CARTAS A TORA 214

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26 de febrero, 2021

Querida Tora:

No sabes el rebumbio que se armó en la vecindad el día en que el portero anunció que iba a poner un tesorero. Y tenían razón los vecinos: ¿para qué pagar a una persona para que “cuide” el dinero, si todos sabemos que el único que lo maneja es el portero? Pero a pesar de todas las protestas, lo impuso. Pero yo te voy a decir por qué lo hizo.

Cuando ese señor llegó a la vecindad, se encerró con el portero. Yo me tendí en la ventana para escuchar, pero estaba cerrada, y no podía oír bien. Sin embargo, el señor ese lo amenazó, no sé por qué, y le exigió que le diera un  trabajo en la vecindad. El portero tuvo que aceptar, aunque a fuerzas.

El día siguiente empezaron a correr rumores que afirmaban que al “tesorero” lo habían corrido de otra vecindad porque había abusado de una muchacha. Eso no tiene nada que ver con el dinero, pero habla mal de él, ¿no te parece? Enseguida todas las viejas se juntaron a hablar del asunto, y para mediodía se había juntado un ejército de señoras indignadas, que fue a exigir al portero que lo echara, porque sus hijas (y ellas mismas) corrían peligro. El “tesorero” estaba allí, juntito al portero, con cara de “Yo no fui, fue Teté, pégale, pégale, porque ella fue”. El portero dijo que el señor se quedaba. Nuevas protestas, gritos, y hasta un jitomate que se fue a estrellar junto a la cabeza del acusado. Lo mismo. Pero las señoras no cejaban, y llovían las acusaciones. Algunas hasta las inventaron, pero lo del abuso era cierto, porque en el montón había una que había vivido en la vecindad donde estuvo el “tesorero” y dijo a voz en cuello que había intentado abusar de ella y  que si se salvó, fue porque le dio un patadón en salva sea la parte que lo tuvo tendido ocho días. Y el portero, diciendo que se quedaba. Empezaron a llover jitomates, calabazas y verduras podridas (los guaruras se apresuraron a recogerlas, para hacerse un caldo), y la del 37 se lanzó al ruedo a hablar como solo ella sabe hablar, con majaderías que nadie conoce. Entonces el portero se enojó y les gritó:

-¡Ya chole, viejas argüenderas! No me vengan con estas tonterías, porque una cosa es la vida pública de un hombre, y otra la privada. Lo que el señor haga por las noches es cosa suya y de nadie más, que para eso es hombre y lo tiene todo muy bien puesto.

Hubo un momento de estupefacción, pero luego arreció el griterío. Entonces el portero sacó su pistola y echó dos tiros al aire (eran chinampinas, como siempre, pero igual truenan); luego les dijo:




-Se me encierran ahorita mismo en sus viviendas, y no asomen ni las narices, porque me las “quebro”.

Y los guaruras apuntaron al “rebaño”, como las llamó el flamante “tesorero”.

No tuvieron más remedio que obedecer.

Al día siguiente, entre recelos y sospechas, las viejas se volvieron a reunir (a puerta cerrada, por supuesto). Y cuando empezaban a alebrestarse, uno de los maridos (el del 37, quién lo iba a pensar) les dijo que no hicieran olas, que el “tesorero” lo único que hacía era obedecer sus impulsos naturales; que las “interfectas” que se quejaban, en el fondo lo habían pasado muy bien, y que protestaban porque no tenían nada que hacer; que el portero sabía lo que hacía y que si ponía un tesorero era porque la vecindad lo necesitaba; que se dejaran de jugar a agitadoras y se fueran  a echar las tortillas, que ya era hora de desayunar.

¿Y qué crees? Las convenció. Al rato, ya todas aceptaban que el pobre hombre solo obedecía a la Naturaleza (así, con mayúscula), y que no tenía la culpa de nada. Y hasta empezaron a sonreírle de vez en cuando.

  En eso, regresaron los del 41, que se habían  ido de vacaciones. Y luego luego se dieron  cuenta de lo que había pasado, sobre todo porque la del 8 les dijo que tenía miedo (no sé de qué, porque tiene ya como 70 años mal llevados). Y, muy serviciales, dijeron que ellos les iban a  resolver el problema. Eso me dejó muy picado, porque no veía yo la forma de que el portero se echara para atrás en su decisión (yo creo que el “tesorero” le sabe algo, porque de otra forma no se explica), y no me apartaba yo de su vivienda.

El caso es que a los pocos días llegó a visitarlos un señor, e invitaron a varias viejas a tomarse un café con él. Y esa misma tarde empezó otro rumor: que el “tesorero” había tenido relaciones con ese señor. Pero no relaciones culturales ni comerciales, sino que había servido de recipiente pasivo a las actividades activas (y muy activas) de ese señor. ¡Eso sí que levantó ámpula! Porque, como dijo el del 37, si el “tesorero” se hubiera tirado al señor… pues una equivocación la tiene cualquiera, y cuando no hay chelas, hay que tomar refresco: pero haber servido de refresco era algo que no se podía perdonar. Y esta vez fueron los señores a exigir el cese del “tesorero”. Que no les costó mucho trabajo, porque lo encontraron  haciendo su itacate, diciendo que no podía vivir en un lugar donde le levantaban ese tipo de calumnias a un honrado trabajador. Y se fue, sin despedirse siquiera del portero.

Todos los vecinos fueron a verlo salir con la cola entre las patas, olvidada la soberbia y la arrogancia; lo único que hizo fue un gesto muy expresivo a los del 41 y a su amigo, que estaban en primera fila.

El portero también  quedó muy contento de que se hubiera ido, y hasta invitó a sus guaruras unas tortas del King’s, mientras él se echaba unos chilaquiles bostonianos que les rugía el cuajo.

Los grandes problemas se resuelven, a veces, por los caminos más extraños.

Te quiere,

Cocatú

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Esta es una parte central de la auténtica “nueva normalidad”.  “Del Imperio romano, que llegó a cubrir más de tres millones de kilómetros cuadrados y englobaba el veinte por ciento de la población mundial, y cuya desaparición resultaba tan inimaginable como la del propio planeta, nada queda”. -Jonathan Safran Foer, Podemos salvar el mundo antes de cenar “El hombre que no cambia nunca de opinión es como el agua estancada: su mente cría alimañas”. -William Blake En los últimos dos artículos hemos explotado algunas de las características debe tener un líder1 para encarar los desafíos del siglo XXI. Se afirmaba también que un líder de la Era Covid y Post-Covid, sin despreciar las propiedades de los liderazgos tradicionales como la honestidad, confianza en sí mismo, la vocación de servicio, la pasión por lo que se hace, la búsqueda de la innovación, empatía y creatividad entre muchas otras, requiere además cuatro características que para los tiempos por venir lucen indispensables: 1.- Comprensión profunda del carácter global de la civilización humana. 2.- Capacidad de cambio, adaptación y rectificación. 3.- Entereza y ecuanimidad para lidiar con un mundo progresivamente incierto. 4.- Consciencia de Ejemplaridad. En esta oportunidad hablaremos un poco acerca de la segunda: Capacidad de cambio, adaptación y rectificación Ningún gobierno del mundo anticipaba en noviembre de 2019 que en apenas unos meses las cosas fuesen a cambiar del modo en que lo hicieron, y mucho menos que la crisis fuese a alargarse por tanto tiempo. Cada uno de los Estados, según su situación específica, la ideología de su gobierno de turno, sus proyectos, presupuestos y políticas públicas, sus proyecciones electorales y demás variables del orden local, debieron enfrentar una crisis de salud que afectó todos los ámbitos de la vida nacional y, en la gran mayoría de los casos, sin los recursos necesarios para hacerlo. Cada uno, en la medida de sus posibilidades económicas, políticas  e ideológicas, y tomando como referencia lo realizado en otras naciones, tomó medidas y diseñó estrategias con las que suponían que habrían de librar la emergencia. Como siempre ocurre, hubo naciones que se gestionaron mejor que otras y el centro de esa diferencia no solo consistió en la cantidad de recursos disponibles, sino en la capacidad de adaptarse a cada nuevo escenario haciendo cambios y rectificaciones según se requiriese. Conforme la Covid-19 se fue expandiendo y el conocimiento acerca de ella evolucionando, conforme los casos se hacían cada vez más frecuentes y resultaba evidente que un confinamiento de un mes no resolvería la situación, los planes, propuestas y recomendaciones iniciales debieron adaptarse y modificarse según se transformaban las tendencias de contagio y el número y naturaleza de los fallecimientos. Pero lo mismo sucedió con los planes económicos, educativos, comerciales, turísticos, incluso políticos dentro de las dinámicas locales. La pandemia por Covid-19 no respondía a las estrategias planteadas y la búsqueda de soluciones nuevas, creativas y costeables según cada caso se convirtió en la prioridad global. Citando a Daniel Innerarity, de su texto Pandemocracia: “La dificultad de predecir estas irrupciones no es solo acerca de cuándo van a suceder, sino incluso sobre su naturaleza, de manera que no sabemos exactamente qué va a suceder (o qué ha sucedido y qué va a cambiar después). Éste es un territorio que desconocemos, y tampoco lo conocen quienes tienen que gestionarlo, expertos y políticos. De ahí que las decisiones para hacer frente a la crisis tengan un cierto carácter de improvisación y experimento, e incluso están llenas de errores, especialmente cuando no se ha identificado bien la naturaleza del problema2”. Se habla con frecuencia de una supuesta “nueva normalidad”. La primera acepción a este concepto surgió del apremio de los gobiernos por transmitir a sus ciudadanos la idea de que muy pronto se volvería al estado de las cosas previas a la pandemia; sin embargo los incontables cambios, aun cuando sutiles, son tan amplios y tan generalizados en todos los ámbitos –economía, relaciones, educación, salud, etc.– que hoy podemos afirmar con bastante certeza que el mundo previo a la pandemia por Covid-19 ha dejado de existir para dar lugar a una nueva realidad, aún en construcción. Dice el gran Edgar Morin: “Toda acción, una vez iniciada, tiende a escapar de las intenciones y la voluntad de su autor y a entrar en un juego de interacción y retracción con el medio (social o natural) que puede modificar su curso, y a veces hasta invertirlo3”. Y justo eso está ocurriendo. Estamos, con nuestras acciones, omisiones, impulsos, reacciones e interacciones creando un mundo nuevo en sustitución del anterior y este “nuevo mundo”, si se caracterizará por algo, será justamente por su carácter maleable y en permanente transformación. La vida cotidiana no volverá a ser lo que era, tanto por el tema del virus, como por futuras pandemias, como por los propios cambios climáticos, económicos, sociales, tecnológicos y culturales del mundo global en que estamos irremediablemente inmersos. Pero el centro de la argumentación va un poco más allá: no se trata de una tendencia causada por la pandemia de Covid-19 que cesará cuando la emergencia acabe, sino todo lo contrario, el cambio y la transformación permanente será la constante del siglo XXI, y no es con el virus, sino con esta dinámica con la que tenemos que aprender a vivir. Ya habitábamos en un mundo en transformación permanente, pero nos aferrábamos a la ilusión, un tanto ingenua, de que era posible tener certezas, de que el mundo y sus variables podían ser sólidas y predecibles, de aún éramos capaces de conservar el control sobre el universo humano y natural, pero si echamos un vistazo a los últimos cincuenta años, veremos que los cambios en la forma de vida, en las expectativas profesionales, en las dinámicas familiares, sociales y políticas, en fin, en todos los aspectos de la existencia nos colocan en dos mundos materialmente distintos. Ni el concepto de familia, ni de educación, ni de trabajo, ni de relaciones de género, de maneras de relacionarse tienen semejanza alguna, y hablamos apenas de 50 años. La vida diaria y las herramientas empleadas por alguien nacido en la década de los cincuenta del siglo XX, aun si solo habláramos del aspecto tecnológico, no tienen nada que ver con la manera en que un chico nacido en el año 2000  se relaciona con el mundo y con su propia existencia. Y no se trata solo de pantallas e internet. Los cambios se dan en racimo en todos los ámbitos del quehacer humano. Lo que la emergencia sanitaria por Covid-19 está haciendo es desnudar brutalmente esa tendencia preexistente, hacerla evidente y retratarla en su justa dimensión, dejándonos en claro que no hay ningún elemento que permita suponer que esta dinámica de transformación y cambio pudiera detenerse o desacelerarse, aun cuando resulte imposible determinar el sentido y dirección de dicho cambio. Más bien, al contrario, la tendencia en el último siglo es que los cambios tengan lugar con un intervalo de tiempo cada vez menor. Del mismo modo que los individuos tenemos que ajustarnos a las nuevas condiciones, el líder debe hacer el esfuerzo análogo por abrirse al cambio, la adaptación y la rectificación cuando las medidas tomadas den muestras de no ser las óptimas. Sumado a la comprensión sistémica y global que implican los escenarios colectivos, las nuevas estrategias, soluciones y políticas públicas deben nacer ya con un plan B, C y D, con diversas variantes en cada caso, porque ésa es la realidad a la que irremediablemente habrán de enfrentarse. La vida pública y privada continuarán experimentando cambios constantes, modificaciones de forma y de fondo que no será posible pasar por alto y cada vez tendremos que adaptarnos más rápido a las nuevas condiciones, que, además, como nos ha enseñado la Covid-19, no podremos prever por anticipado. Ésta, nos guste o no, es una de las características medulares de la auténtica “nueva normalidad”. El cambio es, entonces, una variable permanente que debe considerarse siempre en la ecuación de la existencia y en cualquier plan o proyecto público o privado y por lo tanto, un factor congénito indisociable de las distintas formas de liderazgo que emerjan en la búsqueda de una gestión eficaz de los grandes problemas que pone ante la humanidad el siglo XXI. El gran reto para el líder de estos tiempos consiste en actuar en función de un escenario que de antemano se sabe cambiante e indeterminado, en vez de aferrarse a planes irrealizables para luego, cuando no hay más remedio, reaccionar tardíamente con remiendos y componendas insuficientes que condenen a sus dirigidos a ir siempre un paso atrás de la vanguardia humana. La semana entrante toca el turno de explorar la cualidad tercera del nuevo liderazgo: la entereza y ecuanimidad para lidiar con un mundo progresivamente incierto. Web: www.juancarlosaldir.com Instagram:  jcaldir Twitter:   @jcaldir Facebook:  Juan Carlos Aldir 1 Cabe aclarar que, aun cuando la palabra líder suele llevar antes el artículo masculino (el), no planteo de ningún modo el liderazgo como un tema exclusivamente masculino, por lo cual todas las veces la palabra sea utilizada en este texto se usa con la intención de que represente un concepto neutro en el que pueden encajar indistintamente mujeres y hombres. 2 Innerarity, Daniel, Pandemocracia. Una filosofía de la crisis del coronavirus, Primera Edición, España, Galaxia Gutemberg, 2020, P. 34 3 Morin, Edgar, Enseñar a vivir. Manifiesto para cambiar la educación, Primera Edición, España, Paidós-Grupo Planeta, 2016, P. 43 Te podría interesar:

Era Covid: Liderazgo y comprensión profunda del carácter global de la civilización humana

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  1. Reconoce tus emociones. No ignores tus sentimientos. Sentir tristeza o enojo es normal, no te exijas estar siempre positivo o feliz. Escribir sobre tus sentimientos puede ayudarte a comprenderlos de mejor manera. Escribe en un papel o haz notas mentales expresando cómo te hace sentir tu nueva rutina diaria.
  2. Piensa en lo que puedes hacer para distraerte. Cocina, baila, mira películas, lee un libro, participa en retos saludables, ejercítate desde casa o juega con tus amigos en línea. Haz cosas que te hagan feliz, el crear distracciones es una buena forma de enfrentar  la tensión emocional.
  3. Mantén el contacto con tus seres queridos. Ponte en contacto con un amigo o amiga, tus padres, un profesor o algún adulto de confianza para hablar sobre cómo se siente cada uno. Conversar con alguien te ayudará a sentirte mejor y a cuidar tu bienestar emocional.
  4. Fíjate en las cosas buenas. Aunque no todos los días sean buenos, se puede encontrar algo bueno en cada uno. Cada noche, antes de dormir, piensa en algo por lo que estés agradecida o agradecido, aunque sea algo pequeño, el hacerlo te hará sentir mejor.
  5. Sé amable contigo y con los demás. Recuerda que cada persona está viviendo la pandemia de diferente manera. Debemos tener en cuenta que lo que compartimos o lo que decimos puede afectar a los demás. Ahora más que nunca, necesitamos ser solidarios y apoyarnos mutuamente.
  6. No descuides tu salud. Tu cuerpo experimenta y reacciona a cómo te sientes. Aliméntate bien, mantén hábitos saludables y pon atención a las sensaciones en cada parte de tu cuerpo. Fíjate si sientes cualquier tipo de tensión, dolor o presión, desde la cabeza hasta llegar a los dedos de los pies. Reconocer dónde sientes tensión puede ayudarte a liberarla.
Cada individuo tenemos el compromiso de mantener una salud integral y cuidar de esta manera nuestro entorno, es decir, a las personas con las que a diario interactuamos. Para mantener una salud emocional, independientemente de las circunstancias que se presenten se va a requerir de nuestro esfuerzo y actitud en la vida cotidiana, ¡si te cuidas, cuidas a los demás! Referencias https://quierocuidarme.dkvsalud.es/ocio-y-bienestar/salud-emocional  https://www.unicef.org/ecuador/historias/c%C3%B3mo-cuidar-tu-salud-mental-en-tiempos-de-pandemia  Contacto [email protected]  https://www.facebook.com/draelizabeth.cruzgarza.9         https://www.facebook.com/RIEHMTY/  www.ruizhealytimes.com @DraElizabethCr1" ["post_title"]=> string(29) "¿Qué es la salud emocional?" 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Esta es una parte central de la auténtica “nueva normalidad”.  “Del Imperio romano, que llegó a cubrir más de tres millones de kilómetros cuadrados y englobaba el veinte por ciento de la población mundial, y cuya desaparición resultaba tan inimaginable como la del propio planeta, nada queda”. -Jonathan Safran Foer, Podemos salvar el mundo antes de cenar “El hombre que no cambia nunca de opinión es como el agua estancada: su mente cría alimañas”. -William Blake En los últimos dos artículos hemos explotado algunas de las características debe tener un líder1 para encarar los desafíos del siglo XXI. Se afirmaba también que un líder de la Era Covid y Post-Covid, sin despreciar las propiedades de los liderazgos tradicionales como la honestidad, confianza en sí mismo, la vocación de servicio, la pasión por lo que se hace, la búsqueda de la innovación, empatía y creatividad entre muchas otras, requiere además cuatro características que para los tiempos por venir lucen indispensables: 1.- Comprensión profunda del carácter global de la civilización humana. 2.- Capacidad de cambio, adaptación y rectificación. 3.- Entereza y ecuanimidad para lidiar con un mundo progresivamente incierto. 4.- Consciencia de Ejemplaridad. En esta oportunidad hablaremos un poco acerca de la segunda: Capacidad de cambio, adaptación y rectificación Ningún gobierno del mundo anticipaba en noviembre de 2019 que en apenas unos meses las cosas fuesen a cambiar del modo en que lo hicieron, y mucho menos que la crisis fuese a alargarse por tanto tiempo. Cada uno de los Estados, según su situación específica, la ideología de su gobierno de turno, sus proyectos, presupuestos y políticas públicas, sus proyecciones electorales y demás variables del orden local, debieron enfrentar una crisis de salud que afectó todos los ámbitos de la vida nacional y, en la gran mayoría de los casos, sin los recursos necesarios para hacerlo. Cada uno, en la medida de sus posibilidades económicas, políticas  e ideológicas, y tomando como referencia lo realizado en otras naciones, tomó medidas y diseñó estrategias con las que suponían que habrían de librar la emergencia. Como siempre ocurre, hubo naciones que se gestionaron mejor que otras y el centro de esa diferencia no solo consistió en la cantidad de recursos disponibles, sino en la capacidad de adaptarse a cada nuevo escenario haciendo cambios y rectificaciones según se requiriese. Conforme la Covid-19 se fue expandiendo y el conocimiento acerca de ella evolucionando, conforme los casos se hacían cada vez más frecuentes y resultaba evidente que un confinamiento de un mes no resolvería la situación, los planes, propuestas y recomendaciones iniciales debieron adaptarse y modificarse según se transformaban las tendencias de contagio y el número y naturaleza de los fallecimientos. Pero lo mismo sucedió con los planes económicos, educativos, comerciales, turísticos, incluso políticos dentro de las dinámicas locales. La pandemia por Covid-19 no respondía a las estrategias planteadas y la búsqueda de soluciones nuevas, creativas y costeables según cada caso se convirtió en la prioridad global. Citando a Daniel Innerarity, de su texto Pandemocracia: “La dificultad de predecir estas irrupciones no es solo acerca de cuándo van a suceder, sino incluso sobre su naturaleza, de manera que no sabemos exactamente qué va a suceder (o qué ha sucedido y qué va a cambiar después). Éste es un territorio que desconocemos, y tampoco lo conocen quienes tienen que gestionarlo, expertos y políticos. De ahí que las decisiones para hacer frente a la crisis tengan un cierto carácter de improvisación y experimento, e incluso están llenas de errores, especialmente cuando no se ha identificado bien la naturaleza del problema2”. Se habla con frecuencia de una supuesta “nueva normalidad”. La primera acepción a este concepto surgió del apremio de los gobiernos por transmitir a sus ciudadanos la idea de que muy pronto se volvería al estado de las cosas previas a la pandemia; sin embargo los incontables cambios, aun cuando sutiles, son tan amplios y tan generalizados en todos los ámbitos –economía, relaciones, educación, salud, etc.– que hoy podemos afirmar con bastante certeza que el mundo previo a la pandemia por Covid-19 ha dejado de existir para dar lugar a una nueva realidad, aún en construcción. Dice el gran Edgar Morin: “Toda acción, una vez iniciada, tiende a escapar de las intenciones y la voluntad de su autor y a entrar en un juego de interacción y retracción con el medio (social o natural) que puede modificar su curso, y a veces hasta invertirlo3”. Y justo eso está ocurriendo. Estamos, con nuestras acciones, omisiones, impulsos, reacciones e interacciones creando un mundo nuevo en sustitución del anterior y este “nuevo mundo”, si se caracterizará por algo, será justamente por su carácter maleable y en permanente transformación. La vida cotidiana no volverá a ser lo que era, tanto por el tema del virus, como por futuras pandemias, como por los propios cambios climáticos, económicos, sociales, tecnológicos y culturales del mundo global en que estamos irremediablemente inmersos. Pero el centro de la argumentación va un poco más allá: no se trata de una tendencia causada por la pandemia de Covid-19 que cesará cuando la emergencia acabe, sino todo lo contrario, el cambio y la transformación permanente será la constante del siglo XXI, y no es con el virus, sino con esta dinámica con la que tenemos que aprender a vivir. Ya habitábamos en un mundo en transformación permanente, pero nos aferrábamos a la ilusión, un tanto ingenua, de que era posible tener certezas, de que el mundo y sus variables podían ser sólidas y predecibles, de aún éramos capaces de conservar el control sobre el universo humano y natural, pero si echamos un vistazo a los últimos cincuenta años, veremos que los cambios en la forma de vida, en las expectativas profesionales, en las dinámicas familiares, sociales y políticas, en fin, en todos los aspectos de la existencia nos colocan en dos mundos materialmente distintos. Ni el concepto de familia, ni de educación, ni de trabajo, ni de relaciones de género, de maneras de relacionarse tienen semejanza alguna, y hablamos apenas de 50 años. La vida diaria y las herramientas empleadas por alguien nacido en la década de los cincuenta del siglo XX, aun si solo habláramos del aspecto tecnológico, no tienen nada que ver con la manera en que un chico nacido en el año 2000  se relaciona con el mundo y con su propia existencia. Y no se trata solo de pantallas e internet. Los cambios se dan en racimo en todos los ámbitos del quehacer humano. Lo que la emergencia sanitaria por Covid-19 está haciendo es desnudar brutalmente esa tendencia preexistente, hacerla evidente y retratarla en su justa dimensión, dejándonos en claro que no hay ningún elemento que permita suponer que esta dinámica de transformación y cambio pudiera detenerse o desacelerarse, aun cuando resulte imposible determinar el sentido y dirección de dicho cambio. Más bien, al contrario, la tendencia en el último siglo es que los cambios tengan lugar con un intervalo de tiempo cada vez menor. Del mismo modo que los individuos tenemos que ajustarnos a las nuevas condiciones, el líder debe hacer el esfuerzo análogo por abrirse al cambio, la adaptación y la rectificación cuando las medidas tomadas den muestras de no ser las óptimas. Sumado a la comprensión sistémica y global que implican los escenarios colectivos, las nuevas estrategias, soluciones y políticas públicas deben nacer ya con un plan B, C y D, con diversas variantes en cada caso, porque ésa es la realidad a la que irremediablemente habrán de enfrentarse. La vida pública y privada continuarán experimentando cambios constantes, modificaciones de forma y de fondo que no será posible pasar por alto y cada vez tendremos que adaptarnos más rápido a las nuevas condiciones, que, además, como nos ha enseñado la Covid-19, no podremos prever por anticipado. Ésta, nos guste o no, es una de las características medulares de la auténtica “nueva normalidad”. El cambio es, entonces, una variable permanente que debe considerarse siempre en la ecuación de la existencia y en cualquier plan o proyecto público o privado y por lo tanto, un factor congénito indisociable de las distintas formas de liderazgo que emerjan en la búsqueda de una gestión eficaz de los grandes problemas que pone ante la humanidad el siglo XXI. El gran reto para el líder de estos tiempos consiste en actuar en función de un escenario que de antemano se sabe cambiante e indeterminado, en vez de aferrarse a planes irrealizables para luego, cuando no hay más remedio, reaccionar tardíamente con remiendos y componendas insuficientes que condenen a sus dirigidos a ir siempre un paso atrás de la vanguardia humana. La semana entrante toca el turno de explorar la cualidad tercera del nuevo liderazgo: la entereza y ecuanimidad para lidiar con un mundo progresivamente incierto. Web: www.juancarlosaldir.com Instagram:  jcaldir Twitter:   @jcaldir Facebook:  Juan Carlos Aldir 1 Cabe aclarar que, aun cuando la palabra líder suele llevar antes el artículo masculino (el), no planteo de ningún modo el liderazgo como un tema exclusivamente masculino, por lo cual todas las veces la palabra sea utilizada en este texto se usa con la intención de que represente un concepto neutro en el que pueden encajar indistintamente mujeres y hombres. 2 Innerarity, Daniel, Pandemocracia. Una filosofía de la crisis del coronavirus, Primera Edición, España, Galaxia Gutemberg, 2020, P. 34 3 Morin, Edgar, Enseñar a vivir. Manifiesto para cambiar la educación, Primera Edición, España, Paidós-Grupo Planeta, 2016, P. 43 Te podría interesar:

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