Las debilidades de la democracia

En los últimos años se ha venido debatiendo sobre la democracia, sus ventajas y debilidades frente a sus resultados desde la óptica ciudadana. Muchos hablan que esta forma de gobierno ha sido poco efectiva para lograr mejoras...

18 de agosto, 2021

En los últimos años se ha venido debatiendo sobre la democracia, sus ventajas y debilidades frente a sus resultados desde la óptica ciudadana. Muchos hablan que esta forma de gobierno ha sido poco efectiva para lograr mejoras en la calidad de vida de las personas, igualdad de oportunidad y justicia social. Hay quienes incluso concluyen que la democracia está en crisis.

Empecemos por el principio. ¿Qué es la democracia? De acuerdo con Wikipedia, “es una manera de organización social que atribuye la titularidad del poder al conjunto de la ciudadanía. En sentido estricto, la democracia es una forma de organización del Estado en la cual las decisiones colectivas son adoptadas por el pueblo mediante mecanismos de participación directa o indirecta que confieren legitimidad a sus representantes. En sentido amplio, es una forma de convivencia social en la que los miembros son libres e iguales y las relaciones sociales se establecen conforme a mecanismos contractuales”.

Podemos resumir que la democracia es una forma de organizar una sociedad donde todos somos iguales y donde las mayorías mandan. Es el sistema de gobierno más utilizado y más aceptado hoy en día, a pesar de sus defectos. A la fecha no se ha creado un sistema mejor de gobierno.

Sin embargo, siendo el mejor sistema de gobierno, la democracia actual está en riesgo frente diversas debilidades que ha identificado Manuel Torres Aguilar, en su artículo para el portal The Conversation (https://theconversation.com/cual-es-la-debilidad-de-las-actuales-democracias-165891), entre las que destacan:

  • Permite alianzas peligrosas. Algunos de los grandes villanos autoritarios de la historia han accedido de manera legítima, ganando elecciones legales, a través de alianzas que les facilitaron el acceso al poder. Tenemos los casos de Hitler y de Chávez, como ejemplos. Aunque el comportamiento de estos líderes no permite identificar sus verdaderos perfiles ni intereses de manera anticipada, según Torres Aguilar, hay algunos indicadores que permiten su identificación y que debemos de tener presentes: 1) un débil o pobre rechazo a las reglas democráticas y sus instituciones (negativa a cumplir con mandato constitucional, suspensión de elecciones, etc.); 2) la negación de legitimidad de los adversarios políticos (el adversario es subversivo o ilegal); 3) la tolerancia o fomento a la violencia cuando les conviene (lazos con bandas violentas o aprobación de violencia contra adversarios); y 4) la predisposición a restringir las libertades de la oposición (limitar derechos de opositores, restringir o controlar la libertad de expresión, etc.).
  • Permite pactar con líderes autoritarios. “Ante estos políticos los partidos democráticos deben ser inflexibles y mantenerlos fuera de sus listas electorales o de las alianzas para el ejercicio de cualquier clase de gobierno”. Y refieren las palabras de Angela Merker: “Un liderazgo valiente debe poner la democracia y al país por delante del partido y explicar al electorado lo que está en juego”.
  • Las constituciones no garantizan la democracia. No hay constituciones perfectas. Tienen defectos, lagunas, ambigüedades, ausencias. Sin embargo, no pueden ser usados estos defectos para no cumplir con su propósito y espíritu para no cumplir con la ley.
  • Tolerancia y contención institucional. “Hay dos reglas claves para que una democracia funcione y no se vea amenazada: la tolerancia mutua y la contención institucional. Por la primera se debe aceptar que el rival político tiene derecho a competir por el poder y a gobernar, es necesario aceptarlo como un adversario legítimo; considerar que es tan patriótico como nosotros y que cumple la ley igual que nosotros. Es necesario “acordar no estar de acuerdo”. El rival no es el enemigo. La contención hace referencia a respetar el espíritu de la ley y no solo su letra. Tener conciencia de que la ley democrática no puede ser un impedimento para el funcionamiento de la división de poderes y el juego equilibrado de los mismos”.

La democracia es un sistema de gobierno perfectible, mejorable, con defectos y desafíos frente a una compleja realidad cambiante, líquida y demandante. Pero es el mejor sistema creado por el hombre hasta la fecha. El problema es que algunos actores políticos ven en sus defectos las oportunidades, y aprovechan sus debilidades para instaurar gobiernos autoritarios. Este es un reto que enfrentaremos los ciudadanos día a día, pero de ello dependerá tener un mejor futuro más justo, incluyente y estable.

Contacto: www.marcopaz.mx, [email protected], Twitter: @marcopazpellat, www.facebook.com/MarcoPazMX, www.ForoCuatro.tv y www.ruizhealytimes.com

Comentarios
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A partir de la manera en que articulamos en palabras lo que nos ha pasado a lo largo de la existencia damos forma, a través de un lento e inacabado proceso, a lo que entendemos por identidad.  Nacemos inmersos en un contexto social, familiar, cultural, económico; se nos enseña un lenguaje en particular, una comprensión de la historia, de nuestro lugar en ella, un tipo específico de espiritualidad; aprendemos ética, moral e ideología a partir de quienes nos rodean; se nos induce a convivir en ciertos entornos y a evitar otros; asistimos a determinada escuela; llevamos a cabo ciertas actividades de ocio y podría continuar enumerando todo aquello que moldea nuestro carácter y nuestro ser interior a partir de los contextos a los que pertenecemos, la gran mayoría de ellos, sin pedirlo o escogerlos.  Este cúmulo de experiencias de todo tipo –emocionales, fisiológicas, kinestésicas, visuales, auditivas, racionales, afectivas, sensuales, sensoriales, etc.– y las decisiones que tomamos en el estrecho margen de libertad en que nos movemos, se combinan de forma singular y única configurando nuestro Yo subjetivo, es decir, nuestra manera particular y exclusiva de interpretar nuestra propia existencia en relación con el mundo exterior y con el otro. Cada uno de esos estímulos se organizan en nuestra psique en forma de conceptos, ideas, imágenes, relatos, símbolos que en conjunto nos sirven para explicar lo que ha sido para cada uno de nosotros la experiencia de estar vivos. Sin embargo, no debemos pasar por alto una parte central del proceso de interpretación de la existencia: ésta se lleva a cabo mediante la mediación del lenguaje. Esas experiencias de todo tipo que nos constituyen sólo se vuelven inteligibles si somos capaces de ponerlas en palabras, de articularlas en un relato que nos resulte posible de comprender, gestionar y comunicar.   Nos despedimos de un ser querido, alguien cercano muere, un amor se termina y más allá del dolor emocional que estas experiencias implican, no somos capaces de desentrañarlas del todo en tanto no las ponemos en palabras. Por eso resulta tan potente el “desahogo” que implica contarle nuestros problemas a un amigo, en especial si no sabemos cómo resolverlos. Mucho más de lo que el amigo pueda hacer por nosotros, el hecho de verbalizar el contratiempo u obstáculo que nos aqueja nos obliga a organizar la situación de forma coherente y ordenada en nuestra mente. Implica traducirla en un relato inteligible para el otro y, por lo tanto, para nosotros mismos y ello nos suele facilitar el encuentro de una solución. La distensión emocional que se alcanza con la confidencia resulta, no tanto por la participación del otro, sino por la acción de escuchar nuestra propia historia de forma conexa, estructurada y armónica.   Somos seres narrativos. Si nos preguntan, por ejemplo, quién es fulano, la respuesta será una narración: es hijo de X, estudió Y, se casó con W, inventó Q, su hijo es K, nació en P, etc. Si extrapolamos este ejemplo a cualquier otra situación que queramos describir nos encontramos con que nuestra comunicación con el otro siempre es por medio de relatos. La capacidad de comunicarnos, de generar vínculos, de construir conocimiento depende de nuestra competencia en la construcción de narraciones.   El lenguaje, en tanto mediador entre nuestra experiencia directa de la realidad y la capacidad de interpretarla, es fundamental y no creo que haya forma de exagerar su importancia tanto para construir una imagen razonable y amplia del mundo que nos rodea y con el que estamos en permanente interacción, como para diseñar y gestionar ese mundo interior del que emerge nuestra personalidad, nuestro carácter y nuestra identidad. Es en el lenguaje donde se articulan los pensamientos: sólo puedo pensar aquello que soy capaz de nombrar, razonar y convertir en una narración.   ¿Cómo se relaciona todo esto con el lugar común que afirma que una imagen vale más que mil palabras? Si a un hombre arcaico le enseñásemos una imagen a todo color de una calculadora científica, de una impresora, de una pelota de golf o una foto de la Tierra vista desde el espacio, serían imágenes que no le significarían nada, porque carecería de referencias para interpretarlas y de las palabras necesarias para nombrarlas. Para poder reconocer la riqueza conceptual de esas figuras se requiere conocer el signo, entender su significado y funcionamiento y poseer la capacidad narrativa y la calidad y cantidad de lenguaje suficiente para expresar su significado.   No se trata de defender obviedades, del tipo: es necesario mejorar los programas de lengua española para niños de primaria y secundaria –cosa que no estaría mal–, pero esto va mucho más allá. Un individuo con capacidades limitadas en el uso del lenguaje no sólo tendrá problemas para expresarse de forma completa y correcta, sino algo mucho más serio: le faltarán ladrillos para construir conceptos, engranes para articular ideas, piezas para acoplar argumentos, colores para dibujar matices; en una palabra, estará imposibilitado para pensar de forma compleja y profunda y estará condenado a vivir preso en un mundo estrecho y chato.   En cierto sentido es verdad que una imagen vale más que mil palabras. Puede contener símbolos, remitir a infinidad de significados, amplificar los estímulos, retratar una amplia gama de tonalidades y todo a partir de un solo golpe de vista, de una sola impresión.  Sin embargo esta aparente verdad puede esconder una terrible trampa: para que una imagen valga más de mil palabras, lo primero que el observador debe tener en su almacén cognitivo son precisamente “las mil palabras” en cuestión. Si quienes vemos la imagen carecemos de ellas y sólo tenemos, digamos, doscientas –es decir, que desconocemos conceptos implícitos o explícitos de la imagen, pasamos por alto valores simbólicos, no estamos empapados del contexto histórico que dio lugar a la escena, etc.–, para nosotros esa imagen no valdrá mil, sino doscientas palabras.  A pesar de que en los tiempos que corren la imagen ha tomado un papel preponderante gracias a su inmediatez y a su aparente facilidad para ser interpretada, los conceptos, sentimientos, emociones, ideas, esperanzas e ilusiones los solemos caracterizar con palabras. Desde este punto de vista, las imágenes no valen mil palabras, sino que resumen y contienen potencialmente esas mil palabras que quien observa la imagen debe decodificar a partir de su conocimiento previo. Sin poseer a priori las palabras, sin el contexto de conocimiento apropiado, las imágenes dirán muy poco. Esas imágenes sólo comunican en función del conocimiento pre-adquirido y los contextos culturales adecuados para decodificarla de manera profunda.  Imaginemos que “escroleando” Facebook nos aparece la fotografía de un individuo de cierta edad vestido de blanco al que una multitud de ancianos le lanza huevos. Si no tengo ningún otro contexto me parecerá una escena humorística sin mayores implicaciones. Pero si dentro de mi bagaje de conocimiento me doy cuenta de que el sujeto de la agresión es el Papa Francisco y quienes lo agreden son un grupo de indignados Cardenales, y si además estoy familiarizado con las últimas declaraciones del pontífice, donde definde la validez espiritual de las uniones matrimoniales de personas del mismo sexo, entonces la imagen me dirá mucho más que al principio.  La imagen puede, en efecto, contener una enorme riqueza de contenido, matices, texturas y dimensiones susceptible de ser captados de forma inmediata, pero accederemos a ese núcleo de significados en función a nuestra capacidad lingüística para discernir y conceptualizar lo que cada uno de estos elementos significa. Por eso la amplitud de nuestro vocabulario y destreza con que manejemos sus particularidades y matices amplifica o limita nuestra capacidad de entendimiento y de construcción de conceptos e ideas, lo que se traduce ni más ni menos que en nuestra capacidad potencial de pensar.  Un individuo con un vocabulario total de quinientas palabras habita un mundo mucho más estrecho, pobre y descolorido que alguien cuyo acervo es de cinco mil, aun cuando ambos compartan el mismo espacio físico y los mismos estímulos.  Si bien nuestra capacidad cognitiva (I.Q.) es la materia prima de nuestra inteligencia, el potencial creativo y de generación de ideas, relaciones y pensamientos complejos depende directamente de la amplitud de nuestro vocabulario descriptivo y conceptual. Para crear una idea o un concepto necesitamos las palabras adecuadas y suficientes para cincelarlo.    Para que una imagen valga mil palabras, primero hay que tener bien aprendidas las mil palabras y los conceptos que guardan en su núcleo. El lenguaje es una estructura comunicacional que no sólo nos permite hablar con el otro: antes que ninguna otra cosa, nos faculta para hablar con nosotros mismos, explicarnos nuestra vida y el mundo y crear una imagen sólida de quienes somos. 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Existe un enorme grupo de individuos a nivel mundial que se niegan a la vacunación, que asiste a eventos masivos sin guardar la prudente distancia y, lo peor de todo, que se resiste a usar el cubrebocas. Suelen exponer y defender sus propias razones y en ocasiones adoptan el papel de víctimas a la que se les presiona a adoptar un comportamiento equivocado. En respuesta, han mostrado una actitud de alianza en favor de la pandemia y consideran que el grueso de la población que se ha vacunado y observado las recomendaciones básicas de salud somos sus enemigos que deseamos tenerlos bajo control.  Entendemos que no es nada cómodo limitar nuestras capacidades individuales y restringir nuestras actividades; sin embargo, nuestra prioridad es terminar cuanto antes esta obscura etapa en que nos ha sumido la pandemia. El género humano por razones naturales siempre ha tenido un enemigo implacable: los parásitos. La gran mayoría son organismos microscópicos y eso le hace sentir al hombre eminentemente poderoso porque de inmediato se pregunta: ¿dónde está el enemigo? o ¿será posible que esa cosa tan pequeña me enferme? Su ignorancia oculta su soberbia. El menosprecio y la descalificación surgen en seguida: bacterias, hongos, amebas, virus y otros agregados moleculares infectivos, la gran mayoría tienen un solo objetivo: encontrar e invadir a otro ser vivo para extraerle los nutrientes que le permitan subsistir y reproducirse a sus anchas; al igual que los partidos políticos en nuestro país.  Obviamente, la dinámica del parasitismo que muchas veces es el mismo proceso infeccioso va a depender de ciertas condiciones ambientales favorables para el depredador, tales como: la temperatura, la humedad, la disponibilidad de nutrientes y sobre todo una víctima indefensa con un sistema inmunológico decaído o disfuncional. Esta dinámica se ha venido repitiendo por miles de años y nosotros los humanos siempre hemos sido las víctimas. No fue sino hasta hace 170 años cuando Pasteur y Koch demostraron la capacidad infecciosa de los microorganismos que empezamos a defendernos en forma organizada. Desde entonces solo nos hemos defendido, pero no los hemos derrotado. Hongos, bacterias y virus han escrito la historia del hombre, su participación nos ha generado desgracias terribles y también grandes bendiciones. Dentro de las primeras podemos citar varias epidemias de peste bubónica en toda Europa, el Oriente Medio y China produciendo millones de decesos. Investigaciones recientes han reportado que la llamada Flu Española en 1918 aniquiló aproximadamente a 50 millones de personas. De acuerdo con censos de población de la época, se estima que el total de víctimas de las guerras mundiales I y II fueron mucho menores en el número de muertos causados por la “gripe española”. Los virus Ébola, Marburg. Fiebre del Nilo, etc. Todos los endógenos del Continente Africano han causado innumerables víctimas en diversos países y en diferentes periodos; el volumen es tan exhaustivo que la OMS no ha reportado un número aproximado de bajas.  Con respecto a las grandes bendiciones, muchos antibióticos y vacunas se logran utilizando extractos microbianos. La producción de muchos alimentos y productos farmacéuticos suelen ser derivados de microorganismos, asimismo; los actuales desarrollos de la biotecnología y la biología molecular se han logrado utilizando a los microorganismos como modelo y material de ensayo, etc.  En cuanto a los virus, son partículas que solo poseen un tipo de ácido nucleico (DNA o RNA) y una envoltura proteica que es la que hace contacto con las células del paciente. Los virus viven de prisa, realizan pocas funciones, la principal de ellas es encontrar rápido una víctima e inyectarle su ácido nucleico para apoderarse del control metabólico y orientarlo hacia la reproducción del virus. Este proceso se repite muchas veces y nosotros lo manifestamos a través de los diversos síntomas que presentamos durante la infección. El ciclo es limitado, de manera que no necesitan de un genoma muy grande para controlar sus dos funciones principales (la adhesión y la inyección del genoma). Los virus siempre han sido desconcertantes, tienen un gran índice de mutación en forma natural sin que nadie lo provoque. Esto explica los numerosos mutantes y recombinantes que se han detectado a lo largo de la pandemia (mutante ẞ, ∆; etc.) haciendo que cada uno de ellos se comporte como un patógeno diferente y produzca una sintomatología atípica. También existen otras posibilidades que podrían explicar el complejo comportamiento viral que estamos presenciando en las últimas semanas; las más significativas son:  
  • El DNA viral al ser inyectado a la célula posiblemente reacciona con el DNA de la célula     huésped produciéndose un recombinante con una nueva información genética.   
  • El ácido nucleico viral organiza la infección y se inactiva sin causa aparente por tiempo indefinido (pudieran ser años) y después resurge causando una sintomatología semejante a la que causó anteriormente. Este parece ser el caso del H1N1 que invadió a México en marzo-abril del 2009 y que resultó ser un remanente del virus que causó la gripe española en 1918.
Volviendo a nuestro tema original, en los párrafos anteriores hemos mencionado que entre los elementos más importantes para prevenir una infección está la serie de actividades sanitarias que debemos cumplir sin falta. Pero quizá, el más importante sea el poseer un sistema inmunológico funcional, uno que produzca los anticuerpos necesarios que inactiven las toxinas o las substancias causantes de la infección.  El otro factor de gran importancia es nuestro ritmo de vida, que es muy demandante, terriblemente azaroso al grado de que mengua nuestros mecanismos que regulan la síntesis de anticuerpos que van a actuar como nuestras defensas protectoras. La carencia o la inactivación de éstos significan una puerta de entrada para el proceso infeccioso; es precisamente lo que el coronavirus necesita para invadir y atacarnos sin ninguna restricción. Debemos cuidar nuestras emociones y pugnar por un estilo de vida más relajado y menos oprobioso que nos permita optimizar nuestra protección. De una manera u otra, estamos frente a un enemigo versátil e impredecible que altera su genoma en forma casual y azarosa, los virus usan este mecanismo evolutivo por miles de años y les ha permitido subsistir durante esa eternidad. Nosotros tenemos la gran desventaja de funcionar con una serie de sistemas complejos y realmente somos una presa fácil, estamos en plena desventaja y nada podemos hacer sino vacunarnos y prevenir la infección.  Sin duda alguna, el problema de la pandemia es una situación de salud pública y obviamente debía tratarse a nivel del personal biomédico, con poca participación administrativa. Es una tragedia que los políticos de una gran mayoría de países hayan tomado una iniciativa tan espectacular y pretendan obtener resultados satisfactorios. En México se tuvo una gran experiencia en el 2009 que bien pudo haberse aprovechado en la resolución del problema actual pero la estrechez mental de los actuales funcionarios apócrifos nos obliga a resolver este problema en otras formas, más académicas, con otro tipo de profesionales que posiblemente nos den mejores soluciones.  Cada país tiene cierta estructura y los elementos necesarios para salvaguardar la salud del pueblo y nuestro país no era la excepción. Desafortunadamente llegó una nueva administración que prostituyó y corrompió los ministerios y aniquiló totalmente el sistema, ocasionándonos el inexplicable fallecimiento de por lo menos 500 000 fallecimientos en 18 meses de pandemia. Nuestra verdadera desgracia no ha sido la pandemia sino la serie de reacciones criminales y siniestras de algunas de nuestras autoridades, entre las cuales destacan:
  • Minimizar la magnitud de la pandemia y evitar el monitoreo del contagio al principio de la pandemia.
  • En aras del ahorro, comprar artículos básicos de pésima calidad y diseño que en realidad fueron de poca utilidad.
  • El no proveer al personal biomédico de los materiales y uniformes necesarios para realizar sus funciones.
  • El ocultar o por lo menos confundir a los mexicanos acerca de la disponibilidad de las vacunas. 
  • El haber usado los medios de comunicación para promover sus fines políticos y difundir falsas noticias y estadísticas relacionadas con los internos en los hospitales y los decesos.
  • El haber donado vacunas a otros países sin haber abastecido plenamente a la población mexicana. 
  • El proveer ejemplos culturales y religiosos como coadyuvantes para disminuir la pandemia. El calificar el uso del cubrebocas como innecesario, etc.
Aunado a lo anterior, se hace notoria la negativa de un gran núcleo de población que rechaza desde la existencia del virus hasta la negativa a la vacunación. Es difícil encontrar una explicación a esta lógica tan personal, lo único que se puede comentar es que tanto autoridades, políticos y muchos mexicanos todavía actúan y vociferan como verdaderos aliados del coronavirus. Los epidemiólogos y los virólogos aún no se han atrevido a mencionar alguna fecha en que se anuncie el final de la infección. Es muy posible que esto todavía dure algún tiempo indefinido así es que los aliados todavía tienen alguna oportunidad para cambiar de opinión. Por lo pronto, es oportuno mencionar que las evidencias experimentales de la vacunación son muy positivas, se ha registrado una disminución del 55 al 75% de los síntomas, dependiendo de la salud previa del paciente. En ninguna manera se ha pretendido modificar la conducta de nadie, se considera que nuestros lectores son suficientemente maduros y no requieren ningún refuerzo emocional. Todos los días muy temprano ya tenemos nuestra dosis del Mesías/Ayatollah y no deseamos por ningún motivo, establecer alguna competencia con él, nuestro rollo es otro. Hemos mostrado algunos hechos históricos que están plenamente validados y otros que son muy recientes del dominio popular, que podrían servir para considerar una estrategia personal que nos rehabilite de esta pandemia tan brutal que no parece tener fin.  Nuestros mejores deseos.   Antonio G. Trejo                                  Correo electrónico:  [email protected]" ["post_title"]=> string(27) "LOS ALIADOS DEL CORONAVIRUS" ["post_excerpt"]=> string(0) "" ["post_status"]=> string(7) "publish" ["comment_status"]=> string(4) "open" ["ping_status"]=> string(4) "open" ["post_password"]=> string(0) "" ["post_name"]=> string(27) "los-aliados-del-coronavirus" ["to_ping"]=> string(0) "" ["pinged"]=> string(0) "" ["post_modified"]=> string(19) "2021-08-31 09:59:19" ["post_modified_gmt"]=> string(19) "2021-08-31 14:59:19" ["post_content_filtered"]=> string(0) "" ["post_parent"]=> int(0) ["guid"]=> string(35) "https://ruizhealytimes.com/?p=69889" ["menu_order"]=> int(0) ["post_type"]=> string(4) "post" ["post_mime_type"]=> string(0) "" ["comment_count"]=> string(1) "0" ["filter"]=> string(3) "raw" } } ["post_count"]=> int(2) ["current_post"]=> int(-1) ["in_the_loop"]=> bool(false) ["post"]=> object(WP_Post)#18662 (24) { ["ID"]=> int(70284) ["post_author"]=> string(2) "84" ["post_date"]=> string(19) "2021-09-10 09:46:00" ["post_date_gmt"]=> string(19) "2021-09-10 14:46:00" ["post_content"]=> string(11053) "A pesar de la preponderancia de la imagen, gracias a su inmediatez y su aparente facilidad de interpretación, los conceptos, sentimientos, emociones, ideas, esperanzas e ilusiones solemos caracterizarlos primero con palabras y es entonces que los podemos representar simbólicamente.  Si nuestro manejo del lenguaje es limitado o insuficiente el mundo al que accederemos a través de la imagen será pálido y estrecho.    Nos contamos una serie de historias a través de las cuales comprendemos quiénes somos. A partir de la manera en que articulamos en palabras lo que nos ha pasado a lo largo de la existencia damos forma, a través de un lento e inacabado proceso, a lo que entendemos por identidad.  Nacemos inmersos en un contexto social, familiar, cultural, económico; se nos enseña un lenguaje en particular, una comprensión de la historia, de nuestro lugar en ella, un tipo específico de espiritualidad; aprendemos ética, moral e ideología a partir de quienes nos rodean; se nos induce a convivir en ciertos entornos y a evitar otros; asistimos a determinada escuela; llevamos a cabo ciertas actividades de ocio y podría continuar enumerando todo aquello que moldea nuestro carácter y nuestro ser interior a partir de los contextos a los que pertenecemos, la gran mayoría de ellos, sin pedirlo o escogerlos.  Este cúmulo de experiencias de todo tipo –emocionales, fisiológicas, kinestésicas, visuales, auditivas, racionales, afectivas, sensuales, sensoriales, etc.– y las decisiones que tomamos en el estrecho margen de libertad en que nos movemos, se combinan de forma singular y única configurando nuestro Yo subjetivo, es decir, nuestra manera particular y exclusiva de interpretar nuestra propia existencia en relación con el mundo exterior y con el otro. Cada uno de esos estímulos se organizan en nuestra psique en forma de conceptos, ideas, imágenes, relatos, símbolos que en conjunto nos sirven para explicar lo que ha sido para cada uno de nosotros la experiencia de estar vivos. Sin embargo, no debemos pasar por alto una parte central del proceso de interpretación de la existencia: ésta se lleva a cabo mediante la mediación del lenguaje. Esas experiencias de todo tipo que nos constituyen sólo se vuelven inteligibles si somos capaces de ponerlas en palabras, de articularlas en un relato que nos resulte posible de comprender, gestionar y comunicar.   Nos despedimos de un ser querido, alguien cercano muere, un amor se termina y más allá del dolor emocional que estas experiencias implican, no somos capaces de desentrañarlas del todo en tanto no las ponemos en palabras. Por eso resulta tan potente el “desahogo” que implica contarle nuestros problemas a un amigo, en especial si no sabemos cómo resolverlos. Mucho más de lo que el amigo pueda hacer por nosotros, el hecho de verbalizar el contratiempo u obstáculo que nos aqueja nos obliga a organizar la situación de forma coherente y ordenada en nuestra mente. Implica traducirla en un relato inteligible para el otro y, por lo tanto, para nosotros mismos y ello nos suele facilitar el encuentro de una solución. La distensión emocional que se alcanza con la confidencia resulta, no tanto por la participación del otro, sino por la acción de escuchar nuestra propia historia de forma conexa, estructurada y armónica.   Somos seres narrativos. Si nos preguntan, por ejemplo, quién es fulano, la respuesta será una narración: es hijo de X, estudió Y, se casó con W, inventó Q, su hijo es K, nació en P, etc. Si extrapolamos este ejemplo a cualquier otra situación que queramos describir nos encontramos con que nuestra comunicación con el otro siempre es por medio de relatos. La capacidad de comunicarnos, de generar vínculos, de construir conocimiento depende de nuestra competencia en la construcción de narraciones.   El lenguaje, en tanto mediador entre nuestra experiencia directa de la realidad y la capacidad de interpretarla, es fundamental y no creo que haya forma de exagerar su importancia tanto para construir una imagen razonable y amplia del mundo que nos rodea y con el que estamos en permanente interacción, como para diseñar y gestionar ese mundo interior del que emerge nuestra personalidad, nuestro carácter y nuestra identidad. Es en el lenguaje donde se articulan los pensamientos: sólo puedo pensar aquello que soy capaz de nombrar, razonar y convertir en una narración.   ¿Cómo se relaciona todo esto con el lugar común que afirma que una imagen vale más que mil palabras? Si a un hombre arcaico le enseñásemos una imagen a todo color de una calculadora científica, de una impresora, de una pelota de golf o una foto de la Tierra vista desde el espacio, serían imágenes que no le significarían nada, porque carecería de referencias para interpretarlas y de las palabras necesarias para nombrarlas. Para poder reconocer la riqueza conceptual de esas figuras se requiere conocer el signo, entender su significado y funcionamiento y poseer la capacidad narrativa y la calidad y cantidad de lenguaje suficiente para expresar su significado.   No se trata de defender obviedades, del tipo: es necesario mejorar los programas de lengua española para niños de primaria y secundaria –cosa que no estaría mal–, pero esto va mucho más allá. Un individuo con capacidades limitadas en el uso del lenguaje no sólo tendrá problemas para expresarse de forma completa y correcta, sino algo mucho más serio: le faltarán ladrillos para construir conceptos, engranes para articular ideas, piezas para acoplar argumentos, colores para dibujar matices; en una palabra, estará imposibilitado para pensar de forma compleja y profunda y estará condenado a vivir preso en un mundo estrecho y chato.   En cierto sentido es verdad que una imagen vale más que mil palabras. Puede contener símbolos, remitir a infinidad de significados, amplificar los estímulos, retratar una amplia gama de tonalidades y todo a partir de un solo golpe de vista, de una sola impresión.  Sin embargo esta aparente verdad puede esconder una terrible trampa: para que una imagen valga más de mil palabras, lo primero que el observador debe tener en su almacén cognitivo son precisamente “las mil palabras” en cuestión. Si quienes vemos la imagen carecemos de ellas y sólo tenemos, digamos, doscientas –es decir, que desconocemos conceptos implícitos o explícitos de la imagen, pasamos por alto valores simbólicos, no estamos empapados del contexto histórico que dio lugar a la escena, etc.–, para nosotros esa imagen no valdrá mil, sino doscientas palabras.  A pesar de que en los tiempos que corren la imagen ha tomado un papel preponderante gracias a su inmediatez y a su aparente facilidad para ser interpretada, los conceptos, sentimientos, emociones, ideas, esperanzas e ilusiones los solemos caracterizar con palabras. Desde este punto de vista, las imágenes no valen mil palabras, sino que resumen y contienen potencialmente esas mil palabras que quien observa la imagen debe decodificar a partir de su conocimiento previo. Sin poseer a priori las palabras, sin el contexto de conocimiento apropiado, las imágenes dirán muy poco. Esas imágenes sólo comunican en función del conocimiento pre-adquirido y los contextos culturales adecuados para decodificarla de manera profunda.  Imaginemos que “escroleando” Facebook nos aparece la fotografía de un individuo de cierta edad vestido de blanco al que una multitud de ancianos le lanza huevos. Si no tengo ningún otro contexto me parecerá una escena humorística sin mayores implicaciones. Pero si dentro de mi bagaje de conocimiento me doy cuenta de que el sujeto de la agresión es el Papa Francisco y quienes lo agreden son un grupo de indignados Cardenales, y si además estoy familiarizado con las últimas declaraciones del pontífice, donde definde la validez espiritual de las uniones matrimoniales de personas del mismo sexo, entonces la imagen me dirá mucho más que al principio.  La imagen puede, en efecto, contener una enorme riqueza de contenido, matices, texturas y dimensiones susceptible de ser captados de forma inmediata, pero accederemos a ese núcleo de significados en función a nuestra capacidad lingüística para discernir y conceptualizar lo que cada uno de estos elementos significa. Por eso la amplitud de nuestro vocabulario y destreza con que manejemos sus particularidades y matices amplifica o limita nuestra capacidad de entendimiento y de construcción de conceptos e ideas, lo que se traduce ni más ni menos que en nuestra capacidad potencial de pensar.  Un individuo con un vocabulario total de quinientas palabras habita un mundo mucho más estrecho, pobre y descolorido que alguien cuyo acervo es de cinco mil, aun cuando ambos compartan el mismo espacio físico y los mismos estímulos.  Si bien nuestra capacidad cognitiva (I.Q.) es la materia prima de nuestra inteligencia, el potencial creativo y de generación de ideas, relaciones y pensamientos complejos depende directamente de la amplitud de nuestro vocabulario descriptivo y conceptual. Para crear una idea o un concepto necesitamos las palabras adecuadas y suficientes para cincelarlo.    Para que una imagen valga mil palabras, primero hay que tener bien aprendidas las mil palabras y los conceptos que guardan en su núcleo. El lenguaje es una estructura comunicacional que no sólo nos permite hablar con el otro: antes que ninguna otra cosa, nos faculta para hablar con nosotros mismos, explicarnos nuestra vida y el mundo y crear una imagen sólida de quienes somos. 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