Nuestra casa: nuestro caracol

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4 de mayo, 2021

Podríamos decir que el corazón del mundo es la casa. Ese órgano que palpita para darnos vida desde el primer momento de la existencia hasta el último.  Tradicionalmente ha sido la mujer quien se hace cargo de dicho espacio, aunque en la posmodernidad, y más aún la pandemia, se han modificado las funciones de los habitantes del hogar. Se rebelan frente a los roles tradicionales, y no es extraño ver a papá lavando los trastes o cambiando pañales. Como pediatra tengo muy presente esa transición: cuando comencé a estudiar la especialidad, a principios de los años 80 del siglo pasado, los niños eran llevados a consulta por la mamá o la abuela, o ambas.  En el poco frecuente caso de ir ambos padres, la mamá cargaba al niño, la pañalera y cualquier otra prenda que tuviera relación con el crío. No veíamos en los corredores de la consulta o en las salas de hospitalización una participación de papá. Afortunadamente esto ha cambiado.

Volviendo a la casa, es dentro de ella donde comienzan a escribirse las biografías de cada uno de nosotros: la construcción, el mobiliario, las costumbres. Los olores, los sabores y los sinsabores de esos primeros años dejan una impronta en cada uno de nosotros que habremos de llevar como parte de nuestro ser por los años restantes. En la memoria quedan,  además, los recuerdos de fotografías, pinturas, libros de recetas, discos, todos aquellos objetos simbólicos que conectan nuestro presente con la historia de las generaciones que nos precedieron. No en vano se considera que quitar la casa de la abuela constituye todo un duelo, porque es llevar con cada elemento que se saca de ella, un pedazo de nuestra propia infancia.

La presencia de lo femenino en la casa bien puede representar una doble cara, como la ha descrito Carlos Fuentes en su novela corta Aura, o Julio Cortázar en “Casa tomada”.  Esa fuerza asociada a los aposentos y que llega a controlar los destinos de quien los habita o los visita, en función del poder de la figura femenina, eje en torno al cual todo ese universo doméstico gira.  Amparo Dávila en su cuento “El huésped” narra el poder que llega a tener la mujer dentro de la casa, en las habitaciones, los corredores y en el jardín exterior. Por otro lado, su menos conocido cuento “La señorita Julia” nos presenta la fractura de ese mundo narrativo en el que una mujer de mediados del siglo pasado alcanzaba a forjarse un universo propio, cómodo y enriquecedor, dentro de las cuatro paredes del hogar. Universo que para la protagonista de este cuento provoca un conflicto a partir de la presencia de lo que ella percibe como criaturas extrañas que le roban la calma. Una situación de terror que no se atreve a compartir ni con su propia familia, temerosa de qué irán a pensar de ella, amante del orden dentro del hogar.

La casa viene a ser la representación de nosotros mismos que llevamos por el mundo.  Nos significa historia familiar, desarrollo de nuestras primeras emociones y espacio de los descubrimientos que nos llevaron a decidir nuestro destino. En algún momento es una tonada, un olor o la vista de algo, lo que nos remite hasta aquellos tiempos que llevamos archivados entre dos sinapsis neuronales, y que por magia o por milagro, se conectan para transportarnos y volver a vivir.

Si tenemos el tiempo y la paciencia de hacer listas, como sugiere Gonzalo Celorio, comencemos a escribir en una libreta los recuerdos más cálidos de nuestros primeros años. Momentos, celebraciones, epifanías…Hagamos listas de las experiencias que han influido en lo que somos, ya sea de forma positiva o negativa. Tengamos a la mano esa libreta con nuestras listas que, con el tiempo, lejos de agotarse irán aumentando. Más adelante hagamos una segunda parte, las listas de lo que les hemos dado o dejado de dar a nuestros hijos. Los momentos mágicos que hemos compartido con ellos; los juegos y las experiencias; los cantos y los cuentos. Una tarde cualquiera invitémoslos a platicar qué recuerdos tienen, ampliemos con detalles que quizá ellos no tengan muy presentes, y comencemos a aquilatar cuánto les hemos dado y cuánto nos falta por entregarles de nuestro tiempo y nuestras propias historias. Nunca es tarde para comenzar a crear memorias compartidas; espacios mágicos que, como el caracol de Federico García Lorca, representan la casa que llevamos con nosotros cada día, según nos revela su poema infantil:

Caracol, estate quieto. Donde tú estés estará el centro.




La piedra sobre el agua y el grito en el viento

forman las imágenes puras de tu ensueño.

 

 

Comentarios
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Ya desde muy joven sentí atracción por aquellas canciones que denunciaban la realidad, me cautivaron la voz de Miriam Makeba en Sudáfrica, la de Melina Mercouri en Grecia, de Moustaki en Francia, las de la lucha por los derechos civiles en el sur de Estados Unidos y en mi propia en Latinoamérica Inti-Illimani o los Folcloristas, cuya música señalábamos con la nebulosa expresión: música de protesta;  después la nueva trova, Silvio y Pablo; todo aquello que en una larga y hermosa evolución en todo el continente llegó a tocar las puertas de la Ciudad de México con Fernando Delgadillo y su canción informal. Víctor Jara y Violeta Parra me enseñaron la grandeza de nuestro continente por su resistencia contra la opresión y la dictadura, en México Oscar Chávez se burlaba de la casita del Pedregal y me daba entender que el mundo no estaba bien por más que pareciera y por más que las apariencias dijeron otra cosa. Hace unos días, en un servicio de streaming, pude ver una película que trataba sobre los últimos días de Billie Holliday, en particular sobre su relación con la canción Strange Fruit,  aquel poema que un miembro del Partido Comunista de los Estados Unidos, Abel Meeropol, escribió para hablar de los linchamientos en el sur profundo de los Estados Unidos; el mismo que adoptó y crió a los hijos de los Rosenberg.   La crítica denominó a Strange Fruit la canción del siglo y si bien este tipo de etiquetas nunca hacen justicia ni a todas las canciones ni a todas las circunstancias, deja en claro la profunda marca que dejaron en la conciencia colectiva de estadounidenses de todas las etnias, de latinoamericanos y ciudadanos de todo el mundo, una canción y un poema hermosos y al mismo tiempo brutales; cito un poco de memoria para recrear la emoción que tuve hace tantos años la primera vez que escuché aquella canción. Hablan de un árbol en el romántico y bucólico sur de los Estados Unidos, con flores cómo magnolias aromáticas y cuyos extraños frutos son cuerpos de negros que se balancean pendiendo de sus ramas, sangre las hojas y sangre la raíces, frutos de bocas torcidas y ojos desorbitados para que se los coman los cuervos,  para que caigan y se pudran al sol con el aroma de los hombres que después del linchamiento son quemados. A Billie Holiday le costó no solamente la cárcel, sino también la persecución y hasta la muerte entonar esta canción en varias ocasiones. El hecho es que hasta la fecha el acta contra el linchamiento no ha sido probada en el Senado de los Estados Unidos aunque pesan ya sobre ella más de 60 años de haber sido propuesta.   Y es que en cuanto literatura y canción se refiere, los procesos son lentos pero irrefrenables; la conciencia colectiva comienza a través de la poesía y de la música, se organiza en la conciencia y en la voz participativa, el efecto de un poema contado de boca a oído, versificado en la penumbra de una alcoba o cantado en un colegio o en una marcha, acumula una cantidad de energía suficiente para generar cambios políticos y sociales,  algo que los políticos acostumbrados al mercadeo electrónico de la sonrisa, la mentada y la payasada digital, suelen no considerar porque siempre están lejos de ver en la cultura y en el arte una fuerza capaz de cambio.   Recuerdo la voz de Mercedes Sosa cantando sobre los desaparecidos que danzan solos, recordándole a Pinochet que su madre danza también en soledad y entonces pienso en todos cuantos están pasando en soledad este momento en nuestro país y en todo el continente, tantos y tantos marginales que no alcanzan los beneficios de la cultura y que muy pronto se verán también exiliados de la tecnología; la tarea de la canción, del poema, del libro, del teatro y el cine, es integrar, formar conciencia y con crear comunidades más compactas a través del uso de palabras y valores comunes, de anhelos compartidos y en ese sentido, ganarle la carrera al futuro.   Hace mucho tiempo, los escritores latinoamericanos identificados como el Boom, se dieron a pensar cómo caricaturizar nuestras sociedades de dictadores, los viejos y los nuevos, los contemporáneos y los decimonónicos para, de esa manera, dotar de palabras y voces al deseo de una sociedad en democracia; hoy parece que es voz se hubiera acabado, sin embargo, está ahí, en los libros que leemos todos los días y en las canciones que nos regalan belleza, en los artesanos infatigables.    Lo que nuestros artistas están haciendo ahora es plantear la posibilidad de una sociedad de ciudadanos en la que hagamos unos por otros lo que el Estado no quiere o no puede hacer, democratizar la tecnología, las fuentes de ingreso, el contacto directo entre todos, en fin dar el paso a la conciencia de la igualdad que hoy, como en tiempos de Holliday, es lo que más nos falta." 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219 Aniversario del Matrimonio de Simón Bolívar y Ma. Teresa Rodríguez del Toro

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