Tenemos la responsabilidad de ser críticos con las visiones del mundo heredadas, y, a partir de ellas, ampliar nuestra capacidad de asimilación y empatía para con el otro.
A pesar de esa actitud de apertura, no alcanzaremos la VERDAD sino una perspectiva verdadera y coherente que habrá de convivir y cohabitar con muchas otras perspectivas igualmente coherentes, que también serán verdaderas a su manera.
En artículos anteriores hablábamos acerca de cómo se construye una narrativa, a la que definimos como cada uno de los relatos, historias, explicaciones, crónicas, descripciones, actitudes y protocolos de toda índole, que van desde el mito, las ficciones literarias o cinematográficas, la historia y las creencias en diversos ámbitos hasta las teorías políticas y económicas, patrones de consumo o el modo de hacer ciencia, que combinándose entre sí, articulan de forma coherente una visión del mundo.
Si bien nacemos en un contexto específico, sumergidos en una visión del mundo previamente configurada, a lo largo de la historia humana éstas han cambiado y evolucionado según los desafíos y la necesidad de los tiempos. De lo que se trata ahora es de profundizar en la manera en que las narrativas con que nos contamos el mundo y la realidad son susceptibles de ser modificadas de forma consciente e intencionada con el propósito de construir un mundo más justo, igualitario y empático.
Hoy estamos en la posición de saber de cierto que todas las narrativas son ficciones, maneras arbitrarias y convencionales de entender el mundo y la existencia, pero este hecho no las hace menos importantes, sino todo lo contrario, pues estos relatos –ficciones o no– configuran comprensiones del mundo que son muy reales, en especial cuando hablamos de sus efectos sobre los humanos que viven bajo sus lineamientos.
Las narrativas forman cosmovisiones coherentes y sólidas que le dan sentido al actuar y al hacer de los individuos que las experimentan. Y si bien no son VERDADES absolutas ni universales, resulta imposible existir en el mundo humano sin poseer una –o ser poseído por ella, según se vea–.
Debido a la complejidad de su sistema cognitivo, el ser humano <necesita saber>, así ese conocimiento no sea más que un producto de su creencia o su imaginación, así no sea otra cosa que una de la infinidad de formas posibles de interpretar la realidad objetiva.
A diferencia del resto de las especies, capaces de quedarse ancladas en el estímulo del presente y transitar por la existencia conforme esta ocurre, los humanos somos conscientes de nosotros mismos, entendemos el concepto del presente, el pasado y el futuro –con lo cual inventamos el tiempo– y tenemos la capacidad de articular narrativas que nos expliquen lo que vemos, lo que experimentamos y lo que nos gustaría conseguir.
Sin embargo, una vez articulada nuestra visión del mundo –la inmensa mayoría de las veces no escogida por nosotros sino por el contexto que habitamos– no podemos abandonarla, por obsoleta que nos parezca, sin tener una nueva narración que la sustituya.
Tal y como ha ocurrido en todas las etapas anteriores, hoy nos contamos historias que eventualmente se recordarán como falsas, pero necesitamos apoyarnos en ellas no sólo para hacer la existencia tolerable, sino para usarlas como escalón para el paso siguiente. Nuestra cultura y el contexto específico en que nacimos dentro de ella nos han hecho configurar el mundo de una manera específica, pero esto no significa que no podamos modificar esa visión por otra más amplia y verdadera.
Es posible transformar nuestras narrativas. Propongo dos posibles caminos. En este artículo veremos el primero de ellos.
Este primer mecanismo para modificar nuestros relatos consiste en desafiar y modificar consciente y deliberadamente un paradigma que, por arraigado que parezca, esté manifiestamente equivocado porque niega la realidad objetiva.
Un ejemplo de esto es la transición de una Tierra plana y centro del universo a una esférica, que además no era sino un planeta más en el sistema solar. Durante milenios el ser humano vivió en un planeta “objetivamente” plano. Esta comprensión no sólo no representó ningún problema sino que las distintas cosmovisiones que usó para explicarse a sí mismo eran congruentes con esa comprensión. Pero en cuanto supimos como especie que en vez plana, la Tierra era en realidad esférica y que no éramos el centro de nada sino un planeta más en la inmensidad del cosmos, nuestra visión del mundo debió recomponerse y crear un nuevo cuerpo de narrativas existenciales que fueran coherentes con la nueva realidad. Sin movernos un milímetro de donde estábamos, aparecimos en un planeta completamente diferente y eso requería una reinterpretación de relatos y comprensiones.
Pero este no es el único caso. En la ciencia ocurre con frecuencia. Durante siglos habitamos en el universo de Newton, hasta que llegó Einstein a demostrar que muchas cosas no eran como las suponíamos. En la antigua Grecia se pensaba que la enfermedad era de origen espiritual y por lo tanto un castigo por las faltas cometidas, hasta que Hipócrates modificó el paradigma al asegurar que las causas de la enfermedad eran físicas y que éstas se podían “adivinar” observando los síntomas. Y podríamos seguir enumerando ejemplos.
En la actualidad hay infinidad de ejemplos de paradigmas caducos que merecen ser repensados e incorporados en nuestra comprensión del mundo de forma distinta. El más obvio podemos verlo en la igualdad de género. El movimiento feminista, especialmente combativo en los últimos años, ha dejado de manifiesto una buena cantidad de paradigmas aceptados acríticamente por la mayoría –irónicamente también por muchas mujeres– a partir del modo en que fuimos educados. Hombres y mujeres vemos con normalidad el trato desigual y la violencia de género ejercida tanto por los individuos como por las estructuras sociales, económicas y políticas en contra de la mujer.
Uno de los grandes retos del siglo XXI está en la construcción de relatos más justos, equilibrados e igualitarios, se trata de escribir un nuevo pacto de interacción entre los géneros que incluya los ámbitos familiares, de pareja, laborales, profesionales, relacionales, sociales y políticos.
En la próxima entrega veremos el segundo mecanismo de transformación de narrativas.
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