CARTAS A TORA 234

Querida Tora1: La vecindad anduvo muy alborotada unos días porque al portero se le ocurrió que debíamos tener una bandera. Todos se entusiasmaron con la idea. Pero yo me pregunto: ¿para qué quiere una vecindad una bandera?...

23 de julio, 2021 CARTAS A TORA 232

Querida Tora1:

La vecindad anduvo muy alborotada unos días porque al portero se le ocurrió que debíamos tener una bandera. Todos se entusiasmaron con la idea. Pero yo me pregunto: ¿para qué quiere una vecindad una bandera? La respuesta del portero fue contundente: “Porque ninguna otra vecindad tiene bandera”. ¿Te parece una respuesta congruente? A mí no. Pero el portero no me iba a hacer caso, así que no le dije nada, y vi cómo se lanzaba la convocatoria para el concurso de diseño de la bandera.

Participaron tres vecinos, y ganó el del 28. El diseño era bonito. “Orgulloso”, dijo el portero (¿Sabrá lo que quiso decir, o se le fue la boca, como tantas veces?), y pidió a las señoras que bordaran en un pedazo de tela que regaló (No le costó: se lo pidió a la Flor) con  las imágenes del diseño ganador. No sabes con qué gusto se pusieron las señoras a coser (ellas, que cuando tienen que remendar un calcetín del marido lo insultan por descuidado), y en pocos días estuvo lista la flamante bandera.

La dejaron tres días en el patio para que todos pudieran verla de cerca, y hasta tocarla (previo lavado y desinfección de manos), y luego vino el ponerla en un asta bandera adecuado. Eso se discutió mucho, pero para no hacerte el cuento largo, te diré que colocaron un palo muy alto en la azotea para colgarla. Y le tocó al ganador del concurso de diseño el honor de hacerlo.

Fue un día de fiesta, y todos los vecinos sacaron sus mesas al patio o al corredor para celebrar el acto. Hubo varias botellas de tequila, de mezcal, y hasta de una cosa que se llama sotol, y que no qué lo que sea, pero que pega muy fuerte. El muchacho se vistió de gala para la ceremonia, y entre vítores y aplausos se dispuso a subir la escalera para alcanzar la punta del palo. La escalera no era lo suficientemente alta, y al final tuvo que subir como los changos, agarrándose del palo con manos y pies y hasta con los dientes. Pero llegó hasta arriba. Y cuando tomó la bandera para colgarla, una ráfaga de viento desplegó el lienzo, que le tapó los ojos, y en vez el poner el pie en el palo lo puso en el aire, y se cayó. 

Así como lo oyes. De un empujón llegó hasta la calle, y nomás se oyó un ruido sordo al estrellarse. Por un momento, todos quedaron en silencio, sobrecogidos de espanto. Luego estalló el griterío, y todos corrieron a auxiliarlo. La cosa se puso un poco fea, porque en su deseo de ayudar unos jalaban para un lado y otros para el contrario, y estuvieron a punto de descoyuntarlo. Unos lo querían llevar a un médico, pero el portero les dijo que para eso tenían el Seguro Vecinal, e hizo que lo llevaran allí.

La enfermera movió la cabeza, y fue en busca de su frasco de ruda. Cuidadosamente le aplicó un chiquiador en la sien derecha, y dijo “Llévenselo”: Pero alguien insistió en que estaba muy grave. Entonces le aplicó otro en la sien izquierda. Los vecinos no quedaron contentos, y le exigían que hiciera algo más. Y entonces ocurrió lo inexplicable: el muchacho se incorporó, dijo que le dolían todos los huesos, y se fue a su vivienda a pedirle un poco de árnica a su mamá.

Los vecinos se miraban unos a otros sin saber qué hacer ni qué pensar (lo cual no es raro). Y fue necesario que el del 51 protestara por la indolencia de la enfermera para que empezaran a reaccionar. De nada valió que la mujer dijera que el muchacho estaba bien, que se había ido por su propio pie; ellos insistían en que era una inepta por no haberlo examinado a fondo, por no haber siquiera palpado sus miembros. La cosa empezaba a ponerse violenta, a pesar de que la Mocha declarara que había sido un milagro, y la enfermera ya se había atrincherado en el closet de las escobas para evitar una agresión. Pero entonces el portero dijo con voz tonante “¡Sí! Es un milagro. Pero un milagro de la medicina socializada”. No sé por qué, pero eso los calmó, y lo más que hicieron fue ir al 28 a preguntar cómo estaba el chavo.

Los verdaderos estudiantes de la vecindad (que son dos o tres, nada más) no aceptaron ni la versión de la Mocha ni la del portero, y se pusieron  a cavilar (así como lo oyes). Ya entrada la madrugada, y después de consultar mucho Internet y algunos libros especializados, concluyeron que cuando un hombre cae al vacío sufre una especie de inconsciencia que hace que el cuerpo se relaje completamente, y que eso hace que el golpe no sea tan duro.

Tu cree lo que quieras, pero así fue como ocurrieron las cosas. ¿Ciencia? ¿Religión? ¿Sentido común? Que lo averigüe otro, porque yo no estoy para esos trotes.

Ah, la bandera la usó la del 53 para lavar el piso de su vivienda, porque se le había acabado la jerga.

Te quiere

 Cocatú

1 Contexto: Un alienígena arriba a la Ciudad de México y, convertido en gato, llega a vivir a una vecindad. Le escribe a Tora, quien lo espera en su planeta natal, sus impresiones sobre lo que ve en ese lugar. Su correspondencia tiene algo de crítica social y toques de humor.

Comentarios
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Me sumerjo de pronto en la manera en que las sociedades modernas hacemos frente al terror que se disipa y se afirma a través de fotografías constantes que nos golpean y, al mismo tiempo, nos hacen insensibles. Me encuentro con un razonamiento que, sin quererlo ni comerlo, me remite a dos realidades lejanas: nuestro propio tiempo mexicano y el del Gueto de Varsovia. Sontag afirma que frente al dolor de los demás, una imagen –una fotografía–, lo hace más real; el dolor se hace presente cuando la fotografía rehace su existencia frente a nosotros e incluso, con cierta calidad de imágenes, éstas se vuelven iconos de la pena y el sufrimiento –la foto del combatiente republicano cayendo frente a la cámara de Capa, por ejemplo–. En este tiempo atormentado en el que somos bombardeados por imágenes, en que la propia idea de la visión digitalizada ha devaluado lo que antes era motivo de conservación, estar presente ante el dolor ajeno es la única manera de hacerlo real. Pero es la imagen del niño con las manos en alto, en el Gueto de Varsovia, la que reclama mi memoria y me visita entre pensamientos. Obsesionado por esa imagen, Dan Porat investigó hasta donde pudo la identidad de los personajes de la fotografía, ubicó el lugar preciso, al nazi que apunta al chico, el rostro de quienes acompañaban al niño, pero pese a que algunos han tratado de reivindicar su personalidad, de él no pudo averiguar nada; eso lo convirtió en el símbolo del dolor y el miedo de todos los niños frente a la guerra. Presenciar así el sufrimiento es hacerlo real y permanente. Sin embargo, dice también Sontag, que la imagen repetida hasta el hastío deja de hacer real el sufrimiento para hacerlo ficticio. Pasamos, en un momento que no pude ser determinado con precisión, de la existencia a la fantasía, del dolor al montaje. Pensemos en la manera en que se vivió el espectáculo de las guerras del Golfo: teledirigidas y producidas en horarios estelares. La escritora norteamericana recuerda a una amiga en Sarajevo que vio por televisión cómo los ejércitos serbios se acercaban a la ciudad, pero que como estaban todavía a 300 km y había visto noticias al respecto todo el día, al saberlo simplemente cambió de canal como si estuviera en París o en Berlín; porque al final del día, el dolor se había vuelto espectáculo. Hace unos años, viendo la televisión con mi familia, apareció en pantalla la dantesca escena de unos cadáveres de ejecutados abandonados en una playa; mi hija entonces de nueve años me preguntó “¿Qué pasa?”. Queriendo proteger lo que consideraba la inocencia de una niña, le respondí que eran “unos señores dormidos”, a lo que la nena contesta: “Papá, ¡pero si están muertos!”. Hemos llegado al punto en que asesinamos a la moraleja; Borges decía, siguiendo a Kipling, que el autor puede elegir la anécdota, pero no la moraleja; ni el argentino ni el inglés tenían idea de que llegaríamos al punto en que la moraleja devendría superflua, ofensiva y hasta ridícula, que no nos quedaría sino el instante del dolor congelado en la imagen del aficionado para hacer real un sufrimiento que de otro modo, se perdería para siempre, como sucedió por siglos en que el mundo también fue habitable. ¿Cómo recuperar la sensibilidad?, ¿es que perdimos la inocencia frente a la imagen para siempre? El hecho es que ni la autocensura y menos la censura pública pueden refrenar el hambre y el mercado de la imagen; pero si intentamos a través de la educación, de la seriedad en los medios y del oficio de los gobernantes, tal vez podamos llegar al equilibrio, no en la afluencia de imágenes, sino en la visión crítica con que las abordamos, en la mirada inocente de nuestros hijos y sobre todo, en la cualidad más lesionada por esta lluvia de dolor ajeno, la capacidad de entender y asumir el dolor ajeno, si no como propio, sí como sujetos en posibilidad de sufrir violencia. 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