Patrimonio

El concepto de patrimonio puede estar asociado con haber, con riqueza si lo equiparamos con valor. Hemos repasado innumerables veces la suma de bienes y servicios para adecuar el concepto de riqueza de una nación en el...

14 de junio, 2021

El concepto de patrimonio puede estar asociado con haber, con riqueza si lo equiparamos con valor. Hemos repasado innumerables veces la suma de bienes y servicios para adecuar el concepto de riqueza de una nación en el Producto Interno Bruto; hemos derivado de esa circunstancia análisis y observaciones que han trascendido fronteras en ese afán de medición con otras naciones, afán simple de superación y alcances que permiten graduar políticas públicas, participación activa y crecimiento. También, se espera calificación de agentes capacitados para opinar sobre el desenvolvimiento de las economías y ambiente propicio para la inversión.

Todo agente productivo acepta ese reto, el de la comparación; en el caso de las empresas naturalmente la comparación se traduce en competencia, competencia por territorio, por calidad, por precio y por eficiencia. En las empresas también se forma patrimonio. El concepto patrimonial puede recibir acepciones que van más allá de la simple adquisición de activos, existen intangibles que pueden significar un valor enorme en la marca o en el crédito comercial. La labor de años y el prestigio de un ente productivo acumulan valor. Desde luego no podemos olvidar que la suma de activos es una simple representación de valor, pero es preciso acudir a la parte exigible de pasivos y finalmente hacer una compensación con el capital aportado por accionistas para hacer una valuación correcta de un ente en funciones.

El dinamismo de un agente económico no permite en forma ligera una concepción de valor; la reinversión de utilidades, la perspectiva de nuevos mercados, la investigación y desarrollo añaden etapas de valor como todo agregado en la esfera económica. Esta marcha nunca se detiene, nunca deja de aportar al acumulado de valor y a la producción de efectivo. La dinámica del crecimiento aplica para países como para las empresas. Sin crecimiento no se explica la perspectiva de un horizonte futuro, simplemente no existe otra forma de nutrir el servicio público desde el punto de vista gubernamental y desde el punto de vista empresarial jamás se contemplaría una ampliación de mercado sin crecimiento y expansión de planes de negocio.

Veamos ahora al individuo. No difiere de un agente productivo porque en esencia lo es; en el individuo radica la creación, la idea, la razón de ser de la asociación y del trabajo. Asentamos esta premisa porque en fecha reciente, el presidente atacó toda concepción de superación individual; descartó en un intento de agrupación a una clase que juzga como media. En su primitiva óptica, todo afán de superación debe ser suprimido para aceptar un modo de vida que en su imaginaria jamás ha existido en la nación, noción que cancela la posibilidad de ascender en el ingreso, en el sustento legítimo de satisfactores y en el proveer mejora familiar.

Descartemos trayectorias de composición o descomposición sociales, por ahora; dejemos fuera la interpretación de un proceso electoral reciente en donde pudimos aventajar voluntades por encima de imposiciones, pero centremos nuestra observación sobre el fondo ideológico de una aseveración como la expresó el presidente. Por principio ético, en la dispensa de una gobernación, no deberían existir clasificaciones de ciudadanos. El simple hecho de mediar como un juez impertérrito, desde una tribuna que no trasciende en mensaje más que en la improvisación, misma que ha caracterizado esta transición de gobierno, redunda en el eco de la intransigencia y el enfrentamiento. Ostentar una representación no significa expresión de voluntades o sentimientos ajenos a la función de gobierno. 

El individuo y las colectividades tienen sus canales de expresión; las ampara la ley. El gobernante tiene la obligación de recoger estas expresiones e interpretarlas, pero por ningún motivo tiene el derecho de alterarlas o corregirlas. En ningún momento el mandato ciudadano faculta al gobernante para reducir la expresión de muchos a un orden de juicio y resolución como dictado. El presidente se equivoca y se equivoca mucho. En el tema de la individualidad, asume como cierta su concepción del ingreso y ese es su mayor equívoco.

En tres años de gestión, este equívoco que señalo como el más grave, irrumpe en el plano económico para introducir un sistema frágil y arcaico en la dádiva. La dádiva es un freno aspiracional porque el individuo se convierte en un receptor pasivo en la dinámica que debiera caracterizar el ingreso. Alejar el ingreso de las cadenas productivas ha creado un vacío en los agregados de la gran economía, ha deteriorado el poder de consumo en las manufacturas y finalmente ha desequilibrado los grandes conceptos de una economía que crece: el ahorro y la inversión.

En una sociedad dividida desde el discurso que suma  tres años, aflora un intento vano de sujeción de un segmento de la sociedad. Vano, por la interpretación temporal que adoptó un modelo regresivo de todo orden y disciplina económica para centralizar la dispersión de riqueza nacional. Vano, por la irrupción grosera en las arcas de una nación que asimilaba fondos de especialización y contingencia. El afán destructivo del acervo y reservas de décadas por un ahorro impresentable como política pública, ha deteriorado toda fase constructiva desde el planteamiento de la inversión y el prestigio de la nación. 

El presidente no debe interpretar su modelo fallido de dispersión como un suplente de las aspiraciones de todos y cada uno de los ciudadanos que tienen el derecho a soñar, a acumular si quieren, a construir un patrimonio, a gozar de las libertades que enmarca nuestra Carta Magna. Si el principio que enarbola el presidente en el juicio expresado y endosado a las clases medias, es interpretativo de una ideología, definitivamente se equivoca otra vez, pero esta vez se equivoca de país. 

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