Sueños de largo alcance

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5 de octubre, 2022

El paciente que sale en la camilla dentro de una funda de lona negra completamente cerrada y al cual ya una ambulancia del forense espera en los estacionamientos del hospital. Llegó aquí por su propio pie y ya muy agotado hará cosa de un mes. Con  escasos 22 años afirmaba que sus sueños eran muy vívidos y podían tener una duración de algunos meses, incluso los había experimentado de hasta dos largos años. 

En su actividad cerebral, los neurólogos no habían encontrado nada inusual. Misterioso como es el cerebro, órgano distinto a los demás por su baja garantía en cuánto a certezas, había un hecho innegable: el joven tenía la apariencia de un hombre de más de 60 años y también los indicadores de los exámenes que se le practicaron. Afirmaba tener la percepción de haber vivido ya más de un siglo, sumando todos sus largos sueños acaecidos en, paradójicamente, noches comunes (al menos para el resto de la gente, de 12 horas cuándo máximo). Su familia pudo ser localizada y solo añadió a la información de su expediente el hecho de haber padecido episodios de cansancio y fuerte confusión, que a raíz de un evento así, salió de su casa y no se supo más de él hasta la llamada desde el nosocomio. 

En su última noche, al entrar yo como enfermera a revisarlo en el primer turno, muy por la mañana, lo hallé para mi desagradable sorpresa con el rostro desfigurado. Me aseguró haber sufrido “hacía cosa de una semana”, un aparatoso accidente automovilístico. De inmediato y ante la gravedad de las lesiones de su cuerpo policontundido, entró a la sala de terapia intensiva, donde a la siguiente noche, es decir, hará unas cuatro horas ya, falleció a causa de un fallo multiorgánico, agravado por algo que afirmó uno de los médicos: su cuerpo funcionaba ya como el de una persona de al menos 80 años, no así cómo sus apenas 22 que en realidad tenía.

El diagnóstico del psiquiatra que ya daba seguimiento a su caso (y muy a pesar de los inexplicables y brutales golpes aparecidos, aparentemente, de la nada), resultaba ser harto trillado y simplón, casi el de casi un lugar común: esquizofrenia. 

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El Incorruptible se encuentra frente a frente con La Doncella, siempre imparcial, que no rechaza a nadie; la misma que terminó con la vida de la archiduquesa austriaca y su esposo, el último monarca absoluto de Francia. Muertes que se ciernen sobre sus hombros, formando una pesada loza, como tantas otras. Los gritos que hacía no mucho Maximilien había utilizado a su favor para clamar por la cabeza de nobles y burgueses mientras los acusa de empobrecer a la gente y provocar hambrunas, ahora claman por la suya.   Pero existe un problema.  Los vendajes de lino, repletos de coágulos y sudor, impiden que su cabeza y cuello se acomoden adecuadamente en el cepo de la guillotina, por lo que el verdugo, de nombre Charles-Henri Sanson, los arranca con un fuerte tirón. 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Todo tiempo es relativo y ahora pareciera demasiado largo, casi eterno; sólo el golpe seco de la afilada cuchilla logra poner fin a aquel bestial aullido, cuyo eco continúa resonando mientras Sansón levanta la cabeza cercenada y la muestra a la muchedumbre.  Ni uno solo de los asistentes pudo evitar estremecerse aquel día y, si se les preguntara qué era aquello que sentían durante la ejecución (o quizás, durante todos y cada uno de los años que duró el Régimen) su respuesta no pudo ser otra más que una sola palabra: terror.  Lo que sobreviene, como suele pasar cuando el peligro y la tensión han cesado, serán días de festejos y aplausos que sólo aminorarán cuando el cuerpo de Maximilien François es depositado varios metros bajo tierra, en una fosa común en Errancis. " ["post_title"]=> string(9) "El Terror" ["post_excerpt"]=> string(190) "La nación se había resquebrajado durante los últimos años en la búsqueda de una utopía que, como ha sucedido innumerables veces en la historia, fue transformándose en una pesadilla. 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El Terror

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