Creando nuevas narrativas: de la creencia a la convicción

Una vez que distinguimos la diferencia entre lo verdadero y lo interpretado, estamos en posibilidad de decidir conscientemente en qué queremos creer, que tipo de convicciones generales nos gustaría que nos rijan como humanidad.  Sólo a partir...

27 de agosto, 2021

Una vez que distinguimos la diferencia entre lo verdadero y lo interpretado, estamos en posibilidad de decidir conscientemente en qué queremos creer, que tipo de convicciones generales nos gustaría que nos rijan como humanidad. 

Sólo a partir de ejercicios dialécticos serios y profundos podemos discernir cuánto queda de verdad en nuestra manera de estar en el mundo. 

A lo largo de toda la historia humana hemos construido nuestras narrativas a partir de creencias arraigadas tan hondo que ni siquiera nos resultaban perceptibles. 

La metodología ha sido más o menos la siguiente: primero nos enfrentábamos a la necesidad imperiosa de explicar algo –un fenómeno natural, una situación, algún elemento de nuestra subjetividad, nuestra propia existencia, etc.–. Paulatinamente la exploración al respecto de esta inquietud se asentaba configurando una creencia que le diera respuesta. Y, finalmente, se articulaban los relatos que racionalizaban la creencia originaria, dando lugar a una cosmovisión que organizara coherentemente el mundo alrededor de ella. Esta cosmovisión era interiorizada por cada miembro del grupo –incluso en aquellos que la criticaban– y se trasmitía a cada nueva generación con una certeza tal, que terminaba por convertirse en verdades incuestionables. 

De este modo suponemos erróneamente que ser católico, capitalista, aristócrata o intocable (en el sistema de castas hindú) se convierte justo en eso, en una condición del “ser” y no en un cuerpo de ideas y creencias susceptibles de ser cuestionadas. Y de ahí que estos “modos de ser” se asuman como Verdades Absolutas y tangibles y aquel que no las comparta –puesto que está contra la Verdad– simplemente está equivocado y merece persecución y escarmiento. 

Sin embargo hemos llegado a un nivel de evolución humana donde podemos dar un paso adelante y diferenciar lo que es una verdad universal –como la fuerza de gravedad o el funcionamiento objetivo de nuestra fisiología– de una construcción humana que funciona distinto en cada tiempo y cultura –como las estructuras políticas o económicas, las leyes, los modos de vestir, etc.–. 

Una vez que estamos en la posibilidad de distinguir esta diferencia central entre lo verdadero y lo interpretado, estamos también en la posibilidad de decidir conscientemente en qué queremos creer, que tipo de convicciones generales, que se superpongan a prejuicios y miedos, nos gustaría que nos rijan como humanidad. 

Pensemos en tres ejemplos de cómo podemos racionalizar nuestras creencias para convertirlas en convicciones de carácter general: 

1.- Para explicarnos los fenómenos naturales, ¿preferimos un mito o una tradición, o mejor optamos por la investigación científica?

2.- Por más que “el otro” nos asuste y nos produzca rechazo por ser distinto a nosotros, ¿estamos dispuestos a entenderlo como un igual, con dignidad, derechos y obligaciones semejantes a los nuestros o decidimos continuar viviendo en un mundo de racismo, segregación, fronteras inexpugnables y rechazo a la diferencia?

3.- A pesar de que la economía es una creación humana, ¿estamos dispuestos a aceptar que sea el capital quien dirija el destino del ser humano, en vez de que sea el ser humano quien dicte las reglas que rigen al capital?

Estos son sólo tres ejemplos del tipo de pregunta que podríamos hacernos para desafiar nuestras creencias más arraigadas. Sólo a partir de ejercicios dialécticos serios y profundos podemos discernir cuánto queda de verdad en aquellas ideas que, de tan antiguas, ni siquiera sabemos que tenemos, pero que, seamos conscientes de ellas o no, rigen nuestra manera de estar en el mundo.  

La respuesta a estas preguntas puede estar, en primera instancia, alejada de nuestras creencias individuales, pero una vez que racional, ética y moralmente –como personas y como grupo– escogemos una de las alternativas posibles como la mejor forma de gestionarnos como especie ante los retos del presente, se convierte en una convicción que habrá de regir nuestros actos, las leyes que promulguemos, las políticas públicas que se apliquen e incluso la manera en que nos vinculamos con nuestra gente querida. 

Esta manera de encararlo no niega ni limita la diversidad cultural. Una vez que hemos optado por una convicción de carácter general, la ideología y el tipo de relato que se utilicen para articular la narrativa que sostenga dicha convicción pueden ser muy diversos y en concordancia con la cultura que los elabore. Una vez que la convicción implícita se interioriza con seriedad, el relato resultante defenderá valores profundos que, una vez contrastados con otras culturas que hayan pasado por el mismo proceso, resultarían externamente distintos, pero análogos en su esencia. 

Al contrario de limitar la diversidad cultural, el asumir una misma convicción racional y conscientemente y expresarla desde múltiples idiosincrasias particulares, daría lugar a un mosaico de formas heterogéneas en que el ser humano es capaz de expresar un mismo valor. 

 

En el siguiente artículo exploraremos si dentro de las convicciones que podemos decidir tener, hay algunas más deseables que otras o si todas tienen el mismo valor. Y, en caso de que no de lo mismo una cosa que otra, cuál es el criterio para seleccionar la mejor convicción. 

 

 

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Así, aun cuando es evidente que la igualdad, la inclusión y la sustentabilidad son preferibles a la segregación, el autoritarismo y la intolerancia, la posmodernidad, al erradicar toda jerarquía, se quedó sin argumentos discursivos ni puntos de referencia para justificar la superioridad de unos valores por encima de otros. Lo que comenzó diferenciando y reconociendo conceptos verdaderos pero parciales, como la visibilización y reconocimiento de culturas oprimidas, una vez llevados al extremo de asignarle a todo el mismo valor, dieron lugar a un relativismo pluralista radical que conduce al nihilismo y al narcisismo. Verdad y opresión  Conforme nos sumergíamos en el tobogán de un pluralismo cada vez más radical, toda verdad heredada de los procesos históricos del pasado es comprendida como un intento de imposición opresiva. Y esto nos lleva a la conclusión lógica, pero extrema, de que cualquier verdad que no es completamente propia, que no es producto de nuestra particularísima interpretación, es una forma de poder que nos oprime. Así lo dice Wilber: “Según esa perspectiva, el pasado no nos legó verdades reales y duraderas, sino modas inventadas por la historia, con lo cual nuestra tarea consiste en rechazar todas esas verdades y empeñarnos en el logro de una autonomía creada y puesta en marcha por cada uno2…”. Lo mismo sucede con los valores: no existen superiores e inferiores. Wilber asegura que para el posmoderno: “Cualquier valor o verdad que afirme ser universal, verdadero o útil para todos, no es más que una forma disfrazada de poder, que trata de obligar a todo el mundo a adoptar las verdades y valores de quienes las promueven con el objetivo último de la esclavitud y la opresión3”. Cultura y verdad Puesto que el posmodernismo defiende la idea de que toda verdad es una construcción cultural, la verdad no existe en sí misma, sino que depende de la perspectiva, de la cultura, del punto de vista, pero sobre todo de la interpretación personal. Llevados al extremo es posible negar realidades objetivas o hechos demostrados si contravienen nuestra forma de entender un evento o una circunstancia en particular. Desde la perspectiva posmoderna todo pensamiento humano es generado y está limitado por formas lingüístico-culturales propias de cada idiosincrasia y de cada individuo. Así, el conocimiento humano es producto de las prácticas lingüísticas y sociales de cada comunidad local y producido por sus propios intérpretes, sin relación con alguna realidad concreta e independiente. Cuando se abraza esta comprensión como verdadera, se llega a la inevitable conclusión de que todas las perspectivas son igualmente válidas del mismo modo que ninguna perspectiva posee la legitimidad para imponerse a las demás. Este igualitarismo que suprime toda jerarquía y niega cualquier posibilidad de narrativas universales conduce a una atomización de la verdad que convierte las interacciones humanas y los acuerdos colectivos en fenómenos aislados.   El retrato de ese mundo de pequeños conjuntos aislados es en sí un metarrelato que rige y condiciona las interacciones, tanto internas de cada conjunto, como entre el universo de conjuntos. Esto resulta conflictivo para los pluralistas posmodernos, pues hace que su paradigma fundado en la igualdad, donde todas las ideas y manifestaciones son igualmente válidas y dignas de respeto, entre en contradicción con aquellas manifestaciones que utilizan esa apertura a la inclusión para defender visiones excluyentes y discriminatorias. Pero como argumentativamente no pueden censurarlas, porque justamente defienden la libertad de expresar cualquier idea, han inventado la corrección política y la cancelación como mecanismos sustitutorios de una correcta e indispensable jerarquización del valor.    Con la mejor de las intenciones, se deconstruyeron los grandes relatos universales para centrar el énfasis en la diversidad, en la importancia de los rasgos culturales particulares, en la necesidad de llevar el discurso moderno de la igualdad a la aceptación indiscriminada del otro, equiparando todos los valores, ideas y construcciones del mundo como equivalentes. Pero cuando todo tiene el mismo valor, nada en realidad vale demasiado, lo que no tarda en llevarnos al nihilismo.  Con lo que los posmodernos más radicales no contaban es que esa particularización extrema, lejos de conducir a la empatía, la solidaridad y al multiculturalismo constructivo, nos ha llevado a establecer un mundo lleno diferencias, aislamiento y separación.     Web: www.juancarlosaldir.com Instagram:  jcaldir Twitter:   @jcaldir    Facebook:  Juan Carlos Aldir 1 Wilber Ken, Trump y la posverdad, Primera Edición, España, Kairós, 2018, Págs. 202 2 Wilber, Ídem, Íbidem, Obra citada, P. 20 Wilber Ken, Trump y la posverdad, Primera Edición, España, Kairós, 2018, Pág. 20 3 Wilber, Ídem, Íbidem, Obra citada, P. 20 Wilber Ken, Trump y la posverdad, Primera Edición, España, Kairós, 2018, Pág. 20" ["post_title"]=> string(42) "Los grandes retos del Paradigma posmoderno" ["post_excerpt"]=> string(211) "La tesis central del movimiento posmoderno consiste en la afirmación de que la verdad no existe en sí misma, sino que depende de la perspectiva, de la cultura y del punto de vista desde donde se le interprete." 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Ruido escrito con letras bordadas de hilo rojo, ruido escrito con lágrimas de los familiares de las mujeres desaparecidas. Ruido que grita y no dice nada. Nombres y mensajes bordados por otras mujeres, un humo morado que nos remite a la lucha por la justicia para mujeres víctimas de feminicidios. El rostro de una madre devastada por el dolor. La consigna de otras mujeres que están en la misma situación: ¡No estás sola! Solo ellas saben el dolor de una madre que busca a su hija desaparecida nueve meses atrás, cansada de agotar los recursos, de creer en las autoridades, pero que no piensa rendirse. ¿Cómo pedirle a una madre que se rinda? Un laberinto de dolor, de diálogos dolorosos, de imágenes estremecedoras. Ruido, la película de Natalia Beristain, va al fondo. Muestra sin filtros el terror del tema que concierne a nuestro país y al mundo entero. 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Sin embargo el planteamiento tiene una profunda contradicción de origen que el pluralismo de hoy aún ha conseguido resolver. Si bien la idea de que la “verdad depende del contexto” es plausible, una vez que se lleva al extremo se convierte en la idea de que “sólo existen verdades locales y todas son igualmente válidas”, lo que llevó a la imposibilidad de jerarquizar el valor de cada planteamiento y de ahí a un narcisismo generalizado no hay más que un paso.  Posmodernidad y  pluralismo El problema llegó cuando, la contradicción performativa que envenena el núcleo mismo de la comprensión posmoderna, se hizo evidente: no existen principios ni verdades universales, salvo la idea universal de que “no existen principios y verdades universales”. El discurso posmoderno niega la existencia de cualquier metanarrativa que abarque a todos los seres humanos, salvo ella misma, que sí los abarca, pues considera universalmente verdadera la idea de que no existen verdades universales. 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Así, aun cuando es evidente que la igualdad, la inclusión y la sustentabilidad son preferibles a la segregación, el autoritarismo y la intolerancia, la posmodernidad, al erradicar toda jerarquía, se quedó sin argumentos discursivos ni puntos de referencia para justificar la superioridad de unos valores por encima de otros. Lo que comenzó diferenciando y reconociendo conceptos verdaderos pero parciales, como la visibilización y reconocimiento de culturas oprimidas, una vez llevados al extremo de asignarle a todo el mismo valor, dieron lugar a un relativismo pluralista radical que conduce al nihilismo y al narcisismo. Verdad y opresión  Conforme nos sumergíamos en el tobogán de un pluralismo cada vez más radical, toda verdad heredada de los procesos históricos del pasado es comprendida como un intento de imposición opresiva. Y esto nos lleva a la conclusión lógica, pero extrema, de que cualquier verdad que no es completamente propia, que no es producto de nuestra particularísima interpretación, es una forma de poder que nos oprime. Así lo dice Wilber: “Según esa perspectiva, el pasado no nos legó verdades reales y duraderas, sino modas inventadas por la historia, con lo cual nuestra tarea consiste en rechazar todas esas verdades y empeñarnos en el logro de una autonomía creada y puesta en marcha por cada uno2…”. Lo mismo sucede con los valores: no existen superiores e inferiores. Wilber asegura que para el posmoderno: “Cualquier valor o verdad que afirme ser universal, verdadero o útil para todos, no es más que una forma disfrazada de poder, que trata de obligar a todo el mundo a adoptar las verdades y valores de quienes las promueven con el objetivo último de la esclavitud y la opresión3”. Cultura y verdad Puesto que el posmodernismo defiende la idea de que toda verdad es una construcción cultural, la verdad no existe en sí misma, sino que depende de la perspectiva, de la cultura, del punto de vista, pero sobre todo de la interpretación personal. Llevados al extremo es posible negar realidades objetivas o hechos demostrados si contravienen nuestra forma de entender un evento o una circunstancia en particular. Desde la perspectiva posmoderna todo pensamiento humano es generado y está limitado por formas lingüístico-culturales propias de cada idiosincrasia y de cada individuo. Así, el conocimiento humano es producto de las prácticas lingüísticas y sociales de cada comunidad local y producido por sus propios intérpretes, sin relación con alguna realidad concreta e independiente. Cuando se abraza esta comprensión como verdadera, se llega a la inevitable conclusión de que todas las perspectivas son igualmente válidas del mismo modo que ninguna perspectiva posee la legitimidad para imponerse a las demás. Este igualitarismo que suprime toda jerarquía y niega cualquier posibilidad de narrativas universales conduce a una atomización de la verdad que convierte las interacciones humanas y los acuerdos colectivos en fenómenos aislados.   El retrato de ese mundo de pequeños conjuntos aislados es en sí un metarrelato que rige y condiciona las interacciones, tanto internas de cada conjunto, como entre el universo de conjuntos. Esto resulta conflictivo para los pluralistas posmodernos, pues hace que su paradigma fundado en la igualdad, donde todas las ideas y manifestaciones son igualmente válidas y dignas de respeto, entre en contradicción con aquellas manifestaciones que utilizan esa apertura a la inclusión para defender visiones excluyentes y discriminatorias. Pero como argumentativamente no pueden censurarlas, porque justamente defienden la libertad de expresar cualquier idea, han inventado la corrección política y la cancelación como mecanismos sustitutorios de una correcta e indispensable jerarquización del valor.    Con la mejor de las intenciones, se deconstruyeron los grandes relatos universales para centrar el énfasis en la diversidad, en la importancia de los rasgos culturales particulares, en la necesidad de llevar el discurso moderno de la igualdad a la aceptación indiscriminada del otro, equiparando todos los valores, ideas y construcciones del mundo como equivalentes. Pero cuando todo tiene el mismo valor, nada en realidad vale demasiado, lo que no tarda en llevarnos al nihilismo.  Con lo que los posmodernos más radicales no contaban es que esa particularización extrema, lejos de conducir a la empatía, la solidaridad y al multiculturalismo constructivo, nos ha llevado a establecer un mundo lleno diferencias, aislamiento y separación.     Web: www.juancarlosaldir.com Instagram:  jcaldir Twitter:   @jcaldir    Facebook:  Juan Carlos Aldir 1 Wilber Ken, Trump y la posverdad, Primera Edición, España, Kairós, 2018, Págs. 202 2 Wilber, Ídem, Íbidem, Obra citada, P. 20 Wilber Ken, Trump y la posverdad, Primera Edición, España, Kairós, 2018, Pág. 20 3 Wilber, Ídem, Íbidem, Obra citada, P. 20 Wilber Ken, Trump y la posverdad, Primera Edición, España, Kairós, 2018, Pág. 20" ["post_title"]=> string(42) "Los grandes retos del Paradigma posmoderno" ["post_excerpt"]=> string(211) "La tesis central del movimiento posmoderno consiste en la afirmación de que la verdad no existe en sí misma, sino que depende de la perspectiva, de la cultura y del punto de vista desde donde se le interprete." 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