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De 1813 – Nació Giuseppe Verdi

Giuseppe Fortunino Francesco Verdi nació el 10 de octubre de 1813 y falleció el 27 de enero de 1901, fue un compositor romántico italiano de ópera del siglo XIX. Autor… Giuseppe Fortunino Francesco Verdi nació el 10...

10 de octubre, 2014 verdi

Giuseppe Fortunino Francesco Verdi nació el 10 de octubre de 1813 y falleció el 27 de enero de 1901, fue un compositor romántico italiano de ópera del siglo XIX. Autor…

Giuseppe Fortunino Francesco Verdi nació el 10 de octubre de 1813 y falleció el 27 de enero de 1901, fue un compositor romántico italiano de ópera del siglo XIX. Autor de algunos de los títulos más populares del repertorio actual, como los que componen su trilogía popular o romántica: Rigoletto, La Traviata e Il Trovatore. Se puede decir que sus primeros éxitos están relacionados con la situación política que se vivía en Italia en aquellos años. Aparte de su calidad artística, sus óperas servían además para exaltar el carácter nacionalista del pueblo italiano. En sus últimos años, Verdi compuso algunas obras no operísticas. A pesar de no ser particularmente religioso, compuso obras litúrgicas, como la misa de Réquiem (1874) y el Te Deum. También compuso el Himno de las naciones, que incluye las melodías de los himnos italiano, francés e inglés, sobre texto del poeta Arrigo Boito (1862) y un cuarteto para cuerdas en mi menor (1873). Falleció en Milán, afectado por un derrame cerebral.

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En la literatura, cine y televisión no faltan obras que traten situaciones similares. Sin embargo, hay una que creo que vale la pena retomar en estos tiempos inciertos.    Los que se fueron The Leftovers es una novela escrita por Tom Perrotta que fue publicada en 2011 y adaptada a la televisión en 2014. El punto de partida de la historia es el tercer aniversario de un evento inexplicable, conocido como “La Ascensión”, en el que 140 millones de personas, el equivalente al 2% de la población mundial, desaparecen repentinamente. Nadie sabe la razón de lo ocurrido y, ante la falta de una explicación lógica, cada habitante de la ciudad ficticia de Mapleton (lugar en el que transcurre la historia) encuentra una forma de sobrellevar la pérdida, la ansiedad y la tristeza.  Los personajes centrales son los miembros de la familia Garvey. 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Juan Diego Hernández Cortés, es un artesano de la sal, un hombre que conoce y ama el producto del que han vivido su familia y sus antepasados por generaciones; es, sin ánimo ni exageración bíblica, la sal del mundo. Se ha propuesto, con necedad irredenta que y esta manera de hacer las cosas pueda seguir y crecer; busca crear una marca colectiva avanza con quienes creen en él y su proyecto, con quienes nunca lo hemos visto en persona pero sabemos que existe y lo que hace. A finales del siglo XIX, los liberales, como los que escribieron el Himno Nacional con aquello de retiemble en sus centros la tierra, se dieron a la tarea de crear el imaginario nacional, nuestra mitología; ya se sabe, las leyendas de los héroes de la independencia, El Pípila y aquello de que “los valientes no asesinan”; ellos nos hicieron creer, conforme a la tradición de su tiempo, que la gloria correspondía a las naciones que habían surgido a la vida como Italia y Alemania, que se habían afianzado como Francia y España generando el proyecto del Estado Nación, un Estado, una Nación, una religión, un idioma, como signos de identidad una unidad de origen y destino; como parte de esa mitología nos hicieron creer que éramos un pueblo guerrero y en ello fincaron nuestro honor; pero el mito es solo uno más que uno puede creer o no y la rudeza y elegancia de su enunciado oculta otra realidad que hemos preferido ocultar y disimular.  Nunca hemos sido una unidad de origen ni de destino; somos y siempre hemos sido un grupo enorme, hegemónico, no siempre el mismo, que le ha puesto las reglas a los demás habitantes; somos una abigarrada colección de grupos humanos que decidimos estar juntos a través de pactos fundamentales como el Estado laico, la República, la búsqueda de la igualdad y la convivencia de manifestaciones culturales; no somos un pueblo guerrero, a veces de rencores o de peleas sin sentido, largas como nuestras culpas, somos aficionados a la violencia criminal, pero eso no nos hace valientes. Somos, eso sí, el pueblo que ha hecho de la resistencia y la persistencia un arte. Sabemos que el que resiste triunfa, el que no se mete en problemas que no requiere y que en silencio, sigue haciendo su actividad con fe irredenta, a despecho hasta de las autoridades; los que nos levantamos de los terremotos aunque sepamos que las autoridades ya se birlaron las colectas de apoyo, los que hacemos cultura porque nos da la gana aunque tengamos que pasar la vergüenza de ver nuestras tradiciones caricaturizadas por Disney y que luego nos digan que eso es el progreso y la inversión y no las muñecas de trapo que no quieren convivir con una Barbie disfrazada de deportista y ejecutiva embarazada, siempre rubia y bien peinada, o afro pero con rasgos que la hacen socialmente aceptable. Lo que somos es la Nación que aprendió a resistir para seguir existiendo. 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