“Adopta un mexicano”, una iniciativa bien intencionada, pero distorsionada por la visión desde el privilegio

“Adopta un mexicano” tiene buenas intenciones, pero el nombre es desafortunado.

7 de diciembre, 2022 "Adopta un mexicano", una iniciativa bien intencionada, pero distorsionada por la visión desde el privilegio

Comencemos por reconocer  al Mtro. Enrique de la Madrid como uno de los poquísimos exponentes presentables y con nivel intelectual y ético de la hoy oposición. Eso debe reconocerse por todos, pero en su iniciativa “adopta un mexicano”, recientemente debatida en una mesa de análisis que fue muy vista, existe, si bien es muy bien intencionada, un sesgo de privilegio innegable. De entrada está el nombre que evoca a la frase proanimalista: “ADOPTA, no compres”. Se refiere a adoptar perros y gatos en situación de calle y no comprar de raza y/o en criaderos pensados para hacer negocio. 

La iniciativa podría tener elementos que son viables, máxime en un país con el nivel de desigualdad que México padece, pero la terminología es errónea. Debería estar encaminada a ‘PATROCINAR y/o APADRINAR” a un estudiante mexicano, en un programa en el que el gobierno solo aportará el soporte publicitario, estimulante para que muchas Familias con posibilidades de hacerlo escogiesen a algún joven estudiante, menos favorecido económicamente, pero prometedor en cuánto a sus aptitudes y actitudes, dándole seguimiento y apoyo material no solo hasta finalizar su carrera como estudiante, sino en su posterior vida laboral. Es un compromiso de por vida, que sume en algo a una cada vez más difícil permeabilidad social.

Otro punto a considerar sería el de CERO beneficios fiscales ante esta eventual iniciativa. Si se va a ayudar es con una actitud 100% generosa, sin esperar absolutamente nada a cambio que no sea el ayudar a un semejante en condiciones menos favorecidas en la vida. Ya existe un programa del Estado que apoya a los jóvenes en edad laboral, “Jóvenes Construyendo el Futuro”, de parte de la STPS, que ya da sus primeros resultados, pero que obviamente es insuficiente para un hipotético avance real en el combate al desempleo y la desigualdad, como por cierto lo sería también el programa que a los particulares que aquí se les sugiere. El reto es que el país logre ofrecer alternativas de estudio y trabajo dignos para todos, un problema añejo, integral y que tardaremos muchos años en ir constatando resultados reales en la práctica y en nuestra vida nacional.

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Y así, a lo largo de cinco siglos de existencia, nuestro país se ha caracterizado por estos desencuentros paradójicamente armónicos, de los cuales han surgido grandes artistas plásticos, como los muralistas de mediados del siglo veinte; escritores inmortales que hablan de un México de raíces históricas profundas, pero que admite el mestizaje y la aculturación, para modificar su esencia a lo largo del tiempo y de la historia. Entre ellos tenemos un Rulfo o un Arreola, por citar dos grandes literatos  jaliscienses de esa misma centuria. ¿A qué voy con todo esto?, podrán preguntarse… Una arista muy de actualidad que pone de manifiesto dicha contraposición de elementos que en un punto intermedio buscan fundirse, se refiere a asuntos como el dinero sucio que mueve gran parte de la economía del país. Los gobiernos hacen como que combaten el crimen organizado, pero debajo de la mesa establecen acuerdos que permiten que estas redes subsistan. Por desgracia son males crónicos que se han incrustado en lo más profundo de la estructura social de nuestro país, como hidras venenosas que ocasionalmente sacan una de sus cabezas para permitir que el Hércules político en turno cumpla su papel, pero que pronto se regenera y vuelve a asomar su cabeza en un ambiente tóxico para todos. Una forma en que así se presenta es a través de elementos que hacen apología del delito.  Sucede en las famosas “narco series”; los difundidos “narcocorridos”, y ahora hasta en “narco piñatas”, en las que los pequeños asistentes se caracterizan como integrantes de cárteles del crimen organizado. Algo como esto último se presentó en fechas recientes en la Ciudad de México. El defensa de un conocido equipo de futbol soccer organizó una fiesta infantil monotemática. Una fotografía que ha recorrido las redes sociales da amplia cuenta de ello: aparece una veintena de niños con cachuchas sugestivas de pertenecer a un cártel, y algunos de ellos mostrando réplicas en plástico de armas de alto calibre, todos posando para la “foto del recuerdo”. Aquí la gran contradicción, el mensaje de “sí, pero no”, o “está mal, pero se vale” que sugiere la imagen, y que empata con los mensajes subliminales de todas esas producciones que presentan al crimen organizado como una empresa lucrativa, por la que vale la pena jugarse la vida. Debido a ello no me extraña que, durante mi práctica pediátrica más de una vez me tocó escuchar entre pacientitos de 6 o 7 años que ellos de grandes querían ser “narcos”. Una escena de la obra de Bruno Traven: “Canasta de cuentos mexicanos” es muy recurrente para mí cuando pienso en México: Aquella del canastero que se niega a vender toda su producción a un solo comprador bajo el argumento de que luego qué vende. Me hace recordar un cumpleaños mío de niña, en que mi señor padre fue con el globero de la plaza queriendo adquirir todos los globos con helio que tenía. El vendedor se negó a llevar a cabo la operación, bajo el argumento de que, entonces qué iba a vender luego.  Son esos rasgos que vuelven a nuestro México tan entrañable, pero a la vez muy vulnerable ante una información que se presenta de manera contradictoria. 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A la luz de estos hechos creo que cabe revisar las políticas públicas de hoy. Si atendemos al estudio de Máximo Ernesto Jaramillo–Molina de la Universidad de Guadalajara, las políticas de la actual administración en materia de pobreza y desigualdad han retrocedido. Lo mismo ha documentado el Coneval. De acuerdo con Jaramillo–Molina, el gasto social del gobierno federal bajó de un promedio de 5.2% del PIB durante el gobierno de Peña a 4.45 entre 2019 y 2022 en el gobierno actual. Asimismo, en 2016, 67% de las personas y hogares más pobres obtenían ayuda de al menos un programa social, comparado con 53% en 2020. “Primero los pobres”: Política social, desigualdad y pobreza durante el sexenio de López Obrador. En mayor medida el incremento de la pobreza y la desigualdad obedece al fin de programas sociales como guarderías y en general de cuidados, escuela de tiempo completo, así como a la crisis del sistema sanitario nacional. 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El narco refunda al Estado mexicano

Ante el desastre institucional, la militarización de la seguridad pública y de la vida política del país, parece el destino de México.

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Quien ejerce la posverdad no asume estar mintiendo. Se basa en una premisa simple: la verdad no existe, sólo existen las interpretaciones. Asumiendo como dogma esta declaración, no tiene más que conducir su relato hasta los límites donde las fronteras entre los hechos, las percepciones y lo que le gustaría que hubiese ocurrido se diluyen. En enero de 2017, tras la ceremonia de investidura de Donald Trump como Presidente de los Estados Unidos, el Secretario de Prensa de la Casa Blanca, Sean Spicer, declaró que dicha ceremonia había sido “la más atendida de la historia”, citando números desfasados y negando la enorme cantidad de material fotográfico, videos y datos procedentes de prensa, instituciones y hasta del propio transporte público que mostraban una realidad muy distinta. Más tarde, cuando en entrevista televisiva, le preguntaron a la Consejera de Presidencia, Kellyanne Conway, acerca de dichas declaraciones, respondió, esbozando una enigmática sonrisa, que los datos inventados por Spicer no eran falsos sino “hechos alternativos”, a lo que el presentador de NBC News, Chuck Todd, le respondió: "Los hechos alternativos no son hechos. Son falsedades". Y dicho periodista hizo énfasis en otra cosa más: si en su primera presentación ante la prensa, y acerca de un hecho en última instancia tan intrascendente, el nuevo gobierno era capaz de mentir de un modo tan flagrante y cínico, qué podría esperarles en el futuro. El equipo del expresidente Trump no reconocía estar mintiendo. Paras ellos la nueva versión de la verdad, construida a partir de sus propias percepciones, era tan válida como los conteos objetivos y las referencias históricas de las toma de posesión anteriores. La verdad era producto de la percepción y su validez se asentaba en el hecho simple de considerarla como tal. El Oxford English Dictionary asegura que la posverdad “denota circunstancias en las que los hechos objetivos influyen menos en la opinión pública que aquellos que apelan al emoción y a las creencias personales”. Quien ejerce la posverdad no asume estar mintiendo. De hecho se basa en una premisa muy simple, sostenida en la visión posmoderna que afirma que la verdad no existe, sólo versiones o interpretaciones de la realidad. Tras asumir como dogma esta declaración, no tiene más que conducir su relato hasta los límites donde las fronteras entre los hechos, las percepciones y lo que le gustaría que hubiese ocurrido se diluyen, y es ese territorio ambiguo el individuo se siente con la capacidad de construir una versión de los acontecimientos que reflejen aquello que desea expresar. La verdad ya no es sólo relativa a una perspectiva o un contexto, ya no es que se vea influida por la interioridad, los miedos, las creencias o los deseos de un individuo, sino que simple y llanamente es producto de la voluntad de quien la crea. La Posverdad se ajusta a las conveniencias de quien pretende imponerla y es inmune a cualquier evidencia empírica u objetiva si ésta contradice los prejuicios, ideología, visión del mundo o, incluso, apetencias u odios coyunturales de quien la defiende. Equivale a aceptar que vivimos en un mundo donde los hechos dejan de ser objetivos y se convierten en optativos, donde lo concreto se ajusta a la interpretación personal del momento y, aunque en principio parece cómodo y satisfactorio, a la larga nos obliga a vivir en un mundo incierto donde no hay referentes comunes a los cuales asirse. Antecedentes de la posverdad Desde el siglo XVIII, o incluso antes, comenzó a intuirse que el contenido de la psique ejerce una influencia importante sobre la percepción, la cognición y el comportamiento humano. La forma en que entendemos lo que nos rodea se vuelve determinante para manifestar una conducta, con lo cual comenzó a entrar en crisis la idea de que la realidad es sólo aquello que ocupa un lugar en el espacio-tiempo para comenzar a darle una cierta importancia a lo que sucede en la subjetividad. Freud lleva todo esto un paso más allá y diseña sus potentes teorías acerca del inconsciente y de ahí podríamos hacer un seguimiento de todo el desarrollo de la psicología del siglo XX. Sin embargo, quizá el más claro antecedente, tanto del posmodernismo como de su manifestación patológica que conocemos como posverdad, lo tengamos en el filósofo alemán Friedrich Nietzsche, quien en el siglo XIX aseguró que “no hay hechos, sino sólo interpretaciones”. La verdad dejó de ser algo objetivamente válido para todos y pasó, tras el abuso perverso de quien la lleva hasta la posverdad, a convertirse en una propiedad particular, donde la verdad es lo que yo interpreto como ocurrido sin importar datos, testimonios o referencias que lo desmientan. Quienes en su momento defendieron el Brexit no basaron su postura en los hechos, sino en la creencia inducida por quienes defendían esa narrativa, de que Inglaterra estaría mejor fuera de la Unión, aunque no hubiese ningún dato objetivo que lo probara esa hipótesis. Ken Wilber asegura que la generación Boomer, la inmediata posterior a la Segunda Guerra Mundial y primera posmoderna, educó a sus hijos, no tanto enfocados en defender la verdad, pues sabían que ésta era una construcción, sino centrados en enseñar y promover la autoestima. Sentirme validado es mucho más importante que prestar atención a los hechos. La autoestima enfocada así, asegura Wilber, no hace sino fomentar el narcisismo. Si bien puede considerársele a Donald Trump como el rey de la posverdad, lo cierto es que se trata de una práctica mucho más extendida y popular de que se supone. Este narcisismo del que habla Wilber se manifiesta de muchas formas. Quizá la más inocua sea la representada por la “cultura selfie”, donde la realidad directamente se retoca sin pudor para que la imagen personal se adapte, no a lo que veo, no a lo que es, sino a lo quisiera ver y es esa imagen “renovada” la que se muestra como verdadera. Las redes sociales se convierten entonces en cajas de resonancia para trasmitir posverdades complacientes y reconfortantes. Pero es cada vez más habitual, y mucho más dañino para la construcción de un mundo en común, participar en discusiones que terminan con frases como esta: “yo tengo mi verdad y tú tienes la tuya”. Ante esta forma de entender la realidad no sólo no consideramos necesario esforzarnos por encontrar puntos en común y buscar un acuerdo, ni siquiera nos interesa lo que el otro pretende decirnos con “su verdad” ni que parte de esa versión podría servirnos para ampliar o complementar la nuestra. Estamos tan identificados con nuestras creencias y es tan frecuente encontrar voces que confirman nuestra visión, que resulta muy difícil cuestionarlas. Como asegura Rutger Bregman en Utopía para realistas, se requiere ser tremendamente valiente para cambiar de opinión porque muchas veces implica rectificar nuestra comprensión de las cosas: “Cuando la realidad choca con nuestras convicciones más profundas, preferimos recalibrar la realidad que corregir nuestra visión del mundo. No sólo eso, nos volvemos aún más inflexibles que antes en nuestras creencias” (Bregman, Utopía para realistas, 2017, P. 217-218). Web: www.juancarlosaldir.com Instagram: jcaldir Twitter: @jcaldir Facebook: Juan Carlos Aldir

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