A 158 años del fallecimiento de Jacob Grimm

Los hermanos Grimm, Jacob y Wilhelm, han pasado a la historia de la literatura por recopilar  leyendas y cuentos europeos de tradición oral. En este aniversario luctuoso rememoramos su gran legado. 

27 de octubre, 2021

El pasado mes de septiembre se cumplieron 158 años de la muerte de Jacob Grimm, que en 1808 comenzó a trabajar como bibliotecario real para el hermano de Napoleón Bonaparte, Jérôme, rey de Westfalia, y más tarde trabajó como auditor municipal. En 1816, Jacob se unió a su hermano Wilhelm para trabajar en una biblioteca en Kassel, donde había obtenido un puesto como secretario.


Influenciado por el romanticismo alemán, un movimiento predominante de la época, los hermanos estudiaron profundamente el folklore de su región, poniendo énfasis en registrar las narraciones orales de pueblo que iban desapareciendo con el advenimiento de nuevas tecnologías. La obra de Wilhelm y Jacob culminó en el libro Kinder-und Hausmärchen (Cuentos para la infancia y el hogar), cuyo primer volumen se publicó en 1812. Un segundo volumen siguió en 1815. La colección más tarde llegó a ser conocida como Cuentos de Hadas de Grimm, incluyendo famosas historias como ”Blancanieves”, “Hansel y Gretel”, “El ganso de oro”, “Caperucita Roja” y “Cenicienta”.


A pesar del énfasis en las tradiciones orales del pueblo, las historias eran en realidad una amalgama de cuentos orales y escritos con anterioridad, así como de información compartida por amigos, familiares y conocidos, con influencias no alemanes. Varias ediciones de Los cuentos… serían publicadas durante las siguientes décadas. El trabajo sería también traducido a decenas de idiomas, y se consideraría una fuerza pionera en el campo de la investigación folklórica.


Jacob también se dedicó a la investigación académica sobre la historia de la lengua alemana. La publicación de la primera edición del libro Deutsche Grammatik (Gramática alemana) es de 1819. Futuras investigaciones sobre las normas que se aplican a determinados idiomas relacionados en su origen, le llevó a crear un conjunto de principios. Conocida como “Ley de Grimm”, este método funciona para explicar la lingüística indoeuropea.

“El flautista de Hamelin” [ilustración] 1 es una leyenda alemana, documentada por los Hermanos Grimm, Jacob (HanauHesse; 4 de enero de 1785-Berlín, 20 de septiembre de 1863) y Wilhelm (ibídem; 24 de febrero de 1786-Berlín, 16 de diciembre de 1859), cuyo título original en alemán es “Der Rattenfänger von Hameln”, que se traduciría como “El cazador de ratas de Hamelin”, publicado en el volumen Deutsche Sagen en 1816). Se cuenta la historia de una misteriosa desgracia acaecida en la ciudad alemana de Hamelin el 26 de junio de 1284. Existen varias versiones, pero una de las más conocidas es la siguiente:

“Hace mucho tiempo, había un hermoso pueblo llamado Hamelin, rodeado de montañas y prados, bañado por un lindo riachuelo, un pueblo realmente hermoso y tranquilo, en el cual sus habitantes vivían felices. Pero un día sucedió algo muy extraño en el pueblo de Hamelin, todas las calles fueron invadidas por miles de ratones que merodeaban por todas partes, arrasando con todo el grano que había en los graneros y con toda la comida de sus habitantes. 

“Nadie acertaba a comprender el motivo de la invasión y, por más que intentaban ahuyentar a los ratones, parecía que lo único que conseguían era que acudiesen más y más ratones. Ante la gravedad de la situación, los gobernantes de la ciudad, que veían peligrar sus riquezas por la voracidad de los ratones, convocaron al Consejo y dijeron: – Daremos cien monedas de oro a quien nos libre de los ratones. Pronto se presentó joven flautista a quien nadie había visto antes y les dijo: – La recompensa será mía. Esta noche no quedará ni un sólo ratón en Hamelin. El joven cogió su flauta y empezó a pasear por las calles de Hamelin haciendo sonar una hermosa melodía que parecía encantar a los ratones. 

“Poco a poco, todos los ratones empezaron a salir de sus escondrijos y a seguirle mientras el flautista continuaba tocando, incansable, su flauta. Caminando, caminando, el flautista se alejó de la ciudad hasta llegar a un río, donde todos los ratones subieron a una balsa que se perdió en la distancia. Los hamelineses, al ver las calles de Hamelin libres de ratones, respiraron aliviados. ¡Por fin estaban tranquilos y podían volver a sus negocios! Estaban tan contentos que organizaron una fiesta olvidando que había sido el joven flautista quien les había conseguido alejar los ratones. A la mañana siguiente, el joven volvió a Hamelin para recibir la recompensa que habían prometido para quien les librara de los ratones.

“Pero los gobernantes, que eran muy codiciosos y solamente pensaban en sus propios bienes, no quisieron cumplir con su promesa: – ¡Vete de nuestro pueblo! ¿Crees que te debemos pagar algo cuando lo único que has hecho ha sido tocar la flauta? ¡Nosotros no te debemos nada! El joven flautista se enojó mucho a causa de la avaricia y la ingratitud de aquellas personas y prometió que se vengaría. Entonces, cogió la flauta con la que había hechizado a los ratones y empezó a tocar una melodía muy dulce. Pero esta vez no fueron los ratones los que siguieron insistentemente al flautista sino todos y cada uno de los niños del pueblo.

“Cogidos de la mano, sonriendo y sin hacer caso de los ruegos de sus padres, siguieron al joven hasta las montañas, donde el flautista les encerró en una cueva desconocida, repleta de juegos y golosinas, a donde los niños entraron felices y contentos. Cuando entraron todos los niños en la cueva, ésta se cerró, dejándolos para siempre atrapados en ella. Entraron en la cueva todos los niños menos uno, un niño que iba con muletas y no pudo alcanzarlos. 

“Cuando el niño vio que la cueva se cerraba fue corriendo al pueblo a avisar a todos. Toda la gente del pueblo corrió a la cueva para rescatar a los niños, pero jamás pudieron abrirla. Hamelin se convirtió en un pueblo triste, sin las risas y la alegría de los niños; hasta las flores, que siempre tenían unos colores espléndidos, quedaron pálidas de tanta tristeza. 

“Los gobernantes de Hamelin junto al resto de habitantes del pueblo, buscaron al flautista para pagarle las cien monedas de oro y pedirle perdón y que por favor les devolviese a sus niños. Pero nunca lo encontraron y jamás pudieron recuperar a los niños. A partir de aquel día los habitantes de Hamelin dejaron de ser tan avaros y cumplieron siempre con sus promesas”. 

 

NOTAS 

 

1 Las dos fotos en los recuadros de la ilustración fueron tomadas al flautista por mi hijo Giovanni Ávila Flores, durante una representación de tal leyenda, efectuada en las calles de la hoy ciudad de Hamelin, Alemania.

https://es.wikipedia.org/wiki/Hermanos_Grimm

https://www. biografias.es/famosos/jacob-grimm.html

Comentarios


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alienígena de Bowie”, lo cierto es que ambos artistas coincidieron pocas veces durante su vida y sólo una en el escenario. Aún así, hay razones que lo sustentan. Pero comencemos en orden.  La década de los setenta fue testigo del nacimiento o consolidación de numerosas bandas y no pocos artistas que se aventuraron a llevar aún más allá lo que el rock de los cincuenta y los sesenta había creado: desde David Bowie hasta Led Zeppelin, pasando por The Who, Deep Purple, The Doors, Queen, The Eagles y Pink Floyd, entre muchos otros. 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Ésta sucedió durante 1978, en el evento de cuatro días llamado New Wave Vaudeville: enfundado en un impermeable transparente, el intérprete de origen alemán se presentó al final del día, después de imitadores, bailarines, strippers y otros actos semejantes, para cantar el aria “Mon coeur sóuvre a ta voix” de Saint-Saëns, perteneciente a la ópera Sansón y Dalila.  La sublime interpretación concluyó con un espectáculo de luces, humo y sonidos electrónicos. Si a ello le sumamos el inusual aspecto de Klaus (un hombre particularmente delgado, de frente amplia y con un rostro maquillado al estilo Kabuki, es decir maquillaje blanco con detalles en labios, cejas y ojos en negro) la actuación resultó impactante. Para entonces ya había adoptado su apellido artístico (algunos amigos indican que el nomi resulta del anagrama de omni, la palabra en latín para todo). 

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Tras la presentación, Klaus Nomi no sólo fue invitado a cantar en diversos bares y locales de Nueva York, sino que el evento también le permitió conocer a Kristian Hoffman, quien se convertiría en su director musical de facto y quien le ayudaría a conformar un grupo musical que lo apoyara tanto en sus grabaciones como en sus presentaciones. Sería Hoffman quien impulsaría a Nomi a elegir varios de los covers que grabaría durante 1978 y 1979 como “Lightnin´Strikes” y “The Twist” y también compondría varias piezas para él tales como “The Nomi Song”, “Total Eclipse”, “After the Fall” y “Simple Man”.  Tras algunas diferencias con la administración de Hoffman, el grupo se desintegró a finales de los 70´s y en su lugar, los acompañantes que Klaus encontró para auxiliarle en su carrera musical fueron nada más y nada menos que Keith Haring (el artista y posterior activista), John Sex y Joey Arias. También durante esta época se involucró sentimentalmente, aunque de manera breve, con Jean-Michel Basquiat (el enfant terrible del movimiento neo-expresionista).  Y justo durante este período llegaría el momento definitivo en la vida del oriundo de Alemania; durante las últimas semanas de noviembre, Nomi y Arias coincidieron con David Bowie en el club Mudd, quien inmediatamente los contrató como coristas para su presentación como invitado musical en el programa Saturday Night Live el 5 de diciembre de 1979.  Juntos, en una actuación bastante ecléctica donde incluso hubo un poodle rosa de juguete sobre el escenario, los tres interpretaron “TVC 15”, “The Man Who Sold The World” y “Boys Keep Swinging”. Una vez concluido el show, Bowie dio una fiesta en un departamento de la Quinta Avenida, a la que acudió Iggy Pop y otros artistas más. Nomi y Arias conversaron un rato con el creador de Ziggy Stardust antes de partir, quien quedó de ponerse en contacto con ellos para colaborar nuevamente.  Sobra decir que dicha invitación nunca llegó. De aquella presentación Bowie recordaría poco años más tarde, pero Nomi se llevaría no sólo la experiencia, que de cierta manera legitimaba lo que venía haciendo desde hace ya tiempo, sino también una anécdota que presumir a amigos, colegas y a todo el que se prestara a escucharlo. Asimismo, se llevó algo más: el tuxedo plástico que utilizó Bowie durante su actuación (inspirado en la obra de Tristan Tzara) le gustó tanto que mandó hacerse uno igual, que utilizaría no sólo en la portada de su primer álbum como solista (que salió a la venta en 1981) sino en los videos y actuaciones en vivo hasta pocos meses antes de su muerte.  A pesar de que llegó a ser un intérprete conocido y reconocido en Nueva York y sus alrededores (y algunas zonas de Europa), Nomi jamás despegó comercialmente a nivel nacional o internacional como otros de sus amigos y colaboradores, en buena medida porque lo que hacía era definitivamente inclasificable. Las canciones pop que grabó sonaban extrañas, a medio camino entre el camp y el vaudeville, con sintetizadores de fondo (en una época que pasaba del glam y el disco al punk y al rock de estadio o anthem rock), sus presentaciones en vivo tenían reminiscencias retro futuristas y las piezas operísticas tampoco se prestaban para alcanzar un público masivo. La prensa europea, siempre a la vanguardia, denominaba su música “como algo entre Elvis Presley y María Callas”. Lo cierto es que el éxito lo eludía y el dinero no llegaba como hubiera deseado; para empeorar las cosas conforme el año 1982 fue avanzando, se hizo notorio que Klaus no se encontraba bien de salud, presentando diversos síntomas desde fiebres y resfriados hasta un cansancio permanente.   Aun así, firmó un contrato con RCA France y en noviembre de 1982 salió a la venta su segundo álbum como solista titulado “Simple Man”. Debilitado y probablemente consciente de que le restaba poco tiempo de vida, a finales del mismo año, Klaus logró reunir la poca fuerza que le quedaba para emprender una breve gira europea con un repertorio clásico. De dicho tour, su última presentación en vivo (en el Ebergard Schoener´s Classic Rock Night en Munich) quedó grabada y puede encontrarse en Youtube. Para dicha ocasión, eligió el aria denominada “Cold Genius” de Henry Purcell. La misma, cierra así: “Apenas puedo moverme o respirar / Déjame, déjame congelarme de nuevo hasta la muerte”.  Las sutiles fallas vocales, la intensidad de la interpretación, sus movimientos sobre el escenario y la expresión en su rostro hacen de esta actuación la más sublime de todas las que quedaron registradas para la posteridad. Lo que vino después resulta verdaderamente desgarrador. Los rumores en Nueva York hablaban de un “cáncer gay” que mataba a sus portadores y sus síntomas se parecían demasiado a los que Klaus padecía desde hacía más de un año. El miedo y el desconocimiento acerca de los medios de contagio hicieron que buena parte de sus amigos y conocidos se alejaran y sus últimos meses transcurrieron en la más absoluta soledad.  El 6 de agosto de 1983, poco más de una década después de haber llegado a Nueva York y menos de cuatro años después de presentarse en SNL, Klaus Nomi dejó de existir, siendo una de las primeras víctimas fatales de una enfermedad muy poco conocida para la época: el síndrome de inmunodeficiencia adquirida, en el Sloan Kettering Hospital Center de NY, a los 39 años de edad.  Existen distintas formas de abordar la vida y obra de Klaus Nomi: la primera de ellas es viéndolo como un artista trágico que se convirtió, tras su muerte, en una figura de culto en lugares tan dispares como Nueva York y París y que influyó en músicos como Morrissey y Garbage, además de artistas plásticos, la industria de la moda y peformances de todo tipo.  Otra es volviendo a revisar su música (resaltando “Total Eclipse”, “After the Fall” y “Simple Man”), sus videos promocionales y presentaciones en vivo (todo ello disponible en la red y en las plataformas de streaming) que continúan resultando, hoy en día, tan bellas y extrañas como debieron haber sonado a finales de los años setenta y principios de los ochenta.  Mi preferida es a través de aquella actuación en diciembre de 1979, hace más de 43 años, cuando junto con Bowie, se presentó ante millones de telespectadores lleno de vida, de ideas, ofreciendo un espectáculo que combinaba lo extraño y el sinsentido con la potencia del rock, en un momento en que parecía que la suerte estaba de su lado y la vida no tenía más que ofrecerle sino triunfos y éxitos en los años venideros.    " ["post_title"]=> string(35) "Klaus Nomi: el alienígena de Bowie" ["post_excerpt"]=> string(171) "Tras su muerte, Klaus Nomi se convirtió en una figura de culto en lugares tan dispares como Nueva York y París. 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Yo corrí a meterme en la vivienda por la ventana de la azotehuela, porque la cosa prometía.

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CARTAS A TORA 297

El muchacho dijo todo lo que dicen los que se encuentran en situación parecida, e hizo todos los juramentos de costumbre. “Nada nuevo”, pensé, “Este se va al rato, y no vuelve. Y la única que va a sufrir es la muchacha”. Pero me equivoqué. Doña Sura lo atendió como yo nunca creí que fuera capaz de atender a un pretendiente de su hija, pues hasta le ofreció un cafecito con pastel de chocolate. Y ya los dos chavos creían que no habría obstáculos para su amor, cuando doña Sura le pidió que le dejara leerle las cartas. La chava se entusiasmó porque su mamá no le lee las cartas gratis a nadie, y creyó que ya empezaba a considerarlo parte de la familia. Pero en cuanto colocó las cartas sobre la mesa, lanzó un grito porque en ellas veía (según dijo textualmente) la muerte, el horror y el espanto. Y empezó a enumerar el terrible futuro que esperaba a su hija si se casaba con ese chavo: iba a perder el trabajo, la iba a embarazar y a abandonarla, el bebé se le iba a morir (“La boca se te haga chicharrón”, estuve a punto de decirle en voz alta), él se vería implicado en un robo a mano armada e iría a dar a la cárcel, ella iba a rodar muy abajo y, en fin, todas las desgracias que ocurrían a las jóvenes rebeldes en las películas de la Edad de Oro del Cine Mexicano.  La chica se levantó, airada, y dijo que nada de eso era cierto, porque vio al chavo pálido y tembloroso; que a su mamá le encantaba predecir cosas malas, pero que eso no podía ser cierto, porque ellos se amaban, y contra el amor nadie puede (cursi, pero lo dijo a gritos, para que la oyeran bien las vecinas que estaban amontonadas junto a sus ventanas. Doña Sura afirmó que ella venía de familia de profetas, y que sus predicciones siempre se cumplían; y volvió a echar las cartas una y otra vez, hasta que entre ellas apareció el rey de Bastos, y señalando el garrote que lleva, declaró que esa era la peor carga que le podía salir a alguien (pero al chavo le salió hasta la cuarta o quinta vez que le echó las cartas), y dijo a su hija que no se burlara de ella, porque entonces la cosa sería peor para todos; y se levantó enfurecida, enorme en esa túnica negra que tanto le gusta usar y con voz salida de los infiernos dijo al chavo “No pasarás”, y cayó desvanecida. Varias de las vecinas se desmayaron también, y hubo que llevarlas a la enfermería (por cierto, que la enfermera se negó a atenderlas, “no le fuera a  caer a ella también alguna maldición”). Las que no se desmayaron empezaron a gritar, algunas se hincaron a rezar; y los gritos se oían ya en la vecindad de junto. 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Aún así, hay razones que lo sustentan. Pero comencemos en orden.  La década de los setenta fue testigo del nacimiento o consolidación de numerosas bandas y no pocos artistas que se aventuraron a llevar aún más allá lo que el rock de los cincuenta y los sesenta había creado: desde David Bowie hasta Led Zeppelin, pasando por The Who, Deep Purple, The Doors, Queen, The Eagles y Pink Floyd, entre muchos otros. Las canciones adoptaron temas más complejos, arreglos más elaborados, las actuaciones en vivo adquirieron una mayor relevancia y el efecto teatral que los acompañaba, también.  De las múltiples historias que pasaron mayormente desapercibidas en aquella época, probablemente una de las más curiosas y trágicas es la de un músico e intérprete nacido en Immenstadt, Alemania, en la zona de Baviera, quien desarrollaría la mayor parte de su brevísima carrera en el East Village de Nueva York, nacido con el nombre de Klaus Sperber y que posteriormente adoptaría el nombre artístico de Klaus Nomi.  Nacido durante los últimos meses del Tercer Reich, en enero de 1944, fruto de una relación de una noche entre una trabajadora llamada Bettina y un soldado de nombre desconocido, Sperber fue un artista desde su nacimiento. Poseedor de una notable voz de contratenor y un amplio rango vocal, para la década de los sesenta ya se encontraba trabajando durante el día en la Deutsche Oper, una compañía de ópera de Berlín y por las noches cantaba en la discoteca Kleist Casino.  En el año 1972, el joven intérprete tomó la decisión de cruzar el océano y emigrar a la gran manzana en la búsqueda de una carrera musical con mayor proyección. Durante este período, además de algunas presentaciones individuales, realizó también algunas apariciones en los escenarios off-Broadway al tiempo que complementaba sus ingresos como ayudante de cocina en un pequeño café denominado Serendipity 3 y como pastelero de un negocio propio llamado Tarts, Inc De a poco, las actuaciones se volvieron más frecuentes y eventualmente llegó aquella que llamó la atención del público avant-garde neoyorkino. Ésta sucedió durante 1978, en el evento de cuatro días llamado New Wave Vaudeville: enfundado en un impermeable transparente, el intérprete de origen alemán se presentó al final del día, después de imitadores, bailarines, strippers y otros actos semejantes, para cantar el aria “Mon coeur sóuvre a ta voix” de Saint-Saëns, perteneciente a la ópera Sansón y Dalila.  La sublime interpretación concluyó con un espectáculo de luces, humo y sonidos electrónicos. Si a ello le sumamos el inusual aspecto de Klaus (un hombre particularmente delgado, de frente amplia y con un rostro maquillado al estilo Kabuki, es decir maquillaje blanco con detalles en labios, cejas y ojos en negro) la actuación resultó impactante. Para entonces ya había adoptado su apellido artístico (algunos amigos indican que el nomi resulta del anagrama de omni, la palabra en latín para todo). 

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Tras la presentación, Klaus Nomi no sólo fue invitado a cantar en diversos bares y locales de Nueva York, sino que el evento también le permitió conocer a Kristian Hoffman, quien se convertiría en su director musical de facto y quien le ayudaría a conformar un grupo musical que lo apoyara tanto en sus grabaciones como en sus presentaciones. Sería Hoffman quien impulsaría a Nomi a elegir varios de los covers que grabaría durante 1978 y 1979 como “Lightnin´Strikes” y “The Twist” y también compondría varias piezas para él tales como “The Nomi Song”, “Total Eclipse”, “After the Fall” y “Simple Man”.  Tras algunas diferencias con la administración de Hoffman, el grupo se desintegró a finales de los 70´s y en su lugar, los acompañantes que Klaus encontró para auxiliarle en su carrera musical fueron nada más y nada menos que Keith Haring (el artista y posterior activista), John Sex y Joey Arias. También durante esta época se involucró sentimentalmente, aunque de manera breve, con Jean-Michel Basquiat (el enfant terrible del movimiento neo-expresionista).  Y justo durante este período llegaría el momento definitivo en la vida del oriundo de Alemania; durante las últimas semanas de noviembre, Nomi y Arias coincidieron con David Bowie en el club Mudd, quien inmediatamente los contrató como coristas para su presentación como invitado musical en el programa Saturday Night Live el 5 de diciembre de 1979.  Juntos, en una actuación bastante ecléctica donde incluso hubo un poodle rosa de juguete sobre el escenario, los tres interpretaron “TVC 15”, “The Man Who Sold The World” y “Boys Keep Swinging”. Una vez concluido el show, Bowie dio una fiesta en un departamento de la Quinta Avenida, a la que acudió Iggy Pop y otros artistas más. Nomi y Arias conversaron un rato con el creador de Ziggy Stardust antes de partir, quien quedó de ponerse en contacto con ellos para colaborar nuevamente.  Sobra decir que dicha invitación nunca llegó. De aquella presentación Bowie recordaría poco años más tarde, pero Nomi se llevaría no sólo la experiencia, que de cierta manera legitimaba lo que venía haciendo desde hace ya tiempo, sino también una anécdota que presumir a amigos, colegas y a todo el que se prestara a escucharlo. Asimismo, se llevó algo más: el tuxedo plástico que utilizó Bowie durante su actuación (inspirado en la obra de Tristan Tzara) le gustó tanto que mandó hacerse uno igual, que utilizaría no sólo en la portada de su primer álbum como solista (que salió a la venta en 1981) sino en los videos y actuaciones en vivo hasta pocos meses antes de su muerte.  A pesar de que llegó a ser un intérprete conocido y reconocido en Nueva York y sus alrededores (y algunas zonas de Europa), Nomi jamás despegó comercialmente a nivel nacional o internacional como otros de sus amigos y colaboradores, en buena medida porque lo que hacía era definitivamente inclasificable. Las canciones pop que grabó sonaban extrañas, a medio camino entre el camp y el vaudeville, con sintetizadores de fondo (en una época que pasaba del glam y el disco al punk y al rock de estadio o anthem rock), sus presentaciones en vivo tenían reminiscencias retro futuristas y las piezas operísticas tampoco se prestaban para alcanzar un público masivo. La prensa europea, siempre a la vanguardia, denominaba su música “como algo entre Elvis Presley y María Callas”. Lo cierto es que el éxito lo eludía y el dinero no llegaba como hubiera deseado; para empeorar las cosas conforme el año 1982 fue avanzando, se hizo notorio que Klaus no se encontraba bien de salud, presentando diversos síntomas desde fiebres y resfriados hasta un cansancio permanente.   Aun así, firmó un contrato con RCA France y en noviembre de 1982 salió a la venta su segundo álbum como solista titulado “Simple Man”. Debilitado y probablemente consciente de que le restaba poco tiempo de vida, a finales del mismo año, Klaus logró reunir la poca fuerza que le quedaba para emprender una breve gira europea con un repertorio clásico. De dicho tour, su última presentación en vivo (en el Ebergard Schoener´s Classic Rock Night en Munich) quedó grabada y puede encontrarse en Youtube. Para dicha ocasión, eligió el aria denominada “Cold Genius” de Henry Purcell. La misma, cierra así: “Apenas puedo moverme o respirar / Déjame, déjame congelarme de nuevo hasta la muerte”.  Las sutiles fallas vocales, la intensidad de la interpretación, sus movimientos sobre el escenario y la expresión en su rostro hacen de esta actuación la más sublime de todas las que quedaron registradas para la posteridad. Lo que vino después resulta verdaderamente desgarrador. Los rumores en Nueva York hablaban de un “cáncer gay” que mataba a sus portadores y sus síntomas se parecían demasiado a los que Klaus padecía desde hacía más de un año. El miedo y el desconocimiento acerca de los medios de contagio hicieron que buena parte de sus amigos y conocidos se alejaran y sus últimos meses transcurrieron en la más absoluta soledad.  El 6 de agosto de 1983, poco más de una década después de haber llegado a Nueva York y menos de cuatro años después de presentarse en SNL, Klaus Nomi dejó de existir, siendo una de las primeras víctimas fatales de una enfermedad muy poco conocida para la época: el síndrome de inmunodeficiencia adquirida, en el Sloan Kettering Hospital Center de NY, a los 39 años de edad.  Existen distintas formas de abordar la vida y obra de Klaus Nomi: la primera de ellas es viéndolo como un artista trágico que se convirtió, tras su muerte, en una figura de culto en lugares tan dispares como Nueva York y París y que influyó en músicos como Morrissey y Garbage, además de artistas plásticos, la industria de la moda y peformances de todo tipo.  Otra es volviendo a revisar su música (resaltando “Total Eclipse”, “After the Fall” y “Simple Man”), sus videos promocionales y presentaciones en vivo (todo ello disponible en la red y en las plataformas de streaming) que continúan resultando, hoy en día, tan bellas y extrañas como debieron haber sonado a finales de los años setenta y principios de los ochenta.  Mi preferida es a través de aquella actuación en diciembre de 1979, hace más de 43 años, cuando junto con Bowie, se presentó ante millones de telespectadores lleno de vida, de ideas, ofreciendo un espectáculo que combinaba lo extraño y el sinsentido con la potencia del rock, en un momento en que parecía que la suerte estaba de su lado y la vida no tenía más que ofrecerle sino triunfos y éxitos en los años venideros.    " ["post_title"]=> string(35) "Klaus Nomi: el alienígena de Bowie" ["post_excerpt"]=> string(171) "Tras su muerte, Klaus Nomi se convirtió en una figura de culto en lugares tan dispares como Nueva York y París. 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