¿Qué hay detrás de una mirada?

La mirada habla a lo largo de la vida, expresa todas las emociones del ser y va cambiando a lo largo de los años. 

20 de diciembre, 2021

Al nacer, la mirada tiene la chispa de la admiración por todo lo que ve. Busca cosas nuevas y se maravilla descubriendo el mundo, con ese destello característico de la inocencia. Llega la niñez y la mirada amplía su catálogo de emociones. Transmite alegría, esa que se dispara al ver un juguete nuevo o la llegada de los padres al recogerlos en la escuela; también el miedo se refleja con esa tensa expresión cuando se presenta lo inexplicable para su edad o al sentirse inseguro ante situaciones extremas.

 La adolescencia, en cambio, refleja una mirada más firme y retadora, que no se sorprende ante cualquier cosa: el carácter se va forjando. Pierde el miedo de lo inexplicable y en vez de retirarse, lo reta enfrentándolo de manera inconsciente tratando de probarse a sí mismo. Se doblega y se encanta ante la belleza y sensualidad del ser amado.

 La mirada del adulto es firme y penetrante, sabe a dónde va. Ahora es más calculadora, ya ha recorrido experiencias y aventuras. Observa antes de actuar, mide las circunstancias sin caer en la emoción del momento. A veces, si le conviene, la mirada es seductora y encantadora, siempre buscando lograr su objetivo.  Es una mirada que puede manipularse para alcanzar objetivos. No se intimida, pero es precavida por prudencia o por conveniencia.     

El tiempo no perdona, dicen que es cíclico, tal vez… pero lo que sí es real es la mirada del viejo, esa que dejó la chispa del asombro hace muchos años, la que ya no reta porque no tiene la misma virilidad, la que no se sorprende y dejó de seducir; ahora es esa mirada que perdona, aquella que mira con entendimiento y compasión, que vuelve a la inocencia, pero con toda la experiencia de los años que pasaron por esos ojos esa mirada tierna que solo pide la tranquilidad del tiempo y espera el momento del adiós.

Así es la mirada: expresiva, habla sin decir palabra. Hay quien puede leer, entre emociones y miradas, la vida de una persona. Cuando logras leer los ojos, podrás entender mejor al ser humano. En los ojos se refleja toda la dicha, tristeza o maldad de las personas, pero además entenderás por qué actúan de tal o cual manera; sabrás que el corazón y la mente hablan a través de la mirada de los individuos. Su boca puede callar, pero sus ojos siempre lo delataran.

 Hay miradas que imponen transmiten respeto y seguridad; otras dan confianza, te invitan a platicar en privado de tus secretos y sentimientos más profundos; algunas son temerarias, las sientes y no las quieres enfrentar porque la pesadez de su aspecto penetrante intimidan y provocan miedo;  también las hay seductoras, esas que enamoran con un solo parpadeo, las que encantan, las que invitan a la intimidad, esa que cuando las descubres oprimen el corazón y dilatan las pupilas, enrojecen las mejillas y te hacen soñar, esas que encantan a quien las ve como un hechizo de amor.

 Así son los ojos silenciosos, pero a la vez muy platicadores de sentimientos y emociones, amores y desamores.

 ¿Has visto en el espejo qué dicen tus ojos?

“ESTA ES LA NATURALEZA DE MI SER”.

 

Comentarios
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El mismo derecho es ejemplo paradigmático de la importancia que acarrea una correcta interpretación de la realidad:  El derecho es un concepto interpretativo. Los jueces deberían decidir qué es el derecho al interpretar la práctica de otros jueces cuando deciden qué es el derecho. […] La actitud del derecho es constructiva: su objetivo, en el espíritu interpretativo, es colocar el principio por encima de la práctica para demostrar el mejor camino hacia un futuro mejor, cumpliendo con el pasado2.   De esta manera, pienso que la gran maestría de Saramago en esta novela es, precisamente, demostrar el rol central que desempeña nuestra capacidad interpretativa para descifrar nuestra realidad. Los hechos históricos, los actos públicos, las voluntades privadas, las leyes y políticas implementadas, son símbolos que constantemente estamos interpretando. 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Mi ingratitud con Hemingway

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