Acciones para cuidar el medio ambiente

Nuestro planeta está en riesgo y necesita la ayuda de todos.  La contaminación del agua y el cambio climático han avanzado a niveles sorprendentes. Ante esta situación hay que tomar acciones para cuidar el medio ambiente que...

21 de abril, 2021

Nuestro planeta está en riesgo y necesita la ayuda de todos.  La contaminación del agua y el cambio climático han avanzado a niveles sorprendentes. Ante esta situación hay que tomar acciones para cuidar el medio ambiente que es tarea de todos y que trabajando juntos podemos revertir esta situación. 

Cada acción, por pequeña que sea, ocasionará un avance. El primer paso es saber cómo cuidar el medio ambiente. Son tareas sencillas que podemos  hacer desde ahora para revertir el calentamiento global y luchar para salvar el planeta. Los científicos y los ecologistas aseguran que estas medidas funcionan, así que aplicándolas, veremos cambios muy positivos.

Ahorra agua.- Es una de las mejores acciones para el cuidado del ambiente. Menos del 3 % del agua que hay en el planeta Tierra es apta para el consumo humano. Hay que cuidar el líquido vital. La industria y la ganadería acaparan hasta el 80 %. En las ciudades se desperdicia hasta un 44 % a causa de la falta de acciones para cuidar el medio ambiente, fugas, malos sistemas de bombeo y derroche. Esto es grave y aunque en los países desarrollados casi toda la población tiene acceso a agua potable, esto no garantiza que la disponibilidad sea permanente.  

Separa la basura.- Otra medida, y bastante importante por cierto, para el cuidado del planeta es separar la basura. Este es el resultado de la mala administración de residuos que inicia en el hogar. Y es que hay que admitir que a muchos les da pereza clasificarlos, pero hay que concientizar el daño que ocasiona este desorden poniendo manos a la obra.

Administra y recicla el papel.- Reusar y clasificar el papel es otra medida que debes adoptar para el cuidado del medio ambiente; especialmente, cuando estás en la oficina. El problema es que hasta el 50 % no se separa adecuadamente. Los productos de papel y cartón son muy duraderos y se pueden reciclar hasta siete veces. Por eso, clasificarlos es una de las acciones para cuidar el medio ambiente. Estando en casa, una de las de las acciones para cuidar el medio ambiente que puedes adoptar es el uso de papel periódico como envoltorio o para limpiar superficies de vidrio. Además, usa papel higiénico blanco ya que el de colores contamina el agua.

Reutiliza el plástico que uses.- La reutilización de todos los utensilios de plástico. Bueno, lo realmente recomendable es evitar comprarlos siempre que sea posible. Las estadísticas de la ONU señalan que el plástico es uno de los materiales más nocivos para el ambiente. En promedio, unas 8 millones de toneladas acaban en el océano cada año, poniendo en peligro la vida de ecosistemas enteros. Evita comprar agua o líquidos embotellados. Como alternativa, puedes comprar agua en botellas retornables o utilizar filtros para beber del grifo. Deja de consumir pajitas/popotes. Estos artefactos son prescindibles en la mayoría de los casos. Además, tardan hasta 500 años en degradarse. Opta por cubiertos de madera, bambú o acero. Lleva tu propio vaso reutilizable a las cafeterías. Evita el uso de la película de plástico. Mejor, utiliza papel de aluminio, que es reciclable. Otra alternativa son las bolsas ecológicas de algodón para envolver la comida. Cambia los recipientes de plástico. Aunque sean de más de un uso, la opción más ecológica para transportar tu comida son los recipientes de cristal o de acero inoxidable.




Utiliza el transporte público.-  El uso de medios de transporte colectivos son alternativas más eficientes y baratas que el automóvil, que emite grandes cantidades de dióxido de carbono. 

Usa la bicicleta para tramos cortos y medianos.- El uso de las bicicletas es una medida que muchas ciudades ecológicas han adoptado. Para ello, han construido ciclovías y fundado empresas para ofrecer renta de bicis en puntos estratégicos. Además, andar en bici es una excelente forma de mejorar tu condición física, trabajar tus muslos y evitar el tráfico. Por ello, infórmate sobre las rutas ciclistas en tu ciudad, aplica esta medida del cuidado del planeta.

Camina en trayectos cortos.- Caminar, además de ser bueno para la salud, es una de las acciones para cuidar el medio ambiente. Al no usar tu automóvil o, incluso, el transporte público contribuyes a disminuir las emisiones de dióxido de carbono. Además, según los estudios médicos, caminar al menos 40 minutos al día o una distancia de 7 kilómetros, te ayuda a mejorar tu condición física y tu salud mejorará considerablemente. 

Haz rondas con amigos para el uso del coche.- Establece rondas con tus amigos para usar un solo vehículo por día o, inclusive, por semana. El 63 % de los coches en circulación llevan un solo conductor. Es decir que, si muchos compartieran sus autos, las emisiones de dióxido de carbono serían más bajas y estarías ayudando a reducir el tráfico entre un 50-80 % y extiendes la vida útil de tu auto.

Compra bombillas de bajo consumo.- Los focos incandescentes consumen hasta un 80 % más de energía y su luminosidad es más brillante, pudiendo dañar tu vista. En cambio, las bombillas de bajo consumo, uno de los inventos ecológicos más recientes, consumen menos energía. Usarlos, además de ser una medida para el cuidado del planeta, es un método para disminuir el coste de tu factura de electricidad. 

Apaga tus dispositivos cuando no los uses.- Esta pequeña medida puede hacer una gran diferencia a la hora de ahorrar energía. Por ejemplo, y aunque te cueste mucho, apaga tu móvil una que otra noche o déjalo en modo avión. Así, prolongas la duración de la batería y evitas cargarlo constantemente, ahorrando energía y aumentando su vida útil. 

Desconecta los aparatos.- Apagar los aparatos como una acción para el cuidado del medio ambiente no es suficiente. Los equipos que están apagados, pero siguen conectados a la corriente, consumen energía, así que es importante que los desenchufes. Otra recomendación es controlar la toma de corriente desde un supresor de picos o un regulador. Eso evitará descargas e incluso incendios derivados de estas. 

Modera el uso de la calefacción y del aire acondicionado.- La calefacción y el aire acondicionado son necesarios en muchas ciudades del mundo; sin embargo, haz un buen uso de ellos. Lo mejor que puedes hacer es conseguir un termostato para regular estos aparatos, que es una de las acciones para cuidar el medio ambiente. 

Aprovecha la luz natural.- Abre las ventanas y sube las cortinas para que entre la luz del sol a tu casa. Esto te ayudará a subir tu ánimo y a ahorrar energía y en la factura de electricidad.  Otra de las acciones para cuidar el medio ambiente que puedes adoptar es la compra de artefactos que se carguen con el sol. 

Usa bolsas ecológicas.- Cuando vayas de compras, consigue bolsas ecológicas que al contacto con el agua, se deshagan para evitar el consumo de plástico. Otra de las acciones para el cuidado del medio ambiente es el uso de bolsas de tela. Es una alternativa ecológica, barata y que suma muchos puntos a la lucha para revertir el deterioro del planeta. 

Sé creativo.- Dentro de ti llevas lo mejor para ayudar al planeta: tu ingenio e imaginación. Siendo creativo puedes aplicar medidas para el cuidado del ambiente; por ejemplo, darle un segundo uso a la ropa, juguetes, discos, etc. Así proteges la naturaleza y ahorras dinero.  Evitar el consumo masivo, adopta una actitud más crítica respecto a la publicidad y no compres todo lo que ves, recuerda que los artículos tienen más de una vida útil y pueden ser usados por varias personas.

Practica el turismo sostenible.- Si te encanta viajar por el mundo, haz turismo sostenible. Esta es una de las acciones para proteger el medio ambiente con la cual puedes aventurarte por los cinco continentes respetando el entorno que te rodea y aprendiendo a ser un viajero ecológico. 

 

Referencias

https://experienciajoven.com/acciones-para-cuidar-el-medio-ambiente/

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valores a los que un líder 1 se adhiere, y por la otra, la congruencia con que estos se manifiestan en su hacer, decir y pensar cotidiano.  Simplificando: ejemplaridad = Integridad  El tema del liderazgo se ha estudiado desde hace mucho tiempo. A quienes aspiran a desarrollar esta condición se les atribuyen tradicionalmente cierto tipo de características. Sin negar la importancia de ellas, a lo largo de las últimas semanas hemos hablado de tres propiedades que resultarán indispensables para ejercer el liderazgo en Siglo XXI, tanto en esta Era Covid en que estamos inmersos, como en ese mundo post-pandemia que está en formación.  1.- Comprensión profunda del carácter global de la civilización humana.  2.- Capacidad de cambio, adaptación y rectificación. 3.- Entereza y ecuanimidad para lidiar con un mundo progresivamente incierto.  Hoy toca el turno a la última gran propiedad de la que, si bien no se habla demasiado, a mi juicio es la que redondea y completa el papel que un líder debe desempeñar.   Consciencia de Ejemplaridad La exigencia de convertirse en un “ejemplo” para los demás en principio suena anticuado y reaccionario. Existen largas disertaciones acerca de la importancia del espacio privado y la separación de éste con el espacio público y el desempeño profesional. Pero si nos detenemos un momento nos daremos cuenta de que en cierta medida todos, con nuestras acciones y omisiones, con nuestros hábitos y conductas, somos referentes para alguien, del mismo modo que en un sin fin de ocasiones el ejemplo ajeno ha servido para moldearnos.  Desde que nacemos utilizamos los referentes a nuestro alcance como herramienta para entender el mundo que nos rodea. Esta dinámica, que tiene lugar seamos conscientes de ello o no, se amplifica y extiende de forma muy importante cuando hablamos de aquellos que asumen cualquier variedad de liderazgo. En este caso, el texto está enfocado en líderes políticos y sociales, pero puede aplicar a cualquiera que pretende influir en la conducta, ideas o convicciones de otros. Desde que conocí por primera vez el concepto de “ejemplaridad”, desarrollado por el filósofo español Javier Gomá Lanzón, quien hace algunos años escribió una tetralogía2con el propósito de construir una teoría cultural de la ejemplaridad, me resultó muy seductora la idea de llevar este concepto a la cotidianidad, desde la cual, en su opinión, todos podemos –y debemos– ser ejemplares.  Al respecto de ese modo horizontal de ser modélico Gomá Lanzón afirma, en Ejemplaridad pública, tercer tomo de dicha tetralogía: “sólo podrá ser una ejemplaridad persuasiva, no autoritaria, que, involucrando todas las dimensiones de la persona, incluida la privada, promueva una reforma de su estilo de vida y que, finalmente, pueda llegar a ser la fuente y el origen de nuevas costumbres cívicas, articuladoras de la vida social3”.  Ser conscientemente ejemplar suena anacrónico, porque en primera instancia queda la impresión de que se busca imponer un comportamiento moral específico por encima de todos los demás como si se tratara de una verdad única, pero nada más lejos de mi intención.  La ejemplaridad, como la comprendo, tiene que ver con la manera en que decidimos estar en el mundo y cómo nos proyectamos hacia los demás. Tiene que ver con la intención y la actitud mucho más que en los contenidos o actos específicos. Tiene que ver con las decisiones éticas y conductuales que tomamos y en la forma concreta en que las llevamos a cabo, teniendo como característica central la congruencia. En una palabra, tiene que ver con nuestra Integridad personal.  Un líder apto para encarar la dimensión y complejidad de los desafíos del siglo XXI puede defender cualquier ideología e integrar cualquier partido político, puede formar parte de cualquier escuela religiosa o de ninguna, puede acogerse a cualquier doctrina ética, puede desarrollar cualquier clase de hábitos, pero sea como sea que decida construirse, el núcleo de su liderazgo se sostendrá en que lo que piensa, lo que dice y lo que hace formen un todo coherente e íntegro que la/lo muestren como un individuo congruente en que se puede confiar, que deje muy claro lo que podemos y no podemos esperar de ella/él.   Por otro lado, uno de los graves problemas éticos de nuestro tiempo es que, en aras de resaltar la diversidad y el respeto por la multiplicidad de opiniones y formas de entender la vida, nos hemos convencido de que todas las conductas y principios éticos son equivalentes. Sin embargo, esto no es así. Mientras una serie de valores, como la aceptación, el respeto, la equidad, la autenticidad, el cumplimiento de promesas, la calidez o la empatía favorecen la aceptación, la convivencia y la integración de los grupos humanos, otros valores o conductas, como la recriminación, la intolerancia, el engaño, la discriminación, la burla, la imposición, la incongruencia o la agresividad impiden que dicha convivencia sea posible.  Esto conlleva que la ejemplaridad se construye a partir de dos ejes que se complementan: por una parte el tipo y la calidad de valores que un líder sostiene y por la otra la congruencia e integridad con que estos se manifiestan en su hacer, decir y pensar cotidiano.   La conducta cívica y un ambiente propicio para la convivencia nace de, sin renunciar a la personalidad propia, mantener comportamientos, acuerdos tácitos o explícitos, modales y costumbres que posibiliten la cohabitación, el acuerdo y la aceptación mutua. En el caso de un lider, la capacidad de vivir como predica y atenerse a las leyes, reglas y limitaciones que él mismo defiende y solicita en los demás tendría que ser inherente a su condición de liderazgo.   El hecho de que durante décadas el liderazgo público haya estado marcado por el individualismo extremo, que condujo a que cada partido político y cada dirigente en particular actuase sólo mirando por sus intereses particulares, ha conducido a una especie de crisis de liderazgo. Si hay algo desprestigiado en la política actual son los propios líderes políticos y muchos oportunistas e improvisados se favorecen de esta situación.  Resulta demencial que la mejor oferta que en la actualidad pueda ofrecer un candidato para tener éxito electoral sea presentarse como un no-político. Y lo más alucinante del caso es que los propios partidos políticos “tradicionales” –todos, de esta conducta no se salva ninguno– son quienes los postulan; es como si reconocieran que sí, que ellos –por ineptitud y tendencia a la corrupción– no están capacitados para los cargos de elección y que por eso es mejor traer a cantantes, exfutbolistas, modelos, luchadores y deportistas en retiro para hacer lo que ellos no pueden, no saben o no quieren.  Que el desconocimiento total del cargo y la falta de experiencia terminen por ser las principales virtudes de alguien que aspira a un puesto de liderazgo público carece de sentido. En cualquier otra profesión esa oferta sería un disparate: ¿quién se sometería a una cirugía llevada a cabo por no-médico, o subiría a un avión conducido por un no-piloto, o le confiaría su defensa legal a un no-abogado?   Sin embargo esto es justo lo que está ocurriendo. Basta con ver las listas de candidatos para las elecciones federales y locales de este año en México para comprobarlo. Ni los individuos con aspiraciones injustificadas a un liderazgo público ni los partidos políticos que los postulan parecen entender el tiempo de cambio en que están inmersos y, sumidos en una siniestra bruma de estupidez e impudicia, cavan sin descanso su propia tumba.  Tristemente la democracia ya no se entiende como una forma horizontal y participativa de gobernar sino como un mero certamen de popularidad que debe ganarse a cualquier precio.  El mundo complejo que ya existía, pero que la crisis por Covid ha sacudido hasta sus cimientos, no resistirá por mucho tiempo más esta clase de liderazgos de hojalata y en caso de no transformarse, las agrupaciones políticas actuales acabarán por colapsar, dejando su sitio a líderes autoritarios, que, con todo y sus montones de defectos, cuando menos se caracterizan por asumir plenamente la responsabilidad ser líderes. La realidad y los problemas auténticos que viven las naciones no podrán atemperarse por mucho tiempo más con bochornosos espectáculos mediáticos, alimentados por dimes y diretes falaces.  Ante la voracidad egocéntrica, la falta de visión, de eficacia y de auténtico profesionalismo de las élites dominantes –es decir, de NO EJEMPLARIDAD–, nadie debe sorprenderse que accedan al poder populistas extremos, orgullosamente autodenominados anti-sistema, que prometen patriotismo heroico, desmantelamiento de los organismos opresores y soluciones mágicas a problemas ultracomplejos, con la ventaja de que tanto su discurso como su condición de “ajeno al sistema” los blinda de la crítica, del exámen detallado de los “cómos” y de la rendición de cuentas.  Tras décadas de instituciones inoperantes y abusos sistemáticos en el ejercicio del poder con absoluta impunidad, las élites burocráticas se han puesto la soga al cuello al gobernar de espaldas al ciudadano y actuar como si pertenecieran a una especie de “aristocracia dirigente”, un linaje insigne que no tiene que dar cuentas a nadie ni de sus gestiones ni de sus conductas, acciones, hábitos y omisiones tanto públicos como privados. Pero no parece que a este tipo de liderazgo le quede demasiado margen de maniobra.   Por eso, al antídoto que alguien genuinamente interesado en el liderazgo público y la democracia participativa puede utilizar para rescatar el oficio es la ejemplaridad. Un auténtico líder Post-Covid no sólo tiene la obligación ideológica, ética, moral, profesional e incluso práctica de llevar una vida pública y privada ejemplar –y permíteme insistir: ejemplar desde sus propios valores e ideología, desde la natural coherencia que emerge de materializar sus propias convicciones, resumiendo: una vida íntegra– que revalorice su condición de referente público, sino que es su único seguro de permanencia y su única forma de defenderse de los advenedizos que intenten en desplazarlos desde la no-experiencia.  Desde luego que una vida “ejemplar” no es sinónimo de vida “perfecta”. De hecho, el intento de proyectar perfección implicaría ya en sí mismo falsedad. Se trata de actuar desde los valores e ideología propia, desde la natural coherencia que emerge de materializar las propias convicciones.  Un líder que aspire a la ejemplaridad no es aquel que reproduce acríticamente una serie de comportamientos o eslóganes socialmente aceptados. No se trata de homogeneizar a los individuos ni implica la complacencia de someterse a lo que “es correcto” según las normas establecidas en aras de darle gusto a todos. El valor de sostener la coherencia es el motor máximo de la ejemplaridad, pero sin duda es la manera más genuina y eficaz de influir en los demás y dejarles huella. Dice Thomas Moore, en El alma del sexo: Convertir cada día en un acto de amor: “Quienes eligen vivir la vida en su plenitud, no tienen otra alternativa que probar los límites de la moral aceptada y, a menudo, transgredirlos4. De lo que sí se trata es de ser conscientes de la propia ética y del conjunto de valores que se han decidido defender y si, dado el caso, deben transgredirse los límites de la moral colectiva en la búsqueda de manifestar esa congruencia mencionada, lo oportuno será transgredirlos con convicción, asumiendo las consecuencias y los costos. En algún momento alguien debió transgredir los valores vigentes de su sociedad para oponerse a la esclavitud, o a la segregación racial, o a la restricción contra el voto de la mujer y muchos etcéteras, y estas son precisamente las mejores manifestaciones posibles de ejemplaridad.  El liderazgo verdadero no se alimenta de popularidad sino de carisma genuino. Es esa combinación entre congruencia e integridad la que se traduce –o debería traducirse– en popularidad y aceptación y no al revés: no eres líder porque seas popular, sino que eres popular porque la gente te reconoce como líder.   Un líder auténtico, congruente e íntegro, a partir de una sólida construcción ideológica, personal, ética, moral, familiar, íntima de la que hemos hablado, es capaz de sostener de manera natural y orgánica, desde la convicción y la responsabilidad, su propio conjunto de valores y traducirlos en comportamientos, conductas y hábitos congruentes entre sí porque no son impuestos para agradar sino genuinamente propios. Con la ventaja adicional de que este tipo de liderazgo conlleva una carga intrínseca de originalidad que refresca y enriquece la moral pública. Sus actos no tienen que ser “aprobados” por la comunidad –incluso podrían ser impopulares–, pero la clave está en que sean reconocidos como consecuencia natural de una visión del mundo compleja y plenamente incorporada a su personalidad real.   La ejemplaridad de un líder ni siquiera depende de ganar o perder en una contienda electoral, sino de la manera como se gestiona a sí mismo, de su capacidad de aprendizaje y cambio, de su apertura a reconocer triunfos ajenos y honrar sus compromisos una vez que ha logrado los victoria. La próxima semana cerramos este tema con una breve conclusión que integre las cuatro propiedades propuestas.  Web: www.juancarlosaldir.com Instagram:  jcaldir Twitter:   @jcaldir    Facebook:  Juan Carlos Aldir 1 Cabe aclarar que, aun cuando la palabra líder suele llevar antes el artículo “el”, no planteo de ningún modo el liderazgo como un tema exclusivamente masculino, por lo cual todas las veces la palabra sea utilizada en este texto se usa con la intención de que represente un concepto neutro en el que pueden encajar indistintamente mujeres y hombres. 2 Dicha tetralogía está compuesta por los siguientes títulos: Imitación y experiencia que plantea la historia cultural de la “imitación”, la cual considera el antecedente histórico y filosófico más importante de la ejemplaridad.  Aquiles en el gineceo, donde, utilizando la historia de Aquiles como metáfora, expone el paso del individuo de lo que llama estadio estético al ético. En Ejemplaridad pública expone lo que considera su aplicación a la esfera política. Y por último, Necesario pero imposible, donde relaciona la ejemplaridad con la finitud. 3 Gomá Lanzón, Javier, Ejemplaridad Pública, Primera Edición, España, Penguin Random House - Taurus, 2014, P. 26 4 Thomas Moore, El alma del sexo: Convertir cada día en un acto de amor. Cita tomada de: Fernández Romero, Francisco, Lo que pasa entre nosotros. 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La referida a las personas, es el poder o la autoridad de alguien sobre otro sujeto. Ese poder puede utilizarse para intervenir en un negocio, para obtener una ventaja o para ordenar algo. En otras palabras, la influencia es la capacidad de controlar y modificar las percepciones de los demás. Este concepto es subjetivo y como tal, la percepción de la influencia de una persona sobre otra varía según el observador. Existe una serie de situaciones que son mal vistas por la mayoría de los individuos de una misma cultura, como sucede con el consumo de estupefacientes, los asaltos a mano armada, los abusos sexuales y los asesinatos; cada una posee un nivel de gravedad diferente, pero todas estas acciones son consideradas delitos para la mayoría de las sociedades. Por lo tanto, si un padre sabe que su hijo ha entablado amistad con una persona adicta a alguna droga, seguramente se opondrá a la relación alegando que se trata de una mala influencia. Del mismo modo, frente a una persona estudiosa y trabajadora, dentro de los parámetros normales, su cercanía con otro individuo será vista como una potencial buena influencia; sin embargo, si dejamos a un costado los crímenes, dado que atentan contra la libertad de los demás y de ninguna manera pueden ser vistos como un acto positivo, la mayoría de las costumbres y de los gustos pueden ser vistos desde dos posturas opuestas. Por ejemplo, un apasionado del cine que desea estudiar una carrera universitaria para convertirse en editor profesional puede encontrarse con la oposición de sus padres y con la sugerencia de escoger un camino tradicional considerado más redituable. Otras personas con la misma visión de la vida pueden considerar que este joven representa una mala influencia para sus amigos. Este caso, que parece extremista, es muy común en muchas familias y resulta absurdo que todas ellas consuman arte en varias de sus formas: leen novelas y poesía pero aborrecen la idea de que sus hijos se conviertan en escritores; adoran el cine, pero temen estar criando a futuros actores. En la eterna lucha por la razón, alguien que en un entorno determinado tiene el poder para decidir qué está bien y qué está mal, puede ser considerado como una mala influencia por otra persona, y la complejidad de esta red de diferencias conceptuales es potencialmente infinita. La noción de esfera de influencia se refiere a una región donde un Estado o una organización ejercen una dominación política, cultural, económica o militar indirecta. La influencia de la sociedad puede contribuir al desarrollo de la inteligencia, la afectividad, la asertividad, el comportamiento y personalidad. Cuando una persona ha vivido en sociedad y por razones extremas se encuentra privada de las relaciones con los demás, teniendo que vivir totalmente aislado, de inmediato comienza a organizar su vida siguiendo los patrones que la sociedad en la que vivía le enseñó. La sociedad requiere de la colaboración de todos sus miembros mediante una variedad de trabajos que hacen posible el desarrollo social. La teoría de la influencia social se basa en los cambios de conducta o pensamiento que se producen en un sujeto debido a una serie de procesos mentales derivados de la comunicación con otros seres o medios. Esta influencia puede ser dirigida a un fin o simplemente debida a la presión de grupo, derivándose de lo que el propio sujeto considere que se le pide o de lo que directamente le sea comunicado. Además, hay que tener en cuenta que, independientemente del resultado, todo proceso de influencia es bidireccional. Es decir, una persona puede cambiar la forma de actuar de otra, pero que la segunda cambie o no, provocará asimismo una influencia en la primera. Lo mismo se aplica a nivel de grupo e incluso a nivel de sociedad. Algunos factores que afectan al nivel de influencia son la cohesión grupal, que puede generar presión a la conformidad, el tipo de normas sociales, el tamaño de los grupos o las posiciones y roles de los diversos elementos que se van a influir entre sí, las expectativas sobre la conducta propia y ajena o el valor otorgado a la propia opinión y a la de los demás. Al observar el comportamiento de las personas no solo somos persuadidos por sus palabras, sino atraídos por sus acciones, lo cual debemos considerar al darles la atención, ya que somos receptores de nuestro entorno y sin darnos cuenta podemos ser influenciados o influir en el comportamiento y desarrollo de nuestros semejantes.   Referencias https://definicion.de/influencia/ https://psicologiaymente.com/psicologia/teoria-influencia-social   Contacto [email protected] https://www.facebook.com/draelizabeth.cruzgarza.9     https://www.facebook.com/RIEHMTY/  www.ruizhealytimes.com" ["post_title"]=> string(19) "La buena influencia" ["post_excerpt"]=> string(0) "" ["post_status"]=> string(7) "publish" ["comment_status"]=> string(4) "open" ["ping_status"]=> string(4) "open" ["post_password"]=> string(0) "" ["post_name"]=> string(19) "la-buena-influencia" ["to_ping"]=> string(0) "" ["pinged"]=> string(0) "" ["post_modified"]=> string(19) "2021-04-28 12:33:23" ["post_modified_gmt"]=> string(19) "2021-04-28 17:33:23" ["post_content_filtered"]=> string(0) "" ["post_parent"]=> int(0) ["guid"]=> string(35) "https://ruizhealytimes.com/?p=64650" ["menu_order"]=> int(0) ["post_type"]=> string(4) "post" ["post_mime_type"]=> string(0) "" ["comment_count"]=> string(1) "0" ["filter"]=> string(3) "raw" } } ["post_count"]=> int(2) ["current_post"]=> int(-1) ["in_the_loop"]=> bool(false) ["post"]=> object(WP_Post)#18116 (24) { ["ID"]=> int(64183) ["post_author"]=> string(2) "84" ["post_date"]=> string(19) "2021-04-16 16:48:55" ["post_date_gmt"]=> string(19) "2021-04-16 21:48:55" ["post_content"]=> string(18075) "La ejemplaridad se construye a partir de dos ejes que se complementan: por una parte el tipo y la calidad de valores a los que un líder 1 se adhiere, y por la otra, la congruencia con que estos se manifiestan en su hacer, decir y pensar cotidiano.  Simplificando: ejemplaridad = Integridad  El tema del liderazgo se ha estudiado desde hace mucho tiempo. A quienes aspiran a desarrollar esta condición se les atribuyen tradicionalmente cierto tipo de características. Sin negar la importancia de ellas, a lo largo de las últimas semanas hemos hablado de tres propiedades que resultarán indispensables para ejercer el liderazgo en Siglo XXI, tanto en esta Era Covid en que estamos inmersos, como en ese mundo post-pandemia que está en formación.  1.- Comprensión profunda del carácter global de la civilización humana.  2.- Capacidad de cambio, adaptación y rectificación. 3.- Entereza y ecuanimidad para lidiar con un mundo progresivamente incierto.  Hoy toca el turno a la última gran propiedad de la que, si bien no se habla demasiado, a mi juicio es la que redondea y completa el papel que un líder debe desempeñar.   Consciencia de Ejemplaridad La exigencia de convertirse en un “ejemplo” para los demás en principio suena anticuado y reaccionario. Existen largas disertaciones acerca de la importancia del espacio privado y la separación de éste con el espacio público y el desempeño profesional. Pero si nos detenemos un momento nos daremos cuenta de que en cierta medida todos, con nuestras acciones y omisiones, con nuestros hábitos y conductas, somos referentes para alguien, del mismo modo que en un sin fin de ocasiones el ejemplo ajeno ha servido para moldearnos.  Desde que nacemos utilizamos los referentes a nuestro alcance como herramienta para entender el mundo que nos rodea. Esta dinámica, que tiene lugar seamos conscientes de ello o no, se amplifica y extiende de forma muy importante cuando hablamos de aquellos que asumen cualquier variedad de liderazgo. En este caso, el texto está enfocado en líderes políticos y sociales, pero puede aplicar a cualquiera que pretende influir en la conducta, ideas o convicciones de otros. Desde que conocí por primera vez el concepto de “ejemplaridad”, desarrollado por el filósofo español Javier Gomá Lanzón, quien hace algunos años escribió una tetralogía2con el propósito de construir una teoría cultural de la ejemplaridad, me resultó muy seductora la idea de llevar este concepto a la cotidianidad, desde la cual, en su opinión, todos podemos –y debemos– ser ejemplares.  Al respecto de ese modo horizontal de ser modélico Gomá Lanzón afirma, en Ejemplaridad pública, tercer tomo de dicha tetralogía: “sólo podrá ser una ejemplaridad persuasiva, no autoritaria, que, involucrando todas las dimensiones de la persona, incluida la privada, promueva una reforma de su estilo de vida y que, finalmente, pueda llegar a ser la fuente y el origen de nuevas costumbres cívicas, articuladoras de la vida social3”.  Ser conscientemente ejemplar suena anacrónico, porque en primera instancia queda la impresión de que se busca imponer un comportamiento moral específico por encima de todos los demás como si se tratara de una verdad única, pero nada más lejos de mi intención.  La ejemplaridad, como la comprendo, tiene que ver con la manera en que decidimos estar en el mundo y cómo nos proyectamos hacia los demás. Tiene que ver con la intención y la actitud mucho más que en los contenidos o actos específicos. Tiene que ver con las decisiones éticas y conductuales que tomamos y en la forma concreta en que las llevamos a cabo, teniendo como característica central la congruencia. En una palabra, tiene que ver con nuestra Integridad personal.  Un líder apto para encarar la dimensión y complejidad de los desafíos del siglo XXI puede defender cualquier ideología e integrar cualquier partido político, puede formar parte de cualquier escuela religiosa o de ninguna, puede acogerse a cualquier doctrina ética, puede desarrollar cualquier clase de hábitos, pero sea como sea que decida construirse, el núcleo de su liderazgo se sostendrá en que lo que piensa, lo que dice y lo que hace formen un todo coherente e íntegro que la/lo muestren como un individuo congruente en que se puede confiar, que deje muy claro lo que podemos y no podemos esperar de ella/él.   Por otro lado, uno de los graves problemas éticos de nuestro tiempo es que, en aras de resaltar la diversidad y el respeto por la multiplicidad de opiniones y formas de entender la vida, nos hemos convencido de que todas las conductas y principios éticos son equivalentes. Sin embargo, esto no es así. Mientras una serie de valores, como la aceptación, el respeto, la equidad, la autenticidad, el cumplimiento de promesas, la calidez o la empatía favorecen la aceptación, la convivencia y la integración de los grupos humanos, otros valores o conductas, como la recriminación, la intolerancia, el engaño, la discriminación, la burla, la imposición, la incongruencia o la agresividad impiden que dicha convivencia sea posible.  Esto conlleva que la ejemplaridad se construye a partir de dos ejes que se complementan: por una parte el tipo y la calidad de valores que un líder sostiene y por la otra la congruencia e integridad con que estos se manifiestan en su hacer, decir y pensar cotidiano.   La conducta cívica y un ambiente propicio para la convivencia nace de, sin renunciar a la personalidad propia, mantener comportamientos, acuerdos tácitos o explícitos, modales y costumbres que posibiliten la cohabitación, el acuerdo y la aceptación mutua. En el caso de un lider, la capacidad de vivir como predica y atenerse a las leyes, reglas y limitaciones que él mismo defiende y solicita en los demás tendría que ser inherente a su condición de liderazgo.   El hecho de que durante décadas el liderazgo público haya estado marcado por el individualismo extremo, que condujo a que cada partido político y cada dirigente en particular actuase sólo mirando por sus intereses particulares, ha conducido a una especie de crisis de liderazgo. Si hay algo desprestigiado en la política actual son los propios líderes políticos y muchos oportunistas e improvisados se favorecen de esta situación.  Resulta demencial que la mejor oferta que en la actualidad pueda ofrecer un candidato para tener éxito electoral sea presentarse como un no-político. Y lo más alucinante del caso es que los propios partidos políticos “tradicionales” –todos, de esta conducta no se salva ninguno– son quienes los postulan; es como si reconocieran que sí, que ellos –por ineptitud y tendencia a la corrupción– no están capacitados para los cargos de elección y que por eso es mejor traer a cantantes, exfutbolistas, modelos, luchadores y deportistas en retiro para hacer lo que ellos no pueden, no saben o no quieren.  Que el desconocimiento total del cargo y la falta de experiencia terminen por ser las principales virtudes de alguien que aspira a un puesto de liderazgo público carece de sentido. En cualquier otra profesión esa oferta sería un disparate: ¿quién se sometería a una cirugía llevada a cabo por no-médico, o subiría a un avión conducido por un no-piloto, o le confiaría su defensa legal a un no-abogado?   Sin embargo esto es justo lo que está ocurriendo. Basta con ver las listas de candidatos para las elecciones federales y locales de este año en México para comprobarlo. Ni los individuos con aspiraciones injustificadas a un liderazgo público ni los partidos políticos que los postulan parecen entender el tiempo de cambio en que están inmersos y, sumidos en una siniestra bruma de estupidez e impudicia, cavan sin descanso su propia tumba.  Tristemente la democracia ya no se entiende como una forma horizontal y participativa de gobernar sino como un mero certamen de popularidad que debe ganarse a cualquier precio.  El mundo complejo que ya existía, pero que la crisis por Covid ha sacudido hasta sus cimientos, no resistirá por mucho tiempo más esta clase de liderazgos de hojalata y en caso de no transformarse, las agrupaciones políticas actuales acabarán por colapsar, dejando su sitio a líderes autoritarios, que, con todo y sus montones de defectos, cuando menos se caracterizan por asumir plenamente la responsabilidad ser líderes. La realidad y los problemas auténticos que viven las naciones no podrán atemperarse por mucho tiempo más con bochornosos espectáculos mediáticos, alimentados por dimes y diretes falaces.  Ante la voracidad egocéntrica, la falta de visión, de eficacia y de auténtico profesionalismo de las élites dominantes –es decir, de NO EJEMPLARIDAD–, nadie debe sorprenderse que accedan al poder populistas extremos, orgullosamente autodenominados anti-sistema, que prometen patriotismo heroico, desmantelamiento de los organismos opresores y soluciones mágicas a problemas ultracomplejos, con la ventaja de que tanto su discurso como su condición de “ajeno al sistema” los blinda de la crítica, del exámen detallado de los “cómos” y de la rendición de cuentas.  Tras décadas de instituciones inoperantes y abusos sistemáticos en el ejercicio del poder con absoluta impunidad, las élites burocráticas se han puesto la soga al cuello al gobernar de espaldas al ciudadano y actuar como si pertenecieran a una especie de “aristocracia dirigente”, un linaje insigne que no tiene que dar cuentas a nadie ni de sus gestiones ni de sus conductas, acciones, hábitos y omisiones tanto públicos como privados. Pero no parece que a este tipo de liderazgo le quede demasiado margen de maniobra.   Por eso, al antídoto que alguien genuinamente interesado en el liderazgo público y la democracia participativa puede utilizar para rescatar el oficio es la ejemplaridad. Un auténtico líder Post-Covid no sólo tiene la obligación ideológica, ética, moral, profesional e incluso práctica de llevar una vida pública y privada ejemplar –y permíteme insistir: ejemplar desde sus propios valores e ideología, desde la natural coherencia que emerge de materializar sus propias convicciones, resumiendo: una vida íntegra– que revalorice su condición de referente público, sino que es su único seguro de permanencia y su única forma de defenderse de los advenedizos que intenten en desplazarlos desde la no-experiencia.  Desde luego que una vida “ejemplar” no es sinónimo de vida “perfecta”. De hecho, el intento de proyectar perfección implicaría ya en sí mismo falsedad. Se trata de actuar desde los valores e ideología propia, desde la natural coherencia que emerge de materializar las propias convicciones.  Un líder que aspire a la ejemplaridad no es aquel que reproduce acríticamente una serie de comportamientos o eslóganes socialmente aceptados. No se trata de homogeneizar a los individuos ni implica la complacencia de someterse a lo que “es correcto” según las normas establecidas en aras de darle gusto a todos. El valor de sostener la coherencia es el motor máximo de la ejemplaridad, pero sin duda es la manera más genuina y eficaz de influir en los demás y dejarles huella. Dice Thomas Moore, en El alma del sexo: Convertir cada día en un acto de amor: “Quienes eligen vivir la vida en su plenitud, no tienen otra alternativa que probar los límites de la moral aceptada y, a menudo, transgredirlos4. De lo que sí se trata es de ser conscientes de la propia ética y del conjunto de valores que se han decidido defender y si, dado el caso, deben transgredirse los límites de la moral colectiva en la búsqueda de manifestar esa congruencia mencionada, lo oportuno será transgredirlos con convicción, asumiendo las consecuencias y los costos. En algún momento alguien debió transgredir los valores vigentes de su sociedad para oponerse a la esclavitud, o a la segregación racial, o a la restricción contra el voto de la mujer y muchos etcéteras, y estas son precisamente las mejores manifestaciones posibles de ejemplaridad.  El liderazgo verdadero no se alimenta de popularidad sino de carisma genuino. Es esa combinación entre congruencia e integridad la que se traduce –o debería traducirse– en popularidad y aceptación y no al revés: no eres líder porque seas popular, sino que eres popular porque la gente te reconoce como líder.   Un líder auténtico, congruente e íntegro, a partir de una sólida construcción ideológica, personal, ética, moral, familiar, íntima de la que hemos hablado, es capaz de sostener de manera natural y orgánica, desde la convicción y la responsabilidad, su propio conjunto de valores y traducirlos en comportamientos, conductas y hábitos congruentes entre sí porque no son impuestos para agradar sino genuinamente propios. Con la ventaja adicional de que este tipo de liderazgo conlleva una carga intrínseca de originalidad que refresca y enriquece la moral pública. Sus actos no tienen que ser “aprobados” por la comunidad –incluso podrían ser impopulares–, pero la clave está en que sean reconocidos como consecuencia natural de una visión del mundo compleja y plenamente incorporada a su personalidad real.   La ejemplaridad de un líder ni siquiera depende de ganar o perder en una contienda electoral, sino de la manera como se gestiona a sí mismo, de su capacidad de aprendizaje y cambio, de su apertura a reconocer triunfos ajenos y honrar sus compromisos una vez que ha logrado los victoria. La próxima semana cerramos este tema con una breve conclusión que integre las cuatro propiedades propuestas.  Web: www.juancarlosaldir.com Instagram:  jcaldir Twitter:   @jcaldir    Facebook:  Juan Carlos Aldir 1 Cabe aclarar que, aun cuando la palabra líder suele llevar antes el artículo “el”, no planteo de ningún modo el liderazgo como un tema exclusivamente masculino, por lo cual todas las veces la palabra sea utilizada en este texto se usa con la intención de que represente un concepto neutro en el que pueden encajar indistintamente mujeres y hombres. 2 Dicha tetralogía está compuesta por los siguientes títulos: Imitación y experiencia que plantea la historia cultural de la “imitación”, la cual considera el antecedente histórico y filosófico más importante de la ejemplaridad.  Aquiles en el gineceo, donde, utilizando la historia de Aquiles como metáfora, expone el paso del individuo de lo que llama estadio estético al ético. En Ejemplaridad pública expone lo que considera su aplicación a la esfera política. Y por último, Necesario pero imposible, donde relaciona la ejemplaridad con la finitud. 3 Gomá Lanzón, Javier, Ejemplaridad Pública, Primera Edición, España, Penguin Random House - Taurus, 2014, P. 26 4 Thomas Moore, El alma del sexo: Convertir cada día en un acto de amor. Cita tomada de: Fernández Romero, Francisco, Lo que pasa entre nosotros. 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