CARTAS A TORA 217

Querida Tora: Las viejas de la vecindad andan muy inquietas desde hace tiempo. Sobre todo, desde que el portero las llamó “argüenderas” cuando lo del tesorero aquel que había impuesto, ¿te acuerdas? Tanto es así, que un...

19 de marzo, 2021

Querida Tora:

Las viejas de la vecindad andan muy inquietas desde hace tiempo. Sobre todo, desde que el portero las llamó “argüenderas” cuando lo del tesorero aquel que había impuesto, ¿te acuerdas? Tanto es así, que un día que estaban medio alebrestadas, la del 43 dijo que debían hablar con el portero y pedirles que les hiciera caso en todas las demandas que tienen. Y como no hace falta mucho para despertar sus impulsos emocionales, allá fueron en montón.

En cuanto las oyó acercarse, el portero dijo a gritos que no atendería a “tantas viejas desmandadas y groseras”; que nombraran una comisión con un objetivo específico, que era lo “decente”. Ni tardas ni perezosas, las señoras se juntaron y nombraron un “Colectivo de Mujeres Preocupadas por el Estado de los Lavaderos” (que ya tienen años destrozados y que no hay manera de que les arreglen.

En cuanto el portero oyó el nombre, dijo que ese asunto quedaba fuera de su jurisdicción, porque se necesitaba una cooperación que los vecinos se negaban a dar y que, por lo tanto, él no podía hacer nada. Las mujeres no se arrugaron, y formaron la “Alianza para Exigir al Portero que las Atendiera”. Fue peor, porque el portero dijo que su misión no era abrir la puerta, y que él era “Administrador” de la vecindad. Las señoras cambiaron el nombre a “Alianza por una Administración Honesta y Eficaz”. ¿Y qué crees? El portero se ofendió porque dijo que esa exigencia “implicaba que lo estaban acusando de deshonestidad, y que él no trataba con gente mentirosa y calumniadora”. Entonces, las viejas organizaron un “Colectivo de Mujeres en Busca del Desarrollo Equilibrador de las Diferencias Sociales”, que se topó con  la indiferencia absoluta del portero.

Ya desesperadas, las mujeres hicieron un llamamiento a una manifestación. ¿Y sabes qué hizo el portero? Mandó poner cortinas metálicas en puertas y ventanas de la portería, las aseguró con varios candados y se fue al cine con  la Flor. Pero dejó a sus guaruras para que “evitaran la comisión de actos vandálicos por parte de las manifestantes”.

El único acto vandálico que ocurrió fue que la muchacha del 13, que es una verdadera artista, dejó en las cortinas unos grafitis con la cara del portero en diferentes actitudes (todas parecidas a las de los tiranos más célebres de la Historia), que fueron muy celebrados por los manifestantes, porque estaban muy bien pintados (caricaturizados, debía decir; pero eso enojaría todavía más  al portero). El portero no llegó a ver los grafitis, porque los guaruras lograron despintarlos antes de que regresara (en el King’s lo entretuvieron para dar tiempo a los vecinos de tomar fotografías de los grafitis). De modo que cuando llegó, el portero entró a su casa como si nada hubiera pasado.




Sin embargo… Sin embargo, al día siguiente aparecieron en las paredes del patio reproducciones de esas fotografías. Y aunque los guaruras se apresuraron a desclavarlas, de la azotea cayeron más reproducciones. Y los niños se dedicaron  a hacer avioncitos con ellas y a aventarlas a la ventana de la recámara del portero, que “alguien” (léase la empleada de limpieza, cuya mano había sido convenientemente aceitada) abrió a tiempo. Al portero le dolió el estómago todo el día, y fueron en vano todos los tecitos que las obsequiosas vecinas le enviaron (aquí entre nos, les habían  añadido “algo” para intensificar los dolores). Pero el portero se las dio a su gato. No a mí, no te vayas a asustar, porque yo me di cuenta de la maniobra; pero el pobre gato casi muere esa noche (y no pienses mal de mí, pues no me di cuenta de lo que pasó, sino hasta que ya era demasiado tarde).

Las mujeres se cansaron de crear nuevas organizaciones para que el portero las atienda, y así se resolvió el “problema” (por el momento, al menos). ¿Pero no te parece feo que la autoridad máxima de la vecindad las ignore en esa forma? Y todo, por no hacer su trabajo y atenderlas como es debido. Con lo hábil que es darle el avión a todo el mundo…

Te quiere,

Cocatú

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Corazón de Costa Azul esperando  a que llegara el Padre Ángel para decir Misa. Cuando me vio, me preguntó qué andaba yo haciendo ahí si no era sábado  por la tarde. - Padre, vine a ver si puedo quitarle  cinco minutos después de la Misa. - ¿Te quieres confesar? - Ahorita no, padre; es otra cosa que puede esperar a que termine usted de oficiar la Misa. - Está bien, hijo, nos vemos aquí terminando la Misa. La iglesia de Costa Azul es muy bonita; es de estilo Art Deco tropical, muy sobria, y tras el altar hay una gran imagen del Sagrado Corazón de Jesús tallada en madera, con una altura de más de tres o cuatro metros, con los brazos abiertos abrazando a todos sus hijos-hermanos. Yo siempre escuchaba la Misa sentado sobre una banca de piedra que hay al exterior del templo para las Misas de fin de semana en las que hay más gente. Terminando la Misa fui a esperar al Padre a la sacristía. Al salir me dijo muy amablemente: - ¿Te quieres tomar un café? - Claro que sí, padre, donde usted diga. - Hay un café muy agradable y tranquilo en Almirante Ortiz Monasterio cerca de la panadería de Icacos,  ¿sabes dónde es? - Claro que sé padre, ahí compramos los vidrios que le encantan a toda la familia. - ¿A quién no,  hijo? Llegamos rápido al cafecito porque no está lejos Icacos de Costa Azul y no había tráfico. - Hijo, mientras pido el café, ¿por qué no me regalas un par de vidrios? - ¡Claro, padre! –fui con el Señor Salas por cuatro vidrios–. Al regresar ya estaban servidos dos cafés humeantes que  olían delicioso. - Aquí están los vidrios, padre. - Gracias, hijo, y ahora dime ¿en qué te puedo ayudar? - No me vaya a regañar, Padre, pero quiero pedirle un favor que la verdad me da pena. - ¿Pues qué cosa horrible quieres que haga por ti? - No, padre, es que no sé qué santa se celebra el día que nací. El padre Angel se puso a reír como monaguillo diciéndome que no lo podía creer. - ¿Cómo es posible hijo querido que no sepas qué santo se conmemora el día que naciste? - ¿Y cómo sabes que es santa y no santo? - Una amiga mía me lo dijo, pero no  me  quiso decir quién es mi santa  patrona; me dijo que le preguntara yo a usted. - ¿Y quién es esa amiga tuya? - Doña Rosita Salas, la dueña del  hotel  El Faro. - ¡Ah que caray!, esa si es sorpresa, hijo. Yo conozco bien a Doña Rosita Salas, de repente va a Misa a la iglesia de Cristo Rey, o la veo en la Catedral que es donde va más seguido. ¿Y tú de que la conoces? - Pues de puro metiche padre;  siempre hemos ido mucho al Mirador para cenar en La Perla o  ver los clavadistas,  y paseando por la plaza un día fuera de El Faro vi un par de placas de bronce que conmemoraban tanto El Faro como El Mirador y decían que Don Carlos Barnard había sido el precursor del desarrollo de Acapulco.Y entré al hotel para ver cómo era por dentro, porque se veía bonito  y al  parecer era antiguo. - Antiguo si es hijo, debe ser como de los años 30, más o menos del mismo tiempo que comenzó El Mirador. - Pues al entrar vi un foto-mural muy grande con un grupo de personas entre las que se veía una joven muy bonita,  con el  pelo negro muy brillante formando dos chongos trenzados a ambos lados de la cabeza. Entonces le dije  al amigo que iba conmigo, que se fijara en esa chica tan bonita; en ese momento, desde atrás alguien jalo mi camisa y al  voltear vi a una señora muy bonita que me dijo que esa joven  era ella. Era doña Rosita Salas; desde entonces nos hicimos amigos. - ¿Y ella te dijo que me preguntaras a mí por tu santa patrona? - Así es. - Está bien hijo,  ¿cuándo naciste? - El 14 de marzo de 1951. - ¡Caray Pequitos, tienes una santa patrona con la vara muy alta! Fue una princesa alemana de Franconia en el primer milenio del cristianismo, no recuerdo el año exactamente, pero fue una noble mujer muy virtuosa. - ¿Pero cómo se llamaba? - ¡De veras!, se llamaba Matilde Von  Ringelheim. Debo haber puesto una cara de llamar la atención, porque el padre Angel me dijo: - De verdad me sorprende que no lo supieras, no es nada malo, pero de verdad tuvo una vida excepcional en la que sus títulos nobiliarios y su fortuna no le impidieron dedicarse a Dios y a hacer mucho bien. Me da mucho gusto haberme dado esta escapadita contigo, hijo. Si andas por aquí el sábado en la tarde, ayúdame con las lecturas en la Misa de 6.30 en la Capilla de la Paz. - Claro que sí padre, ahí nos vemos el sábado Dios mediante. - ¿Me das aventón de regreso  a Costa Azul, hijo? - A donde usted diga, padre. Llegando a la glorieta frente a la iglesia, cuando el padre se  bajó del coche, yo también, y entonces me dijo con cariño: - Te doy tu bendición, Pequitos; salúdame a Doña Rosita. - De su parte padre, con mucho gusto, y muchas gracias. - Rézale a tu santa patrona hijito, no lo olvides. - No, padre, y muchas gracias de nuevo. Cuando el padre Ángel me dijo que mi santa patrona es Matilda, Matilda Von Ringelheim, de inmediato comenzaron los  pensamientos a correr por mi mente, pero aparte de la coincidencia entre mi cumpleaños y el santo de Matilda Claymon, no encontraba yo nada más. Necesitaba ir a algún lugar donde pudiera tomarme otro café y pensar con calma y lo  más ordenadamente posible. En el Hotel Misión, allá por el centro, podría yo estar tranquilo bajo la sombra de sus mangos tomándome un café  haciendo tiempo para no llegar al Faro demasiado temprano. Llegué al Misión y muy amablemente me ofrecieron mi café servido en sus hermosas tazas de talavera, tomé asiento en una de sus inigualables mecedoras de varas, y finalmente pude ponerme a conjeturar la “coincidencia”  entre el nombre de Matilda y la fecha de mi nacimiento. Esta coincidencia no explicaba por sí sola la inscripción del día de mi nacimiento en la baldosa del palmar. ¿Pero a quién se le habría ocurrido grabar 14 de marzo de 1951 precisamente ahí? ¿A quién y por qué?  Esa baldosa no tenía explicación posible aisladamente; tenía que haber alguna razón para que alguien grabara exactamente esa fecha ahí. Al quién y al por qué, se tendría que agregar el cuándo. Me ofrecieron otra taza de café, pero ya había tomado suficiente; agradecí y pedí la cuenta. Alrededor de las doce y media del mediodía llegué al Faro y para mi buena suerte, ahí estaba Doña Rosita, platicando fuera del hotel con unos turistas americanos a los que les estaba contando de los clavadistas. Cuando me vio llegar, me hizo señal de que pasara al vestíbulo a esperarla un poquito. Cinco minutos después, entró diciéndome: - ¿Ya sabes quién es tu santa patrona? - Sí, es Santa Matilda Von Ringelheim. - ¿Te das cuenta hijo? - Realmente no, Doña Rosita; ¿de qué me podría dar cuenta? - Darte cuenta de que la fecha de tu nacimiento en la baldosa es la señal más clara de que tenías que llegar a esa casa alguna vez. Pero no nada más es la fecha de tu nacimiento sino la fecha del santo de Matilda,  y si reunimos las señales que has ido  encontrando,  todas regresan a esa inscripción en la baldosa. Si nada más hubiera estado inscrito el 14 de marzo sin precisar el año o señalando cualquier otro año, por mucho que coincidiera, no sería claramente relacionado contigo. Pero al haberse grabado precisamente la fecha del día que naciste, creo humildemente, que  es lo más  parecido  a una invitación personal dirigida a ti. ¿A cuántas otras casas has pedido entrar en Acapulco? - A ninguna otra. La vista de Doña Rosita se perdió de repente dando la impresión de que se hubiera ausentado; estuvo pensativa unos instantes, luego comenzó a pensar en voz alta. - Date cuenta que todas esas cosas que Don Marcelino y su esposa encontraron en Los Olvidos, no eran  basura ni  objetos sin importancia que hayan sido dejados atrás en una mudanza. Según me dijiste, ellos los fueron encontrando después de haber limpiado toda la casa de arriba abajo cuando no habían visto absolutamente nada. Esas señales no se las dejaron ni a  Marcelino ni a su esposa. Unos diarios,  unas cartas y postales, todas en inglés solamente tienen sentido si quien decidió dejarlos ahí, sabía que llegarían a las manos de su destinatario, un destinatario que podría leerlas  y hasta ahora, creo que el único visitante de Los Olvidos eres tú. Por cierto hijito, ¿Dónde aprendiste inglés?  - ¿No le he contado, Doña Rosita? - No m’ijo; no me has dicho; pero dime ahora. - Estuve interno en un colegio militar en Estados Unidos desde 1959 a 1963; regresé a México pocos días después de que mataron al presidente Kennedy. - Nunca me habías dicho. ¿Y qué tal estuvo? Cuando Doña Rosita me preguntó qué tal había estado, mi vista de perdió en el vacío de los recuerdos; pasaron frente a mí muchos momentos que creía olvidados; el día que me fui de México al internado, los detalles del viaje primero a Nueva York, luego a Washington y finalmente a Linton  Hall en Virginia. Mi primera noche en el dormitorio, y luego la desaparición del tiempo que un día sin avisar, dejó de transcurrir; dejó de transcurrir porque dejé de vivir en función de regresar algún día. La voz de Doña Rosita me trajo de regreso al Faro: - ¡Hijito! ¿Dónde andas? - Perdón, Doña Rosita, me perdí con su pregunta. Ya no insistió en saber cómo me había ido. Se quedó viéndome con un aire de ternura y retomó la conversación.  - Ayer dijiste que quién sabe dónde habrá ido a dar mi niña Matilda, pero yo creo que la forma de averiguarlo es revisar el contenido de esas dos cajas de cartón que te esperan en Los Olvidos. No se trata de los últimos dos o tres meses Pequitos, te ha tomado muchos años acercarte  ahí, porque me has dicho que desde la casa Ralph es  donde comenzaste a fijarte en esa casa; luego te fuiste al internado y cuando volviste a venir a Acapulco, seguiste intrigado y atraído a tal grado, que un buen día decidiste llamar a su puerta y pedir que te dejaran entrar. Si estuviéramos limitados por las reglas del tiempo lineal, no tendría explicación posible   que estés tan ligado a esa casa desde niño.  Estoy hablando demasiado hijito; ya se me pasó la  mano. - Para nada, Doña Rosita; lo que dice tiene mucho sentido y además me encanta escucharla. - Está bien hijito;  entonces nada más ten en cuenta que ni yo ni Marcelino ni nadie que yo imagine, puede decirte por qué motivo está grabada la fecha de tu nacimiento en Los Olvidos. Te aconsejo que te lo tomes con calma y que te asomes a los diarios que no has leído, a los álbumes que no has querido ver. No es algo que puedas hacer a la carrera; no puedes irte corriendo ahorita a Los Olvidos a hojear deprisa todo lo que no has visto y regresarte conmigo trayéndome Yolis para que yo te resuelva las dudas. De ti depende seguir las señales que se te han dado desde que entraste a Los Olvidos, o no seguirlas. Esa decisión solo tú  la puedes tomar y nadie te lo  puede impedir ni reprochar.  Ya recorriste un camino que no imaginaste que recorrerías; hace algunos meses, Los Olvidos para ti, era una casa enigmática sobre la saliente de los acantilados, oculta detrás de su palmar; pero ya entraste y todo cambió para ti. No has querido mirar los álbumes, pero a pesar de eso, dos fotografías en las que sale Matilda, han encontrado la forma de que las vieras. Gracias a que me trajiste el primer retrato que encontraste de Matilda, pude decirte quién era M.C. Lo único que me queda claro, hijito, es que desde que  fuiste a Los Olvidos y entraste,  te has compenetrado de sus secretos; de ser un espectador te has convertido en protagonista; de ser un rastreador de señales, te has vuelto parte de su historia. No a mucha gente le pasan estas cosas; no hay muchos  tan afortunados como tú. Ya te dije,  chiquito, tómatelo con calma; te aconsejo que cuando puedas y quieras, vayas a Los Olvidos y revises los diarios que no has visto y te asomes a los álbumes. Y ahora, mi niño, ya te dejo de perorar porque ya hablé demasiado. - Usted nunca habla de más,  Doña Rosita.  Siempre que la escucho, me hace bien y me aclara, y al aclararme, me da mucha tranquilidad. Voy a seguir su consejo; voy a ir con calma a Los Olvidos,  voy a platicar con Don Marcelino y a revisar lo que no he visto. - ¿Puedo venir a verla? - Tú no me tienes que pedir permiso  para venir a verme, niño. Ya te dije que aunque me des tanta lata, te quiero mucho. Ven todo lo que quieras, pero eso sí, siempre y cuando me traigas mis Yolis heladas. Salí del Faro como a las tres y media de la tarde. Estaba un poco cansado. Decidí irme directo al Pierre Marqués para estar tranquilo hasta que se pusiera el sol. Llegué poco más de media hora después, saludé a las señoritas de la recepción, y pedí una copa de vino blanco en el bar para luego dirigirme a uno de los toldos,  sentarme a ver el mar y ordenar mis ideas. Al ir apagándose la tarde, el mar se convertía en un caleidoscopio de tonalidades caprichosas; no hacía calor y corría una  brisa deliciosa. Estaba yo  distraído cuando escuché acercarse  cantando la inconfundible voz de un señor  en la playa desde muchos años atrás; había ido perdiendo la vista y ahora lo ayudaba un nietecito suyo que recogía lo que su abuelito ganaba por cantar. Cuando se acercaron donde yo estaba, lo saludé y reconoció mi voz.  - Hola joven, ¿cómo ha estado? - Bien Don Pano, ¿y usted? - Aquí cantando como siempre; ya ve usted que ahora me acompaña mi nietecito, se llama  Ricardo. - Hola Ricardo. - Hola joven. - ¿Se quiere sentar aquí tantito, Don Pano? - Sí joven,  con mucho gusto. - ¿Quieren tomar algo? - No joven, muchas gracias. - Con confianza Don Pano; ¿tu Ricardo, quieres un refresco? El pequeño le preguntó a su abuelito que le dio permiso. - ¿Puedo pedir una Pepsi? - Claro que sí.  - Le pedí al joven que atendía en los toldos que, por favor, trajera otra copa de vino blanco y una Pepsi para el niñito. - ¿Qué anda haciendo por aquí, joven? - Lo de siempre, enamorado de Acapulco. - ¿Nada más de Acapulco? De pronto no supe qué contestarle, pensando que era la clásica conversación ligera como para pasar el rato sin más, pero Don Pano,  que a pesar de su invidencia, sí veía, interpretó mi silencio y esbozando una sonrisa luminosa, me dijo: - O sea mi joven, que no nada más está enamorado de Acapulco; ya hay alguien más… - La verdad no sé,  Don Marcelo, entre otras cosas por eso vine a la playa, para poner en orden la cabeza. - Ay querido joven,  cuando el corazón entra en acción, lo mejor es seguirlo porque los sentimientos no se gobiernan con la cabeza, no  se piensan, se sienten. - ¿Quiere que le cante su “bésame mucho”? Entre Don Pano  y yo se había hecho toda una tradición siempre que nos veíamos, que cantara esa canción de Consuelito Velázquez. Se la había yo oído cantar a todos los cantantes  imaginables, pero ninguno la cantaba como Don Pano con su guitarra y acompañado por el coro de las olas. 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Usted, amable lector, seguramente ha leído algún post, nota, artículo o libro que lleve por título algo similar a lo anterior.  Cada vez que alguien propone la destrucción como la solución a cierto problema de la sociedad, recuerdo La naranja mecánica de Anthony Burgess. Al leer este título, lo más probable es que recordemos la película de 1971, dirigida por Stanley Kubrick y estelarizada por Malcolm McDowell. Es una película cuyos valores cinematográficos innegables la volvieron un clásico del séptimo arte y que merecería, por sí misma, varios artículos.  Sin embargo, hoy no deseo hablarles de la película, sino del final de la novela, el cual no aparece en la adaptación de Kubrick. ¿Recuerda usted el final del filme? ¿Ese en el que Alex, el protagonista, dice con un tono algo ambiguo “sí, yo ya estaba curado” y parece volver a su antigua vida de violencia? Ese no fue el final que Anthony Burgess, escritor británico, dio al personaje de Alex DeLarge en su obra. La permanencia de la historia “truncada” en la memoria colectiva se debe a que Kubrick adaptó la versión estadounidense de la novela. En esta versión, el final original fue eliminado por el editor, al considerarlo “poco realista” y “poco atractivo” para los lectores norteamericanos.  La novela fue escrita, de acuerdo con las propias palabras de Burgess, en un lapso de tres semanas con el fin de ganar un poco de dinero. La obra fue publicada en 1962 y narra la historia de Alex DeLarge, un adolescente amante de la música de Ludwig van Beethoven y líder de la banda formada por él y sus amigos Dim, Georgie y Pete. Los jóvenes asisten, noche tras noche, al bar lácteo Korova a beber moloko-plus (leche adicionada con drogas). Después de tomar esta bebida, el grupo sale a las calles a realizar actos aleatorios de “ultraviolencia”. La espiral de destrucción que comienza con robos y golpizas a transeúntes inocentes rápidamente se transforma en una vorágine delictiva sin freno.  Alex DeLarge es detenido y condenado a prisión después de una violación que termina en asesinato. En prisión, el antiguo líder será sujeto a una novedosa terapia experimental de aversión desarrollada por el gobierno cuyo fin es quitarle todos los impulsos violentos.   No le cuento más para que experimente usted mismo la travesía de Alex si es que aún no ha visto la película o leído el libro. Le recomiendo que busque alguna de las dos opciones y si puede conseguir ambas, mejor.   ¿Una novela o una fábula? La historia narrada en La naranja mecánica es más profunda que el nadsat (la jerga juvenil, conformada en su mayoría por palabras de origen ruso) o los actos de “ultraviolencia” que cometen los adolescentes. Burgess nos presenta varias cuestiones al final de la novela: ¿es aceptable la intromisión de la ciencia para modificar la conducta humana? ¿Es ético que el gobierno utilice a los individuos como conejillos de indias usando como pretexto del “bien común”? Sin embargo, la cuestión que me gustaría comentar es la que se expone en el último capítulo de la versión inglesa original. En un prefacio a la edición de 1986 de la novela, Burgess escribió lo siguiente al respecto de la omisión del capítulo final, el número veintiuno, en la adaptación cinematográfica:    El capítulo veintiuno concede a la novela una cualidad de ficción genuina, un arte asentado sobre el principio de que los seres humanos cambian. De hecho, no tiene demasiado sentido escribir una novela a menos que pueda mostrarse la posibilidad de una transformación moral o un aumento de sabiduría que opera en el personaje o personajes principales. Incluso los malos bestsellers muestran a la gente cambiando. Cuando una obra de ficción no consigue mostrar el cambio, cuando solo muestra el carácter humano como algo rígido, pétreo, impenitente, abandona el campo de la novela y entra en la fábula o la alegoría. La naranja mecánica norteamericana o de Kubrick es una fábula; la británica o mundial es una novela. Anthony Burgess, de acuerdo con sus propias palabras, termina su novela en el capítulo veintiuno porque este número representa el momento de la madurez humana plena. En dicho capítulo, se nos muestra a un Alex DeLarge que ya no encuentra satisfacción en los actos de violencia. Un cambio se gestó dentro de él: desea un mejor futuro que el que la destrucción sin sentido puede ofrecerle. Alex piensa en formar una familia. Construir, por fin lo comprende el protagonista, es la única forma de labrarse un mejor futuro.  Actualmente, nos encontramos en una encrucijada similar a la del drugo Alex. Vivimos en una época cuyas condiciones sociales, políticas y económicas nos han llevado a pensar que la destrucción es el camino más adecuado para la sociedad. Solo es necesario abrir cualquier periódico para darse cuenta de esta mentalidad: “Destruir… (lugares, instituciones, personajes públicos y un largo etcétera) parece ser la orden del día en las agendas de diferentes grupos”. Es entendible esta posición, que apela a nuestra parte adolescente: para atraer adeptos a alguna causa en particular, siempre es más atractivo llamar a la gente a quemar un puente que convocarla para construir uno.  Las redes sociales son un ejemplo perfecto de esto, ya que ahí encontramos un volumen enorme de críticas negativas, burlas o memes que pretenden “destruir” a cualquier ente con el que no se esté de acuerdo. Una pregunta que debemos hacernos en el aquí y ahora es, ¿qué tanta energía y tiempo estamos dispuestos a utilizar para construir algo valioso en lugar de desperdiciarla en destruir? Destruir algo es cosa de segundos; construir lo que sea, en cambio, puede tardar meses, años o décadas y requiere de madurez y paciencia. Esta es una verdad de Perogrullo, pero que muchas veces olvidamos, especialmente en una sociedad obsesionada con la satisfacción que provoca la inmediatez moderna (con entregas de artículos “al día siguiente” y demás servicios ultrarrápidos). Destruir nos permite liberar temporalmente nuestras frustraciones y nuestra ira, pero en la resaca únicamente encontraremos vacío y aislamiento. Construir, en la faceta que sea, al contrario: nos llena y nos hace humanos.  Esta disyuntiva es la que se encuentra Alex DeLarge al final de la novela: si decide hacerse más humano o convertirse en un agente de destrucción perene. El momento actual nos pide a gritos hacer esa misma elección. Decantarnos por una opción u otra, en gran parte, decidirá el futuro que tendremos como personas y como sociedad. Así que, estimado lector, ¿con cuál Alex DeLarge se identifica usted: con el de la película o con el del filme?" 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Cuando me vio, me preguntó qué andaba yo haciendo ahí si no era sábado  por la tarde. - Padre, vine a ver si puedo quitarle  cinco minutos después de la Misa. - ¿Te quieres confesar? - Ahorita no, padre; es otra cosa que puede esperar a que termine usted de oficiar la Misa. - Está bien, hijo, nos vemos aquí terminando la Misa. La iglesia de Costa Azul es muy bonita; es de estilo Art Deco tropical, muy sobria, y tras el altar hay una gran imagen del Sagrado Corazón de Jesús tallada en madera, con una altura de más de tres o cuatro metros, con los brazos abiertos abrazando a todos sus hijos-hermanos. Yo siempre escuchaba la Misa sentado sobre una banca de piedra que hay al exterior del templo para las Misas de fin de semana en las que hay más gente. Terminando la Misa fui a esperar al Padre a la sacristía. Al salir me dijo muy amablemente: - ¿Te quieres tomar un café? - Claro que sí, padre, donde usted diga. - Hay un café muy agradable y tranquilo en Almirante Ortiz Monasterio cerca de la panadería de Icacos,  ¿sabes dónde es? - Claro que sé padre, ahí compramos los vidrios que le encantan a toda la familia. - ¿A quién no,  hijo? Llegamos rápido al cafecito porque no está lejos Icacos de Costa Azul y no había tráfico. - Hijo, mientras pido el café, ¿por qué no me regalas un par de vidrios? - ¡Claro, padre! –fui con el Señor Salas por cuatro vidrios–. Al regresar ya estaban servidos dos cafés humeantes que  olían delicioso. - Aquí están los vidrios, padre. - Gracias, hijo, y ahora dime ¿en qué te puedo ayudar? - No me vaya a regañar, Padre, pero quiero pedirle un favor que la verdad me da pena. - ¿Pues qué cosa horrible quieres que haga por ti? - No, padre, es que no sé qué santa se celebra el día que nací. El padre Angel se puso a reír como monaguillo diciéndome que no lo podía creer. - ¿Cómo es posible hijo querido que no sepas qué santo se conmemora el día que naciste? - ¿Y cómo sabes que es santa y no santo? - Una amiga mía me lo dijo, pero no  me  quiso decir quién es mi santa  patrona; me dijo que le preguntara yo a usted. - ¿Y quién es esa amiga tuya? - Doña Rosita Salas, la dueña del  hotel  El Faro. - ¡Ah que caray!, esa si es sorpresa, hijo. Yo conozco bien a Doña Rosita Salas, de repente va a Misa a la iglesia de Cristo Rey, o la veo en la Catedral que es donde va más seguido. ¿Y tú de que la conoces? - Pues de puro metiche padre;  siempre hemos ido mucho al Mirador para cenar en La Perla o  ver los clavadistas,  y paseando por la plaza un día fuera de El Faro vi un par de placas de bronce que conmemoraban tanto El Faro como El Mirador y decían que Don Carlos Barnard había sido el precursor del desarrollo de Acapulco.Y entré al hotel para ver cómo era por dentro, porque se veía bonito  y al  parecer era antiguo. - Antiguo si es hijo, debe ser como de los años 30, más o menos del mismo tiempo que comenzó El Mirador. - Pues al entrar vi un foto-mural muy grande con un grupo de personas entre las que se veía una joven muy bonita,  con el  pelo negro muy brillante formando dos chongos trenzados a ambos lados de la cabeza. Entonces le dije  al amigo que iba conmigo, que se fijara en esa chica tan bonita; en ese momento, desde atrás alguien jalo mi camisa y al  voltear vi a una señora muy bonita que me dijo que esa joven  era ella. Era doña Rosita Salas; desde entonces nos hicimos amigos. - ¿Y ella te dijo que me preguntaras a mí por tu santa patrona? - Así es. - Está bien hijo,  ¿cuándo naciste? - El 14 de marzo de 1951. - ¡Caray Pequitos, tienes una santa patrona con la vara muy alta! Fue una princesa alemana de Franconia en el primer milenio del cristianismo, no recuerdo el año exactamente, pero fue una noble mujer muy virtuosa. - ¿Pero cómo se llamaba? - ¡De veras!, se llamaba Matilde Von  Ringelheim. Debo haber puesto una cara de llamar la atención, porque el padre Angel me dijo: - De verdad me sorprende que no lo supieras, no es nada malo, pero de verdad tuvo una vida excepcional en la que sus títulos nobiliarios y su fortuna no le impidieron dedicarse a Dios y a hacer mucho bien. Me da mucho gusto haberme dado esta escapadita contigo, hijo. Si andas por aquí el sábado en la tarde, ayúdame con las lecturas en la Misa de 6.30 en la Capilla de la Paz. - Claro que sí padre, ahí nos vemos el sábado Dios mediante. - ¿Me das aventón de regreso  a Costa Azul, hijo? - A donde usted diga, padre. Llegando a la glorieta frente a la iglesia, cuando el padre se  bajó del coche, yo también, y entonces me dijo con cariño: - Te doy tu bendición, Pequitos; salúdame a Doña Rosita. - De su parte padre, con mucho gusto, y muchas gracias. - Rézale a tu santa patrona hijito, no lo olvides. - No, padre, y muchas gracias de nuevo. Cuando el padre Ángel me dijo que mi santa patrona es Matilda, Matilda Von Ringelheim, de inmediato comenzaron los  pensamientos a correr por mi mente, pero aparte de la coincidencia entre mi cumpleaños y el santo de Matilda Claymon, no encontraba yo nada más. Necesitaba ir a algún lugar donde pudiera tomarme otro café y pensar con calma y lo  más ordenadamente posible. En el Hotel Misión, allá por el centro, podría yo estar tranquilo bajo la sombra de sus mangos tomándome un café  haciendo tiempo para no llegar al Faro demasiado temprano. Llegué al Misión y muy amablemente me ofrecieron mi café servido en sus hermosas tazas de talavera, tomé asiento en una de sus inigualables mecedoras de varas, y finalmente pude ponerme a conjeturar la “coincidencia”  entre el nombre de Matilda y la fecha de mi nacimiento. Esta coincidencia no explicaba por sí sola la inscripción del día de mi nacimiento en la baldosa del palmar. ¿Pero a quién se le habría ocurrido grabar 14 de marzo de 1951 precisamente ahí? ¿A quién y por qué?  Esa baldosa no tenía explicación posible aisladamente; tenía que haber alguna razón para que alguien grabara exactamente esa fecha ahí. Al quién y al por qué, se tendría que agregar el cuándo. Me ofrecieron otra taza de café, pero ya había tomado suficiente; agradecí y pedí la cuenta. Alrededor de las doce y media del mediodía llegué al Faro y para mi buena suerte, ahí estaba Doña Rosita, platicando fuera del hotel con unos turistas americanos a los que les estaba contando de los clavadistas. Cuando me vio llegar, me hizo señal de que pasara al vestíbulo a esperarla un poquito. Cinco minutos después, entró diciéndome: - ¿Ya sabes quién es tu santa patrona? - Sí, es Santa Matilda Von Ringelheim. - ¿Te das cuenta hijo? - Realmente no, Doña Rosita; ¿de qué me podría dar cuenta? - Darte cuenta de que la fecha de tu nacimiento en la baldosa es la señal más clara de que tenías que llegar a esa casa alguna vez. Pero no nada más es la fecha de tu nacimiento sino la fecha del santo de Matilda,  y si reunimos las señales que has ido  encontrando,  todas regresan a esa inscripción en la baldosa. Si nada más hubiera estado inscrito el 14 de marzo sin precisar el año o señalando cualquier otro año, por mucho que coincidiera, no sería claramente relacionado contigo. Pero al haberse grabado precisamente la fecha del día que naciste, creo humildemente, que  es lo más  parecido  a una invitación personal dirigida a ti. ¿A cuántas otras casas has pedido entrar en Acapulco? - A ninguna otra. La vista de Doña Rosita se perdió de repente dando la impresión de que se hubiera ausentado; estuvo pensativa unos instantes, luego comenzó a pensar en voz alta. - Date cuenta que todas esas cosas que Don Marcelino y su esposa encontraron en Los Olvidos, no eran  basura ni  objetos sin importancia que hayan sido dejados atrás en una mudanza. Según me dijiste, ellos los fueron encontrando después de haber limpiado toda la casa de arriba abajo cuando no habían visto absolutamente nada. Esas señales no se las dejaron ni a  Marcelino ni a su esposa. Unos diarios,  unas cartas y postales, todas en inglés solamente tienen sentido si quien decidió dejarlos ahí, sabía que llegarían a las manos de su destinatario, un destinatario que podría leerlas  y hasta ahora, creo que el único visitante de Los Olvidos eres tú. Por cierto hijito, ¿Dónde aprendiste inglés?  - ¿No le he contado, Doña Rosita? - No m’ijo; no me has dicho; pero dime ahora. - Estuve interno en un colegio militar en Estados Unidos desde 1959 a 1963; regresé a México pocos días después de que mataron al presidente Kennedy. - Nunca me habías dicho. ¿Y qué tal estuvo? Cuando Doña Rosita me preguntó qué tal había estado, mi vista de perdió en el vacío de los recuerdos; pasaron frente a mí muchos momentos que creía olvidados; el día que me fui de México al internado, los detalles del viaje primero a Nueva York, luego a Washington y finalmente a Linton  Hall en Virginia. Mi primera noche en el dormitorio, y luego la desaparición del tiempo que un día sin avisar, dejó de transcurrir; dejó de transcurrir porque dejé de vivir en función de regresar algún día. La voz de Doña Rosita me trajo de regreso al Faro: - ¡Hijito! ¿Dónde andas? - Perdón, Doña Rosita, me perdí con su pregunta. Ya no insistió en saber cómo me había ido. Se quedó viéndome con un aire de ternura y retomó la conversación.  - Ayer dijiste que quién sabe dónde habrá ido a dar mi niña Matilda, pero yo creo que la forma de averiguarlo es revisar el contenido de esas dos cajas de cartón que te esperan en Los Olvidos. No se trata de los últimos dos o tres meses Pequitos, te ha tomado muchos años acercarte  ahí, porque me has dicho que desde la casa Ralph es  donde comenzaste a fijarte en esa casa; luego te fuiste al internado y cuando volviste a venir a Acapulco, seguiste intrigado y atraído a tal grado, que un buen día decidiste llamar a su puerta y pedir que te dejaran entrar. Si estuviéramos limitados por las reglas del tiempo lineal, no tendría explicación posible   que estés tan ligado a esa casa desde niño.  Estoy hablando demasiado hijito; ya se me pasó la  mano. - Para nada, Doña Rosita; lo que dice tiene mucho sentido y además me encanta escucharla. - Está bien hijito;  entonces nada más ten en cuenta que ni yo ni Marcelino ni nadie que yo imagine, puede decirte por qué motivo está grabada la fecha de tu nacimiento en Los Olvidos. Te aconsejo que te lo tomes con calma y que te asomes a los diarios que no has leído, a los álbumes que no has querido ver. No es algo que puedas hacer a la carrera; no puedes irte corriendo ahorita a Los Olvidos a hojear deprisa todo lo que no has visto y regresarte conmigo trayéndome Yolis para que yo te resuelva las dudas. De ti depende seguir las señales que se te han dado desde que entraste a Los Olvidos, o no seguirlas. Esa decisión solo tú  la puedes tomar y nadie te lo  puede impedir ni reprochar.  Ya recorriste un camino que no imaginaste que recorrerías; hace algunos meses, Los Olvidos para ti, era una casa enigmática sobre la saliente de los acantilados, oculta detrás de su palmar; pero ya entraste y todo cambió para ti. No has querido mirar los álbumes, pero a pesar de eso, dos fotografías en las que sale Matilda, han encontrado la forma de que las vieras. Gracias a que me trajiste el primer retrato que encontraste de Matilda, pude decirte quién era M.C. Lo único que me queda claro, hijito, es que desde que  fuiste a Los Olvidos y entraste,  te has compenetrado de sus secretos; de ser un espectador te has convertido en protagonista; de ser un rastreador de señales, te has vuelto parte de su historia. No a mucha gente le pasan estas cosas; no hay muchos  tan afortunados como tú. Ya te dije,  chiquito, tómatelo con calma; te aconsejo que cuando puedas y quieras, vayas a Los Olvidos y revises los diarios que no has visto y te asomes a los álbumes. Y ahora, mi niño, ya te dejo de perorar porque ya hablé demasiado. - Usted nunca habla de más,  Doña Rosita.  Siempre que la escucho, me hace bien y me aclara, y al aclararme, me da mucha tranquilidad. Voy a seguir su consejo; voy a ir con calma a Los Olvidos,  voy a platicar con Don Marcelino y a revisar lo que no he visto. - ¿Puedo venir a verla? - Tú no me tienes que pedir permiso  para venir a verme, niño. Ya te dije que aunque me des tanta lata, te quiero mucho. Ven todo lo que quieras, pero eso sí, siempre y cuando me traigas mis Yolis heladas. Salí del Faro como a las tres y media de la tarde. Estaba un poco cansado. Decidí irme directo al Pierre Marqués para estar tranquilo hasta que se pusiera el sol. Llegué poco más de media hora después, saludé a las señoritas de la recepción, y pedí una copa de vino blanco en el bar para luego dirigirme a uno de los toldos,  sentarme a ver el mar y ordenar mis ideas. Al ir apagándose la tarde, el mar se convertía en un caleidoscopio de tonalidades caprichosas; no hacía calor y corría una  brisa deliciosa. Estaba yo  distraído cuando escuché acercarse  cantando la inconfundible voz de un señor  en la playa desde muchos años atrás; había ido perdiendo la vista y ahora lo ayudaba un nietecito suyo que recogía lo que su abuelito ganaba por cantar. Cuando se acercaron donde yo estaba, lo saludé y reconoció mi voz.  - Hola joven, ¿cómo ha estado? - Bien Don Pano, ¿y usted? - Aquí cantando como siempre; ya ve usted que ahora me acompaña mi nietecito, se llama  Ricardo. - Hola Ricardo. - Hola joven. - ¿Se quiere sentar aquí tantito, Don Pano? - Sí joven,  con mucho gusto. - ¿Quieren tomar algo? - No joven, muchas gracias. - Con confianza Don Pano; ¿tu Ricardo, quieres un refresco? El pequeño le preguntó a su abuelito que le dio permiso. - ¿Puedo pedir una Pepsi? - Claro que sí.  - Le pedí al joven que atendía en los toldos que, por favor, trajera otra copa de vino blanco y una Pepsi para el niñito. - ¿Qué anda haciendo por aquí, joven? - Lo de siempre, enamorado de Acapulco. - ¿Nada más de Acapulco? De pronto no supe qué contestarle, pensando que era la clásica conversación ligera como para pasar el rato sin más, pero Don Pano,  que a pesar de su invidencia, sí veía, interpretó mi silencio y esbozando una sonrisa luminosa, me dijo: - O sea mi joven, que no nada más está enamorado de Acapulco; ya hay alguien más… - La verdad no sé,  Don Marcelo, entre otras cosas por eso vine a la playa, para poner en orden la cabeza. - Ay querido joven,  cuando el corazón entra en acción, lo mejor es seguirlo porque los sentimientos no se gobiernan con la cabeza, no  se piensan, se sienten. - ¿Quiere que le cante su “bésame mucho”? Entre Don Pano  y yo se había hecho toda una tradición siempre que nos veíamos, que cantara esa canción de Consuelito Velázquez. Se la había yo oído cantar a todos los cantantes  imaginables, pero ninguno la cantaba como Don Pano con su guitarra y acompañado por el coro de las olas. 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