El paciente que sale en la camilla dentro de una funda de lona negra completamente cerrada y al cual ya una ambulancia del forense espera en los estacionamientos del hospital. Llegó aquí por su propio pie y ya muy agotado hará cosa de un mes. Con escasos 22 años afirmaba que sus sueños eran muy vívidos y podían tener una duración de algunos meses, incluso los había experimentado de hasta dos largos años.
En su actividad cerebral, los neurólogos no habían encontrado nada inusual. Misterioso como es el cerebro, órgano distinto a los demás por su baja garantía en cuánto a certezas, había un hecho innegable: el joven tenía la apariencia de un hombre de más de 60 años y también los indicadores de los exámenes que se le practicaron. Afirmaba tener la percepción de haber vivido ya más de un siglo, sumando todos sus largos sueños acaecidos en, paradójicamente, noches comunes (al menos para el resto de la gente, de 12 horas cuándo máximo). Su familia pudo ser localizada y solo añadió a la información de su expediente el hecho de haber padecido episodios de cansancio y fuerte confusión, que a raíz de un evento así, salió de su casa y no se supo más de él hasta la llamada desde el nosocomio.
En su última noche, al entrar yo como enfermera a revisarlo en el primer turno, muy por la mañana, lo hallé para mi desagradable sorpresa con el rostro desfigurado. Me aseguró haber sufrido “hacía cosa de una semana”, un aparatoso accidente automovilístico. De inmediato y ante la gravedad de las lesiones de su cuerpo policontundido, entró a la sala de terapia intensiva, donde a la siguiente noche, es decir, hará unas cuatro horas ya, falleció a causa de un fallo multiorgánico, agravado por algo que afirmó uno de los médicos: su cuerpo funcionaba ya como el de una persona de al menos 80 años, no así cómo sus apenas 22 que en realidad tenía.
El diagnóstico del psiquiatra que ya daba seguimiento a su caso (y muy a pesar de los inexplicables y brutales golpes aparecidos, aparentemente, de la nada), resultaba ser harto trillado y simplón, casi el de casi un lugar común: esquizofrenia.
Escribir y leer para ser | Colaboración de María del Carmen Maqueo
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