¿Qué hubiera pasado si…?

La ucronía es un ejercicio de imaginación que plantea alternativas a hechos históricos. A continuación César Callejas ofrece un listado de algunas de las ucronías más destacadas de la Literatura.

15 de diciembre, 2021 ¿Qué hubiera pasado si…?

La ucrania es uno de mis géneros narrativos favoritos. Parte de la idea de que algo no sea como ya sucedió. Revancha de perdedores, refugio de los tristes y esperanzados, es una manera de crear el mundo desde la íntima concepción de que algo podría haber sido diferente. A reserva de nunca poder ser exhaustivo y quedarnos siempre a medias como sucede con todas las listas, este podría ser un primer repertorio de ucronías que haría falta leer. Algunas no han sido traducidas al español, pues salvo los casos de la Guerra Civil española y las dictaduras sudamericanas, los iberoamericanos no somos muy adeptos al género, tal vez por nuestra excesiva pasión reverencias por el pasado o por nuestra tendencia al determinismo.

Comencemos por los más difíciles de clasificar. Sobre la sobrevivencia de los dinosaurios, Al oeste del Edén, de Harry Harrison por ejemplo o de Adolfo Bioy Casares La trama celeste, un cuento de suspenso e intriga que juega con los universos paralelos que  termina con la victoria de Cartago sobre Roma; entre las inclasificables también se encuentra una peculiar trilogía, The Neanderthal Parallax  de Robert J. Sawyer, en la que los neandertales vencen a los homo sapiens como especie homínida dominante en la tierra.

Algunas más cuestionan los fundamentos de la civilización occidental, tal como hoy la conocemos. Un ejemplo son aquellas que suponen la derrota del cristianismo como religión y modelo ético dominante, tal es el caso de Roma eterna, de Robert Silverberg, o  Tiempos de arroz y sal de Kim Stanley Robinson, en donde la peste negra acaba con los cristianos en Europa y el mundo queda en manos de budistas y musulmanes. En el mismo sentido se dirigen las ucronías que se desplazan hacia un pasado lejano que, desde luego, implica cambios más profundos en la geopolítica y aún en la concepción del mundo, así, digamos, el triunfo de la Armada Invencible frente Inglaterra y la conducente hispanización del mundo como en Pavana, de Keith Roberts y Britania conquistada, de Harry Turtledove, o un extraño caso de autocomplacencia histórica: La victoria de la Grande Armée de Valéry Giscard d’Estaing, que narra el triunfo Napoleón sobre el Imperio Ruso.

La Conquista de América también es punto de reflexión. En tal sentido dentro de las ucronías; en su colección La danza del tiempo, Igor Baranko supone el descubrimiento de Europa por los pueblos originarios de América, tema que toca también en  la trilogía Crónicas de la Serpiente Emplumada, Edgardo Civallero.

La ucronía ha sido también fértil en los terrenos de la ciencia ficción donde aprovecha los recursos de dicho género para suponer adelantos imprevistos o condiciones materiales que aceleran procesos históricos y cambios sociales imprevistos; entre ellas, La máquina diferencial, de William Gibson en la que supone que Charles Babbage logra construir su máquina y acelera la aparición de la informática cien años antes o Antihielo de Stephen Baxter que propone el descubrimiento de una fuente inagotable de energía.

Desde luego, la suposición de una derrota aliada en la Segunda Guerra Mundial ha sido uno de los temas más prolíficos en materia de ucronías. Rescataríamos Hitler victorioso, de Gregory Benford o la magnífica El hombre en el castillo de Philip K. Dick y la muy significativa Patria, de Robert Harris, donde uno de los protagonistas es Joseph Kennedy, convertido en presidente de los Estados Unidos con tendencias pro nazis en visita oficial a su amigo Adolf Hitler.

También la Guerra civil española y la victoria republicana han sido fuente de importantes ucronías y de hecho forman el cuerpo central de dicho género en nuestra lengua. A propósito de ello, destacan El coleccionista de sellos, de César Mallorquí y En el día de hoy, de Jesús Torbado cuyo título evoca el último parte de guerra con el que la historiografía española considera iniciada la dictadura de Franco y  Els ambaixadors de Albert Villaró; novela curiosa e interesante es La Colomina 36 de Nicolás Bardio, sobre el triunfo de la rebelión minera en Asturias y la posterior incorporación de España a la Unión Soviética; no hay que olvidar la excelente recopilación de cuentos ucrónicos sobre el tema Franco, una historia alternativa, reunidos por Julián Díez.

Desde luego hay que tener en cuenta una novela española que se inserta en los cambios geopolíticos y que no se refiere a la insurrección franquista, esta es Fuego sobre San Juan, de Pedro A. García Bilbao y Javier Sánchez-Reyes, que narra la victoria española sobre los Estados Unidos en la guerra del 98, lo que implica cambios en el desarrollo posterior de la historia en todo el hemisferio.

En cuanto a Latinoamérica, México es escaso en su producción, pero las dictaduras sudamericanas han generado algunos títulos notables. SYNCO, de Jorge Baradit, imagina a un Pinochet fiel a la institucionalidad e incondicional de Salvador Allende y la creación de un estado cibernético; Atentado Final, de Fernando Sáez, donde propone la muerte del dictador en el atentado que sufriera en 1986 y que desata una guerra interna dentro del régimen; tema similar resulta en Frente a la Derrota, de Álvaro Delgado en la que Pinochet desconoce los resultados del Plebiscito Nacional de 1988 en el que triunfa el NO a la dictadura. Caso peculiar en el que se habla de la dictadura sin hablar de ella es República Nazi de Chile, de Carlos Basso, en la que el autor imagina el triunfo del Tercer Reich y la creación de un Estado nazi en la república sudamericana.

Por su parte, Dalmiro Sáenz hace lo propio desde la óptica argentina mediante dos novelas en torno al retorno a la democracia luego de las dictaduras militares: El día que mataron a Alfonsín y El día que mataron a Cafiero.

Otra temática propia de las ucronías surge de la suposición de que algunos personajes hubieran sobrevivido a sus muertes y con ello implicar cambios dentro de sus contextos más o menos limitados,  de tal suerte El Cuarto Disparo de Javier Lacomba Tamarit, que supone las sobrevivencia de John Fitzgerald Kennedy y la muerte de Jacqueline en el atentado de Dallas; o bien Máquinas como yo de excelente factura escrita por  Ian McEwan, donde Alan Turing no se suicida y vive hasta la década de los años de 1980 cuando el Reino Unido pierde la Guerra de las Malvinas.

Mención aparte merece, por su tratamiento y por su autor,  Ada o el ardor de Vladimir Nabokov, su novela más extensa y de las primeras escritas en inglés,  en la que supone como telón de fondo unos Estados Unidos conquistados por la Rusia Zarista, donde la electricidad está prohibida y sobre el que se desarrolla un amor incestuoso entre hermanos. Esta novela sui generis podríamos considerarla una especie de ucronía melancólica.

Por último, la situación contemporánea ha abierto la puerta a lo que podríamos llamar las ucronías apocalípticas que se relacionan con las distopías del mismo estilo, de entre ellas es ejemplar La guerra de las Amazonias, de E. Sebastian, una batalla internacional por el control de la cuenca del Amazonas; o bien la novela ilustrada Watchmen, de Alan Moore y Dave Gibbons, donde se ofrece una dictadura de treinta años liderada por Richar Nixon que ha triunfado en Vietnam y que goza de la ayuda de un superhéroe que enfrenta a sus pares considerados ilegales por la dictadura. Las llagas de la Tierra, de Greg K. Martin, ofrece un mundo devastado por la tercera guerra mundial derivada del conflicto entre Occidente y el mundo islámico y Sumisión de Michel Houellebecq presenta una guerra civil en Francia ante el triunfo electoral de las minorías islámicas.

@Cesarbc70

 

Comentarios
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Párrafos después, concluí que era más bien un reclamo sobre mi propia relación con Hemingway lo que estaba clamando por una aclaración. En la novela, un admirador se decepciona por los reveses en la vida de su ídolo literario, que lo llevan a una especie de rencor profundo. Es cierto, Hemingway para muchos no era del todo trigo limpio: demasiadas deslealtades, enfrentamientos, muchos lados obscuros; pero todo ello al servicio de una vocación que había dado resultados inefables. Lo que admiro en el autor de Por quien doblan las campanas no es su ética ni su moralidad, pero sí su entrega a la vida, esa necesidad de vivir hasta el fondo, a tope como se diría y todo para nutrir la tinta de su máquina de escribir y con ello dejar un legado universal. Su vida atormentada que se acaba cuando ya no puede seguir escribiendo es la acumulación de sus consecuencias, pero son sus consecuencias y las asume como siempre lo hizo, con valor y con entereza. Todo habría parado ahí si no hubiera coincidido con el alud de noticias sobre reformas y contrarreformas, precandidatos, independientes, falsos independientes, cachirules y toda la zoología electoral que ya amenazan con ofrecernos sus más suculentas viandas. Entonces me quedé pensando qué es lo que queremos o qué es lo que necesitamos para la próxima elección, todavía lejana pero cada vez más presente, cuál sería nuestro criterio para votar. Se me vino a la mente la imagen de un candidato a lo Hemingway, digamos, un candidato que no tenga que brillar por su impoluta y caballeresca imagen, sino por su vocación, alguien para quien la política y el liderazgo dieran sentido a su vida y estuviera dispuesto a sacrificar mucho, pero mucho, en el logro de ese empeño. En la raíz de la decepción de los ciudadanos respecto de la democracia y de los partidos políticos está la falta de vocación de nuestra clase política que se acostumbró, a lo largo de décadas -no solo de hegemonía sino también de transición- a un espacio de comodidad en la que valía la pena apostar algo, pero no todo, no dejarse la vida en el servicio, sino servirse de las vidas ajenas. Pienso así, que un modelo de servidor público se explica por su capacidad de entregarse a la tarea que ha buscado y que se le ha encomendado; que su vida profesional se encuentre llena de episodios de ese servicio por los demás. No me atrevería a señalar a alguno, si los partidos o los independientes tienen a alguien así, son ellos quienes deben señalarlos. Lo que necesitamos no es un santo sonriente que nos jure pureza, sino un líder competente que esté dispuesto a jugársela con sus ciudadanos. Había sido un ingrato con Hemingway: nunca había escrito nada sobre él. 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Una cosa es que te critiquen, y otra es que lo hagan dejándote en ridículo. Eso duele más que una mentada de madre franca y directa. La risa puede más que los insultos. ¿Recuerda usted El nombre de la rosa de Umberto Ecco? Uno de los personajes, el anciano fraile Jorge de Burgos, sostiene que la risa es diabólica, que denota ligereza, frivolidad y hasta lascivia. Según él, Cristo nunca rió –no sé si esto sea verdad, pero ahora que reparo en ello, no recuerdo ningún Cristo en la iconografía occidental que aparezca riendo–. ¿A qué viene la comparación? A que los movimientos populistas a veces adoptan las formas y suscitan las devociones propias de los credos religiosos. El film estadounidense Don’t look up (No mires arriba, 2021) es una sátira divertidísima y perversamente eficaz. Los realizadores explican que el cometa que destruirá la tierra en el plot es una metáfora del cambio climático. ¿Qué se va a hacer ante la inminente destrucción del mundo? La película critica la inacción y frivolidad de los tres grandes poderes: el político, el mediático y el económico. Estos tres poderes constituyen una“idiocracia”, o gobierno de los idiotas (government of idiots). Es claro que existe una inercia mundial que está colocando a populistas autoritarios en los gobiernos de muchas naciones. El caso más dramático es Trump. Todo populismo autoritario desprecia la ciencia. Los Trump aparecen en este film representados por la presidente Janie Orlean (Maryl Streep) y su frívolo y casi idiota hijo, Jason Orlean (Jonah Hill), jefe del gabinete. A los populistas les da por asignar en puestos técnicos a personas que no son idóneas, y ese es el caso de la directora de la NASA, que no es una astrónoma. Los Trump/Orlean son incapaces de entender la gravedad de la situación y muestran que el gobierno de los Estados Unidos está en manos de idiócratas: la presidente Orlean está más preocupada por las elecciones intermedias y por la designación de un antiguo amante como ministro de la Suprema Corte, que por la inminente destrucción del planeta. El poder mediático está personificado por Brie Evantie, presentadora de uno de los programas más importantes de la televisión estadounidense. El papel es magníficamente interpretado por Cate Blanchet. El poder político tiene su equivalente mediático, es decir, también el poder mediático está en manos de personas frívolas y casi idiotas (el co-host del programa es prueba de ello). Lo único que les importa es el rating y las interacciones en redes sociales. Igual que los Trump/Orlean, los presentadores de este show –que representan a Fox News– no tienen la capacidad de entender la gravedad de la situación. Y el público televidente tampoco, porque está más interesado en el “científico más sexy”, que es Leonardo DiCaprio en el papel del Dr. Mendy, o en el ataque histérico “al aire” de Kate Dibiasky (Jennifer Lawrence), que es la astrónoma que descubrió el cometa, o en la ruptura y reconciliación de dos estrellas del pop. Brie Evantie tiene más interés en llevar al Dr. Mendy a la cama, cosa que consigue, que en la extinción de la humanidad. El poder económico está representado por Peter Isherwell, billonario dueño de la omnipresente empresa de tecnología BASH. Lo único que le interesa es tener más dinero y más poder. Una vez que se lanza la misión para desviar la ruta del cometa, Ihserwell la detiene. Tiene el poder para eso y más, pues se puede decir que Janie Orlean le debe la presidencia por todo el dinero que le ha dado y le sigue dando. Ihserwell descubre que el cometa contiene una riqueza incalculable de los minerales que necesitan sus productos tecnológicos. 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Don’t look up también es una sátira a los seguidores de los populistas, y por esta razón, muchos que se sienten identificados con ellos en el film experimentan una cierta incomodidad. A medida que se va haciendo más claro el acercamiento del cometa, los Trump/Orlean no dudan en politizar y dividir. Dice la presidente Orlean que no deben mirar hacia arriba (don’t look up), que los malos quieren que miren arriba para que ellos, los buenos, tengan miedo. Y entonces los seguidores, parodia brutal de los simpatizantes de Trump, comienzan a comportarse como energúmenos coreando en todo el país la consigna “Don’t look up” (no mires arriba) y a negar que siquiera exista el tal cometa. Es la sátira del populismo a nivel de base, es decir, la crítica vertida sobre los seguidores; las referencias a los rallies de Trump son evidentes. Finalmente, el plan de Isherwell para fragmentar el cometa en lugar de destruirlo, fracasa. La extinción de la vida en la Tierra llega. 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Entre los premios había un libro pequeño que podía haber pasado desapercibido entre los otros más fastuosos, con ilustraciones y empastados, que sin duda le robaban cámara; se trataba de un pequeño libro, sencillo, editado en rústica con una portada dibujada con no mucho arte: era una pequeña novela llamada El viejo y el mar. Hasta entonces mis lecturas habían sido inocentes, si se quiere, pero aquel pequeño volumen me enviaría a mi primer encuentro con la literatura de verdad. No recuerdo sino algunos títulos y de lo que decían nada, pero no puedo olvidar cómo, a la vuelta de tres párrafos, Hemingway decía “todo en él era viejo, salvo sus ojos; y estos tenían el color mismo del mar y eran alegres e invictos…”. De alguna manera, había sellado mi pacto con la lectura. A lo largo de los años, los encuentros con Hemingway se fueron acumulando. 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Párrafos después, concluí que era más bien un reclamo sobre mi propia relación con Hemingway lo que estaba clamando por una aclaración. En la novela, un admirador se decepciona por los reveses en la vida de su ídolo literario, que lo llevan a una especie de rencor profundo. Es cierto, Hemingway para muchos no era del todo trigo limpio: demasiadas deslealtades, enfrentamientos, muchos lados obscuros; pero todo ello al servicio de una vocación que había dado resultados inefables. Lo que admiro en el autor de Por quien doblan las campanas no es su ética ni su moralidad, pero sí su entrega a la vida, esa necesidad de vivir hasta el fondo, a tope como se diría y todo para nutrir la tinta de su máquina de escribir y con ello dejar un legado universal. Su vida atormentada que se acaba cuando ya no puede seguir escribiendo es la acumulación de sus consecuencias, pero son sus consecuencias y las asume como siempre lo hizo, con valor y con entereza. Todo habría parado ahí si no hubiera coincidido con el alud de noticias sobre reformas y contrarreformas, precandidatos, independientes, falsos independientes, cachirules y toda la zoología electoral que ya amenazan con ofrecernos sus más suculentas viandas. Entonces me quedé pensando qué es lo que queremos o qué es lo que necesitamos para la próxima elección, todavía lejana pero cada vez más presente, cuál sería nuestro criterio para votar. Se me vino a la mente la imagen de un candidato a lo Hemingway, digamos, un candidato que no tenga que brillar por su impoluta y caballeresca imagen, sino por su vocación, alguien para quien la política y el liderazgo dieran sentido a su vida y estuviera dispuesto a sacrificar mucho, pero mucho, en el logro de ese empeño. En la raíz de la decepción de los ciudadanos respecto de la democracia y de los partidos políticos está la falta de vocación de nuestra clase política que se acostumbró, a lo largo de décadas -no solo de hegemonía sino también de transición- a un espacio de comodidad en la que valía la pena apostar algo, pero no todo, no dejarse la vida en el servicio, sino servirse de las vidas ajenas. Pienso así, que un modelo de servidor público se explica por su capacidad de entregarse a la tarea que ha buscado y que se le ha encomendado; que su vida profesional se encuentre llena de episodios de ese servicio por los demás. No me atrevería a señalar a alguno, si los partidos o los independientes tienen a alguien así, son ellos quienes deben señalarlos. Lo que necesitamos no es un santo sonriente que nos jure pureza, sino un líder competente que esté dispuesto a jugársela con sus ciudadanos. Había sido un ingrato con Hemingway: nunca había escrito nada sobre él. 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Mi ingratitud con Hemingway

Ernest Hemingway se caracterizó por la intensidad y compromiso en que conjuntó su vida y vocación literaria. ¿Habrá acaso servidores públicos dispuestos...

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