La redención española y el exilio republicano

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18 de agosto, 2021 redención española

Una carta, que filtró la prensa, del presidente de México dirigida al rey Felipe VI de España ha sido objeto de una innecesaria y estéril controversia.  En ésta se hace una petición de reconocimiento de los abusos cometidos durante el proceso de Conquista del Siglo XVI. La solicitud en cuestión solo supondría una especie de aceptación de las barbaridades cometidas (sucede en cualquier guerra) por el bando español. Habría que subrayar que también el imperio mexica sojuzgaba a las ciudades circunvecinas, por lo cual se hizo de enemigos que a la postre se aliarían con los conquistadores. No por nada se afirma que “la Conquista la hicieron los indígenas y la Independencia los españoles”, en una de nuestras tantas paradojas históricas. 

No estaría de más ese ejercicio por parte de España hacia México, pero la intención es con miras a celebrar juntas, ambas Naciones hermanas, este año 2021, que se cumplen los 500 años de la caída definitiva de México-Tenochtitlan, en un auténtico año de la hispanidad.  Simplemente cabe destacar el hecho de que el país con más hispanoparlantes, y por mucho, es México. A la par, los mexicanos de hoy agradeceríamos que llegaron a nuestras tierras los españoles, y a los pocos años los frailes de las distintas órdenes religiosas a proteger a los nativos. No solo eso, sino a recuperar buena parte de su cultura y legado de sus Civilizaciones para la posteridad. Por su parte, los ingleses, en lo que hoy son los Estados Unidos, estuvieron mucho más lejos de eso y más cerca de la aniquilación y exterminio de cualquier vestigio originario en aquellas tierras.

España y México se hermanaron de forma definitiva y permanente con la apertura del General y presidente Lázaro Cárdenas del Río (1934 – 1940) al exilio español republicano, a raíz de la caída de la causa de la segunda República. Familias completas de españoles llegaron, y no eran sino más que lo mejor en cuanto a calidad en aquel país. México se enriqueció con científicos, artistas, comerciantes, docentes y demás mujeres y hombres de bien y de trabajo, todos con un impulso vital que fueron un factor principalísimo en la consolidación del régimen posrevolucionario en nuestro país; la creación de instituciones como, por solo mencionar quizás el más emblemático, El Colegio de México. El legado del exilio republicano español se sigue y seguirá palpando por siempre a lo largo y ancho de todo México. Hoy son los hijos, llegados también de España o ya nacidos en México y los nietos y bisnietos los que continúan contribuyendo a engrandecer su nueva Patria.

 Así como México se redimió con los Estados Unidos, participando junto a los aliados, de forma más simbólica que otra cosa, en la Segunda Guerra Mundial en el Frente del Pacífico (en las Filipinas) de parte de los aliados, a raíz del antecedente del incidente del famoso “Telegrama Zimmermann” en 1916 que tenía como origen el Imperio Alemán con atención al presidente Venustiano Carranza. Dicho telegrama contenía el indecoroso ofrecimiento de que México se uniera a ese bando en la Primera Guerra Mundial. De esa manera, se abriría un frente contra los yanquis, donde Carranza, lejos de congraciarse con su vecino del norte y rechazar tajante y expresamente dicho ofrecimiento, que contenía también la petición de sumar al Japón a la causa y a cambio, en el supuesto de ganar la guerra, recuperar los territorios perdidos de Arizona, Nuevo México y Texas, se mostró dubitativo en exceso, incluso considerando de inicio aceptar dicha oferta. Si no lo hizo así Carranza fue por temor, dado el alboroto mundial que se dio al hacerse público el mencionado telegrama y más aún cuando Alemania confirmó su veracidad. Aun así, Don Venustiano dejó abierta la posibilidad: al contestar “podríamos, posteriormente, discutir de nuevo el asunto”. México pues, perdió ese año la oportunidad de sellar una alianza y una amistad a toda prueba con su poderoso vecino del norte, lo cual no se hizo hasta la presidencia del General Manuel Ávila Camacho, con la ya citada participación mexicana en la segunda gran conflagración mundial, con el famoso Escuadrón 201.

Esperemos pues, tanto México como España, un memorable año 2021, donde se refrenden y se festejen cinco siglos de hermandad y de fortalecimiento y florecimiento de la hispanidad en el mundo entero.

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Antecedentes de la posverdad

Desde el siglo XVIII, o incluso antes, comenzó a intuirse que el contenido de la psique ejerce una influencia importante sobre la percepción, la cognición y el comportamiento humano. La forma en que entendemos lo que nos rodea se vuelve determinante para manifestar una conducta, con lo cual comenzó a entrar en crisis la idea de que la realidad es sólo aquello que ocupa un lugar en el espacio-tiempo para comenzar a darle una cierta importancia a lo que sucede en la subjetividad. Freud lleva todo esto un paso más allá y diseña sus potentes teorías acerca del inconsciente y de ahí podríamos hacer un seguimiento de todo el desarrollo de la psicología del siglo XX.  Sin embargo, quizá el más claro antecedente, tanto del posmodernismo como de su manifestación patológica que conocemos como posverdad, lo tengamos en el filósofo alemán Friedrich Nietzsche, quien en el siglo XIX aseguró que “no hay hechos, sino sólo interpretaciones”. La verdad dejó de ser algo objetivamente válido para todos y pasó, tras el abuso perverso de quien la lleva hasta la posverdad, a convertirse en una propiedad particular, donde la verdad es lo que yo interpreto como ocurrido sin importar datos, testimonios o referencias que lo desmientan.  Quienes en su momento defendieron el Brexit no basaron su postura en los hechos, sino en la creencia inducida por quienes defendían esa narrativa, de que Inglaterra estaría mejor fuera de la Unión, aunque no hubiese ningún dato objetivo que lo probara esa hipótesis.   Ken Wilber asegura que la generación Boomer, la inmediata posterior a la Segunda Guerra Mundial y primera posmoderna, educó a sus hijos, no tanto enfocados en defender la verdad, pues sabían que ésta era una construcción, sino centrados en enseñar y promover la autoestima. Sentirme validado es mucho más importante que prestar atención a los hechos. La autoestima enfocada así, asegura Wilber, no hace sino fomentar el narcisismo3 Si bien puede considerársele a Donald Trump como el rey de la posverdad, lo cierto es que se trata de una práctica mucho más extendida y popular de que se supone. Este narcisismo del que habla Wilber se manifiesta de muchas formas. Quizá la más inocua sea la representada por la “cultura selfie”, donde la realidad directamente se retoca sin pudor para que la imagen personal se adapte, no a lo que veo, no a lo que es, sino a lo quisiera ver y es esa imagen “renovada” la que se muestra como verdadera. Las redes sociales se convierten entonces en cajas de resonancia para trasmitir posverdades complacientes y reconfortantes. Pero es cada vez más habitual, y mucho más dañino para la construcción de un mundo en común, participar en discusiones que terminan con frases como esta: “yo tengo mi verdad y tú tienes la tuya”. Ante esta forma de entender la realidad no sólo no consideramos necesario esforzarnos por encontrar puntos en común y buscar un acuerdo, ni siquiera nos interesa lo que el otro pretende decirnos con “su verdad” ni que parte de esa versión podría servirnos para ampliar o complementar la nuestra.  Estamos tan identificados con nuestras creencias y es tan frecuente encontrar voces que confirman nuestra visión, que resulta muy difícil cuestionarlas. Como asegura Rutger Bregman en Utopía para realistas4, se requiere ser tremendamente valiente para cambiar de opinión porque muchas veces implica rectificar nuestra comprensión de las cosas: “Cuando la realidad choca con nuestras convicciones más profundas, preferimos recalibrar la realidad que corregir nuestra visión del mundo. No sólo eso, nos volvemos aún más inflexibles que antes en nuestras creencias” (Bregman, Utopía para realistas, 2017, P. 217-218).   Web: www.juancarlosaldir.com Instagram:  jcaldir Twitter:   @jcaldir    Facebook: Juan Carlos Aldir  1Youtube, NBC News, Meet the press, “Kellyanne Conway: Press Secretary Sean Spicer Gave 'Alternative Facts’”. Enero 2017 https://www.youtube.com/watch?v=VSrEEDQgFc8 Consulta: 16 marzo 2022 2Oxford English Dictionary (2016) y definido como <relating to or denoting circumstances in which objective facts are less influential in shaping public opinions than appeals to emotion and personal belief>. Tomado de: Jiménez Huertas, Carme, Estamos hechos de lenguaje, Primera edición, Estados Unidos, Amazon, 2019, Pág. 238 3 Wilber, Trump y la posverdad, 2018, P. 45 Wilber Ken, Trump y la posverdad, Primera Edición, España, Kairós, 2018, Pág. 45 Wilber Ken, Trump y la posverdad, Primera Edición, España, Kairós, 2018, Págs. 202 4Bregman, Rutger, Utopía para realistas. 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Lo falso no resiste la prueba del tiempo, que es el principal agente que desmonta mentiras y abre camino a la verdad. Escribía Juan Pablo II que la verdad es la condición para el desarrollo de la vida social y, de hecho, la condición de posibilidad para la vida toda. En ausencia del afán de verdad es imposible la confianza en las relaciones sociales e imposible la comunicación.  Sin verdad desaparece la justicia y se desvanece la posibilidad del entendimiento mutuo. Tampoco la ciencia ni la técnica de ninguna especie se pueden desarrollar sin la fundamentación de conocimientos verdaderos: ningún aparato funcionaría y los muros que sostienen nuestra realidad material y humana se vendrían abajo si estuvieran cimentados en mentiras. A propósito, recomiendo ver “The Dropout”, miniserie que expone con detalle la historia de Elizabeth Holmes, empresaria estadounidense que intentó levantar la empresa biotecnológica Theranos, con base en palabras sin sustento verdadero, hasta que su castillo de mentiras se derrumbó. Hoy paga una larga condena en prisión, después de hacer perder mucho dinero a muchos inversionistas que se tragaron sus cuentos con sus encantos. No está de más mencionar el caso de Bernie Madoff, considerado el mayor defraudador financiero de la historia y que murió en prisión, condenado a cadena perpetua (su historia también se ha llevado a la pantalla. Se sugiere: “The Wizard of Lies”, en HBO).  Las mentiras no son sostenibles. En el caso del mundo político, es larga la historia de los demagogos que se hacen del poder a base de mentiras, pretenden gobernar con cuentos y terminan llevando a sus pueblos a la ruina, tanto económica como moralmente. Por esto es de la mayor relevancia que una sociedad se defienda contra los cuentos de los estafadores y marrulleros antes que los daños que causan las mentiras sean graves. Proteger a la sociedad de los engaños y de la mala fe es parte esencial del quehacer del entramado institucional: tanto de las instituciones jurídicas y legislativas, como educativas –incluyendo los centros de investigación y de pensamiento– y de los medios de comunicación. La tarea de la construcción social comienza en casa: no es casual que los padres de familia seamos tan celosos para educar a nuestros hijos en no decir mentiras.  Las mentiras pudren el tejido social.  Un autor ya clásico en los estudios sobre liderazgo, Warren Bennis (1925-2014), no dejaba de señalar que, una y otra vez, en la historia se constataba que es la integridad (ética) la más relevante de las cualidades de un buen líder. Cuando la integridad falla, el liderazgo se desploma y el caos va ganando presencia en la dinámica social. Si las instituciones son ineficaces para exponer y combatir las mentiras y los actos deshonestos como ocurre, por ejemplo, en los regímenes totalitarios, más temprano que tarde, el orden público deviene en el horror. Debemos reconocer que la cultura mexicana, históricamente, se ha distinguido por los juegos de palabras que ocultan la verdad. Tal es el caso de los juegos de albures o aquellas legendarias “mentiras de los mexicanos”: “mañana te pago”; “la última y nos vamos”… Y nuestra clase política no ha destacado por su honorabilidad y su afán de verdad, sino más bien por los altos índices de corrupción. No es casual que seamos el país en el que “quien no tranza no avanza” o donde “la moral es un árbol que da moras” y en el que durante prácticamente todo el siglo XX vivíamos en un orden político simulado donde, pese a la letra del texto constitucional, no éramos propiamente ni república ni democrática ni representativa ni federal.  No obstante lo anterior, nunca habíamos estado tan mal como en estos aciagos días de la autodenominada “4ª. Transformación”. Los que llegaron al poder prometiendo ser, sobre todo, moralmente distintos, en efecto lo han sido, pero para mal. En estos cuatro años de gobierno “progresista”, la élite ahora gobernante ha demostrado que, en efecto, no son iguales a los de antes, sino mucho peores. Hemos pasado de las mentiras públicas disimuladas a las mentiras descaradas y abiertas, repetidas una y otra vez sin pudor alguno tanto por el Presidente como por sus seguidores.  Como nunca, se ha hecho realidad aquello de que, parafraseando el dicho original, si el de hasta arriba miente, todos los que le siguen también mienten. Adicionalmente, si en años previos habíamos los mexicanos logrado construir algunas instituciones cuyo propósito era precisamente sanear nuestra vida pública de mentiras, tranzas, desinformación y violaciones a la ley, el gobierno morenista ha hecho lo más posible para acabar con ellas: destruyéndolas, cooptándolas o anulándolas, como ilustran los casos de la CNDH, el INAI y ahora van con todo “para destrozar” al INE. Lo mismo se puede decir de los recurrentes ataques verbales y presiones diversas a casi todos aquellos periodistas e intelectuales que denuncian y desenmascaran las muchas mentiras de las que está hecha la llamada 4T. Prohibido decir que el emperador va desnudo y la transformación anunciada involuciona de fantasía a pesadilla. Entre tanto, al señor Presidente se le han contado ya casi 100 000 mentiras en sus conferencias mañaneras (¡100 000!), más las que se acumulen. Y va cada vez peor, porque ya no se trata de mostrar sencillamente “otros datos”: Acusar al INE de “embarazar urnas” o perpetrar fraudes electorales y a Lorenzo Córdova de ser “un farsante” ya va más allá de las mentiras: es canallada. Lo mismo que explicar los accidentes cada vez más frecuentes en el metro de la CDMX por “actos de sabotaje”. Ya no digamos dar por inaugurada una refinería que quién sabe cuándo pueda funcionar si es que algún día lo hace, o presumir de un sistema de salud tipo danés cuando el desabasto de medicinas es alarmante. Y tantos otros cuentos chinos.  En el gobierno más mentiroso de la historia de México, desde luego no es dato menor señalar que han plagiado sus tesis la ministra Yazmín Esquivel; el Fiscal General, Gertz y el director impuesto en el CIDE, Romero Tellaeche.  Lo que vivimos es muy grave. Tantas mentiras desde el gobierno no son irrelevantes ni meramente anecdóticas. Las mentiras destruyen. Como las drogas. Nuestra sociedad no debe permitir esto. Nos urge verdaderamente un México sin mentiras.    " ["post_title"]=> string(39) "Las mentiras destruyen, como las drogas" ["post_excerpt"]=> string(150) "“Cada mentira que contamos es una deuda con la verdad, y tarde o temprano hay que pagarla”. - Valeri Legásov (1936-1988), científico soviético." 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Antecedentes de la posverdad

Desde el siglo XVIII, o incluso antes, comenzó a intuirse que el contenido de la psique ejerce una influencia importante sobre la percepción, la cognición y el comportamiento humano. La forma en que entendemos lo que nos rodea se vuelve determinante para manifestar una conducta, con lo cual comenzó a entrar en crisis la idea de que la realidad es sólo aquello que ocupa un lugar en el espacio-tiempo para comenzar a darle una cierta importancia a lo que sucede en la subjetividad. Freud lleva todo esto un paso más allá y diseña sus potentes teorías acerca del inconsciente y de ahí podríamos hacer un seguimiento de todo el desarrollo de la psicología del siglo XX.  Sin embargo, quizá el más claro antecedente, tanto del posmodernismo como de su manifestación patológica que conocemos como posverdad, lo tengamos en el filósofo alemán Friedrich Nietzsche, quien en el siglo XIX aseguró que “no hay hechos, sino sólo interpretaciones”. La verdad dejó de ser algo objetivamente válido para todos y pasó, tras el abuso perverso de quien la lleva hasta la posverdad, a convertirse en una propiedad particular, donde la verdad es lo que yo interpreto como ocurrido sin importar datos, testimonios o referencias que lo desmientan.  Quienes en su momento defendieron el Brexit no basaron su postura en los hechos, sino en la creencia inducida por quienes defendían esa narrativa, de que Inglaterra estaría mejor fuera de la Unión, aunque no hubiese ningún dato objetivo que lo probara esa hipótesis.   Ken Wilber asegura que la generación Boomer, la inmediata posterior a la Segunda Guerra Mundial y primera posmoderna, educó a sus hijos, no tanto enfocados en defender la verdad, pues sabían que ésta era una construcción, sino centrados en enseñar y promover la autoestima. Sentirme validado es mucho más importante que prestar atención a los hechos. La autoestima enfocada así, asegura Wilber, no hace sino fomentar el narcisismo3 Si bien puede considerársele a Donald Trump como el rey de la posverdad, lo cierto es que se trata de una práctica mucho más extendida y popular de que se supone. Este narcisismo del que habla Wilber se manifiesta de muchas formas. Quizá la más inocua sea la representada por la “cultura selfie”, donde la realidad directamente se retoca sin pudor para que la imagen personal se adapte, no a lo que veo, no a lo que es, sino a lo quisiera ver y es esa imagen “renovada” la que se muestra como verdadera. Las redes sociales se convierten entonces en cajas de resonancia para trasmitir posverdades complacientes y reconfortantes. Pero es cada vez más habitual, y mucho más dañino para la construcción de un mundo en común, participar en discusiones que terminan con frases como esta: “yo tengo mi verdad y tú tienes la tuya”. Ante esta forma de entender la realidad no sólo no consideramos necesario esforzarnos por encontrar puntos en común y buscar un acuerdo, ni siquiera nos interesa lo que el otro pretende decirnos con “su verdad” ni que parte de esa versión podría servirnos para ampliar o complementar la nuestra.  Estamos tan identificados con nuestras creencias y es tan frecuente encontrar voces que confirman nuestra visión, que resulta muy difícil cuestionarlas. Como asegura Rutger Bregman en Utopía para realistas4, se requiere ser tremendamente valiente para cambiar de opinión porque muchas veces implica rectificar nuestra comprensión de las cosas: “Cuando la realidad choca con nuestras convicciones más profundas, preferimos recalibrar la realidad que corregir nuestra visión del mundo. No sólo eso, nos volvemos aún más inflexibles que antes en nuestras creencias” (Bregman, Utopía para realistas, 2017, P. 217-218).   Web: www.juancarlosaldir.com Instagram:  jcaldir Twitter:   @jcaldir    Facebook: Juan Carlos Aldir  1Youtube, NBC News, Meet the press, “Kellyanne Conway: Press Secretary Sean Spicer Gave 'Alternative Facts’”. Enero 2017 https://www.youtube.com/watch?v=VSrEEDQgFc8 Consulta: 16 marzo 2022 2Oxford English Dictionary (2016) y definido como <relating to or denoting circumstances in which objective facts are less influential in shaping public opinions than appeals to emotion and personal belief>. Tomado de: Jiménez Huertas, Carme, Estamos hechos de lenguaje, Primera edición, Estados Unidos, Amazon, 2019, Pág. 238 3 Wilber, Trump y la posverdad, 2018, P. 45 Wilber Ken, Trump y la posverdad, Primera Edición, España, Kairós, 2018, Pág. 45 Wilber Ken, Trump y la posverdad, Primera Edición, España, Kairós, 2018, Págs. 202 4Bregman, Rutger, Utopía para realistas. A favor de la renta básica universal, la semana laboral de 15 horas y un mundo sin fronteras, Primera Edición, España, Salamandra, 2017, Págs. 300." ["post_title"]=> string(52) "La posverdad, el extremo de la patología posmoderna" ["post_excerpt"]=> string(141) "Quien ejerce la posverdad no asume estar mintiendo. Se basa en una premisa simple: la verdad no existe, sólo existen las interpretaciones. 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Quien ejerce la posverdad no asume estar mintiendo. Se basa en una premisa simple: la verdad no existe, sólo existen las interpretaciones. Asumiendo como dogma esta declaración, no tiene más que conducir su relato hasta los límites donde las fronteras entre los hechos, las percepciones y lo que le gustaría que hubiese ocurrido se diluyen. En enero de 2017, tras la ceremonia de investidura de Donald Trump como Presidente de los Estados Unidos, el Secretario de Prensa de la Casa Blanca, Sean Spicer, declaró que dicha ceremonia había sido “la más atendida de la historia”, citando números desfasados y negando la enorme cantidad de material fotográfico, videos y datos procedentes de prensa, instituciones y hasta del propio transporte público que mostraban una realidad muy distinta. Más tarde, cuando en entrevista televisiva, le preguntaron a la Consejera de Presidencia, Kellyanne Conway, acerca de dichas declaraciones, respondió, esbozando una enigmática sonrisa, que los datos inventados por Spicer no eran falsos sino “hechos alternativos”, a lo que el presentador de NBC News, Chuck Todd, le respondió: "Los hechos alternativos no son hechos. Son falsedades". Y dicho periodista hizo énfasis en otra cosa más: si en su primera presentación ante la prensa, y acerca de un hecho en última instancia tan intrascendente, el nuevo gobierno era capaz de mentir de un modo tan flagrante y cínico, qué podría esperarles en el futuro. El equipo del expresidente Trump no reconocía estar mintiendo. Paras ellos la nueva versión de la verdad, construida a partir de sus propias percepciones, era tan válida como los conteos objetivos y las referencias históricas de las toma de posesión anteriores. La verdad era producto de la percepción y su validez se asentaba en el hecho simple de considerarla como tal. El Oxford English Dictionary asegura que la posverdad “denota circunstancias en las que los hechos objetivos influyen menos en la opinión pública que aquellos que apelan al emoción y a las creencias personales”. Quien ejerce la posverdad no asume estar mintiendo. De hecho se basa en una premisa muy simple, sostenida en la visión posmoderna que afirma que la verdad no existe, sólo versiones o interpretaciones de la realidad. Tras asumir como dogma esta declaración, no tiene más que conducir su relato hasta los límites donde las fronteras entre los hechos, las percepciones y lo que le gustaría que hubiese ocurrido se diluyen, y es ese territorio ambiguo el individuo se siente con la capacidad de construir una versión de los acontecimientos que reflejen aquello que desea expresar. La verdad ya no es sólo relativa a una perspectiva o un contexto, ya no es que se vea influida por la interioridad, los miedos, las creencias o los deseos de un individuo, sino que simple y llanamente es producto de la voluntad de quien la crea. La Posverdad se ajusta a las conveniencias de quien pretende imponerla y es inmune a cualquier evidencia empírica u objetiva si ésta contradice los prejuicios, ideología, visión del mundo o, incluso, apetencias u odios coyunturales de quien la defiende. Equivale a aceptar que vivimos en un mundo donde los hechos dejan de ser objetivos y se convierten en optativos, donde lo concreto se ajusta a la interpretación personal del momento y, aunque en principio parece cómodo y satisfactorio, a la larga nos obliga a vivir en un mundo incierto donde no hay referentes comunes a los cuales asirse. Antecedentes de la posverdad Desde el siglo XVIII, o incluso antes, comenzó a intuirse que el contenido de la psique ejerce una influencia importante sobre la percepción, la cognición y el comportamiento humano. La forma en que entendemos lo que nos rodea se vuelve determinante para manifestar una conducta, con lo cual comenzó a entrar en crisis la idea de que la realidad es sólo aquello que ocupa un lugar en el espacio-tiempo para comenzar a darle una cierta importancia a lo que sucede en la subjetividad. Freud lleva todo esto un paso más allá y diseña sus potentes teorías acerca del inconsciente y de ahí podríamos hacer un seguimiento de todo el desarrollo de la psicología del siglo XX. Sin embargo, quizá el más claro antecedente, tanto del posmodernismo como de su manifestación patológica que conocemos como posverdad, lo tengamos en el filósofo alemán Friedrich Nietzsche, quien en el siglo XIX aseguró que “no hay hechos, sino sólo interpretaciones”. La verdad dejó de ser algo objetivamente válido para todos y pasó, tras el abuso perverso de quien la lleva hasta la posverdad, a convertirse en una propiedad particular, donde la verdad es lo que yo interpreto como ocurrido sin importar datos, testimonios o referencias que lo desmientan. Quienes en su momento defendieron el Brexit no basaron su postura en los hechos, sino en la creencia inducida por quienes defendían esa narrativa, de que Inglaterra estaría mejor fuera de la Unión, aunque no hubiese ningún dato objetivo que lo probara esa hipótesis. Ken Wilber asegura que la generación Boomer, la inmediata posterior a la Segunda Guerra Mundial y primera posmoderna, educó a sus hijos, no tanto enfocados en defender la verdad, pues sabían que ésta era una construcción, sino centrados en enseñar y promover la autoestima. Sentirme validado es mucho más importante que prestar atención a los hechos. La autoestima enfocada así, asegura Wilber, no hace sino fomentar el narcisismo. Si bien puede considerársele a Donald Trump como el rey de la posverdad, lo cierto es que se trata de una práctica mucho más extendida y popular de que se supone. Este narcisismo del que habla Wilber se manifiesta de muchas formas. Quizá la más inocua sea la representada por la “cultura selfie”, donde la realidad directamente se retoca sin pudor para que la imagen personal se adapte, no a lo que veo, no a lo que es, sino a lo quisiera ver y es esa imagen “renovada” la que se muestra como verdadera. Las redes sociales se convierten entonces en cajas de resonancia para trasmitir posverdades complacientes y reconfortantes. Pero es cada vez más habitual, y mucho más dañino para la construcción de un mundo en común, participar en discusiones que terminan con frases como esta: “yo tengo mi verdad y tú tienes la tuya”. Ante esta forma de entender la realidad no sólo no consideramos necesario esforzarnos por encontrar puntos en común y buscar un acuerdo, ni siquiera nos interesa lo que el otro pretende decirnos con “su verdad” ni que parte de esa versión podría servirnos para ampliar o complementar la nuestra. Estamos tan identificados con nuestras creencias y es tan frecuente encontrar voces que confirman nuestra visión, que resulta muy difícil cuestionarlas. Como asegura Rutger Bregman en Utopía para realistas, se requiere ser tremendamente valiente para cambiar de opinión porque muchas veces implica rectificar nuestra comprensión de las cosas: “Cuando la realidad choca con nuestras convicciones más profundas, preferimos recalibrar la realidad que corregir nuestra visión del mundo. No sólo eso, nos volvemos aún más inflexibles que antes en nuestras creencias” (Bregman, Utopía para realistas, 2017, P. 217-218). Web: www.juancarlosaldir.com Instagram: jcaldir Twitter: @jcaldir Facebook: Juan Carlos Aldir

La posverdad, el extremo de la patología posmoderna

Quien ejerce la posverdad no asume estar mintiendo. Se basa en una premisa simple: la verdad no existe, sólo existen las interpretaciones.

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