El año nuevo no siempre comienza como una enorme hoja en blanco, un libro nuevo para seguir contando nuestra historia en otra saga de 12 capítulos. A veces empieza en el margen. En ese espacio pequeño, aparentemente secundario, donde nadie nos pidió que escribiéramos y, aun así, decidimos hacerlo.
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A lo largo del tiempo grandes pensadores, artistas y filósofos decidieron pertenecer al margen de la sociedad y lograron sobresalir, sin embargo. En la Edad Media, mientras los libros se copiaban a mano y la palabra era sagrada, existían hombres y algunas mujeres -sobre todo religiosas- que pasaban la vida inclinados sobre el pergamino. Los copistas transcribían textos durante jornadas interminables, bajo la luz frágil de las velas, con la espalda encorvada y la mente viajando lejos. Y fue ahí, entre el cansancio y la repetición, donde ocurrió algo extraordinario: comenzaron a dibujar y escribir en los márgenes.
Siglos después, esas notas recibirían un nombre. Fue el poeta y pensador romántico Samuel Taylor Coleridge quien acuñó el término marginalia para nombrar ese diálogo íntimo entre el lector y el texto, ese impulso de dejar huella al costado de la historia oficial. Se han llegado a publicar cinco volúmenes que reúnen exclusivamente sus anotaciones al margen.
Es curioso que cuando hablamos de marginalia ya está en plural, así que la palabra se utiliza en singular, puesto que significa “cosas en el margen”.
Las marginalia no obedecían a la narración principal. Eran criaturas mágicas, monjes con alas, animales que tocaban instrumentos, comentarios irónicos, confesiones íntimas, quejas sobre el frío, el hambre o el tedio. Ahí está, por ejemplo, Henry de Damme, un copista medieval que decidió dejar algo más que adornos: dejó una protesta.
En el margen de un manuscrito anotó, con precisión casi contable, el valor de su trabajo:
11 letras doradas, 8 monedas;
700 letras iniciales con doble eje, 7 monedas por cada 100;
35 folios, cada uno con 16 páginas; 3 monedas por cada una.
Y debajo de esa lista, cansado pero lúcido, escribió una frase que atraviesa los siglos con una honestidad brutal:
“Pro tali precio nunquam plus scriber volo.” (Por este precio no volveré a escribir).
Henry no corregía el texto sagrado; corregía la realidad que le tocaba vivir. En ese margen no solo hablaba de dinero, hablaba de dignidad, de agotamiento, de límites. De la necesidad humana de ser visto más allá del trabajo cumplido.
El Salterio de Rutland (c. 1260) es famoso por sus anotaciones vívidas y fantásticas, que incluyen una «bestia de tres cabezas» siendo apuñalada por un caracol con cuerno de unicornio, junto a una gran variedad de monstruos, animales humanizados y escenas de vida cotidiana que ilustran fábulas y tradiciones del bestiario, poblando casi todos los márgenes y mostrando un mundo invertido y a menudo sádico, como conejos atacando a caballeros.
Voltaire tenía la costumbre de escribir extensas notas y comentarios en los márgenes de los libros de su vasta biblioteca.
Sir Walter Raleigh, el famoso explorador y escritor, dejó anotaciones extensas en los márgenes de sus libros y cuadernos, antes de su ejecución.
Aquellos márgenes eran un acto de libertad silenciosa. Nadie los ordenó. Nadie los censuró. Eran el lugar donde la imaginación respiraba cuando el cuerpo estaba cansado y el alma necesitaba decir algo más. En un mundo rígido, el margen se convirtió en un auténtico refugio para los copistas.
Actualmente, aunque los libros digitales no cuentan con el encanto de los manuscritos antiguos, gracias a la tecnología en dispositivos electrónicos de lectura se pueden realizar anotaciones y hasta dibujos.
Hoy, a las puertas de 2026, vivimos rodeados de textos “principales”: agendas, metas, expectativas ajenas, cifras, títulos, plazos. Todo parece estar ya escrito. Pero, a veces, olvidamos algo esencial: siempre hay un margen. Y ese margen sigue siendo nuestro, un espacio libre para expresarnos, conmovernos y alzar la voz.
El nuevo año no nos pide copiar la vida de otros ni repetir fórmulas gastadas. Nos ofrece, como a aquellos copistas, la posibilidad de escribir al costado: reinventarnos, anotar lo que sentimos, dibujar lo que imaginamos, incluso quejarnos si hace falta, como Henry de Damme, y luego decidir si queremos seguir escribiendo bajo las mismas condiciones.
Tal vez 2026 no se trate de hacer más, sino de crear mejor. De permitirnos imaginar sin permiso. De aceptar que no todo tiene que ser perfecto ni lineal. Que también valen las notas sueltas, los trazos torcidos, los pensamientos que no encajan todavía. Ahí, justo ahí, suele esconderse la verdad más honesta, nuestros anhelos más profundos, nuestros amores, la luz y la sombra que nos caracteriza.
Los copistas no sabían que siglos después alguien miraría sus dibujos con asombro o leería sus quejas con empatía. Solo sabían que necesitaban expresarse. Que escribir, aun en silencio, era una forma de seguir vivos. Nosotros tampoco sabemos qué recordaremos de este año dentro de una década, pero sí podemos decidir cómo lo habitamos ahora.
Que 2026 sea ese manuscrito en el que, además del relato oficial, te atrevas a dejar huellas personales: un límite claro, un cambio necesario, una decisión valiente, un sueño que empiece como garabato. Un año para reconciliarnos con la imaginación y volver a escribir con asombro, con pasión, con amor.
Porque la vida no solo se vive en el centro de la página. A veces, lo más bello, lo más libre y lo más verdadero ocurre al margen. De nuevo tenemos la oportunidad para escribir en 365 páginas y sus márgenes, con tinta propia e indeleble.
@delyramrez
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