Entre 2019 y 2022, la estructura artefactual con la cual las naciones han enfrentado al coronavirus y sus variantes vivió dos momentos muy significativos en su secuencia histórica: el primero entre 2019 e inicios de 2021 caracterizado por la destrucción de la oferta y la demanda amortiguada por el cueste lo que cueste; y el segundo, desde finales de 2021 hasta el presente, singularizado por el acompañamiento a este último, de la inflación y de la estanflación.
La estanflación de hoy en día, no se desmiente en absoluto con el vicio conceptual de Janet Yellen y de Biden de refutarlo alegando que no hay tal cosa porque no hay desempleo. Vicio conceptual, porque es una consecuencia del troquelado de la Curva de Philips en el inconsciente de ambos personajes. Recordamos que tal Curva designa a la relación inversa entre inflación y desempleo como responsable fundamental de la inflación, pero no los precios formados por los empresarios o la cantidad de dinero en circulación. Vicio conceptual, porque la realidad actual de la emergencia sanitaria en nada permite otorgarle un rol secundario a los precios inflados por los empresarios, o a la cantidad de dinero en circulación emitida por el gobierno.
Como antecedente de la estanflación actual que acompaña categóricamente al cueste lo que cueste, las expectativas registraron tres fases. La primera, desde fines de 2019 hasta mediados de 2020, fue de los agoreros del colapso (permabears) a causa de la destrucción de la oferta y la demanda. La segunda desde fines de 2020 hasta finales del 2021, fue de los optimistas crónicos (permabulls) que pregonaron la recuperación en V para las economías competitivas; y la tercera, desde inicios del 2022 hasta el presente, cuando la sorpresa de los neoclásicos tuvo que confrontarse con la realidad del reconocimiento forzoso no solo de la inflación duradera, sino también de la recuperación estanflacionaria en el túnel del coronavirus, sus secuelas y variantes; la cual recicla al cueste lo que cueste.
El cueste lo que cueste de la crisis sanitaria se entabló en dos escenarios básicos, aunque no exclusivos. 1) Así sucedió en el eje del cueste lo que cueste consistente en la compensación indemnizatoria masiva de los más perjudicados por la peste, sean estos los Bancos, las empresas o las familias a fin de sostener a la demanda global. 2) Las bajas, casi nulas, tasas de interés de la política emisionista quantitative easing, las cuales abarataron al cueste lo que cueste.
Estamos entrando en una etapa artefactual donde los riesgos y las incertidumbres propios de la durabilidad del cueste lo que cueste conjugan a los estrangulamientos económicos con los políticos y con los sociales. La estanflación deteriora al poder de compra de los que tienen la suerte de conservar su trabajo; al mismo tiempo que la durabilidad del cueste lo que cueste sobredimensiona al gasto público y al endeudamiento del mismo género, montando un desfase de la política pública que minora al financiamiento de la salud colectiva, la educación o la seguridad social. Llovido sobre mojado: los conflictos geo económicos, la desarticulación de las cadenas de valor mundiales y el aumento del gasto militar, hacen que el cueste lo que cueste devenga muy perjudicial para el bien común de largo plazo, porque soluciona cada vez menos al fallo fundamental del mercado, tal cual es hacer crecer al PIB potencial.
La realidad mundial de la recuperación estanflacionaria demuestra que el cueste lo que cueste tiene la piel dura; por lo cual no nos aproximamos a ningún retorno a la normal, tal como vocean los comentaristas simpatizantes del modelo mental neoclásico más o menos afectados por los vicios conceptuales de la main current economic.
Aunque no invalidamos al cueste lo que cueste como respuesta urgente a la crisis sanitaria, recalcamos que esta variable crucial repercutirá en forma inédita en el corto y largo plazo del ciclo económico que se aproxima; planteando un desafío de gran envergadura para el pensamiento y la acción económicos.
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