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“Profe, con todo respeto, váyase a la fregada”. Porque los maestros también hacen bullying

“Diana, por favor, no te metas en broncas con los maestros, no les pongas jetas ¿ok?” Me decía mi mamá antes de empezar cada ciclo escolar, cosa que se le… "Diana, por favor, no te metas en...

28 de abril, 2015
RHT
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“Diana, por favor, no te metas en broncas con los maestros, no les pongas jetas ¿ok?” Me decía mi mamá antes de empezar cada ciclo escolar, cosa que se le…

"Diana, por favor, no te metas en broncas con los maestros, no les pongas jetas ¿ok?" Me decía mi mamá antes de empezar cada ciclo escolar, cosa que se le quedó como costumbre hasta bien entrada la carrera. Si he de ser completamente honesta, yo no colgaba mi jeta hasta no estar segura de que la merecían, aunque sí, casi siempre sucedía porque mi situación escolar fue diferente. Y no es que yo tenga un problema con las figuras de autoridad, para nada. Creo que las figuras de autoridad tienen un problema conmigo. 

No me gusta etiquetar a las personas pero, si hay algo que aprendí en mi vida académica, es que existen diferentes tipos de maestros/as. Nunca falta el bromista, el que se quiere sentir parte de la chaviza, el resentido, el frustrado, el malvado, el misógino, el alburero, el que tiene su consentido, en fin, la lista es interminable. Antes que decidan qué tan ofendidos deben sentirse, quienes sean o hayan sido profesores, cabe aclarar que NO TODOS son así. Hay maestros excelentes, que te inspiran, te escuchan, te dan herramientas, te guían y te impulsan porque saben que tu potencial es más grande que tu voluntad, pero bueno, se trata de escribir sobre algo que me haya tocado vivir.  

Todo empezó en 1990; mi hermana tenía seis años y yo estaba recién salida del vientre. Un día mi mamá me llevó en brazos a la escuela de mi hermana y todas sus maestras se acercaron a ver a la nueva bebé. Se deshacían en cumplidos y alabanzas ensayadas, o sea, lo que uno dice de los bebés ajenos cuando no hay ningún rasgo definido más que la cara morada. Con el tiempo me apodaron Solecito 2, mi hermana era Solecito 1. 

Cuando yo entré a la escuela, esta vez de manera oficial, no había manera de escapar la asociación con mi hermana. Fui, definitivamente, la única niña de mi generación que desde el primer día de mi vida escolar ya cargaba con el antecedente de mi hermana, y el trato que me daban dependía de la impresión que tuvieran de ella. Para mi suerte mi hermana siempre fue la parlanchina, la desmadrosa, la traviesa, la  que "siempre está en todos lados menos en su lugar" y otras cosas parecidas. Claro que vivir bajo su sombra hubiera sido mucho más difícil si hubiera sido la aplicada, la matada, etc.

Con el tiempo "Solecito 2" se fue quedando atrás y en su lugar me hice de apodos propios. Como yo no tenía la energía para hacer el desmadre al que mi hermana los tenía acostumbrados, yo creía que me portaba bien por mero proceso de eliminación. Después entendí que no significaba que me portara bien sólo por no portarme mal. Los maestros y su lógica. Si hablaba, llenaban mis cuadernos con el temido sello de perico; si no hablaba, me tocaba el sello del oso perezoso, por "no participar en clase", entonces algunos de mis apodos se contradecían entre ellos. Yo fui "la callada", "la respondona", "la contreras", "la apática", "la tímida", etc. ¡Por fin! ¿Soy callada o respondona? Había otros que me daban igual y hasta me podían divertir; uno era "la hermana de Anna Luisita" y el otro era "la fierecilla domada", respectivamente. 




Para mi último año de primaria me tocó una maestra con la que mi hermana y mi mamá tuvieron roces en su momento, entonces yo iba preparada para lo peor. Esta mujer caía en dos categorías, la bromista y la que se siente de la chaviza, una combinación engañosamente inofensiva. Era un adulto que se sabía todas las canciones que nosotros cantábamos, hablaba como nosotros y hasta parecía que pensaba como nosotros, nos "entendía". En niños de once o doce años provocaba admiración, miedo y un poco de fanatismo; para quienes no la tenían de maestra y sólo la conocían por nuestros relatos, resultaba una figura mítica.

Todo suena muy bien en papel de no ser que utilizaba su autoridad y su reputación de maestra relajada para pasarse de lista. Eso era lo engañoso de ella, un día te llenaba de halagos y porras, pero al siguiente, cuidado si de pronto decidía que le caía mal tu cara. Envolvía sus ofensas e insultos en sus "bromas" calculadas y las soltaba en momentos estratégicos, ¡ah!, pero no te podías ofender porque te convertías en el que "no aguanta nada". En la generación de mi hermana hizo llorar a varios, pero una de sus frases que, hasta la fecha mi hermana recuerda que le dijo a una de sus compañeras es "te ganaste un cero taaaan redondo como tú,  Fulanita". Esa y otras maravillas decía esta señora. 

Después de haber pasado mi niñez y adolescencia entre dimes y diretes con docentes y directivos, las cosas se complicaron aún más en la carrera. Obviamente no todo fue malo, encontré maestros con los que fui capaz de llevar buena relación dentro y fuera de la escuela, aunque, como en toda relación, hayamos pasado por momentos de malentendidos y desacuerdos. En la universidad hay mucha más libertad en todo, hasta cierto punto, los límites son subjetivos y es difícil saber qué tan lejos es muy lejos, sobre todo cuando no hay una diferencia de edad tan grande entre profesores y alumnos.

En mi universidad sucedía un fenómeno extraño. Como el gran porcentaje de la población estudiantil era hombres; las mujeres en mi carrera éramos contadas y más todavía en cada aula. No sé qué criterio utilizaban para repartirnos pero por alguna razón, de cinco o seis mujeres que pudiera haber en el semestre, siempre terminaban agrupadas y yo sola. Normalmente no me hubiera importado esto, hasta lo habría agradecido, pero entre el ego de mis compañeros y maestros, el ambiente era raro y pesado; yo terminaba siendo la representante no oficial de mi gremio. Y los maestros sólo esperaban a ver en qué momento me equivocaría.

En este lugar me familiaricé con las nuevas y viejas categorías de profesores: el misógino de toda la vida, el misógino reciente, el machista, el que te quiere meter el pie, el que le echa el perro a lo que se deje, el forever, el galán de balneario, el  leyenda, el ganador del Grammy, el envidioso, etc. Pero también me familiaricé con nuevas situaciones. Había un maestro que parecía que nada más con verte sabía de qué pie cojeabas y de ahí no te soltaba. Cambiar de grupo no era una opción porque nadie estaba calificado para dar esa clase más que él, era buscado, el mejor, el "leyenda". Bueno, el abuso psicológico y emocional no es la parte novedosa en esta situación, sino que el bullying venía de una persona a quien admiraba y que, al menos esta vez, no era yo su única víctima.

Justamente este tema surgió el otro día después de que fui a ver Whiplash con mi mamá. Quería que la viera porque siempre pensé que durante mi carrera ni a ella, ni a nadie de mi familia, le caía el veinte de por qué se me hacía tan pesado. Me preguntó escandalizada "¿por qué nunca lo mandaste a la chingada?" Creo que nunca pensé que fuera una opción. No es tan fácil mandar a la chingada a alguien cuando desesperadamente buscas su aprobación. Parece que todavía escucho a mi terapeuta diciéndome "si sigues con lo mismo te voy a mandar al psiquiatra para que te mediquen" cada vez que yo llegaba a hablarle de lo mismo. Sí, terminé en terapia de hipnosis por esta y otras situaciones que se me presentaron al mismo tiempo. 

Después de varias experiencias de este tipo hasta llegué a extrañar a la vieja loca de mi primaria. Al menos ella tenía sus motivos para estarme fregando, por más absurdos que fueran.  Al poco tiempo de haber iniciado con ella ese ciclo escolar citó a mi mamá. ¿Qué hice esta vez? Las posibilidades eran infinitas, como ya dije, nunca estaba exenta de recibir alguna llamada de atención. Resultó que el único reclamo que tenía que hacer en mi contra fue que nunca me reía de sus chistes. "Señora, Diana nunca se ríe de mis chistes", fueron sus palabras exactas. Con "chistes" ella se refería a los insultos dirigidos a mis compañeros y a mí, claro está. "¿Por qué no sonríes de vez en cuando, para llevar la fiesta en paz?", me sugirió mi mamá. Yo me encogí de hombros y le dije "no es chistosa". Supongo que no se me puede culpar si estas figuras de "autoridad" perdieron credibilidad ante mis ojos y mi respeto nunca lo tuvieron.

Comentarios
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Por supuesto, desde la definición se plantea la discusión: ¿buena muerte? ¿Cómo podría ser la muerte un bien? ¿No es acaso la pérdida del ser personal el mayor mal? Pues bien, en respuesta a lo anterior se ha insistido que el sentido correcto es tener un proceso de muerte digno adelantado sin sufrimientos innecesarios. Dicho de otro modo, si se han agotado todas las vías de cuidados paliativos y está presente un sufrimiento intolerable, v.g., estar severamente discapacitado, es razón suficiente para solicitar la ayuda del personal sanitario a morir. Se han planteado los siguientes argumentos en contra: Uno de los argumentos en contra de la ley de eutanasia considera que existe una “desigualdad de la aplicación práctica de la Ley”. Ésta significaría admitir que en papel, es sencillo o al menos lograble, obtener un consentimiento adecuado del paciente que de modo libre y autónomo decide terminar con su vida, pero que las diferencias sociales y de recursos, de facto, limitan esa autonomía. Así, un paciente con recursos económicos puede acceder a todo tipo de cuidados y atenciones ante una enfermedad grave e incurable. En cambio, otras personas no tienen acceso a esos cuidados por escasez de recursos personales o del sistema de salud pública. La pregunta que surge entonces es: ¿se producirán más peticiones de eutanasia debido a diferencias en la calidad de atención? Es decir, uno de los problemas de la legalización de la eutanasia es que suponen “piso parejo” en la atención sanitaria, cuando en la realidad ésta es desigual. En consecuencia es posible imaginar escenarios donde las personas sufren y se produce un sufrimiento intolerable producido por la falta de cuidados a las personas afectadas. Otro argumento es que no puede exigirse a otros el cumplimiento de una petición de eutanasia bajo la variable del sufrimiento, porque éste es objetivamente inconmensurable desde fuera, desde el otro. Lo anterior quiere decir que una persona con sufrimiento intenso (aun cuando estén controlados todos los elementos clínicos, como el dolor) parece pedir algo subjetivo imposible de medir objetivamente por otra persona: ¿por qué tendría alguien que ayudarle en ese propósito como un derecho legal? La discusión no es si de hecho sucede fuera de la Ley, sino plantear una ley que genere derechos y obligaciones. Dicha ley puede resultar en arbitrariedades, pues solo cada uno sabe lo que es un sufrimiento intolerable. Los defensores insisten en que debido a que existe objeción de conciencia en la Ley, entonces el componente subjetivo no se elimina, pero no obliga a quien no quiera atender una solicitud de eutanasia. Lo anterior señala así el problema de fondo de la eutanasia: el componente subjetivo que parece que no puede legislarse y debe dejarse fuera de la ley, ya que la ley, en principio, es una expresión racional que es aplicable y defendible por los componentes objetivos que de algún modo pueden verificar terceros. La eutanasia parece no cumplir ese requisito. Dicho de otro modo, el sufrimiento no es sencillo correlacionarlo con un estado objetivo inobjetable y en todos los casos. Los argumentos en torno a la eutanasia también parten de supuestos antropológicos: si se considera que la vida es un valor absoluto, no se podrían señalar ninguna circunstancia posible donde fuese lícito practicar la eutanasia. Por otra parte, si la vida no es un valor absoluto, si no se equipara a la dignidad, entonces sí puede plantearse la licitud de no tratar de mantener la vida a cualquier costo. Se ha señalado, correctamente, que lo anterior no es eutanasia sino la renuncia de medios desproporcionados para prolongar la vida. Los pacientes no tienen que soportar cualquier intervención por mantenerse vivos cuando los efectos esperados son nulos o rebasan la tolerancia a soportarlos. No obstante, la renuncia a medios desproporcionados en sentido estricto no es el tema de eutanasia, ya que no se busca la muerte como alivio del sufrimiento. Si se considera que el valor absoluto a cuidar es la libertad del individuo a decidir cómo quiere vivir su vida, parece lógico que la decisión de cuánto tiempo vivir es una más entre otras. Desde esa perspectiva se ha defendido la eutanasia: las personas pueden decidir hasta cuándo vivir. Lo anterior puede ser cuestionable por aspectos religiosos que a menudo consideran que la vida es un don que solo se administra. Quitado el elemento religioso, no parece haber razón de peso en contra del libre ejercicio del derecho a la eutanasia. No obstante, perdura la dificultad en la razón de por qué tendríamos que obligar legalmente a atender una petición legal de eutanasia cuando el código hipocrático, por ejemplo, expresamente prohíbe generar la muerte en los pacientes aun cuando lo soliciten. Los defensores insisten en que al reconocerse la autonomía como un derecho primario en nuestros tiempos justifica el legislar al respecto. Lo que sin duda no se encuentra en la discusión es que la tecnología médica ha permitido extender nuestra vida a límites en donde se presentan malestares intensos. En ese sentido, sí debe legislarse con objeto de poner límites razonables a posibles abusos de intervención, como encarnizamiento terapéutico. No obstante, queda abierta la discusión sobre si es razonable legalizar la eutanasia. Referencias: De Benito, E. (2021). “España aprueba la ley de eutanasia y se convierte en el quinto país del mundo en regularla”. Madrid: El País. 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Alegría, tristeza, culpa, pena, dolor y redención son experiencias que todos vivimos durante nuestras vidas. Es el quid que la filosofía existencialista del siglo XX analiza en su estudio del ser humano que, a su vez, viene de postulaciones anteriores como el Angst de Kierkegaard o la noción más antigua de "inquietud" como lo expresó san Agustín a lo largo de su pensamiento1 Todo este entramado existencial se manifiesta en nuestra libertad, nuestra capacidad de elegir y ejecutar nuestra voluntad según nuestro arbitrio, nuestro compás moral2, nuestros deseos y nuestro proyecto de vida. De esta manera, cuando alguien hace una acción buena, es celebrado; cuando hace algo perverso, es vituperado y castigado. Dejó escrito san Agustín: "El libre albedrío fue concedido al hombre para que conquistara méritos, siendo bueno no por voluntad, sino por libre voluntad"3 . Esta es la idea fundamental que le da sentido a toda ética. Es gracias a nuestra nuestra libertad que podemos convertirnos en mejores personas. De la misma manera, en la esfera pública y política, cuando alguien comete un crimen voluntariamente, como sociedad y en aras del bien común y de la preservación de la misma, se le castiga de acuerdo a las leyes acordadas por el constituyente y la legislación vigente. Un claro ejemplo es la tipología que se le da al homicidio en el derecho penal. Para establecer este criterio, se tornó la mirada a lo que la psicología ha postulado respecto al homicidio. El investigador Albert Roberts, por ejemplo, postula cuatro tipologías principales para clasificar los homicidios de acuerdo a las causas o intencionalidades de las personas involucradas. El primero es provocado por un altercado discusión súbita e intensa. Después, está el que es considerado como delito grave, donde hay una expresa intención de matar a otra persona. La tercera tipología es resultado de una condición preexistente de violencia doméstica. La cuarta y última es el homicidio accidental4. Como es posible apreciar, la diferencia radica en nuestro grado de intención, es decir, nuestra libertad.  Lo que me parece más importante de esta fecha es que nos recuerda a todo el género humano que nuestras acciones tienen consecuencias reales que impactan la vida ajena. Lejos del mito que ha ido apoderándose de nuestra cultura contemporánea, nuestra libertad no es absoluta ya que todas las personas dependemos de otros seres humanos. Es decir, nuestras elecciones repercuten en las vidas ajenas así como éstas afectan la propia. Tales efectos pueden causar alegría, felicidad y placer, así como dolor, odio, tristeza y sufrimiento. El filósofo francés, Paul Ricoeur, describió el sufrimiento como “disminución de nuestra integridad física, psíquica o espiritual […] sobre todo, el sufrimiento opone a la reprobación la lamentación; porque si la falta hace al hombre culpable, el sufrimiento lo hace víctima: contra esto clama la lamentación"5 . En otras palabras, el sufrimiento es una pasión que, dependiendo de la relación entre personas, convierte a uno en culpable y a otro en víctima. La distinción es clarísima en situaciones como la señalada anteriormente. El homicida es culpable de causar la muerte de la otra persona y ésta es la víctima. Sin embargo –y este es el punto al que quiero traer la atención del lector– esta situación donde una persona daña a otra no necesita escalar a este grado para percatarnos que diariamente cometemos el mal contra los demás. Muchas veces, sin darnos cuenta. Y en muchas otras ocasiones, con toda la intención de acometerlo –y convencidos de que estamos justificados en hacerlo–. Esta situación, hecho innegable, es uno de los puntos que considero destaca la Semana Santa. Que todos hacemos y haremos el mal. Que nuestra libertad no es absoluta y necesitamos de los demás para construir el bien. Incluso, nuestras leyes y juicios –que están basados en una pretendida neutralidad– son deficientes y fallan. Pensar lo contrario es sencilla y llanamente pura soberbia.  ¿Significa que nuestros esfuerzos son en vano? ¡Todo lo contrario! Nuestras fallas como personas, nuestra imperfección como seres limitados, se auxilian en la unidad de la comunidad y la sociedad. Al menos, mientras exista un espíritu de empatía y solidaridad. Y este es un punto que considero que en esta celebración se pone de manifiesto: el espíritu de perdón y redención. Insisto, aunque no sea uno creyente, estos son valores y virtudes que toda persona consideraría como algo bueno. Ya que, cuando uno acepta el error, da la bienvenida a la posibilidad de cambiar para crecer y mejorar como persona, es decir que el reconocimiento del error es la condición de posibilidad y la señal por excelencia de que la intención quiere ser mejor.    Por último, quisiera resaltar la función del concepto de "pecado" dentro de nuestra sociedad actual en este rápido recorrido del entramado existencial humano. El psicólogo Manuel Villegas se cuestiona lo siguiente: "¿Cómo podemos tratar con el sentimiento de culpa si no reconocemos el concepto de 'pecado'?"6 . En primer lugar, me parece que el reconocimiento de la importancia del concepto de “pecado” para explicar con precisión el sentimiento de culpa por parte de un psicólogo pone de manifiesto que la naturaleza del mal moral no se puede explicar solo con las herramientas de la ciencia moderna-experimental. Hemos de ser fieles a nuestro credo de tolerancia y apertura contemporánea, pues sea uno fiel o sea uno no creyente, simplemente no podemos cerrarnos al diálogo por no querer emplear conceptos válidos por haber sido gestados en un pensamiento que, por alguna razón, no se esté de acuerdo. En segundo lugar, así como hay una indisoluble relación entre la libertad y la responsabilidad, también existe una innegable relación causa-efecto entre el pecado y la culpa.  Existen muchas dimensiones por las cuales se expresa la culpa humana: "temor al castigo, vergüenza pública o privada, contrición por el mal causado o remordimiento por el bien que hemos dejado de hacer"7 . Más adelante, el mismo autor distingue entre el sentimiento de culpa y la conciencia de culpa. Acaba por afirmar que "solo podemos hablar de sentimiento de culpa si presuponemos un mal (un pecado) causado por alguien y reconocido responsablemente por él"8 . Me parece interesante la distinción expuesta por el autor. Incluso, muy acertada, pues quien comete un pecado –una acción con una intención perversa– puede justificar su acción reconociendo que, si bien hizo algo "malo", era la acción más adecuada por ser la única posible –bajo su perspectiva–. Será la decisión de quienes juzguen todo el contexto, validar si esta alternativa empata con el alegato que hace la persona en cuestión. Si la persona solo se justifica, existe una "conciencia de la culpa". Si la persona se siente responsable por el mal –el sufrimiento– que causó, entonces existe un "sentimiento de culpa" que es, a mi parecer, una reflexión de segundo grado donde la persona acepta la responsabilidad de su actuar. De tal manera que, con esta rápida pincelada de todo lo que implica nuestra libertad cotidianamente, es posible afirmar que estamos en un constante vaivén de alegrías y dolores, de triunfos y de pérdidas. Por lo que no es ninguna sorpresa que cometamos muchos errores durante nuestra vida. Como afirmó Agustín de Hipona: "¿Acaso no es tentación ininterrumpida la vida humana sobre la tierra?"9 . Sin embargo, así como existe el dolor, también la alegría; así como hay culpas y errores, hay perdón y superación. Este es el punto más importante que nos invita a reflexionar sobre el festejo de Semana Santa. Así que, durante estos días de descanso, me parece que es buen momento para que reflexionemos sobre nuestra vida: logros, metas por cumplir, situaciones por las que estemos agradecidos, así como aquellas donde reconocemos que podemos ser mejores. Más que irnos de viaje –lo cual sería una irresponsabilidad estando en pandemia–, pienso que podemos aprovechar mejor esta Semana Santa buscando cómo mejorar nuestra vida, tanto como personas individuales, como miembros de las diversas comunidades de las que formamos parte –familia, amigos, trabajo, sociedad, etc.–. Hemos de pensar qué queremos de este 2021 y cómo podemos mejorar nuestra situación actual.  1Como da testimonio la icónica frase en el primer libro de Confesiones, "y nuestro corazón permanece inquieto hasta que descanse en ti". San Agustín, Confesiones; segunda edición, trad. de Ángel Custodio Vega, (Madrid: BAC, 2013).  conf. I: 1; 1. 2Concepto que retomo del pensamiento de Charles Taylor. 3San Agustín, De libero arbitrio; quinta edición, trad. de Víctor Capanaga, (Madrid: BAC, 2009). lib. arb. III: 3; 8.  4Cfr. Shaw, Julia, Hacer el mal. Un estudio sobre nuestra infinita capacidad para hacer daño; trad. de Álvaro Robledo; (Barcelona: Planeta, 2019), pp. 61-65.  5Ricoeur, Paul, El mal. Un desafío a la filosofía y a la teología; trad. de Irene Agoff, (Buenos Aires: Amorrortu, 2011), p. 25.  6 Villegas Besora, Manuel, Psicología de los siete pecados capitales, (España: Herder, 2018), p. 9.  7Ídem.  8Ibídem, p. 10.   9conf. X: 28; 39." 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Por supuesto, desde la definición se plantea la discusión: ¿buena muerte? ¿Cómo podría ser la muerte un bien? ¿No es acaso la pérdida del ser personal el mayor mal? Pues bien, en respuesta a lo anterior se ha insistido que el sentido correcto es tener un proceso de muerte digno adelantado sin sufrimientos innecesarios. Dicho de otro modo, si se han agotado todas las vías de cuidados paliativos y está presente un sufrimiento intolerable, v.g., estar severamente discapacitado, es razón suficiente para solicitar la ayuda del personal sanitario a morir. Se han planteado los siguientes argumentos en contra: Uno de los argumentos en contra de la ley de eutanasia considera que existe una “desigualdad de la aplicación práctica de la Ley”. Ésta significaría admitir que en papel, es sencillo o al menos lograble, obtener un consentimiento adecuado del paciente que de modo libre y autónomo decide terminar con su vida, pero que las diferencias sociales y de recursos, de facto, limitan esa autonomía. Así, un paciente con recursos económicos puede acceder a todo tipo de cuidados y atenciones ante una enfermedad grave e incurable. En cambio, otras personas no tienen acceso a esos cuidados por escasez de recursos personales o del sistema de salud pública. La pregunta que surge entonces es: ¿se producirán más peticiones de eutanasia debido a diferencias en la calidad de atención? Es decir, uno de los problemas de la legalización de la eutanasia es que suponen “piso parejo” en la atención sanitaria, cuando en la realidad ésta es desigual. En consecuencia es posible imaginar escenarios donde las personas sufren y se produce un sufrimiento intolerable producido por la falta de cuidados a las personas afectadas. Otro argumento es que no puede exigirse a otros el cumplimiento de una petición de eutanasia bajo la variable del sufrimiento, porque éste es objetivamente inconmensurable desde fuera, desde el otro. Lo anterior quiere decir que una persona con sufrimiento intenso (aun cuando estén controlados todos los elementos clínicos, como el dolor) parece pedir algo subjetivo imposible de medir objetivamente por otra persona: ¿por qué tendría alguien que ayudarle en ese propósito como un derecho legal? La discusión no es si de hecho sucede fuera de la Ley, sino plantear una ley que genere derechos y obligaciones. Dicha ley puede resultar en arbitrariedades, pues solo cada uno sabe lo que es un sufrimiento intolerable. Los defensores insisten en que debido a que existe objeción de conciencia en la Ley, entonces el componente subjetivo no se elimina, pero no obliga a quien no quiera atender una solicitud de eutanasia. Lo anterior señala así el problema de fondo de la eutanasia: el componente subjetivo que parece que no puede legislarse y debe dejarse fuera de la ley, ya que la ley, en principio, es una expresión racional que es aplicable y defendible por los componentes objetivos que de algún modo pueden verificar terceros. La eutanasia parece no cumplir ese requisito. Dicho de otro modo, el sufrimiento no es sencillo correlacionarlo con un estado objetivo inobjetable y en todos los casos. Los argumentos en torno a la eutanasia también parten de supuestos antropológicos: si se considera que la vida es un valor absoluto, no se podrían señalar ninguna circunstancia posible donde fuese lícito practicar la eutanasia. Por otra parte, si la vida no es un valor absoluto, si no se equipara a la dignidad, entonces sí puede plantearse la licitud de no tratar de mantener la vida a cualquier costo. Se ha señalado, correctamente, que lo anterior no es eutanasia sino la renuncia de medios desproporcionados para prolongar la vida. Los pacientes no tienen que soportar cualquier intervención por mantenerse vivos cuando los efectos esperados son nulos o rebasan la tolerancia a soportarlos. No obstante, la renuncia a medios desproporcionados en sentido estricto no es el tema de eutanasia, ya que no se busca la muerte como alivio del sufrimiento. Si se considera que el valor absoluto a cuidar es la libertad del individuo a decidir cómo quiere vivir su vida, parece lógico que la decisión de cuánto tiempo vivir es una más entre otras. Desde esa perspectiva se ha defendido la eutanasia: las personas pueden decidir hasta cuándo vivir. Lo anterior puede ser cuestionable por aspectos religiosos que a menudo consideran que la vida es un don que solo se administra. Quitado el elemento religioso, no parece haber razón de peso en contra del libre ejercicio del derecho a la eutanasia. No obstante, perdura la dificultad en la razón de por qué tendríamos que obligar legalmente a atender una petición legal de eutanasia cuando el código hipocrático, por ejemplo, expresamente prohíbe generar la muerte en los pacientes aun cuando lo soliciten. Los defensores insisten en que al reconocerse la autonomía como un derecho primario en nuestros tiempos justifica el legislar al respecto. Lo que sin duda no se encuentra en la discusión es que la tecnología médica ha permitido extender nuestra vida a límites en donde se presentan malestares intensos. En ese sentido, sí debe legislarse con objeto de poner límites razonables a posibles abusos de intervención, como encarnizamiento terapéutico. No obstante, queda abierta la discusión sobre si es razonable legalizar la eutanasia. Referencias: De Benito, E. (2021). “España aprueba la ley de eutanasia y se convierte en el quinto país del mundo en regularla”. Madrid: El País. Recuperado de: https://elpais.com/sociedad/2021-03-18/espana-aprueba-la-ley-de-eutanasia-y-se-convierte-en-el-quinto-pais-del-mundo-en-regularla.html" ["post_title"]=> string(77) "Ley de eutanasia en España: consideraciones sobre los argumentos presentados" ["post_excerpt"]=> string(0) "" ["post_status"]=> string(7) "publish" ["comment_status"]=> string(4) "open" ["ping_status"]=> string(4) "open" ["post_password"]=> string(0) "" ["post_name"]=> string(75) "ley-de-eutanasia-en-espana-consideraciones-sobre-los-argumentos-presentados" ["to_ping"]=> string(0) "" ["pinged"]=> string(0) "" ["post_modified"]=> string(19) "2021-04-02 15:40:08" ["post_modified_gmt"]=> string(19) "2021-04-02 20:40:08" ["post_content_filtered"]=> string(0) "" ["post_parent"]=> int(0) ["guid"]=> string(35) "https://ruizhealytimes.com/?p=63330" ["menu_order"]=> int(0) ["post_type"]=> string(4) "post" ["post_mime_type"]=> string(0) "" ["comment_count"]=> string(1) "0" ["filter"]=> string(3) "raw" } ["comment_count"]=> int(0) ["current_comment"]=> int(-1) ["found_posts"]=> int(43) ["max_num_pages"]=> float(22) ["max_num_comment_pages"]=> int(0) ["is_single"]=> bool(false) ["is_preview"]=> bool(false) ["is_page"]=> bool(false) ["is_archive"]=> bool(true) ["is_date"]=> bool(false) ["is_year"]=> bool(false) ["is_month"]=> bool(false) ["is_day"]=> bool(false) ["is_time"]=> bool(false) ["is_author"]=> bool(false) ["is_category"]=> bool(true) ["is_tag"]=> bool(false) ["is_tax"]=> bool(false) ["is_search"]=> bool(false) ["is_feed"]=> bool(false) ["is_comment_feed"]=> bool(false) ["is_trackback"]=> bool(false) ["is_home"]=> bool(false) ["is_privacy_policy"]=> bool(false) ["is_404"]=> bool(false) ["is_embed"]=> bool(false) ["is_paged"]=> bool(false) ["is_admin"]=> bool(false) ["is_attachment"]=> bool(false) ["is_singular"]=> bool(false) ["is_robots"]=> bool(false) ["is_favicon"]=> bool(false) ["is_posts_page"]=> bool(false) ["is_post_type_archive"]=> bool(false) ["query_vars_hash":"WP_Query":private]=> string(32) "e85a894e86cfc184b3df039fcc67fa24" ["query_vars_changed":"WP_Query":private]=> bool(false) ["thumbnails_cached"]=> bool(false) ["stopwords":"WP_Query":private]=> NULL ["compat_fields":"WP_Query":private]=> array(2) { [0]=> string(15) "query_vars_hash" [1]=> string(18) "query_vars_changed" } ["compat_methods":"WP_Query":private]=> array(2) { [0]=> string(16) "init_query_flags" [1]=> string(15) "parse_tax_query" } }

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