La semana anterior hablábamos de que, a pesar de exponer de forma abierta un abuso sexual y psicológico sin atenuantes, Lolita es una obra literaria que sigue causando fascinación en los lectores de nuestros días –como es mi caso– al menos por dos razones. La primera tenía que ver con la calidad literaria del texto.
La segunda, Lolita sigue siendo un hito de la literatura porque, a mi juicio, sin justificar lo ocurrido, es una pieza de arte que expresa de manera compleja la relación entre el autor, la obra y el personaje. En la novela no vemos por ningún lado la opinión de Nabokov, en tanto autor, y ni siquiera una narración objetiva de lo sucedido. Todo lo que se nos cuenta, lo conocemos a través de la visión enferma y particular de Humbert Humbert, y ahí Nabokov nos lleva a la profundidad y complejidad del personaje. Nos muestra por un lado el aspecto delirante y aterrador y por el otro el humano del personaje central, que no es Lolita.
Creo que si Nabokov cometió un error fue ponerle a su novela como título Lolita. Mucho más preciso habría sido llamarla La Nínfula, porque es eso exactamente lo que Humbert Humbert observa en Dolores Haze, su condición de “nínfula”. Una categoría propia, donde él, en su cabeza, construye un supuesto amor-erotismo-pasión-deseo del que Dolores Haze no es responsable ni alentadora sino víctima. Al final es una niña atacada por un adulto cuarentón con el juicio y el deseo trastornado.
Sin embargo, por el otro lado Humbert Humbert no decidió obsesionarse con una niña; es algo que, desde su perspectiva, simplemente le ocurre, como una condena, “una singularidad innata”, una grieta en su espíritu que lo escindió hasta hacer que su vida perdiera la armonía y la felicidad (1). “Mientras mi cuerpo sabía qué anhelaba, mi espíritu rechazaba lo que tan clamorosamente me pedía” (2). De hecho, afirma que hacía todo lo posible por ser bueno. Que jamás habría corrompido la inocencia de un niño salvo “cuando vislumbraba en medio del inocente rebaño a una niña demoníaca” (3), una nínfula.
Desde el principio habla de una niña iniciática, Annabel, que fue precursora de la pasión que veinticuatro años después siente por Lolita. A lo largo de todos estos años no había profanado la inocencia ninguna niña. En todo caso “había poseído visualmente a nínfulas entre las luces y sombras de los parques”, pero con el deseo siempre bajo control, hasta conocer a Dolores Haze en el jardín de casa de su madre.
Su “pecado” moral y delito concreto consiste, no tanto en el impulso que no escoge, sino en abandonarse a sus deseos y perversiones pederastas –aun siendo plenamente consciente del daño que causaba–. Tal es su necesidad de su nínfula que acepta casarse con Charlotte, sólo para estar cerca de ella.
Para Humbert Humbert cualquier “sacrificio” merece la pena si le permite continuar al lado de su obsesión. En cierta forma él se considera a sí mismo la víctima. Llegado el momento, el delirio se convierte en acto cuando, tras la muerte de la madre, decide “apropiarse” de la niña con la pretensión absurda que tenerla sólo para él, suponiendo que la conservará para siempre, aun cuando sabe que esto no es posible, puesto que Lolita habrá de crecer: llegará a los quince años y, con ello, perderá su condición de nínfula.
Humbert Humbert, además de abusador y pederasta, es un personaje trágico y patético porque sus propósitos e intenciones habrán de frustrarse inexorablemente. Materializar su deseo lo lleva sin remedio a la autodestrucción. Su plan no tiene la mínima posibilidad de salir bien, y lo sabe desde el principio, al mismo tiempo que comprende el dolor y destrucción que dejará a su paso. Sin embargo carece de la entereza moral para resistirse y evitar la autoaniquilación que implican sus decisiones. Recodemos que el texto en sí es su propia confesión ante la autoridades, no por lo ocurrido con Lolita o con Charlotte Haze –actos de los que ha salido impune–, sino por el asesinato de Clare Quilty a quien considera el causante de perder a «su» Lolita.
Desde luego que el debate acerca de si una novela tiene –o debe tener– como finalidad dejar una enseñanza o describir un mundo mejor al existente está abierto. Desde mi perspectiva, si bien existen obras muy destacadas que se proponen dejar enseñanzas y moralejas o acompañar el crecimiento psicológico del lector con historias reconfortantes, el arte literario tiene como propósito explorar a través de la expresión estética del lenguaje, aquello que nos incomoda, que nos disgusta, que nos desafía, que nos frustra, que nos confronta, que deseamos cambiar de la realidad en que vivimos.
Quizá por eso la historia de la literatura nos ofrece extraordinarias distopías –Un mundo feliz, de Aldous Huxley (1932), 1984, de George Orwell (1948) o El cuento de la criada, de Margaret Atwood (1985)–, al mismo tiempo que nos ofrece muy pobres utopías.
Aventuro que esto se debe a que una novela que describa un mundo ideal, perfecto, sin defectos, sin maldad, sin vileza, sin hipocresía, sin conflicto, donde todos los deseos que se experimentan sean lícitos y además se cumplan, carecería de interés. Y tan es así, que no hay obras maestras de la literatura en ese tenor.
A pesar de que la novela se llama Lolita, hasta aquí hemos hablado muy poco de Dolores Haze y nos hemos centrado en las obsesiones enfermizas de Humbert Humbert. En la próxima entrega hablaremos de ese personaje femenino que da título a la novela.
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Bibliografía:
Nabokov, Vladimir, Lolita, Primera Edición, México, Anagrama Colección Compactos, 2012, Págs. 389

(1) Nabokov, Vladimir, Lolita, Primera Edición, México, Anagrama Colección Compactos, 2012, Pág. 20
(2) Íbidem, Pág. 26
(3) Íbidem, Pág. 28
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