CARTAS A TORA 215

Querida Tora: ¿Te acuerdas de la señora que tiene un perro muy cursi? Pues volvieron a ser protagonistas de un incidente en la vecindad, que dejó bastante tristeza en todas las viejas. La cosa empezó porque llegó...

5 de marzo, 2021

Querida Tora:

¿Te acuerdas de la señora que tiene un perro muy cursi? Pues volvieron a ser protagonistas de un incidente en la vecindad, que dejó bastante tristeza en todas las viejas.

La cosa empezó porque llegó un circo a un solar cercano. Un circo pequeño y roñoso, pero que levantó muchas expectativas. Allá fue mucha gente, a ver cómo se instalaban, y se prepararon para asistir a las funciones… La señora y sus cuatachas fueron  todas juntas, y antes de la función se dedicaron  a ver los animales. Todos eran viejos y estaban medio lacios (por hambre, creo yo), pero había muchas que en su vida habían visto a un elefante de cerca, y no sabes las ñáñaras que sintieron al tocarle la trompa. Al fin, fueron a dar a la jaula del león que, desdentado y canoso, atraía todas las miradas. Puchi, en cuanto lo vio, le fue a ladrar como si le fuera en ello la vida. El león ni volteaba a mirarlo. Pero Puchi se enardeció, y cada vez ladraba más, que hasta su dueña le dijo que se contuviera, que se iba a quedar ronco. En  una de esas, el león se dio una vuelta, la cola le salió entre los barrotes y fue a dar un  amable latigazo a la cara de la señora. ¡Hubieras visto a Puchi! Saltó como pulga enojada, y alcanzó a morder brevemente la cola del león. Entonces el rey de la selva se molestó de veras; se volteó hacia Puchi, abrió la boca en todo su esplendor, y de aquella masa de dientes afilados y careados salió un  rugido de verdad. ¿Y qué crees? El pobre Puchi cayó al suelo, exánime. La dueña le empezó a reconvenir, a decirle que fuera más juiciosa, que un león  era un enemigo muy poderoso; pero Puchi, como si fuera un disco malo. Entonces, la señora se alarmó; levantó a Puchi, le echó agua en la cara, le hizo respiración boca a boca, y nada. Puchi estaba muerto. Infarto al miocardio, dijo el veterinario con el que luego lo llevó.

Regresaron todas a la vecindad, con Puchi y la dueña en brazos, llorando con  desconsuelo, e inmediatamente dispusieron  el velorio. La perrita fue colocada en una caja blanca (a pesar de los nueve cachorritos callejeros que tuvo, Puchi seguía siendo inocente, afirmaba la dueña entre hipos y lágrimas), pusieron cuatro cirios alrededor e invitaron a los vecinos a cafetearla. Fueron todos a presentar sus respetos a la… No, viuda no; tampoco huérfana… No sé cómo se llama a una dueña que acaba de perder a su ser querido. Pero tú me entiendes, ¿verdad? Cada pésame era seguido por un aullido de la señora, y una nueva relación de los hechos tan funestos. También  trajeron a todos los perros de la vecindad y algunos callejeros que eran amigos de Puchi (a pesar de la diferencia de clases). Todos los animalitos se sentaron muy serios, no entendiendo lo que pasaba; de vez en cuando se levantaba alguno a dar un lengüetazo a Puchi. Solo un perro chato nuevo en la vecindad se acercó a la difuntita y trató de abusar de ella al verla tan blanquita, tan quietecita. Pero no te imaginas cómo le fue. Todas las viejas se levantaron a una y le propinaron una tunda espantosa (yo creo que se estaban desquitando de lo que no pueden hacerle a sus maridos en situaciones parecidas).

Luego la cremaron y colocaron las cenizas en una cajita de música que tiene la dueña desde que era niña, que se la regaló una tía más cursi que la perrita. Pero esa es otra historia. La cajita está ahora en la mesa de centro de la sala, y todos los días se sienta la señora en el sofá a recordar a Puchi; se ríe con  sus gracias y se entristece con todo lo que sufrió. A veces invita a algunas amigas para que la acompañen en sus recuerdos, pero ya empiezan las viejas a huir de sus invitaciones (en pocas palabras, ya están hartas de Puchi y de su dueña).

El tiempo lo cura todo, y la señora se fue conformando con la ausencia. Pero como se sentía sola, empezó a buscar compañía. Yo noté que me veía con interés, y que con frecuencia me echaba unos pellejos bastante buenos. Una vez me tomó en brazos y me empezó a acariciar. Pero yo no quise verme lleno de rizos y caireles ni teñido de blanco (es su color favorito), así que mejor la rasguñé. Me insultó y me dijo hasta de lo que me iba a morir; pero lo que hice fue rasguñarla otra vez, y así me dejó en paz. El otro día llegó con  un perro muy raro; dijo que lo había comprado en una tienda de mascotas, que es de una raza muy poco común y que le costó carísimo. Yo no lo creo. A  mí me parece una cruza de callejero con más callejero y que, además, salió muy feo. Pero ella ya no se siente tan sola. Cada quien se las arregla como puede, ¿no te parece?




Te quiere,

Cocatú

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Es por ello que el día de hoy en esta columna, haremos honor al Dr. Gianluigi Colalucci, el restaurador más importante del siglo XX, quien el martes 29 de marzo falleció a los 92 años. Mucha gente se puede preguntar cómo se han mantenido centenares de obras del trecento, quattrocento y cinquecento italiano en los Museos Vaticanos. La gran labor no fue del artista, si no, pongamos de ejemplo al fresco de Leonardo da Vinci, ubicado en la Catedral de Santa Maria delle Grazie, en Milán, mundialmente conocido por se la representación más famosa de la escena bíblica de la Última Cena, donde gran parte de los pigmentos y detalles de la obra han desaparecido por tanto una mala técnica usada por el florentino y por la mala calidad de la conservación y restauración de la obra a lo largo de los siglos.  Por otro lado, en el costado derecho de la Basílica de San Pedro, se encuentra la obra pictórica más grande del mundo (abarcando más de 1,100 m2), y cuya restauración, que terminó en 1994, además de ser altamente controversial, les dio una luz nueva a los frescos diseñados por el artista (que para mi es el más grande de todos los tiempos) Michelangelo Buonarroti. Estos frescos, se pensaba, eran opacos, dramáticos, basados en la técnica popularizada en el manierismo “chiaroscuro” y con pocos matices lumínicos, pero cuando el Dr. Colalucci fue nombrado por el Papa Juan Pablo II en 1980 para realizar la restauración más dramática de dicho siglo, se encontraron escenas bíblicas llenas de colores, nítidas, brillantes y absolutamente majestuosas debajo de capas de suciedad y restauraciones pasadas que no beneficiaron a la obra. Un ejemplo clásico para observar el dramatismo de este contraste es la Gioconda del Louvre (oscura, con un tono ocre, sucia) y la del Prado, esta última estando bien conservada y restaurada por el museo español (llena de colores, justo como la vio da Vinci). El Dr. Colalucci puede ser un desconocido por varios lectores de esta pequeña columna hasta el día de hoy, pero en el mundo del arte es un punto de inflexión sobre la forma de restaurar obras tan complicadas (porque recordemos que un fresco es una técnica difícil de hacer, basada en huevo y pigmentos orgánicos, y la ubicación del de Miguel Ángel no es para nada fácil de acceder por su elevación a más de 13.4 metros del espectador), y tan importantes por su valor religioso, artístico y cultural (¡quién no conoce el detalle de la mano de Adán aproximándose a la mano de Dios!), y por ello se merece el más alto respeto del mundo entero. Además, caben mencionar en esta columna varias maravillas que se encuentran en la Sistina, como las decenas de símil a la anatomía humana ubicadas a lo largo del fresco, como la forma de cerebro que se encuentra en la escena de la creación, donde Dios, su manto rojo y sus ángeles forman una silueta casi perfecta de un encéfalo humano, o el parecido exacto de la sibila libia a la de la primera vértebra cervical (llamada “Atlas). Finalmente, quiero hacer la invitación al lector a cuatro cosas: La primera, poder visitar la magnífica réplica de la Capilla Sixtina que viaja por todo México (y que al día de hoy se ubica en Cancún), o una réplica bastante semejante pintada por Don Miguel Macías, ubicada en la Parroquia de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro, localizada en la Colonia Moctezuma, de la Alcaldía Venustiano Carranza; segunda, la lectura de Miguel Ángel y yo, libro del Dr. Colalucci sobre la restauración de la Capilla; tercera, a la lectura de varios artículos que se ubican en la parte inferior de la columna, donde se realizan detallados análisis de las pinturas miguelangelinas; y cuarto, a ver las próximas videocolumnas que empezaré a realizar y varios de mis compañeros colaboradores han estado realizando en la plataforma (https://www.youtube.com/watch?v=Lyd8CG0Yo7o) . Referencias:
  1. Colalucci G. Michelangelo Buonarroti: Restoration of the Frescoes on the Vaulted Ceiling and the Last Judgment in the Sistine Chapel. Conservation Science in Cultural Heritage 2016;16(1):89-108.
  2. Colalucci G. On the Science of Art Restoration. World Futures 1994;40(1-3):133-134.
  3. Colalucci G, Plasencia A. Touching the Soul of Michelangelo. MIT Press Scolarship Online 2017; May(1).
  4. Grassi E, Palumnbo P. Seen/Unseen: Michelangelo master of camouflage and deception. Progress in Neuroscience 2013;1(1-4):117-123.
  5. Verlicchi A. Hidden anatomy in the Sistine Chapel ceiling: an overview. Progress in Neuroscience 2013;1(1-4):124-127.
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