constitución es una especie de Utopía que aspiramos a materializar. E incluso me atrevería a decir que si los ideales plasmados en ella se han realizado –o han dejado de ser deseables– es tiempo de redactar una nueva que plasme un nuevo rumbo, una nueva dirección, nuevas fronteras y nuevos horizontes por conquistar.    Moldear el futuro con utopías sigue siendo necesario y constructivo. Atrevernos a visualizar lo que consideramos un mundo ideal –y entre más compartida la imagen, más poderosa– nos pone en camino de conseguirlo, aun cuando es factible reconocer que, entre más potente y valiosa sea la utopía, más difícil será que se logre. Pero los anhelos de futuro que nos impulsan a imaginarla hablan mucho no solo de quienes somos, sino sobre todo del tipo de personas en las que aspiramos convertirnos.    Web: www.juancarlosaldir.com Instagram:  jcaldir Twitter:   @jcaldir    Facebook:  Juan Carlos Aldir   1Bregman, Rutger, Utopía para realistas. A favor de la renta básica universal, la semana laboral de 15 horas y un mundo sin fronteras, Primera Edición, España, Salamandra, 2017, Pág. 22. 2RAE, Diccionario de la lengua española, Edición del Tricentenario, Actualización 2020. Consulta: 3 de junio 2021 https://dle.rae.es/utop%C3%ADa?m=form" ["post_title"]=> string(56) "Las narrativas como mecanismos para diseñar el porvenir" ["post_excerpt"]=> string(216) "Soñar con un mundo ideal no solo es legítimo sino inevitable. Aun cuando las utopías como tal parecieran haberse dejado de producir, los seres humanos no podemos renunciar a la idea de imaginar un futuro mejor. 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