Sin perder su condición de víctima, y consciente de que está presa en un contexto del que no puede salir con facilidad, Nabokov le otorga a Lolita un cierto margen de acción y muestra que el abuso no sólo es un acto violento y pasivo perpetrado por un agresor, sino también un sistema de doble vía donde víctima y victimario se retroalimentan de manera patológica y destructiva.
En los dos artículos anteriores hablamos de la novela Lolita y de Humbert Humbert, en tanto narrador de la obra. Ahora enfoquémonos un poco en Dolores Haze. Entiendo que esta será una postura polémica, pero a mi juicio una de las virtudes del texto consiste en mostrar también el lado humano y complejo de la víctima. Está claro que Dolores no pidió, ni hizo nada para tener, lo que a los ojos de Humbert Humbert, son las virtudes misteriosas de las nínfulas, que, recordemos, son “muchachas, entre los nueve y los catorce años de edad, que revelan su verdadera naturaleza, que no es la humana, sino la de ninfas (es decir, demoníaca), a ciertos fascinados peregrinos, los cuales, muy a menudo, son mucho mayores que ellas” (1).
Tampoco hizo nada para convertirse en Lolita, es decir en la «nínfula» de la cual Humbert Humbert se obsesionó. Aquí, como ya mencioné en un artículo anterior, ha hecho el cine mucho daño a la novela, porque la imagen que se ha formado de una «lolita» es el de una adolescente apenas menor de edad que explota su sexualidad y no, como se describe en el libro, una niña sin atenuantes.
Por consiguiente Dolores Haze es una víctima, con todos los agravantes que se le puedan atribuir. A lo largo de primera parte de la narración nos encontramos con una niña cuya supuesta sensualidad desbordad sólo tiene lugar a ojos de Humbert Humbert, mientras que para un observador externo menos perturbado se traducirían en inocencia e ingenuidad natural en una niña de esa edad.
Sin embargo, me gustaría tomar las palabras de Pau Luque, de su ensayo ganador del Premio Anagrama Las cosas como son y otras fantasías, para expresar un matiz distinto. En dicho texto Luque afirma: “Y es que la Lolita de Lolita no es una «lolita». La Lolita de Nabokov no seduce a nadie, mucho menos a Humbert Humbert. Lolita, no obstante ser presentada con este título y algunas afirmaciones del propio Humbert, es una novela sobre un monstruo que alega estar enamorado, no sobre una adolescente provocadora llamada Lolita. No hay, en Lolita, ninguna «lolita»” (2).
Más allá del ingenioso juego de lenguaje, es cierto que dentro de la novela Lolita, el personaje Dolores Haze no es lo que de forma popular conocemos como una «lolita». Sin embargo tengo un desacuerdo parcial. Es verdad que Dolores Haze no es ni se comporta como una «lolita» seductora, pero conforme el secuestro y abuso se sostiene en el tiempo, la niña inocente, ante la carencia de una figura paterna auténtica, continua con su crecimiento y de forma paulatina confunde la admiración hacia ese adulto que la cautiva y desarrolla una mezcla de enamoramiento y fascinación; reacciones, por lo demás, completamente naturales y sanas en una niña de esa edad, de no estar bajo la tiranía de un obseso.
Sin embargo, tras el abuso continuado, el paso de los meses y años, y la imposibilidad de volver el tiempo atrás o liberarse, Lolita parece intuir que su vida ha sido destrozada y activa una especie de mecanismo de defensa que la hace consciente del poder que posee sobre su victimario. Llegado el punto es capaz de manipular, de seducir, de lastimar, de utilizar a su captor para ciertos fines que, dentro del contexto de su secuestro, su limitada edad e inexperiencia le sugieren que son deseables. Quizá esta es la razón por la cual la novela se llama Lolita en vez de titularse, por ejemplo, La nínfula.
Nabokov consigue humanizar a la víctima, otorgarle agencia y atribuirle dimensiones múltiples. Nos muestra que no sólo está en juego un abuso del que ella es presa ineludible e inocente, sino que también tiene sentimientos, que se transforma y crece, y que también puede sentir atracción, resentimiento, odio y deseo de venganza; que es capaz de manipular, seducir y lastimar, así sea en defensa propia. Y, lo más importante, que la hace consciente del poder que como víctima tiene sobre su victimario. Sin perder su condición de víctima, y consciente de que está presa en un contexto del que no puede salir con facilidad, Nabokov le otorga a Dolores un cierto margen de acción y muestra que el abuso no sólo es un acto violento y pasivo perpetrado por un agresor, sino también muchas veces, y bajo determinadas circunstancias, se convierte en un sistema de doble vía donde víctima y victimario se retroalimentan de manera patológica y destructiva.
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(1)Nabokov, Vladimir, Lolita, Primera Edición, México, Anagrama Colección Compactos, 2012, Pág. 24
(2) Luque, Pau, Las cosas como son y otras fantasías. Moral, imaginación y arte narrativo, Primera Edición, España, Anagrama – Argumentos, 2020, Pág. 81
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