Muchos se preguntan si la banca mexicana es totalmente ajena a las complejidades registradas recientemente en la banca internacional y en especial la estadounidense. La curiosidad da inicio desde luego porque la banca mexicana en realidad es multinacional. En el país se encuentra radicado capital de buena parte del orbe, desde España hasta Hong Kong o desde Bilbao-Vizcaya y Santander hasta HSBC, Hong Kong Shangai Banking Corporation. Pero la otra realidad es la adaptación o separación, podría ser más preciso, de la forma de hacer banca con reglas locales y ambientación de servicios que distan de sus orígenes. La natural referencia es la banca comercial, la tradición verdadera de la nación.
Cuando mencionamos banca comercial iniciamos el ciclo con la concepción de depósitos, custodia de valores, crédito en sus distintas acepciones y fideicomiso, por enumerar la tradicional función de banca. No podemos dejar de lado la tarjeta de crédito, una fuente exorbitante de ingreso de la banca comercial mexicana. Pero nuestra visión de la banca local es relativamente corta de la extensión que el término banca puede significar en otras latitudes. Un ejemplo de historia contemporánea de la versatilidad de la banca lo encontramos en Londres en 1974. En ese año, los países que exportaban petróleo en el oriente del globo, nueve para ser exactos, reunieron, como producto de una especie de cartel, 55 000 millones de dólares por regatear, para usar un término coloquial, el abasto del energético al mundo de occidente.
El cartel trascendió como OPEC por sus siglas en inglés, el regateo como embargo y la cantidad mencionada no podía despreciarse, de modo que no encontrando otro término para esos dólares creados fuera de la Reserva Federal norteamericana, se denominaron eurodólares. La sede, Londres, no es casual, dada la ausencia de Encaje Legal del Banco de Inglaterra. La banca inglesa no tenía el tamaño como plaza de depósito, de modo que hubo necesidad de recurrir a la inventiva de la banca internacional. Así, nacían los Consortium Banks o bancos de consorcio, significando esto, que se reunían cuatro o cinco grandes de la banca y creaban este concepto, también conocidos como Merchant Banks, concepto estrictamente derivado de la tradición británica.
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Origen, identidad y ruta
Una vez capitalizado el banco de consorcio, su función resultaba estrictamente participativa en el amplio mercado de eurodólares. A esta función, se le denominó mercado de “Takers,” que en estricto sentido significaba aportar a créditos repartidos en todo el orbe una porción originada de los depósitos de la OPEC para canalizarlos a una tasa más blanda que la Prime norteamericana. A esta tasa, LIBOR, londinense de origen, se canalizaron miles de operaciones en los cinco años de duración de este modelo.
Lo anterior se describe para destacar la versatilidad de adaptación de la banca internacional. Si las condiciones se dieron dentro de un material abundante como los eurodólares creados durante un “embargo” de un bien, las condiciones de abundancia también se dan en los valores. Pero primero debemos sentar una premisa que siempre se antoja cierta y tal vez de cuando en cuando merece repaso: el riesgo. La premisa consiste en que los bancos, si algo entienden y conocen es de riesgo. Ese es su negocio. Ahora bien, no todos entienden ese concepto y dentro de su esquema de crecimiento, exploran un tanto más allá de sus posibilidades de creación. Muchos se especializan, lo vimos recientemente con Silicon Valley Bank, un banco dedicado a la alta tecnología. Como nada se pelea con el éxito, un banco regional como Silicon, no estaba exento de una trayectoria envidiable de participación en niveles un tanto fuera de su alcance a nivel no solamente nacional, internacional también. Se insiste, un banco regional.
Aquí viene la parte interesante: la captación de recursos. Los mercados de capitales siempre apuntan en la dirección de la multiplicación del capital. Apuntaron hacia Silicon, sin duda. La postpandemia dictó una serie de reveses a los planteamientos del ahorro y la inversión. Los gobiernos fueron los primeros actores en los mercados, tratando de encadenar el abasto en franco descuido, con las primicias del valor agregado, protegiendo el consumo interno. El esfuerzo no fue vano pero insuficiente en los perecederos; se iniciaba una auténtica contraposición de demanda que sustituía duraderos por perecederos. Daba inicio el proceso inflacionario que hoy padecemos. También se iniciaba la otra contraposición, la de la demanda de liquidez.
Silicon es tan solo un ejemplo de captación involuntaria de éxito. No hubo malversación en su cartera, hubo simplemente duda en la manutención de los réditos una vez las elevadas tasas hicieron presencia. Con inversiones de plazo en bonos, se abría la brecha de la tasa recuperable y la que el inversionista reclamaba. Tres años atrás no hubiera sucedido; con otro esquema de cartera tampoco, quizá. Si hubiera existido diversificación mayor, los instrumentos existen en futuros, en fondos mutuos, “open-end y closed-end” para diferenciar redenciones, swaps e innumerables combinaciones para delimitar posibles retiros inesperados. Silicon pudo haber liquidado los dos billones que requería de su propia cartera, con pérdida, desde luego, pero sin trascendencia. No lo hizo, prefirió anunciar su necesidad a los mercados y encendió las alarmas.
La inventiva de creación de dinero jamás dejará de existir, pero las lecciones del 2008 en el mercado inmobiliario, que se antojaba un simple juego de activos, resultaron en una crisis que borró los activos de la faz de la tierra y los sepultó en un mar de papel irredento. La crisis actual no reúne las dimensiones del 2008, pero daña la confianza en la trayectoria del éxito que empaña visión cierta y sólida del mundo de los ganadores que retan el riesgo inminente de millones de conciencias más despiertas a la rendición inesperada de cuentas. Una somera revisión de los verdaderos activos, que no son sus inversiones, deberían hacerla los bancos, evaluando el verdadero activo y la inversión más redituable: la confianza. Viene el juego de los derivados, una ebullición de 200 billones. Lo comentaremos…
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