Las emociones en la política

Las emociones y la política están íntimamente ligadas en nuestros días, mientras que la reflexión racional queda en un segundo plano.

22 de septiembre, 2022

La ansiedad, el desasosiego, la inquietud de nuestros días y la revolución tecnológica son una poderosa combinación que afecta la convivencia de las personas, el orden social y la manera de hacer y participar en política. Estos cambios rompieron el orden, el frágil equilibrio social. El primero, causado por la “economía líquida” (Bauman), aquella que desvanece toda certeza para el hombre común, es decir, un trabajo estable, ingresos seguros y suficientes, desmantela o debilita la seguridad social, como acceso a servicios de salud y de educación dignos, seguro de desempleo, pensión e invalidez. Ese mundo se fue al consagrar la libertad del capital, productividad y competitividad como los valores. El hombre hecho pieza desechable del engranaje económico. Me recuerda Tiempos Modernos de Chaplin.

Los temores ocasionados por la precariedad económica han encendido las alarmas biológicas de las personas y activado su instinto de sobrevivencia. Ante este peligro y la amenaza de perder estabilidad y estatus, el estado de ánimo social es dominado por el miedo, que se manifiesta como agresividad, irritación, intransigencia, intolerancia… también de solidaridad y empatía. Amor y odio. Afecto, pasión, apego; y rencor, antipatía y animadversión. Es así como se han puesto los sentimientos a flor de piel. Y la revolución tecnológica ha potenciado el poder de los sentimientos. Los likes y emoticones han construido sociedades de internautas que se identifican, se dan sentido de comunidad y pertenencia. Y creen dominar con emoticones ese mundo.

El mundo virtual se ha convertido en refugio de quienes comparten sentimientos. Articula sus identidades porque “sustituye el juicio por el prejuicio”, dice el consultor electoral Antoni Gutiérrez-Rubí, y sentencia: “Pensamos lo que sentimos” (Gestionar las emociones políticas). Ya decía Pascal: “El corazón tiene razones que la razón ignora”. Las razones del corazón son un lenguaje diferente que trasciende a las palabras cuando tocan la fibra de las emociones y llevan a la acción, mientras las razones llevan a conclusiones, según el neurólogo Donald Calne, al diferenciar el distintivo entre la razón y la emoción; por cierto una añeja polémica filosófica. El redescubrimiento de las emociones y su impacto en la gente, potenciado por las redes sociales, ha impulsado a ponerlas en el centro de la política y de las campañas electorales.

Las posibilidades que abren las tecnologías de la información para segmentar y virtualmente personalizar el mensaje, así como abatir los costos de las campañas electorales, favorecen que el debate y la comunicación política se trasladen a las redes sociales. Y, en particular, que en estos ámbitos reinen las emociones sobre las razones. El papel tan importante que juegan en la vida social hoy en día ha hecho que se recurra a las neurociencias y a la biología para comprender la función fundamental que tienen las emociones en el desarrollo de la razón. (En tanto, radio y TV tienden a perder protagonismo, al menos por ahora. La prensa escrita tal vez sea reservada para el análisis puntual y profundo). Esta es la propuesta que hace Antoni Gutiérrez-Rubí en su libro Gestionar las emociones políticas, que he citado en este espacio.

La neurociencia coloca a la poesía y al arte, a la risa y a la ironía, en el corazón de lo propiamente humano y en el arma más poderosa de la humanidad para enfrentar el determinismo que parece reducirnos a máquinas que hacemos siempre lo mismo (como revelan los algoritmos) y a reacciones neuroquímicas que echan por tierra el libre albedrío o capacidad para elegir a voluntad y libremente. Quizá ahora entendemos los límites de estos conceptos filosóficos, pero también los resquicios que nos libran de ser reducidos a meros zombis. Así, la Universidad de Bergen, Noruega, reunió en un estudio a un grupo de matemáticos y de psicólogos que demostraron empíricamente que la simetría y la claridad, que son lo que la conciencia humana concibe como hermoso y bello es lo verdadero. Belleza y verdad se hermanan (tomado del libro citado).

Octavio Paz decía que la poesía es otra forma de acercarnos a la verdad y el conocimiento. Hoy estas verdades son trasladadas al campo de la política para escapar de la tiranía y tratar de elaborar un programa político que hable a los sentimientos de las personas, que las emocione y las incite a la acción para salvar a la democracia y reformar el sistema económico y político, de manera que nuevamente el hombre y sus necesidades sean los ejes de la política. Escribe Antoni Gutiérrez-Rubí: “(…) Estamos en un momento altamente voluble e incierto. Entender las emociones profundas, comprender los miedos, atender las sensibilidades. No hay otro camino si se quiere que la política democrática pueda canalizar los humores sociales en objetivos políticos”.

El autor, quien asesoró a Gustavo Petro para que triunfara en las elecciones presidenciales de Colombia, analiza tanto el potencial de las redes sociales para favorecer el cambio como sus riesgos. Observa que el like le gana la partida al think. La superabundancia de información propicia que nos ocupe con afán la búsqueda de la novedad al grado que dejamos de pensar para buscar. Es la mayor manifestación de la inmediatez. Por ello la reflexión sucumbe ante las reacciones. Y advierte un fenómeno que me parece fundamental para entender la profundidad de la transformación social en el que estamos inmersos: “(…) El gran cambio: la reputación se enfrenta al ranking digital como el gran ordenador del mérito o del conocimiento”. Influencers vs los expertos.

La devaluación del conocimiento frente a los mercadólogos. La tiranía del márquetin. Este nuevo régimen plantea desafíos sin paralelo a la democracia y a la vida civilizada. Ahora los influencers tienen el poder de cambiar la conversación social, el curso de la política y de los acontecimientos. He ahí la enorme importancia que tiene atender la indignación social contra el statu quo. En tanto, cabe que políticos y estudiosos democráticos aprendan a gestionar las emociones políticas para evitar el precipicio. Cuando la emoción de gusto y enojo, bueno y malo, sustituye a las relaciones causa-efecto, la manipulación de los sentimientos es el nuevo ordenador de la vida pública. Reinan capricho e impaciencia. Sociedad de infantes perennes: volubles y peligrosos.

El corto plazo y la inmediatez tienden a enceguecer e impedir la planeación y la acción política de mediano y largo plazo. Un desafío para la democracia y la vida misma del planeta, amenazada por el cambio climático. Si bien Gutiérrez-Rubí no se ocupa en este libro de entender y analizar las causas que hacen que los sentimientos de las personas estén a flor de piel (que desde mi perspectiva son la precariedad e inseguridad económica, como ha ocurrido en otras etapas de la historia humana), sí es una guía útil para que los políticos democráticos entiendan la importancia de considerar los sentimientos de la gente y comprendan sus motivaciones para guiar el cambio. Es un incentivo para analizar las causas del gran malestar de nuestros días.

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Revisando algunos diarios de los días subsecuentes al terremoto de 1985, llaman la atención algunos acontecimientos que no trascendieron al ser opacados aplastantemente por la desgracia en la capital, como el que el sismólogo estadounidense Charles Ricther, inventor en 1935 de la escala que lleva su apellido y que permite medir y clasificar los sismos según su fuerza y energía liberada de los grados 1 al 10, falleció tan solo once días después del temblor en México a los 85 años de edad. El terremoto de México fue el último gran evento objeto de estudio para su profesión. Sin duda el Señor Ricther se sorprendería de todos los aprendizajes que dejó aquel terremoto, ya que él siempre participó en programas de concientización y prevención ciudadana; tal vez no daría crédito al ver el eficaz sistema de alerta sísmica que da casi un minuto para desalojar las edificaciones antes de un gran movimiento telúrico en el valle de México.  Otro hecho notable por aquellos días fue el hecho de que en Jalisco, Ciudad Guzmán para ser precisos, el temblor dejó cuantiosos daños, más de 30 muertos, cerca de mil heridos, 33 mil damnificados e incuantificables inmuebles derruidos. Toda esta tragedia ha sido prácticamente ignorada por la opinión pública, dadas las dimensiones de las repercusiones en el entonces Distrito Federal (en 35 mil fallecidos, números extraoficiales, se calculan las pérdidas humanas). 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Para un segmento cada vez mayor, lo correcto es renunciar a la expresión de las emociones, de los sentimientos y de las sensaciones más sutiles en aras de privilegiar la racionalidad y las acciones objetivas; mientras que otro segmento, con el propósito de ponerle remedio a esa desconexión, no busca “trascender” la racionalidad exacerbada sino renunciar a ella para guarecerse en una corporalidad y emocionalidad primitiva.  Por un lado empezamos a comprender que el pensamiento no alcanza para resolverlo todo –la sensación, por ejemplo, de que los humanos somos tan sólo una especie más en la biósfera y que tenemos la responsabilidad de modificar nuestra relación con el planeta en aras de mantener los equilibrios globales de la naturaleza es contraintuitiva y de ningún modo producto del razonamiento cartesiano, pero eso no la convierte en falsa–. 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Por eso no es casual que todos estos “productos de sanación” siempre lleven la etiqueta de “ancestrales”, aun sin demostrar con el mínimo rigor de qué tribu, en qué contexto surgió y qué sucedió con ellos ni cómo funciona en la complejidad de nuestro ser –donde cualquier cambio mayor afecta al resto de nuestras configuraciones interiores– ni qué estudios los avalan.  A partir de narrativas simplonas y regresivas, donde los insensibles y estúpidos modernos hemos olvidado quiénes somos, y que sólo a través de retrotraernos al pasado, como si el mero hecho de que algo sea antiguo, eso por sí mismo lo convierta en beneficioso, valioso y digno de rescatarse del pasado, nos dará la oportunidad de redescubrir nuestro auténtico ser y trascender los inconvenientes de una civilización que todo lo destruye.    Es paradójico que tratemos de trascender el pensamiento no llevándolo hasta el límite para superarlo, sino renunciando a cualquier reflexión racional, seria, rigurosa y sin prejuicios cientificistas acerca de los fundamentos de cada uno de estos ritos, rituales y conductas rescatados de supuestos pueblos del pasado poco o nada documentados.  Para eso justamente sirve la razón: para protegernos de lo “irracional”, mientras que trascender la razón implica, no lo pre-racional, sino lo trans-racional1.   No hay nada malo en reinterpretar las culturas ancestrales y tomar fragmentos que continúen siendo valiosos para la visión de hoy, pero lo deseable es que se haga como consecuencia de un estudio profundo de sus rituales y símbolos, así como de una exploración seria de las sustancias psicotrópicas utilizadas con el propósito de expandir la percepción, así como las implicaciones y motivaciones que los movían, buscando nuevas aplicaciones de las mismas; lo que no parece muy razonable es entregarnos a un sincretismo acrítico, irresponsable y descontextualizado, que tome elementos de aquí y de allá sin un propósito claro, sin entender los contextos en que éstas se llevaban a cabo y sin que se trate de nada más allá de un “turismo espiritual” que no busca otra cosa que la acumulación hueca de nuevas y más emocionantes experiencias.  En este contexto, no es casual la cantidad de estafas económicas y escándalos sexuales relacionados con supuestos gurús que, unos ingenuamente como consecuencia de una ignorancia profunda y muchos otros a propósito y con enorme malicia –y muchas veces con perversidad criminal– confunden, abusando de la necesidad de trascendencia de sus “clientas” y “clientes”, lo prepersonal (los modos de ser humanos previos a que la mente se convirtiera en la herramienta dominante de la evolución: instintos, sensaciones, impulsos, pulsiones, etc.) con lo transpersonal (aquellas prácticas donde se pretende dejar atrás la construcción egoica de un Yo enfermizo producido por la exacerbación de la modernidad y que son difíciles de reconocer porque aun no son demasiado frecuentes). Aunque en primera instancia suene chocante, hoy poseemos el conocimiento y las capacidades cognitivas y racionales para trascender el ritual en su comprensión antigua. Por más que queramos, el sentido literal de la mayor parte de ellos no puede ser reproducido simplemente porque sabemos cosas del planeta y de cosmos que antes no y por eso se comprende y se admira que esas culturas ancestrales atribuyeran significados distintos a las cosas, pero sin que hoy tenga sentido forzarnos a atribuir los mismos significados que sabemos superados. Un volcán, un hecho astronómico, una reacción química o un mineral convertido en collar no cabe ser entendidos en el mismo sentido que lo hacían ellos, no porque estuvieran equivocados por interpretar el mundo que habitaban desde el máximo de su sensibilidad, capacidades y talentos, sino porque una buena parte de sus fundamentos hoy las sabemos superadas por más que nos atraiga romantizarlas, rescatando sentidos que para nuestra realidad, resultarían superados y obsoletos.  El reto consiste justamente en lo opuesto: a partir de trascender nuestra racionalidad, crear nuevos símbolos y rituales que doten nuestra realidad de nuevos significados. 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Esta actitud va mucho más allá que colgarse un cuarzo y comerse un hongo alucinógeno, rodeado de percusiones y música “mística”, danzando alrededor de una gran fogata.  No hay duda que una actitud racional saludable consiste en preguntarnos si esas experiencias que nos ofrece la “mística de fin de semana” nos llevan a un nuevo nivel de evolución o, por más que tengan una bella apariencia quimérica, nos regresan a comprensiones arcaizantes que, lejos de trascender la mente, nos exigen desterrarla a partir de prescribirnos un incondicional abandono a nuestros impulsos e instintos.    Web: www.juancarlosaldir.com Instagram:  jcaldir Twitter:   @jcaldir    Facebook:  Juan Carlos Aldir 1 Ken Wilber tiene infinidad de textos donde aborda este problema, y que él llama “falacia pre-trans”." 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A partir de esa hecatombe,  se impusieron nuevos reglamentos de construcción y novedosos conceptos urbanísticos en la gran Ciudad, así como nuevas formas de convivencia, organización y participación ciudadana y administración pública en todo el país. En suma, se puede afirmar que nació en los hechos nuestra sociedad civil, y la idea más clara de que el poder democrático debe ser la base del Estado.  En Nicaragua (1972) precisamente también un terremoto fue la gota que derramó el vaso, ya que el movimiento social que siguió al cataclismo devino, ni más ni menos, en una Revolución armada que removió al régimen somocista. 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Revisando algunos diarios de los días subsecuentes al terremoto de 1985, llaman la atención algunos acontecimientos que no trascendieron al ser opacados aplastantemente por la desgracia en la capital, como el que el sismólogo estadounidense Charles Ricther, inventor en 1935 de la escala que lleva su apellido y que permite medir y clasificar los sismos según su fuerza y energía liberada de los grados 1 al 10, falleció tan solo once días después del temblor en México a los 85 años de edad. El terremoto de México fue el último gran evento objeto de estudio para su profesión. Sin duda el Señor Ricther se sorprendería de todos los aprendizajes que dejó aquel terremoto, ya que él siempre participó en programas de concientización y prevención ciudadana; tal vez no daría crédito al ver el eficaz sistema de alerta sísmica que da casi un minuto para desalojar las edificaciones antes de un gran movimiento telúrico en el valle de México.  Otro hecho notable por aquellos días fue el hecho de que en Jalisco, Ciudad Guzmán para ser precisos, el temblor dejó cuantiosos daños, más de 30 muertos, cerca de mil heridos, 33 mil damnificados e incuantificables inmuebles derruidos. Toda esta tragedia ha sido prácticamente ignorada por la opinión pública, dadas las dimensiones de las repercusiones en el entonces Distrito Federal (en 35 mil fallecidos, números extraoficiales, se calculan las pérdidas humanas). Otro hallazgo más, registrado en los periódicos de aquellos días, son las caricaturas hechas por los más renombrados moneros que circularon en las principales publicaciones de la prensa de entonces. 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1985: Tlatelolco, los Monteros y Charles Richter

Cual Ave Fénix, la Ciudad de México resurgió de sus cenizas luego del terremoto de 1985, dando paso a importantes transformaciones sociales. 

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