Apuntes variados…

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24 de julio, 2020

Que mal se vieron el presidente de la República Andrés Manuel López Obrador, y el Secretario de Hacienda Arturo Herrera, que en pleno público fue reprendido por haber dicho esto: “Éste va a ser no solamente uno de los elementos más importantes para protegernos, sino que va a ser uno de los elementos que permitan relanzar con mayor éxito a la economía” mientras sostenía un tapabocas en las manos.

A pesar de que hoy se rebasarán los 42 000 mexicanos muertos y de que justo el día que López Obrador “regañó” al secretario de Hacienda se registró un nuevo récord de infectados en un día (8438), queda por sentado que el tapabocas no es una opción para que el presidente combata la pandemia. No importa que a nivel mundial los verdaderos expertos digan que es la única arma disponible hasta el momento.

López Obrador regañó así al secretario de Hacienda, con una cara como la que pone un padre diciendo “pestes” en su mente al tiempo que se quedó viendo al sudoroso secretario de Hacienda y dijo: “Creo que está muy desproporcionado (el uso de tapabocas). Ojalá fuese eso, si el cubrebocas fuese una opción para la reactivación de la economía, me lo pongo de inmediato, pero no es así”.

El secretario de Hacienda Herrera reaccionó sabiamente para mantener la chamba y dijo interrumpiendo al presidente: “Era una analogía para decir que nos vamos a tener que reorganizar a través de mecanismos distintos para regresar a la normalidad y a la recuperación”.

Esto causó mucha gracia y decepción para la vox populi mexicana porque según ellos a “nuestros líderes les vale lo que le sucede al pueblo, para ellos mejora que nos muramos” alcanzaron a coincidir los entrevistados por DE FRONTERA A FRONTERA.

Robachicos

Todo un drama, que crece cada día en nuestro estado, resultó ser el caso del niño secuestrado Dylan, resultado de años de impunidad y autoridades coludidas para explotar sexualmente a los niños y niñas o solamente para recibir la respectiva “mordida”.

No se puede explicar a tantos niños y niñas pidiendo dinero en la calle sin ton ni son, sin que haya autoridades extorsionándolos.

Dejen les cuento. Aquí en Tapachula hay una mujer que en la espalda trae a cuestas a una niña crecida. La mujer pide dinero porque la niña supuestamente está enferma, usted ve a la niña y es una piltrafa inerte, lánguida, con ropas raídas y muy sucias, sin que tenga alguna deformidad a la vista. La mujer es una supuesta mamá vestida igual con una pañoleta en la cabeza. La mirada de la mujer es de una persona mala y su caracterización de una madre necesitada de mantener a la “niña enferma” no es convincente.

Nadie hace nada como sociedad para investigar qué drama hay detrás. Porque las autoridades dicen “si no hay demanda no hay investigación”.

Tanto el Gobernador Rutilio Escandón Cadenas, como el Fiscal de Chiapas, Jorge Luis Lláven Abarca, deben de llega al fondo del caso Dylan y de las bandas de robachicos de nuestro estado.

El caso de Dylan es un llamado a las familias para que tengan un extremo cuidado de sus hijos e hijas porque si no es así, terminarán en manos de algún pederasta o abusador sexual o explotador y el fin de sus hijos será una muerte prematura. ¡Cuídenlos!

Comentarios


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La situación de la costa chiapaneca es desesperante ya que esos miles de migrantes no respetan las leyes mexicanas y mucho menos los bandos municipales de esas ciudades y municipios. Esos miles de migrantes, han engrandecido los problemas sociales de la costa Chiapaneca, Oaxaqueña y de la frontera norte. Por su parte, el gobierno federal trata de imponer una cultura diferente a los chiapanecos y oaxaqueños con la infiltración de música, textos y otras acciones de lavado de cerebro para que la gente originaria de esas zonas acepte y soporte a los miles de migrantes que, a decir de la Vox Populi, son gente sin educación que no aporta nada a los costeños chiapanecos y oaxaqueños. Los oriundos de esas zonas están hartos, aburridos de tanta basura, desfachatez, y prepotencia de esos migrantes. Llegando estos al grado de ya no pagar las rentas de los lugares donde duermen. Además, han invadido de ambulantaje donde venden hasta dólares en las calles y se comercia con mariguana libremente en los parques. Estos migrantes son protagonistas de las páginas policiacas de las comunidades, lo que causa temor a la población, al grado que los oriundos ya no asisten a los centros históricos de la costa y mucho menos a los mercados populares, ya que se han convertido en lugares sucios, donde reina la prostitución y las nefastas prácticas sociales. Esta es la situación en los lugares donde están estancados los migrantes. Lo peor de todo es que los empresarios nacionales y extranjeros han sido ahuyentados por las prácticas del gobierno de Andrés Manuel López Obrador para ponerlas donde él quiere, es decir, donde pasará su tren transístmico. Atrás quedaron las Zonas Económicas Especiales de Oaxaca y Puerto Chiapas, que prometían brindar trabajo y prosperidad a los chiapanecos y oaxaqueños. Incluso se llegó a hablar de una zona de lanzamiento de cohetes espaciales en la ventosa Arriaga en Chiapas. Claro, sin olvidar los millonarios proyectos de generación de energía limpia en Puerto Chiapas, así como el paso de un gran proyecto desde Alaska que traería un gasoducto y oleoducto. Todo eso lo cambiaron por migrantes, que son mantenidos con apoyos de miles de pesos que deberían de ser para los mexicanos que no tienen ni en qué caerse muertos. 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Quien ejerce la posverdad no asume estar mintiendo. Se basa en una premisa simple: la verdad no existe, sólo existen las interpretaciones. Asumiendo como dogma esta declaración, no tiene más que conducir su relato hasta los límites donde las fronteras entre los hechos, las percepciones y lo que le gustaría que hubiese ocurrido se diluyen. En enero de 2017, tras la ceremonia de investidura de Donald Trump como Presidente de los Estados Unidos, el Secretario de Prensa de la Casa Blanca, Sean Spicer, declaró que dicha ceremonia había sido “la más atendida de la historia”, citando números desfasados y negando la enorme cantidad de material fotográfico, videos y datos procedentes de prensa, instituciones y hasta del propio transporte público que mostraban una realidad muy distinta. Más tarde, cuando en entrevista televisiva, le preguntaron a la Consejera de Presidencia, Kellyanne Conway, acerca de dichas declaraciones, respondió, esbozando una enigmática sonrisa, que los datos inventados por Spicer no eran falsos sino “hechos alternativos”, a lo que el presentador de NBC News, Chuck Todd, le respondió: "Los hechos alternativos no son hechos. Son falsedades". Y dicho periodista hizo énfasis en otra cosa más: si en su primera presentación ante la prensa, y acerca de un hecho en última instancia tan intrascendente, el nuevo gobierno era capaz de mentir de un modo tan flagrante y cínico, qué podría esperarles en el futuro. El equipo del expresidente Trump no reconocía estar mintiendo. Paras ellos la nueva versión de la verdad, construida a partir de sus propias percepciones, era tan válida como los conteos objetivos y las referencias históricas de las toma de posesión anteriores. La verdad era producto de la percepción y su validez se asentaba en el hecho simple de considerarla como tal. El Oxford English Dictionary asegura que la posverdad “denota circunstancias en las que los hechos objetivos influyen menos en la opinión pública que aquellos que apelan al emoción y a las creencias personales”. Quien ejerce la posverdad no asume estar mintiendo. De hecho se basa en una premisa muy simple, sostenida en la visión posmoderna que afirma que la verdad no existe, sólo versiones o interpretaciones de la realidad. Tras asumir como dogma esta declaración, no tiene más que conducir su relato hasta los límites donde las fronteras entre los hechos, las percepciones y lo que le gustaría que hubiese ocurrido se diluyen, y es ese territorio ambiguo el individuo se siente con la capacidad de construir una versión de los acontecimientos que reflejen aquello que desea expresar. La verdad ya no es sólo relativa a una perspectiva o un contexto, ya no es que se vea influida por la interioridad, los miedos, las creencias o los deseos de un individuo, sino que simple y llanamente es producto de la voluntad de quien la crea. La Posverdad se ajusta a las conveniencias de quien pretende imponerla y es inmune a cualquier evidencia empírica u objetiva si ésta contradice los prejuicios, ideología, visión del mundo o, incluso, apetencias u odios coyunturales de quien la defiende. Equivale a aceptar que vivimos en un mundo donde los hechos dejan de ser objetivos y se convierten en optativos, donde lo concreto se ajusta a la interpretación personal del momento y, aunque en principio parece cómodo y satisfactorio, a la larga nos obliga a vivir en un mundo incierto donde no hay referentes comunes a los cuales asirse. Antecedentes de la posverdad Desde el siglo XVIII, o incluso antes, comenzó a intuirse que el contenido de la psique ejerce una influencia importante sobre la percepción, la cognición y el comportamiento humano. La forma en que entendemos lo que nos rodea se vuelve determinante para manifestar una conducta, con lo cual comenzó a entrar en crisis la idea de que la realidad es sólo aquello que ocupa un lugar en el espacio-tiempo para comenzar a darle una cierta importancia a lo que sucede en la subjetividad. Freud lleva todo esto un paso más allá y diseña sus potentes teorías acerca del inconsciente y de ahí podríamos hacer un seguimiento de todo el desarrollo de la psicología del siglo XX. Sin embargo, quizá el más claro antecedente, tanto del posmodernismo como de su manifestación patológica que conocemos como posverdad, lo tengamos en el filósofo alemán Friedrich Nietzsche, quien en el siglo XIX aseguró que “no hay hechos, sino sólo interpretaciones”. La verdad dejó de ser algo objetivamente válido para todos y pasó, tras el abuso perverso de quien la lleva hasta la posverdad, a convertirse en una propiedad particular, donde la verdad es lo que yo interpreto como ocurrido sin importar datos, testimonios o referencias que lo desmientan. Quienes en su momento defendieron el Brexit no basaron su postura en los hechos, sino en la creencia inducida por quienes defendían esa narrativa, de que Inglaterra estaría mejor fuera de la Unión, aunque no hubiese ningún dato objetivo que lo probara esa hipótesis. Ken Wilber asegura que la generación Boomer, la inmediata posterior a la Segunda Guerra Mundial y primera posmoderna, educó a sus hijos, no tanto enfocados en defender la verdad, pues sabían que ésta era una construcción, sino centrados en enseñar y promover la autoestima. Sentirme validado es mucho más importante que prestar atención a los hechos. La autoestima enfocada así, asegura Wilber, no hace sino fomentar el narcisismo. Si bien puede considerársele a Donald Trump como el rey de la posverdad, lo cierto es que se trata de una práctica mucho más extendida y popular de que se supone. Este narcisismo del que habla Wilber se manifiesta de muchas formas. Quizá la más inocua sea la representada por la “cultura selfie”, donde la realidad directamente se retoca sin pudor para que la imagen personal se adapte, no a lo que veo, no a lo que es, sino a lo quisiera ver y es esa imagen “renovada” la que se muestra como verdadera. Las redes sociales se convierten entonces en cajas de resonancia para trasmitir posverdades complacientes y reconfortantes. Pero es cada vez más habitual, y mucho más dañino para la construcción de un mundo en común, participar en discusiones que terminan con frases como esta: “yo tengo mi verdad y tú tienes la tuya”. Ante esta forma de entender la realidad no sólo no consideramos necesario esforzarnos por encontrar puntos en común y buscar un acuerdo, ni siquiera nos interesa lo que el otro pretende decirnos con “su verdad” ni que parte de esa versión podría servirnos para ampliar o complementar la nuestra. Estamos tan identificados con nuestras creencias y es tan frecuente encontrar voces que confirman nuestra visión, que resulta muy difícil cuestionarlas. Como asegura Rutger Bregman en Utopía para realistas, se requiere ser tremendamente valiente para cambiar de opinión porque muchas veces implica rectificar nuestra comprensión de las cosas: “Cuando la realidad choca con nuestras convicciones más profundas, preferimos recalibrar la realidad que corregir nuestra visión del mundo. No sólo eso, nos volvemos aún más inflexibles que antes en nuestras creencias” (Bregman, Utopía para realistas, 2017, P. 217-218). Web: www.juancarlosaldir.com Instagram: jcaldir Twitter: @jcaldir Facebook: Juan Carlos Aldir

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