México: la lucha por la verdad, el bien, la unidad y la belleza o su destrucción

“Para que el mal triunfe solo se necesita que los hombres buenos no hagan nada”. –Edmund Burke

23 de mayo, 2024 México: la lucha por la verdad, el bien, la unidad y la belleza o su destrucción

Que nuestro país se nos ha descompuesto significativamente en varios rubros es un hecho contundente y claro. Entre la corrupción y la violencia desatadas, se hace difícil avanzar en todo lo demás. Vayamos más allá de los lugares comunes: Por corrupción se entiende la acción y efecto de destruir o alterar integralmente algo por putrefacción, dejándolo inoperante o inútil. Se relaciona con romper, que significa quebrar, hacer pedazos. La palabra violencia, por sus raíces etimológicas, significa abundancia de fuerza, pero es una fuerza destructiva, negativa, que impide el crecimiento o el desarrollo natural de lo existente: la violencia oprime, inhibe, obstruye, cancela, destruye y mata. En buena medida, pensando en términos teológicos -aunque tiendan a estar muy fuera de moda en el debate público-, la corrupción y la violencia, junto con la mentira, son el producto de la acción demoníaca. En nuestro México, hace muchos años que “los demonios andan sueltos”, con su estela destructiva sobre la verdad, el bien, la unidad y la belleza. Pienso que nuestra lucha trasciende en buena medida el ámbito de la política partidista y de las desgastantes disputas entre las personas aspirantes a puestos de elección y se eleva a ámbitos más elevados, propios de la estructura ética e incluso la calidad de nuestra vida espiritual como comunidad nacional.

Aclaro que muy lejos estoy de considerar algo semejante a que “todos los políticos son iguales” o que “todos mienten” o “todos son corruptísimos”. No es así, ni para los políticos ni para los ciudadanos comunes y corrientes. Es más, me queda muy claro que, tanto entre nuestra clase política como empresarial, de abogados, médicos, ingenieros, arquitectos, maestros, artesanos y ciudadanos en general, hay muchos casos dignos de admiración e imitación por su integridad ética, su calidad humana e incluso su sensibilidad espiritual. Y no dudo que sean mayoría muy superior en número a los mentirosos, corruptos, traidores, canallas y sinvergüenzas.  Sin embargo, la gente decente y honorable hoy no parece ser tan visible y activa en los distintos espacios de nuestra vida pública, pero hace mucha falta que se manifiesten y hagan notar. Será tal vez que la verdad y el bien tienden a ser discretos y respetuosos, en tanto que la mentira y el mal suelen ser escandalosos y violentos. 

Tal vez haya que acercarse a tratados y expertos en demonología para entender lo que nos pasa. (De hecho, no sorprende que la proliferación del culto a “la santa muerte” entre grupos delincuenciales se haya convertido en la ocurrencia de usar ese culto en propaganda electoral y, peor aún, los rumores cada vez más frecuentes de la práctica de ritos ocultistas en el centro político del país). 

Por lo pronto, estoy harto de ver y escuchar, una y otra vez, en debates políticos y mesas de opinión, en diversos medios y redes sociales, a personajes de la 4T que me parecen pequeños demonios -tan insignificantes como estridentes- mentir y mentir con desfachatez de sociópata; torcer la realidad como si ésta fuera irrelevante y manipular, chantajear y empujar al país a su propia destrucción con una mano en la cintura. Así son los demonios y eso hacen: son incapaces de decir la verdad (aunque en su fuero interno sí la reconocen), son habilísimos manipuladores y maestros del engaño, son crueles y harto insensibles al dolor ajeno; llenos de resentimiento, no pueden reconocer el bien realizado por aquellos a quienes consideran sus enemigos y a los que odian hasta el fondo de su alma; destruyen la unidad, generan división y adoran el conflicto. 

Aquí se hace pertinente una brevísima reflexión filosófica: En la base del pensamiento metafísico clásico, de Aristóteles y Santo Tomás de Aquino, se distingue entre el ser y el no ser. Para Aristóteles, el ser es el producto del orden inteligente que permea al cosmos. Para Santo Tomás, es el producto del amor de Dios, creador de todo cuanto existe. Para ambos, el ser tiene una serie de atributos fundamentales: el ser es necesariamente verdadero, bueno, bello y manifiesta unidad. Por esto es que a la verdad, la bondad, la belleza y la unidad, les llamaron los trascendentales del ser. Fuera de estos trascendentales, el ser deja de ser y, por extensión, se acaba la vida: el no ser, es nada (la negación absoluta de la verdad, la bondad, la unidad y la belleza).

Pues bien, lo que quiero decir es que, en cierto modo, éste es el trasfondo de nuestra actual disputa por la nación: Es una disputa entre el bien y el mal; la verdad y la mentira; la unidad y la división; la belleza y el horror. Entre poder ser o no, como personas tanto como nación libre y en desarrollo. Esta disputa aterriza en expresiones más coloquiales, pero certeras: Es una disputa entre un amplio ejercicio de libertades y el respeto a la pluralidad que garantiza vivir en democracia o su negación hacia un estado autoritario y represivo.  Una disputa entre una cultura orientada a la búsqueda de la verdad para realizar el mayor bien posible, apoyándose en lo mejor de la ciencia y la técnica versus una cultura en que la palabrería se usa para esconder la verdad, para mentir, y donde la ciencia y la técnica se sustituyen por la ideología del resentimiento. Una disputa entre la posibilidad de seguir avanzando unidos como compatriotas, en una unidad dinámica y abierta entre las distintas fuerzas políticas y las distintas formas de expresión de la ciudadanía y una visión cerrada, de pensamiento único que declara excluido a cualquiera que piense diferente. Una disputa entre un orden social que valora y promueve la vida, con alegría y esperanza versus otro en que se tolera la delincuencia con su larga estela de muertes, desapariciones, violencia y miedo permanente.  

Xóchitl Gálvez ha sabido plantear con gran claridad esta disputa entre vida, verdad y libertad versus muerte, mentiras y autoritarismo. No exagera. Lo mismo que los 250 intelectuales que en días pasados firmaron un manifiesto claro llamando a la ciudadanía a votar por Xóchitl ante la amenaza de la regresión autoritaria que viviríamos si entramos “al segundo piso de la 4T”: “Frente a la uniformidad gris y autoritaria del obradorismo apoyamos la pluralidad multicolor de la oposición. Por estas razones llamamos a votar por Xóchitl Gálvez”, dijo Roger Bartra al presentar este manifiesto ante los medios de comunicación. 

Hay que tenerlo claro: es esta grave amenaza incuestionable, que sólo los ciegos, los fanáticos o los muy ignorantes no quieren o no pueden ver, lo que ha llevado a esos tres partidos otrora antagónicos, el PAN, el PRI y el PRD a unirse en apoyo de esta candidata y la apuesta por la vía democrática para México. Tienen razón en estar unidos. Porque sólo en la unidad saldremos adelante. Lo mismo que en el luminoso camino de la verdad y del bien, que juntos hacen la belleza. México hoy nos demanda estatura moral y visión trascendente, lo mejor de nosotros. 

No está de más recordar aquella conocida frase de Edmund Burke: “Para que el mal triunfe solo se necesita que los hombres buenos no hagan nada”.  Una clara señal de esperanza la tuvimos con la impresionante manifestación de varios cientos de miles de ciudadanos libres, lo mejor de la sociedad mexicana, tan colorida y plural, en defensa de sus valores, en la que se veía ondear en armonía las banderas amarillas, rojas y azules de los tres partidos que apoyan la democracia, mientras otros ondeaban la bandera nacional -que no pudo ya secuestrar el Presidente-, casi todos con alguna prenda rosa y cantando al unísono el himno nacional. 

X: @Adrianrdech

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