CARTAS A TORA 228

Querida Tora 1: Fíjate que en el King’s el servicio está de lo peor y los empleados, cada día más groseros e ineficientes. Los de la vecindad van porque no tienen más remedio, ya que los baños...

11 de junio, 2021 CARTAS A TORA 228

Querida Tora 1:

Fíjate que en el King’s el servicio está de lo peor y los empleados, cada día más groseros e ineficientes. Los de la vecindad van porque no tienen más remedio, ya que los baños siguen sin funcionar completamente, y para usar los del King’s tienen que consumir algo (no sé si te acuerdas, pero el referido King’s es del portero, aunque nadie en la vecindad lo sabe). El caso es que se empezó a gestar una gran agitación. Y, para acabarla de amolar, los empleados del King’s se declararon en huelga.

Ahora, los vecinos tienen que andar buscando fondas donde les dejen usar los baños. Y los más aventados se lanzaron a exigir al portero que ya se los arregle o que se atenga a las consecuencias. Y como el portero no estaba dispuesto a llegar a las “consecuencias”, decidió arreglar lo de la huelga. Para eso, mandó llamar al líder de los empleados. No a la vecindad, claro, porque todos se enterarían. Preguntó quién era el que había incitado la huelga, e hizo que lo citaran en un lugar alejado. Resultó que el líder era la cocinera principal; y los guaruras, ya de entrada, advirtieron al portero que ya había declarado que no aceptaría dinero para resolver el asunto.

Total, que el portero tuvo que cambiar de plan, y se fue a ver a la lideresa muy confiado en el resultado de su gestión. Te diré que en cuanto la vio hizo un gesto de disgusto y emitió una queja que más parecía el estertor de un moribundo. Porque la tal lideresa es una vieja gorda, con una nariz. descomunal llena de granitos, cacariza y con dientes negros y cariados que parecen de cocodrilo. Pero no le quedaba más remedio que “platicar” con ella. Al cabo de un rato, quedaron en verse el día siguiente, a las ocho de la noche, para cenar en un exclusivo restaurant de un hotel supra-recontra-internacional del Paseo de la Reforma.

En cuanto salió, el portero instruyó a sus guaruras para que bañaran a conciencia a la susodicha; que le lavaran y, si era necesario, le pintaran los dientes de blanco, que la maquillaran aunque fuera con albayalde, que le compraran un vestido decente y que quemaran los “jeans” y la playera con  que se presentó a la “plática”. Los muchachos se las vieron duras para cumplir con todas las órdenes del amo, y al día siguiente la lideresa ya casi parecía una mujer. De todas formas, el portero hizo un gesto de asco cuando se presentó en el restaurant. Pero había que tragar camote, como se dice vulgarmente, y la sentó a una mesa situada en un rincón medio oscuro del local y la obsequió con una cena totalmente francesa, especialidad del restaurant. Déjame decirte que la vieja, como buena cocinera de “antojitos”, encontró que todo era malo y estaba mal cocinado; pero se lo comió sin dejar ni migajas.

Luego vino lo peor (para el portero): llevarla al cuarto que había reservado. Le tuvieron que ayudar dos guaruras, porque ella no podía ni tenerse en pie, y ya ni siquiera probó la champaña que había en la habitación, muy bien enfriada. Los guaruras tuvieron que desvestirla también porque al amo le daba asco tocar ese vestido tan manchado, y la dejaron en la cama, luciendo el esplendor de su abundancia de carnes. El portero volvió a tragar camote, y se le echó encima. Luego no supo lo que pasó, porque la botella de champaña (que no había que desperdiciar) se le subió a la cabeza. El caso es que despertaron el día siguiente, amodorrados y con los ojos rojos. Pero la vieja estaba feliz de verse allí, entre colores suaves y cortinas de muselina, con la luz del sol entrando a raudales por el ventanal. Lo malo fue que tuvo que bañarse. No quería, porque el día anterior ya se había bañado dos veces; pero el portero se puso firme, y le dijo que no bajarían a desayunar así como estaba, oliendo a alcohol regurgitado.




Durante el desayuno, no sé qué le dijo, pero ella lo escuchaba con los ojos brillantes y la boca abierta (y no sólo para comer). El caso es que cuando regresó al King’s, ya “arreglada” como acostumbraba, convenció a los empleados de levantar la huelga, a cambio de dos pesos de aumento a su salario diario, que era lo más que la delicada situación económica de la empresa permitía. También les dijo, aunque eso no constó en el acta que levantaron, que el que no aceptara se podía ir ese mismo día, sin liquidación ni carta de recomendación, para no entretenerlo. ¿Y qué crees? A los diez minutos, se reabrieron las puertas del King’s (y de sus baños, que ese día estaban saturados por la gran afluencia de clientes).

Por si te preguntas cómo supe todas estas cosas, te diré que me pegué a uno de los guaruras que llevó el portero a su expedición  (me quiere mucho, y muchas veces carga conmigo), y lo presencié todo. Así que todo es cierto. No sé lo que tú pienses, pero a mi me parece que hay mucho de corrupción en todo esto.

Ah, me olvidaba. La lideresa quiso repetir la experiencia unos días después, con un nuevo emplazamiento a huelga. Pero ¿qué crees? El día anterior a la fecha señalada, le dijeron  que “un amigo” quería hablar con  ella en la esquina, y no se le ha vuelto a ver. No sabes cómo habla la gente del asunto, emitiendo teorías a cual más descabelladas. Pero yo creo que lo que pasó fue que el tal amigo la convenció de que se fuera a vivir con él, y como éste no la iba a obligar a bañarse (tampoco está acostumbrado), no quiso dejar pasar la oportunidad.

 1 Contexto: Un alienígena arriba a la Ciudad de México y, convertido en gato, llega a vivir a una vecindad. Le escribe a Tora, quien lo espera en su planeta natal, sus impresiones sobre lo que ve en ese lugar. Su correspondencia tiene algo de crítica social y toques de humor

Bueno, te dejo. Pero sabe que te extraño, que tengo muchas ganas de volverte a ver.

Te quiere

Cocatú

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CARTAS A TORA 227

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Para muchos lectores el primer encuentro con Julio (lo llamo así, con el cariño y la intimidad con que se puede tratar a un amigo que nos ha acompañado desde los 16 años) es un antes y un después; no es mi caso y no porque no fuera el primer autor que leí, ni siquiera el primero que despertara mi admiración o mi pasión por su obra, sino porque con Alfonso Reyes, a quien descubrí al mismo tiempo, me reveló el gigantesco poder de las palabras para hacer más plena y más intensa la vida y se convirtió en santo y seña de mi mundo de obsesiones, goces, placeres y equívocos anhelos. Fue en 1986 cuando abrí por primera vez la primera página de Bestiario, en la sencilla edición de Nueva Imagen que compré con el dinero que me dio mi madre, en la vieja librería del Parque que ya no existe, como mi infancia, pero que dejó su huella cerca de la fuente de los espejos de Polanco. Si Julio no fue el primer autor que leí, sí puedo afirmar con certeza que fue el primero que releí y lo hice en el mismo instante que leí lo primero de sus gigantesco Bestiario, pues “Casa Tomada” la leí tres veces seguidas, la segunda para salir del pasmo y la tercera por puro gusto. Así, la suerte estaba echada y unos días después andaba con Glenda del brazo, el juego infinito había comenzado y aún continúa. Cuando un par de años después leí por primera vez Rayuela, la lectura no volvió a ser para mí nunca lo mismo; de ahí y hasta nuestros días leer sería un placer absoluto o no sería nada. En ese año brutal de mis dieciséis, apenas unos meses después del terremoto de la Ciudad de México, había saltado de Verne, Gibrán y Salgari a la literatura de verdad, no a la de los manuales que determinaban la letras casi infantiles, sino la que uno se fabrica solo en los anaqueles de la librerías. También en ese año había fallecido Borges, que se me reveló como un dios enorme pero hierático que me arrojó en brazos de Alfonso Reyes; así en ese año descubrí a Cortázar gracias a un profesor de literatura, Julio me lanzó a la poesía de Ernesto Cardenal, de tal manera que el día en que la fortuna quiso regalarme uno de los días más hermosos de mi existencia, estuve a su lado en una lectura de poesía que ofreció a los alumnos de la Facultad de Derecho de la UNAM con motivo de la imposición de la Medalla Isidro Fabela, en el año 2006. Justo veinte años después de mi primer encuentro con Julio, en aquel 2006 cuando ya no era un niño que soñaba con los personajes de Rayuela y de todos los juegos, pero que la vida quiso que esa tarde me sentara junto a uno de los más grandes poetas de nuestro tiempo, un hombre ejemplar en su bondad y que para mí era, en ese momento, un personaje de Julio que se había escapado de Apocalipsis en Solentiname y al que le pregunté su opinión sobre la poesía revolucionaria, no porque me preocupara, sino por el placer de escucharlo y que me respondió con casi las mismas palabras que usó Julio en su curso de literatura en Berkeley: la poesía, para ser revolucionaria, primero debe ser auténtica poesía. Estos alucinantes accidentes de la vida solo tienen sentido cuando alcanzamos a atisbar el hecho fundamental de que lo mejor de la existencia, como las letras de Cortázar, es el juego y el sentido lúdico con que hacemos las cosas que en realidad llamamos valiosas; por eso en tu cumpleaños, grandísimo cronopio, no puedo sino reírme de que hayas dictado un alucinante curso de literatura justo en Berkeley, aquella universidad americana a la que Alfonso Reyes dedicara uno de sus libros más juguetones y divertidos: Berkeleyana. 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Todos se entusiasmaron con la idea. Pero yo me pregunto: ¿para qué quiere una vecindad una bandera? La respuesta del portero fue contundente: “Porque ninguna otra vecindad tiene bandera”. ¿Te parece una respuesta congruente? A mí no. Pero el portero no me iba a hacer caso, así que no le dije nada, y vi cómo se lanzaba la convocatoria para el concurso de diseño de la bandera. Participaron tres vecinos, y ganó el del 28. El diseño era bonito. “Orgulloso”, dijo el portero (¿Sabrá lo que quiso decir, o se le fue la boca, como tantas veces?), y pidió a las señoras que bordaran en un pedazo de tela que regaló (No le costó: se lo pidió a la Flor) con  las imágenes del diseño ganador. No sabes con qué gusto se pusieron las señoras a coser (ellas, que cuando tienen que remendar un calcetín del marido lo insultan por descuidado), y en pocos días estuvo lista la flamante bandera. La dejaron tres días en el patio para que todos pudieran verla de cerca, y hasta tocarla (previo lavado y desinfección de manos), y luego vino el ponerla en un asta bandera adecuado. Eso se discutió mucho, pero para no hacerte el cuento largo, te diré que colocaron un palo muy alto en la azotea para colgarla. Y le tocó al ganador del concurso de diseño el honor de hacerlo. Fue un día de fiesta, y todos los vecinos sacaron sus mesas al patio o al corredor para celebrar el acto. Hubo varias botellas de tequila, de mezcal, y hasta de una cosa que se llama sotol, y que no qué lo que sea, pero que pega muy fuerte. El muchacho se vistió de gala para la ceremonia, y entre vítores y aplausos se dispuso a subir la escalera para alcanzar la punta del palo. La escalera no era lo suficientemente alta, y al final tuvo que subir como los changos, agarrándose del palo con manos y pies y hasta con los dientes. Pero llegó hasta arriba. Y cuando tomó la bandera para colgarla, una ráfaga de viento desplegó el lienzo, que le tapó los ojos, y en vez el poner el pie en el palo lo puso en el aire, y se cayó.  Así como lo oyes. De un empujón llegó hasta la calle, y nomás se oyó un ruido sordo al estrellarse. Por un momento, todos quedaron en silencio, sobrecogidos de espanto. Luego estalló el griterío, y todos corrieron a auxiliarlo. La cosa se puso un poco fea, porque en su deseo de ayudar unos jalaban para un lado y otros para el contrario, y estuvieron a punto de descoyuntarlo. Unos lo querían llevar a un médico, pero el portero les dijo que para eso tenían el Seguro Vecinal, e hizo que lo llevaran allí. La enfermera movió la cabeza, y fue en busca de su frasco de ruda. Cuidadosamente le aplicó un chiquiador en la sien derecha, y dijo “Llévenselo”: Pero alguien insistió en que estaba muy grave. Entonces le aplicó otro en la sien izquierda. Los vecinos no quedaron contentos, y le exigían que hiciera algo más. Y entonces ocurrió lo inexplicable: el muchacho se incorporó, dijo que le dolían todos los huesos, y se fue a su vivienda a pedirle un poco de árnica a su mamá. Los vecinos se miraban unos a otros sin saber qué hacer ni qué pensar (lo cual no es raro). Y fue necesario que el del 51 protestara por la indolencia de la enfermera para que empezaran a reaccionar. De nada valió que la mujer dijera que el muchacho estaba bien, que se había ido por su propio pie; ellos insistían en que era una inepta por no haberlo examinado a fondo, por no haber siquiera palpado sus miembros. La cosa empezaba a ponerse violenta, a pesar de que la Mocha declarara que había sido un milagro, y la enfermera ya se había atrincherado en el closet de las escobas para evitar una agresión. Pero entonces el portero dijo con voz tonante “¡Sí! Es un milagro. Pero un milagro de la medicina socializada”. No sé por qué, pero eso los calmó, y lo más que hicieron fue ir al 28 a preguntar cómo estaba el chavo. Los verdaderos estudiantes de la vecindad (que son dos o tres, nada más) no aceptaron ni la versión de la Mocha ni la del portero, y se pusieron  a cavilar (así como lo oyes). Ya entrada la madrugada, y después de consultar mucho Internet y algunos libros especializados, concluyeron que cuando un hombre cae al vacío sufre una especie de inconsciencia que hace que el cuerpo se relaje completamente, y que eso hace que el golpe no sea tan duro. Tu cree lo que quieras, pero así fue como ocurrieron las cosas. ¿Ciencia? ¿Religión? ¿Sentido común? Que lo averigüe otro, porque yo no estoy para esos trotes. Ah, la bandera la usó la del 53 para lavar el piso de su vivienda, porque se le había acabado la jerga. Te quiere  Cocatú 1 Contexto: Un alienígena arriba a la Ciudad de México y, convertido en gato, llega a vivir a una vecindad. Le escribe a Tora, quien lo espera en su planeta natal, sus impresiones sobre lo que ve en ese lugar. 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Para convertirnos en adultos debemos matar lo poco que del niño nos deja los dramáticos años de la adolescencia; si somos afortunados despedimos con honores al niño que fuimos, con gratitud inmensa y afinando todo aquello que fue ingrato, maduramos así, en la dulce nostalgia de un mundo que se fue y no volverá. Pero el juego persiste. Jugar es, pues, cosa seria; fortalece y anima, es opiáceo y también revitalizante, compromete lo mejor de cada uno porque implica una naturaleza desinteresada; es fascinante porque es aleccionador y, al mismo tiempo divertido; nos anula en el mundo que construye, pero nos hace mejores en el cerrado universo de sus reglas sin consecuencias; podemos seguir viviendo y manteniendo la cordura gracias al juego porque irrumpe en el espanto y en el drama de la vida suspendiendo el tiempo en tanto dura su ejercicio. Además de la limpieza y maestría de su ejecución, las letras de Julio Cortázar son inmensas porque son, fundamentalmente, un juego. Para muchos lectores el primer encuentro con Julio (lo llamo así, con el cariño y la intimidad con que se puede tratar a un amigo que nos ha acompañado desde los 16 años) es un antes y un después; no es mi caso y no porque no fuera el primer autor que leí, ni siquiera el primero que despertara mi admiración o mi pasión por su obra, sino porque con Alfonso Reyes, a quien descubrí al mismo tiempo, me reveló el gigantesco poder de las palabras para hacer más plena y más intensa la vida y se convirtió en santo y seña de mi mundo de obsesiones, goces, placeres y equívocos anhelos. Fue en 1986 cuando abrí por primera vez la primera página de Bestiario, en la sencilla edición de Nueva Imagen que compré con el dinero que me dio mi madre, en la vieja librería del Parque que ya no existe, como mi infancia, pero que dejó su huella cerca de la fuente de los espejos de Polanco. Si Julio no fue el primer autor que leí, sí puedo afirmar con certeza que fue el primero que releí y lo hice en el mismo instante que leí lo primero de sus gigantesco Bestiario, pues “Casa Tomada” la leí tres veces seguidas, la segunda para salir del pasmo y la tercera por puro gusto. Así, la suerte estaba echada y unos días después andaba con Glenda del brazo, el juego infinito había comenzado y aún continúa. Cuando un par de años después leí por primera vez Rayuela, la lectura no volvió a ser para mí nunca lo mismo; de ahí y hasta nuestros días leer sería un placer absoluto o no sería nada. En ese año brutal de mis dieciséis, apenas unos meses después del terremoto de la Ciudad de México, había saltado de Verne, Gibrán y Salgari a la literatura de verdad, no a la de los manuales que determinaban la letras casi infantiles, sino la que uno se fabrica solo en los anaqueles de la librerías. También en ese año había fallecido Borges, que se me reveló como un dios enorme pero hierático que me arrojó en brazos de Alfonso Reyes; así en ese año descubrí a Cortázar gracias a un profesor de literatura, Julio me lanzó a la poesía de Ernesto Cardenal, de tal manera que el día en que la fortuna quiso regalarme uno de los días más hermosos de mi existencia, estuve a su lado en una lectura de poesía que ofreció a los alumnos de la Facultad de Derecho de la UNAM con motivo de la imposición de la Medalla Isidro Fabela, en el año 2006. Justo veinte años después de mi primer encuentro con Julio, en aquel 2006 cuando ya no era un niño que soñaba con los personajes de Rayuela y de todos los juegos, pero que la vida quiso que esa tarde me sentara junto a uno de los más grandes poetas de nuestro tiempo, un hombre ejemplar en su bondad y que para mí era, en ese momento, un personaje de Julio que se había escapado de Apocalipsis en Solentiname y al que le pregunté su opinión sobre la poesía revolucionaria, no porque me preocupara, sino por el placer de escucharlo y que me respondió con casi las mismas palabras que usó Julio en su curso de literatura en Berkeley: la poesía, para ser revolucionaria, primero debe ser auténtica poesía. Estos alucinantes accidentes de la vida solo tienen sentido cuando alcanzamos a atisbar el hecho fundamental de que lo mejor de la existencia, como las letras de Cortázar, es el juego y el sentido lúdico con que hacemos las cosas que en realidad llamamos valiosas; por eso en tu cumpleaños, grandísimo cronopio, no puedo sino reírme de que hayas dictado un alucinante curso de literatura justo en Berkeley, aquella universidad americana a la que Alfonso Reyes dedicara uno de sus libros más juguetones y divertidos: Berkeleyana. Y así, como siempre, como cada vez que mi viejo ejemplar de Rayuela me lo reclama, vuelvo a las paginas de Julio, temeroso y ansioso al mismo tiempo de descubrir cuál es la siguiente jugada que me depara este cronópico divertimento al que llamamos vida y también literatura.   @cesarbc70" ["post_title"]=> string(41) "Julio Cortázar, la literatura como juego" ["post_excerpt"]=> string(0) "" ["post_status"]=> string(7) "publish" ["comment_status"]=> string(4) "open" ["ping_status"]=> string(4) "open" ["post_password"]=> string(0) "" ["post_name"]=> string(39) "julio-cortazar-la-literatura-como-juego" ["to_ping"]=> string(0) "" ["pinged"]=> string(0) "" ["post_modified"]=> string(19) "2021-06-29 09:46:23" ["post_modified_gmt"]=> string(19) "2021-06-29 14:46:23" ["post_content_filtered"]=> string(0) "" ["post_parent"]=> int(0) ["guid"]=> string(35) "https://ruizhealytimes.com/?p=67433" ["menu_order"]=> int(0) ["post_type"]=> string(4) "post" ["post_mime_type"]=> string(0) "" ["comment_count"]=> string(1) "0" ["filter"]=> string(3) "raw" } ["comment_count"]=> int(0) ["current_comment"]=> int(-1) ["found_posts"]=> int(21) ["max_num_pages"]=> float(11) ["max_num_comment_pages"]=> int(0) ["is_single"]=> bool(false) ["is_preview"]=> bool(false) ["is_page"]=> bool(false) ["is_archive"]=> bool(true) ["is_date"]=> bool(false) ["is_year"]=> bool(false) ["is_month"]=> bool(false) ["is_day"]=> bool(false) ["is_time"]=> bool(false) ["is_author"]=> bool(false) ["is_category"]=> bool(true) ["is_tag"]=> bool(false) ["is_tax"]=> bool(false) ["is_search"]=> bool(false) ["is_feed"]=> bool(false) ["is_comment_feed"]=> bool(false) ["is_trackback"]=> bool(false) ["is_home"]=> bool(false) ["is_privacy_policy"]=> bool(false) ["is_404"]=> bool(false) ["is_embed"]=> bool(false) ["is_paged"]=> bool(false) ["is_admin"]=> bool(false) ["is_attachment"]=> bool(false) ["is_singular"]=> bool(false) ["is_robots"]=> bool(false) ["is_favicon"]=> bool(false) ["is_posts_page"]=> bool(false) ["is_post_type_archive"]=> bool(false) ["query_vars_hash":"WP_Query":private]=> string(32) "e9f71d9c8fecb5be0fd95d6348a1555c" ["query_vars_changed":"WP_Query":private]=> bool(false) ["thumbnails_cached"]=> bool(false) ["stopwords":"WP_Query":private]=> NULL ["compat_fields":"WP_Query":private]=> array(2) { [0]=> string(15) "query_vars_hash" [1]=> string(18) "query_vars_changed" } ["compat_methods":"WP_Query":private]=> array(2) { [0]=> string(16) "init_query_flags" [1]=> string(15) "parse_tax_query" } }
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