Era Covid: ¿nuevo futuro o volver a la “anormalidad”?

¿Puede considerarse “normal” un mundo donde la actividad de los seres humanos pone en peligro la viabilidad de la propia especie humana? Esta coyuntura obligada podría ser propicia para replantearnos en qué clase de “normalidad” queremos vivir....

14 de agosto, 2020

¿Puede considerarse “normal” un mundo donde la actividad de los seres humanos pone en peligro la viabilidad de la propia especie humana?

Esta coyuntura obligada podría ser propicia para replantearnos en qué clase de “normalidad” queremos vivir.

La información respecto a la pandemia, su propagación y sus efectos cambia cada semana, pero lo que no cambia es el hecho de su presencia como agente transformador de lo que solíamos conocer como “normalidad”. Merece la pena analizar si esta transformación inevitable es necesariamente para mal.

Me llama la atención escuchar de forma repetida a infinidad de personas de los más variados ámbitos sociales, culturales y económicos, hablar con nostalgia de la añorada “normalidad” pre-covid.  

Quizá antes de la crisis nuestra situación particular era menos precaria, quizá no habíamos perdido el trabajo, quizá se mantenía abierta la posibilidad de un nuevo proyecto, de un ascenso, de una relación sentimental, de una mejoría en las condiciones laborales o profesionales, pero esa diferencia en nuestra situación individual no significa que el mundo que habitábamos a inicios del 2020 pudiese considerarse “normal” y, mucho menos, digno de ser añorado. 

¿Puede considerarse “normal” un mundo donde la actividad de los seres humanos pone en peligro la viabilidad de la propia especie humana? ¿Nos parece “normal” una sociedad donde las diferencias entre unas personas y otras es tan grande que quienes pertenecen a los extremos del espectro socioeconómico habitan literalmente planetas distintos en términos de oportunidades, educación y bienestar? ¿Es deseable llamar “normal” a un mundo donde la discriminación, el racismo y la desigualdad son la regla y no la excepción? 

A veces pienso que si pudiésemos oprimir un botón que nos regresara a esa “normalidad”, sería contraproducente. La Era Covid nos parecería una pesadilla surrealista y, salvo excepciones, volveríamos a las conductas de siempre sin el menor empacho, incluso comportándonos más insensibles, buscando sumergirnos, tan pronto como se pueda, en esa realidad cotidiana conocida, olvidando cualquier vestigio de solidaridad hacia los más vulnerables.

Escucho a tanta gente tan ansiosa por volver a ese pasado “idílico”, que me pregunto qué imágenes les vienen a la cabeza cuando piensan en febrero de 2020. ¿Cómo recuerdan el mundo que habitábamos hace apenas algunas semanas? ¿En serio eso es la “normalidad”? ¿Para qué querríamos volver ahí? ¿No será que el sistema económico y social en que estamos inmersos nos ha llevado a interpretar como normal, lo anormal?

Lo cierto es que esa “normalidad” inevitablemente forma parte del pasado. El tiempo que tomará que la emergencia sanitaria desaparezca por completo, sumado a los cambios que ya están ocurriendo en en el mundo entero en todos los ámbitos –económico, social, relacional, sanitario, cultural, político, legal, etc.–, darán forma, nos guste o no, a un mundo distinto, aun cuando, por el momento, resulte imposible de predecir cómo será. 

La pregunta clave es si queremos participar en la construcción de ese nuevo mundo Post-Covid o aguardaremos pasivamente a que otros reconstruyan los sistemas sociales y económicos como les venga mejor, para luego adaptarnos a ellos de forma dócil y sumisa. 

Negaciones aparte, pareciera que el primer gran reto consiste en aceptar la realidad tal cual es. Solo asumiéndonos irreversiblemente en la Era Covid podremos diseñar de forma consciente y responsable nuestro presente y nuestro futuro. Y esta aceptación no es un desafío menor; todo lo contrario. 

Lo que sea que termine por ser el mundo Post-Covid, dependerá en gran medida de las decisiones, actos y cambios que llevemos a cabo, tanto en lo individual como en lo colectivo, durante las siguientes semanas y meses –por no decir, par de años– en que de manera forzosa habremos de habitar la Era Covid.  

Es verdad que hablar de la crisis como “oportunidad de cambio y mejora” es un lugar común, pero este hecho no hace que la afirmación sea falsa. Lo que sería problemático y simplista es imaginar dicho cambio como una transformación mágica y espontánea que, simplemente porque sí, habrá de llevarnos a un escenario mejor. 

De lo que se trata es de asumir conscientemente esta Era Covid con todas sus consecuencias, de por sí devastadoras, especialmente en términos sanitarios y económicos, como un punto de inflexión inevitable, que, si sabemos aprovechar llevando a cabo los cambios individuales y colectivos necesarios –profundos, sistémicos y estructurales–, habrá de habilitarnos no solo para afrontar las consecuencias directas de la pandemia, sino también aquellos problemas preexistentes –como la crisis ecológica y la desigualdad– que no podemos ni debemos posponer, si queremos continuar siendo viables como individuos, como nación y como especie. 

Estamos sumidos en una coyuntura obligada, pero que también podría ser propicia para replantearnos en qué clase de “normalidad” queremos vivir. Si abordamos el tema con seriedad, quizá concluyamos que “volver a la normalidad” consiste no en regresar al mundo pre-covid, sino en sustituir conductas “anormales”, actitudes y creencias que nos dañan, que nos limitan, que nos lastiman como individuos y como sociedad, que oprimen al más vulnerable y desfavorecido, por otras que nos dignifiquen, que fomenten nuestra salud, no solo física, sino también mental, psicológica, emocional y relacionalmente, que nos permitan crecer en habilidades y en realización, pero también en empatía y solidaridad. 

La Era Covid, en tanto etapa histórica transitoria, empieza a caracterizarse como un periodo de cambio, de muerte, de reflexión, de replanteamiento, de miedo, de incertidumbre, de deconstrucción, pero también, si lo asumimos con responsabilidad y madurez, puede convertirse en una crisálida para la humanidad, en una fase de transformación, de renacimiento, de oportunidades, que nos faculte para dar un paso más en el proceso evolutivo humano. 

  Si a partir de los cambios y ajustes que nos exigen los tiempos, logramos articular sistemas económicos, sociales y políticos que potencien sinérgicamente aspectos que nos permitan desarrollarnos de forma sustentable y equitativa, suprimiendo los que nos lastran y nos deterioran, la crisis actual habrá servido para forjarnos un futuro que antes de la presente crisis habíamos comprometido a causa del deterioro ambiental y la desigualdad. 

Si sabemos aprovecharla, la pandemia por Covid-19 podría convertirse en una oportunidad real para forjar hábitos expansivos, saludables y solidarios que nos sirvan de base y motor para construirnos una vida y un futuro más plenos. 

Se trata de un momento invaluable para replantearnos todo: por qué comenos lo que comemos, por qué bebemos lo que bebemos, por qué compramos lo que compramos, cómo actuamos bajo ciertas circunstancias, qué deseamos, qué hemos logrado y qué aún no, qué debemos hacer, qué debemos cambiar y mejorar para convertirnos en el individuo y colectividad que tendrá las herramientas para llevarnos a donde queremos ir.   

Nadie deseó que esto ocurriera, pero una vez que estamos padeciéndolo, busquemos obtener todo el provecho posible. Sin el colapso y la pausa obligada, provocada por la pandemia por Covid-19, no tendríamos la oportunidad de hacer esta reflexión. Las pérdidas en todos los sentidos son monumentales, pero una vez ocurridas, lo tragico sería sufrirlas en vano y desperdiciar esta oportunidad única, quizá la última antes de una crisis planetaria global. 

Se trata de hacernos responsables, no solo de la ecología del planeta, sino de la ecología de nuestra propia vida y sociedad; de preguntarnos con seriedad quiénes éramos hace seis meses y en quiénes nos queremos convertir. Averiguar qué podemos y debemos hacer para conseguirlo, y así redefinir, de una manera más consciente, el concepto de “normalidad”. 

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Al no poder jerarquizar el valor de cada planteamiento, el narcisismo se ha generalizado.  Posmodernidad y lo verdadero La tesis central del movimiento posmoderno, que podemos llamar pluralista por su genuino deseo de igualdad y de integrar a todas las culturas y todos los puntos de vista por igual, consiste en la afirmación de que la verdad no existe en sí misma, sino que depende de la perspectiva, de la cultura y del punto de vista desde donde se le interprete. La verdad, entonces, no es más que una interpretación de los hechos entre las muchas posibles. Esta visión le da un enorme peso a la interpretación individual, con los riesgos obvios e inherentes que implica que nuestras conclusiones se desliguen de la realidad objetiva, con lo cual pueda considerarse como verdad cualquier cosa que el individuo asuma como tal. La verdad no es algo que nos venga dado de antemano sino que se construye: se elabora, se interpreta y se construye. El posmodernismo pone al lenguaje como el centro de gravedad y la metafísica es sustituida por el análisis de textos. Para filósofos como Ludwig Wittgenstein el lenguaje es fundamental para construir la realidad, que si bien es como es, también puede ser de otra manera: “los límites de mi lengua son los límites de mi mundo”. Si bien comparto la idea de que lo que no puedo enunciar no existe para mí, el que no exista para mí no significa que no exista en lo absoluto. (Recordemos el ejemplo de las alucinaciones psicóticas de John Nash, que fueron representadas en la película Una mente de brilla; el que esas imágenes fueran reales para él no las hacen verdaderas.)  Principios teóricos del Posmodernismo En opinión de Ken Wilber, expresada en su libro Trump y la posverdad1, el posmodernismo se funda en tres grandes principios teóricos.  El primero es el contextualismo, que se sostiene en la premisa de que no hay verdades universales y que cualquier conclusión que se asuma como tal dependerá del contexto en que se construya.  El segundo, el constructivismo que se funda en el supuesto de que la verdad no es algo dado y que requiere de ser construida.  Y el tercero Wilber lo llama Aperspectivismo: no existe ninguna perspectiva que carezca de sesgos históricos y por lo tanto ninguna de ellas puede considerarse como preestablecida o privilegiada.   Cada uno de ellos se integró a la visión posmoderna y tras la crisis de legitimidad del paradigma moderno se vivieron como una bocanada de oxígeno. Sin embargo el planteamiento tiene una profunda contradicción de origen que el pluralismo de hoy aún ha conseguido resolver. Si bien la idea de que la “verdad depende del contexto” es plausible, una vez que se lleva al extremo se convierte en la idea de que “sólo existen verdades locales y todas son igualmente válidas”, lo que llevó a la imposibilidad de jerarquizar el valor de cada planteamiento y de ahí a un narcisismo generalizado no hay más que un paso.  Posmodernidad y  pluralismo El problema llegó cuando, la contradicción performativa que envenena el núcleo mismo de la comprensión posmoderna, se hizo evidente: no existen principios ni verdades universales, salvo la idea universal de que “no existen principios y verdades universales”. El discurso posmoderno niega la existencia de cualquier metanarrativa que abarque a todos los seres humanos, salvo ella misma, que sí los abarca, pues considera universalmente verdadera la idea de que no existen verdades universales. Afirman que todo conocimiento –excepto la comprensión posmoderna, que sí es universal– depende del contexto. El conocimiento es una interpretación, excepto el de ellos que es auténtico y universal. La tesis central pluralista afirma que toda verdad, para serlo, debe estar inserta en una cultura particular y sólo ahí lo es. Sin embargo, esta afirmación es en sí universal porque se aplica a todas las culturas y en todos los tiempos.   Todas las perspectivas son igualmente válidas, salvo las defendidas por el posmodernismo, que “resultan más deseables”, y cualquier jerarquía o categoría de valor se interpretan como opresivas, excepto las defendidas por el posmodernismo. Así, aun cuando es evidente que la igualdad, la inclusión y la sustentabilidad son preferibles a la segregación, el autoritarismo y la intolerancia, la posmodernidad, al erradicar toda jerarquía, se quedó sin argumentos discursivos ni puntos de referencia para justificar la superioridad de unos valores por encima de otros. Lo que comenzó diferenciando y reconociendo conceptos verdaderos pero parciales, como la visibilización y reconocimiento de culturas oprimidas, una vez llevados al extremo de asignarle a todo el mismo valor, dieron lugar a un relativismo pluralista radical que conduce al nihilismo y al narcisismo. Verdad y opresión  Conforme nos sumergíamos en el tobogán de un pluralismo cada vez más radical, toda verdad heredada de los procesos históricos del pasado es comprendida como un intento de imposición opresiva. Y esto nos lleva a la conclusión lógica, pero extrema, de que cualquier verdad que no es completamente propia, que no es producto de nuestra particularísima interpretación, es una forma de poder que nos oprime. Así lo dice Wilber: “Según esa perspectiva, el pasado no nos legó verdades reales y duraderas, sino modas inventadas por la historia, con lo cual nuestra tarea consiste en rechazar todas esas verdades y empeñarnos en el logro de una autonomía creada y puesta en marcha por cada uno2…”. Lo mismo sucede con los valores: no existen superiores e inferiores. Wilber asegura que para el posmoderno: “Cualquier valor o verdad que afirme ser universal, verdadero o útil para todos, no es más que una forma disfrazada de poder, que trata de obligar a todo el mundo a adoptar las verdades y valores de quienes las promueven con el objetivo último de la esclavitud y la opresión3”. Cultura y verdad Puesto que el posmodernismo defiende la idea de que toda verdad es una construcción cultural, la verdad no existe en sí misma, sino que depende de la perspectiva, de la cultura, del punto de vista, pero sobre todo de la interpretación personal. Llevados al extremo es posible negar realidades objetivas o hechos demostrados si contravienen nuestra forma de entender un evento o una circunstancia en particular. Desde la perspectiva posmoderna todo pensamiento humano es generado y está limitado por formas lingüístico-culturales propias de cada idiosincrasia y de cada individuo. Así, el conocimiento humano es producto de las prácticas lingüísticas y sociales de cada comunidad local y producido por sus propios intérpretes, sin relación con alguna realidad concreta e independiente. Cuando se abraza esta comprensión como verdadera, se llega a la inevitable conclusión de que todas las perspectivas son igualmente válidas del mismo modo que ninguna perspectiva posee la legitimidad para imponerse a las demás. Este igualitarismo que suprime toda jerarquía y niega cualquier posibilidad de narrativas universales conduce a una atomización de la verdad que convierte las interacciones humanas y los acuerdos colectivos en fenómenos aislados.   El retrato de ese mundo de pequeños conjuntos aislados es en sí un metarrelato que rige y condiciona las interacciones, tanto internas de cada conjunto, como entre el universo de conjuntos. Esto resulta conflictivo para los pluralistas posmodernos, pues hace que su paradigma fundado en la igualdad, donde todas las ideas y manifestaciones son igualmente válidas y dignas de respeto, entre en contradicción con aquellas manifestaciones que utilizan esa apertura a la inclusión para defender visiones excluyentes y discriminatorias. Pero como argumentativamente no pueden censurarlas, porque justamente defienden la libertad de expresar cualquier idea, han inventado la corrección política y la cancelación como mecanismos sustitutorios de una correcta e indispensable jerarquización del valor.    Con la mejor de las intenciones, se deconstruyeron los grandes relatos universales para centrar el énfasis en la diversidad, en la importancia de los rasgos culturales particulares, en la necesidad de llevar el discurso moderno de la igualdad a la aceptación indiscriminada del otro, equiparando todos los valores, ideas y construcciones del mundo como equivalentes. Pero cuando todo tiene el mismo valor, nada en realidad vale demasiado, lo que no tarda en llevarnos al nihilismo.  Con lo que los posmodernos más radicales no contaban es que esa particularización extrema, lejos de conducir a la empatía, la solidaridad y al multiculturalismo constructivo, nos ha llevado a establecer un mundo lleno diferencias, aislamiento y separación.     Web: www.juancarlosaldir.com Instagram:  jcaldir Twitter:   @jcaldir    Facebook:  Juan Carlos Aldir 1 Wilber Ken, Trump y la posverdad, Primera Edición, España, Kairós, 2018, Págs. 202 2 Wilber, Ídem, Íbidem, Obra citada, P. 20 Wilber Ken, Trump y la posverdad, Primera Edición, España, Kairós, 2018, Pág. 20 3 Wilber, Ídem, Íbidem, Obra citada, P. 20 Wilber Ken, Trump y la posverdad, Primera Edición, España, Kairós, 2018, Pág. 20" ["post_title"]=> string(42) "Los grandes retos del Paradigma posmoderno" ["post_excerpt"]=> string(211) "La tesis central del movimiento posmoderno consiste en la afirmación de que la verdad no existe en sí misma, sino que depende de la perspectiva, de la cultura y del punto de vista desde donde se le interprete." 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En México tenemos el mito cultural nocivo del “buen trabajador”, entendido como aquella persona que “da el todo” por la empresa. Esto implica quedarse horas extras –sin paga–, laborar en fines de semana e, incluso, la aceptación que vivir con agotamiento extremo –burn out– es considerado indicador de un “buen rendimiento” y una “persona comprometida”. Vaya, hasta es mal visto aquella persona que deja de trabajar a la hora indicada –“¡qué sangrón!”, “¡uy, es que no le gusta trabajar!”–. Mi aversión con esta etiqueta social es que pensamos que siempre hay “que echarle muchas ganas” –y sí, nadie lo niega–, pero el esfuerzo y trabajo son precisamente eso, una actividad dentro de muchas de la vida, más no la única.  Nos quieren vender que el trabajo es el centro de nuestra existencia y que aquellos profesionistas con más de veinticinco años trabajando en una empresa son el ejemplo de la constancia y el buen desempeño. Sin embargo, ¿realmente es bueno que dediquemos un cuarto –o más– de nuestra existencia a enriquecer a aquel sector en la cúspide de la pirámide social? ¿Nos parece aceptable que la gran mayoría de los mexicanos trabajemos ocho horas diarias –y más– para poder disfrutar cuatro –o menos–? Incluso con la reciente reforma a la Ley Federal del Trabajo uno tendría que trabajar veintiséis años para ser acreedor a treinta días de vacaciones. Al respecto, destaca el estudio de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos –OCDE– donde se señala lo siguiente: “Mexicanos y mexicanas son los que más horas trabajan de todos los países de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE), pero los que menos vacaciones tienen, una circunstancia que incide en la productividad y que empieza a tener consecuencias en la salud de la población. 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Incluso, comparados con otros países, en su momento se llegó a afirmar que “los mexicanos, además de trabajar las jornadas más largas, también están sujetos a uno de los regímenes vacacionales más mezquinos del mundo: sus vacaciones mínimas pagas legales son de menos de 10 días, lo mismo que ocurre en Nigeria, Japón y China, por ejemplo” 4 . Con estas alarmantes cifras, ¡claro que era necesario una reforma! Sin embargo, poco resuelve el problema de fondo. Como lo menciono al principio, mi intuición es que la raíz de esta situación es cultural. Este mito del “buen trabajador” existe por dos realidades inseparables. Por un lado, tenemos una admiración perversa por la figura del “líder”, quien es la persona que gestiona y sabe resolver cualquier problema. Que, por su puesto de mando, rara vez se puede equivocar. Lo cual da origen a un doble discurso moralmente ambiguo. Nos dicen en las empresas “hay que hacerse responsable de nuestros actos” pero el patrón siempre puede echar la culpa al subordinado. Y, tristemente, se acepta como “lo normal”. Al final del día, “así es la realidad aquí y en cualquier empresa”. Mi pregunta es: ¿hasta cuándo lo vamos a permitir? Si existen jefes que se comportan como capataces es porque la gente lo tolera y acepta. Para llegar a cambiar esta realidad hemos de entender que el auténtico líder no es la arrogancia encarnada, sino una persona de virtud y humildad. No se trata de estilos de ejecución, sino de carácter. Es aquella persona que acepta las críticas y busca dirigir con el ejemplo. Quien no teme los conflictos por amor ciego a números y cifras, sino que integra las dificultades para promover el crecimiento, ya que “los conflictos nos permiten conocer y apreciar las diferencias: a partir de aquí podemos aprender, crecer, cooperar con objetivos comunes”5. La otra realidad que promueve el mito del “buen trabajador” se centra en la concepción misma de cómo apreciamos a los trabajadores y la labor cotidiana. Dentro del sistema somos vistos como un bien, un asset o commodity de las organizaciones. Como lo llegó a comprender Herbert Marcuse, nos impregnan de necesidades falsas que perpetúan el mito de la productividad. De esta manera, nos creemos el cuento de que, mientras más crezcamos y demos horas de nuestra vida, más libres somos y, en realidad, más serviles nos volvemos al sistema: “La productividad más alta del trabajo puede utilizarse para la perpetuación del trabajo, la industrialización más efectiva puede servir para la restricción y la manipulación de las necesidades. Al llegar a este punto, la dominación –disfrazada de opulencia y libertad– se extiende a todas las esferas de la existencia pública y privada, integra toda oposición auténtica, absorbe todas las alternativas”6. Es decir, que mientras más permitamos el abuso de tiempo –horas extras, fatiga extrema, burn out como indicador de que “somos buenos trabajadores”–, más fortalecemos el sistema de pequeños abusos laborales constantes. Curiosamente, la palabra “trabajo” tiene un peculiar origen. El lingüista Joan Corominas7 explicó que etimológicamente proviene del latín tripaliare, que significa “torturar”. Si bien, tener un trabajo no se equipara con padecer martirios extremos, sí conserva cierta semántica de angustia, suplicio, estrés, obligación y frustración.  A modo de conclusión, tanto sector público y privado son esenciales para cualquier sociedad. Sin embargo, hay que quitarnos de la cabeza que la saturación de encargos y responsabilidades nos hace mejores personas. El trabajo es sólo una dimensión de la vida, no la central. Hemos de caminar hacia una idea de que cualquier trabajo es un medio que permite desarrollar habilidades y nos provee del sustento necesario para perseguir nuestros sueños y anhelos, es decir, para vivir bien. Como lo demuestran los estudios, la productividad no se traduce con jornadas largas y constantes. Al contrario, hay mayor productividad cuando se permiten descansos frecuentes, tiempo para concentrarse y, sobre todo, tiempo para cultivar el ocio, la diversión y las relaciones personales. Dejemos de poner excusas para desgastarnos y defendamos una cultura laboral basada en la equidad, lo justo y lo correcto.  1“La escasez de vacaciones en México impulsa una reforma legal para aumentar el ocio a 12 días anuales”, Darinka Rodríguez, El País, 12 de agosto de 2022. Disponible en: https://elpais.com/mexico/2022-08-12/la-escasez-de-vacaciones-en-mexico-impulsa-una-reforma-legal-para-aumentar-el-ocio-a-12-dias-anuales.html. 2“¿Qué países trabajan más horas al año? Spoiler: México es el que dedica más tiempo”, redacción de El Financiero, 20 de agosto de 2022. Disponible en: https://www.elfinanciero.com.mx/economia/2022/08/20/que-paises-trabajan-mas-horas-al-ano-spoiler-mexico-es-el-que-dedica-mas-tiempo/.  3Ídem. 4 “Los países del mundo en los que se trabaja más horas (y los dos primeros son de América Latina)”, redacción de BBC Mundo, 25 de abril de 2018. Disponible en: https://www.bbc.com/mundo/institucional-43872427#:~:text=Corea%20del%20Sur%20tiene%20una,horas%20por%20a%C3%B1o%2C%20por%20trabajador. 5 Carlos Llano Cifuentes, Humildad y liderazgo. ¿Necesita el empresario ser humilde?, (CDMX: Ediciones ECA, 2018), p. 20.  6Herbert Marcuse, El hombre unidimensional, trad. de Antonio Elorza (CDMX: Editorial Planeta, 2021), p. 55. 7 Cfr. “¿De dónde viene la palabra trabajar?”, redacción de El Heraldo de Aragón, 21 de mayo de 2017. Disponible en: https://www.heraldo.es/noticias/sociedad/2017/05/21/donde-viene-palabra-trabajar-1176098-310.html.  " ["post_title"]=> string(41) "Cultura laboral mexicana. Un tema urgente" ["post_excerpt"]=> string(118) "Paradójicamente, México es uno de los países donde se trabajan más horas; sin embargo, la productividad es baja. 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Al no poder jerarquizar el valor de cada planteamiento, el narcisismo se ha generalizado.  Posmodernidad y lo verdadero La tesis central del movimiento posmoderno, que podemos llamar pluralista por su genuino deseo de igualdad y de integrar a todas las culturas y todos los puntos de vista por igual, consiste en la afirmación de que la verdad no existe en sí misma, sino que depende de la perspectiva, de la cultura y del punto de vista desde donde se le interprete. La verdad, entonces, no es más que una interpretación de los hechos entre las muchas posibles. Esta visión le da un enorme peso a la interpretación individual, con los riesgos obvios e inherentes que implica que nuestras conclusiones se desliguen de la realidad objetiva, con lo cual pueda considerarse como verdad cualquier cosa que el individuo asuma como tal. La verdad no es algo que nos venga dado de antemano sino que se construye: se elabora, se interpreta y se construye. El posmodernismo pone al lenguaje como el centro de gravedad y la metafísica es sustituida por el análisis de textos. Para filósofos como Ludwig Wittgenstein el lenguaje es fundamental para construir la realidad, que si bien es como es, también puede ser de otra manera: “los límites de mi lengua son los límites de mi mundo”. Si bien comparto la idea de que lo que no puedo enunciar no existe para mí, el que no exista para mí no significa que no exista en lo absoluto. (Recordemos el ejemplo de las alucinaciones psicóticas de John Nash, que fueron representadas en la película Una mente de brilla; el que esas imágenes fueran reales para él no las hacen verdaderas.)  Principios teóricos del Posmodernismo En opinión de Ken Wilber, expresada en su libro Trump y la posverdad1, el posmodernismo se funda en tres grandes principios teóricos.  El primero es el contextualismo, que se sostiene en la premisa de que no hay verdades universales y que cualquier conclusión que se asuma como tal dependerá del contexto en que se construya.  El segundo, el constructivismo que se funda en el supuesto de que la verdad no es algo dado y que requiere de ser construida.  Y el tercero Wilber lo llama Aperspectivismo: no existe ninguna perspectiva que carezca de sesgos históricos y por lo tanto ninguna de ellas puede considerarse como preestablecida o privilegiada.   Cada uno de ellos se integró a la visión posmoderna y tras la crisis de legitimidad del paradigma moderno se vivieron como una bocanada de oxígeno. Sin embargo el planteamiento tiene una profunda contradicción de origen que el pluralismo de hoy aún ha conseguido resolver. Si bien la idea de que la “verdad depende del contexto” es plausible, una vez que se lleva al extremo se convierte en la idea de que “sólo existen verdades locales y todas son igualmente válidas”, lo que llevó a la imposibilidad de jerarquizar el valor de cada planteamiento y de ahí a un narcisismo generalizado no hay más que un paso.  Posmodernidad y  pluralismo El problema llegó cuando, la contradicción performativa que envenena el núcleo mismo de la comprensión posmoderna, se hizo evidente: no existen principios ni verdades universales, salvo la idea universal de que “no existen principios y verdades universales”. El discurso posmoderno niega la existencia de cualquier metanarrativa que abarque a todos los seres humanos, salvo ella misma, que sí los abarca, pues considera universalmente verdadera la idea de que no existen verdades universales. Afirman que todo conocimiento –excepto la comprensión posmoderna, que sí es universal– depende del contexto. El conocimiento es una interpretación, excepto el de ellos que es auténtico y universal. La tesis central pluralista afirma que toda verdad, para serlo, debe estar inserta en una cultura particular y sólo ahí lo es. Sin embargo, esta afirmación es en sí universal porque se aplica a todas las culturas y en todos los tiempos.   Todas las perspectivas son igualmente válidas, salvo las defendidas por el posmodernismo, que “resultan más deseables”, y cualquier jerarquía o categoría de valor se interpretan como opresivas, excepto las defendidas por el posmodernismo. Así, aun cuando es evidente que la igualdad, la inclusión y la sustentabilidad son preferibles a la segregación, el autoritarismo y la intolerancia, la posmodernidad, al erradicar toda jerarquía, se quedó sin argumentos discursivos ni puntos de referencia para justificar la superioridad de unos valores por encima de otros. Lo que comenzó diferenciando y reconociendo conceptos verdaderos pero parciales, como la visibilización y reconocimiento de culturas oprimidas, una vez llevados al extremo de asignarle a todo el mismo valor, dieron lugar a un relativismo pluralista radical que conduce al nihilismo y al narcisismo. Verdad y opresión  Conforme nos sumergíamos en el tobogán de un pluralismo cada vez más radical, toda verdad heredada de los procesos históricos del pasado es comprendida como un intento de imposición opresiva. Y esto nos lleva a la conclusión lógica, pero extrema, de que cualquier verdad que no es completamente propia, que no es producto de nuestra particularísima interpretación, es una forma de poder que nos oprime. Así lo dice Wilber: “Según esa perspectiva, el pasado no nos legó verdades reales y duraderas, sino modas inventadas por la historia, con lo cual nuestra tarea consiste en rechazar todas esas verdades y empeñarnos en el logro de una autonomía creada y puesta en marcha por cada uno2…”. Lo mismo sucede con los valores: no existen superiores e inferiores. Wilber asegura que para el posmoderno: “Cualquier valor o verdad que afirme ser universal, verdadero o útil para todos, no es más que una forma disfrazada de poder, que trata de obligar a todo el mundo a adoptar las verdades y valores de quienes las promueven con el objetivo último de la esclavitud y la opresión3”. Cultura y verdad Puesto que el posmodernismo defiende la idea de que toda verdad es una construcción cultural, la verdad no existe en sí misma, sino que depende de la perspectiva, de la cultura, del punto de vista, pero sobre todo de la interpretación personal. Llevados al extremo es posible negar realidades objetivas o hechos demostrados si contravienen nuestra forma de entender un evento o una circunstancia en particular. Desde la perspectiva posmoderna todo pensamiento humano es generado y está limitado por formas lingüístico-culturales propias de cada idiosincrasia y de cada individuo. Así, el conocimiento humano es producto de las prácticas lingüísticas y sociales de cada comunidad local y producido por sus propios intérpretes, sin relación con alguna realidad concreta e independiente. Cuando se abraza esta comprensión como verdadera, se llega a la inevitable conclusión de que todas las perspectivas son igualmente válidas del mismo modo que ninguna perspectiva posee la legitimidad para imponerse a las demás. Este igualitarismo que suprime toda jerarquía y niega cualquier posibilidad de narrativas universales conduce a una atomización de la verdad que convierte las interacciones humanas y los acuerdos colectivos en fenómenos aislados.   El retrato de ese mundo de pequeños conjuntos aislados es en sí un metarrelato que rige y condiciona las interacciones, tanto internas de cada conjunto, como entre el universo de conjuntos. Esto resulta conflictivo para los pluralistas posmodernos, pues hace que su paradigma fundado en la igualdad, donde todas las ideas y manifestaciones son igualmente válidas y dignas de respeto, entre en contradicción con aquellas manifestaciones que utilizan esa apertura a la inclusión para defender visiones excluyentes y discriminatorias. Pero como argumentativamente no pueden censurarlas, porque justamente defienden la libertad de expresar cualquier idea, han inventado la corrección política y la cancelación como mecanismos sustitutorios de una correcta e indispensable jerarquización del valor.    Con la mejor de las intenciones, se deconstruyeron los grandes relatos universales para centrar el énfasis en la diversidad, en la importancia de los rasgos culturales particulares, en la necesidad de llevar el discurso moderno de la igualdad a la aceptación indiscriminada del otro, equiparando todos los valores, ideas y construcciones del mundo como equivalentes. Pero cuando todo tiene el mismo valor, nada en realidad vale demasiado, lo que no tarda en llevarnos al nihilismo.  Con lo que los posmodernos más radicales no contaban es que esa particularización extrema, lejos de conducir a la empatía, la solidaridad y al multiculturalismo constructivo, nos ha llevado a establecer un mundo lleno diferencias, aislamiento y separación.     Web: www.juancarlosaldir.com Instagram:  jcaldir Twitter:   @jcaldir    Facebook:  Juan Carlos Aldir 1 Wilber Ken, Trump y la posverdad, Primera Edición, España, Kairós, 2018, Págs. 202 2 Wilber, Ídem, Íbidem, Obra citada, P. 20 Wilber Ken, Trump y la posverdad, Primera Edición, España, Kairós, 2018, Pág. 20 3 Wilber, Ídem, Íbidem, Obra citada, P. 20 Wilber Ken, Trump y la posverdad, Primera Edición, España, Kairós, 2018, Pág. 20" ["post_title"]=> string(42) "Los grandes retos del Paradigma posmoderno" ["post_excerpt"]=> string(211) "La tesis central del movimiento posmoderno consiste en la afirmación de que la verdad no existe en sí misma, sino que depende de la perspectiva, de la cultura y del punto de vista desde donde se le interprete." 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