El estudio de la conciencia, del libre albedrío y el yo profundo son temas repensados por milenios en los que no se han encontrado aún respuestas definitivas. Por su parte, la ciencia continúa estudiando el cerebro en busca de un puente que lo conecte todo.
Para la metafísica, la conciencia es una especie de capacidad de autopercepción que trasciende los rangos de lo físico y alcanza lo espiritual. Así, la conciencia consiste en conocerse a sí mismo, de la misma manera que resulta ser una percepción subjetiva del propio ser.
Otra manera de hablar sobre ella, es colocarla como la frontera entre aquello que alcanzamos a percibir de nosotros mismos y aquello otro que creemos interior pero que se escapa a nuestra percepción inmediata. Gran parte de las cosas que hace y piensa nuestro propio cerebro a lo largo del día, ni siquiera las notamos, y no se diga de lo que nuestro cerebro hace mientras dormimos.
Cuando menos todo esto es la conciencia. Resulta un concepto por un lado familiar y evidente, pero al mismo tiempo desmesurado e inaprensible. Percibirnos a nosotros mismos resulta simultáneamente natural y sencillo, al igual que intrigante cuando nos damos cuenta de que hacemos y actuamos de una manera que ni siquiera corresponde con la imagen egoica que tenemos de nosotros mismos.
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Ahí es donde podemos cuestionar el libre albedrío. Detlev Ganten, en Vida, naturaleza y ciencia. Todo lo que hay que saber, reproduce una famosa sentencia de Schopenhauer: “el hombre puede quizá hacer lo que quiera, pero no puede querer lo que quiera1” . ¿Será verdad que no podemos escoger nuestros deseos, nuestras obsesiones, nuestros verdaderos motores internos?
Más adelante Ganten explica que nuestras decisiones no tienen causas, sino motivos “y estos pueden ser reconstruidos a partir de un conjunto complejo de deseos y convicciones de los que en parte somos conscientes y en parte no2” .
Así, el libre albedrío y la conciencia personal transitan por una vereda cercana al precipicio trascendental. Si no somos capaces de tener plena conciencia de nuestra vida y existencia, no terminamos de comprender la auténtica naturaleza de nuestro ser y por encima ni siquiera somos capaces de decidir plenamente respecto a nuestros deseos y nuestros actos ¿qué clase de vida es la que vivimos? ¿Qué nos diferencia realmente de los animales si carecemos por completo de control sobre lo que somos, pensamos, sentimos y hacemos? Con nuestros conocimientos actuales, estas parecen preguntas difíciles de responder, pero el hecho de que no sepamos aún esas respuestas no quiere decir que no existan.
El estudio de la conciencia, del libre albedrío y de yo profundo son temas pensados y repensados por milenios y, sin embargo, son aún terrenos fértiles –y casi vírgenes–para continuar con el análisis. Por su parte, la ciencia continuará con los estudios respecto al cerebro y su parte fenoménica y objetiva, buscará ahondar en los entramados fisiológicos que permiten que el acto emociona-racional se lleve a cabo. Pero parece un trabajo aún pendiente para la filosofía el especular sobre aquello que no puede medirse ni experimentarse en el mundo físico hasta encontrar las respuestas satisfactorias a estas extrañas relaciones entre lo que somos y las motivaciones que nos hacen actuar y sentir de determinada manera y que en ocasiones van en contra de aquello que realmente pensamos que queremos. ¿Algún día podremos realmente saber quiénes somos? Es difícil de saber.
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1 Ganten, Detlev, Vida, naturaleza y ciencia. Todo lo que hay que saber, Madrid, Taurus, 2004, Pág. 582
2 Íbidem, Pág. 583.
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